Tragedia en Vilanova: streamer muere en directo por reto de drogas.

Redacción Cuyo News
9 min
Cortito y conciso:

Sergio Jiménez Ramos, streamer de 37 años conocido como «Sancho» o «Sssanchopanza», falleció en Vilanova i la Geltrú tras un desafío de fin de año en directo que involucró un excesivo consumo de cocaína y alcohol. La transmisión era privada, para un grupo exclusivo de «donantes» que exigían retos a cambio de dinero, un modelo impulsado por el influencer Simón Pérez. Este trágico suceso marca la primera muerte conocida en España ligada a un reto viral en vivo, y las autoridades han iniciado una investigación.

El nuevo año, apenas estrenado, ya nos dejó una imagen desoladora que desnuda los abismos a los que nos arrastra la cultura digital del «todo vale». En Vilanova i la Geltrú, Barcelona, el streamer Sergio Jiménez Ramos, de 37 años y conocido en la intrincada fauna de internet como «Sancho» o «Sssanchopanza», encontró su final en un reto en directo. Cocaína, alcohol y un grupo privado de «donantes» sedientos de espectáculo a cambio de billetes fueron los ingredientes de una noche que terminó en tragedia.

La macabra transmisión, según trascendió, era parte de una videollamada cerrada para un círculo de aportantes que, a fuerza de euros, exigían pruebas extremas. Jiménez había desembarcado en este controvertido circuito gracias al empuje de Simón Pérez, un influencer que, desde 2017 y con su peculiar fama por videos de hipotecas, subsiste de donativos de la audiencia y desafíos virales, muchos de ellos con el consumo de drogas como protagonista excluyente. Este caso, lamentablemente, se erige como el primer ejemplo de una muerte en directo conocida en España, resonando con el fallecimiento del francés Raphaël Graven en circunstancias similares apenas unos meses atrás. La línea entre el espectáculo y la tragedia parece difuminarse peligrosamente en este universo.

Simón Pérez, en un video en directo emitido durante la madrugada, no dudó en relatar lo que sabía de la muerte de Jiménez: «Me dijeron que se había tomado 6 gramos en 3 horas. Y una raya de 2 gramos», sentenció, para luego añadir, sin rubor: «Yo ya le dije veces que 2 gramos era sobredosis, que estaba estudiado». Según su propio testimonio, Pérez había conversado con el hermano del fallecido: «El hermano me dijo algo de una botella de whisky, que llegó la poli y que escucharon por el ordenador que alguien aún decía si se había bebido toda la botella», explicó. Mientras los Mossos d’Esquadra han iniciado una investigación y se le practicó una autopsia a la víctima, Pérez concluyó en uno de sus directos dominicales con una frase que, cuanto menos, interpela: «Tengo la conciencia tranquila, me podía haber pasado a mí, le ha pasado a él». Una declaración que, en el mejor de los casos, roza la indiferencia.

El laberinto oscuro del «streaming»: ¿entretenimiento o autode(s)trucción?

El modelo de «negocio» de Pérez se había cimentado en un selecto grupo de seguidores con los que realizaba directos privados en plataformas como Google Meet, bautizados como «meets». Esta alternativa surgió luego de que Pérez fuera expulsado de otras plataformas como Kick, Dlive o Pump.fun por consumo de drogas o promoción de casinos online. Este círculo íntimo, autodenominado «los diplomáticos», aportaba una cifra variable entre 40 y 120 euros, y compartía un grupo de Telegram con Pérez. En ese ámbito privado, más allá de las apuestas y el consumo de sustancias, Pérez promovía retos virales que iban desde bajar a la calle en calzoncillos hasta masturbaciones grupales o el uso de heces propias como crema para la piel. Un menú que deja poco margen a la imaginación sobre la calidad del «entretenimiento».

Cuando el «reto» digital se vuelve fatal: el trágico fin de un streamer

Fue en octubre pasado cuando Jiménez comenzó a intervenir en algunos directos de Youtube y en las videollamadas privadas de Pérez. Las cuentas abiertas en redes como Youtube y TikTok servían a Pérez como anzuelo para captar nuevos suscriptores. En este ecosistema macabro de grupos cerrados, donde personas dispuestas a donar dinero buscaban el sufrimiento ajeno en los streamers, es donde Jiménez se inmiscuyó hace unos meses, forjándose así el desafío que, trágicamente, le costaría la vida.

Pérez, en su defensa, argumentó en un directo: «Él vino aquí, vio lo que había y se abrió su grupo. Mucha gente que viene no se abre su grupo». Una suerte de descargo que parece trasladar la responsabilidad a la víctima. Toda esta actividad, es preciso señalar, tenía su propio ecosistema en internet, con cuentas de Youtube como PapaNoel recopilatorios o Pablo Xtmng que, pixelando las partes más delicadas de esos directos cerrados, las subían a la plataforma, acumulando miles de visitas. Una cadena de consumo de la degradación.

Negocio de la humillación y el riesgo: las sombras de la monetización en línea

En este submundo digital, la trazabilidad de quién forma parte de cada uno de esos grupos se pierde con facilidad, aunque para las fuerzas de seguridad debería ser posible rastrear los donativos a la cuenta de Jiménez. Además de los «diplomáticos», alrededor de Pérez habían proliferado otros grupos de Telegram. El más notorio, AviatorVip IV, con más de tres mil miembros, funcionaba como centro de coordinación y comentarios sobre estos streamers. Entre sus «actividades», se encontraba incluso la de pagar a un camello local para que entregara droga directamente en el domicilio del streamer.

Capturas de pantalla a las que este medio tuvo acceso desnudan la crudeza de esos chats, con frases tan estremecedoras como «esto parece una broma pero el siguiente es Simon», «alguien tiene el clip donde la palma?» o «sergio si la has palmado de verdad manifiéstate como espíritu, y manda una señal al grupo aviator». Según trascendió y se pudo confirmar, Jiménez se encontraba en tratamiento psiquiátrico, lo que agrega un velo aún más sombrío a la historia.

Pérez y otros protagonistas del entramado no respondieron a los múltiples llamados y mensajes de este medio. Una persona muy cercana a Pérez, que solicitó mantener el anonimato por respeto a la familia de Jiménez y para evitar represalias, culpó a estos grupos privados y mayormente anónimos del trágico desenlace: «Como ya no es una plataforma que permita o no algo, sino que son reuniones privadas por Zoom, pues es la jungla», sentenció.

En su último directo sobre el caso, Pérez insistió en que ya había advertido a Jiménez sobre los peligros de ese mundo: «Yo le dije que no hiciera directos, que se quitara del Telegram que era una mierda, que iba a acabar mal, yo no tengo ninguna culpa», afirmó. Sin embargo, apenas unos segundos después, su discurso se enlazó con la búsqueda de monetización, evidenciando las contradicciones de su accionar: «Venga 20 euritos peña, el próximo diplomático se lo dejo por 30 euros». Y, acto seguido, tuvo que recordar, casi a modo de autoconvencimiento, su intento por mantenerse limpio: «No quiero pollos [cocaína] gente». «En 10 días de Navidad solo he tomado dos días», continuó Pérez, con una displicencia que choca. «No me voy a esconder, me da igual, no voy a borrar vídeos», concluyó, dejando una puerta abierta a la interpretación de la responsabilidad y los límites de la ética en la nueva era digital.

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