A dos siglos de su proclamación original en 1823, la Doctrina Monroe, piedra angular de la diplomacia de Estados Unidos hacia el hemisferio sur, atraviesa su momento de mayor tensión en la historia moderna. Lo que inicialmente se planteó como un escudo defensivo frente a las ambiciones coloniales de las potencias europeas, ha evolucionado a través de los años en una compleja herramienta de control e influencia, cuyo legado vuelve a estar en el centro del debate internacional tras la reciente operación militar en Caracas y la captura de Nicolás Maduro.
La premisa fundamental de «América para los americanos» se encuentra hoy desafiada por un mundo multipolar donde la presencia de China, Rusia e Irán ha erosionado el monopolio de influencia que la Casa Blanca sostuvo durante gran parte del siglo XX.
Del «Gran Garrote» a la Guerra Fría
El carácter de la doctrina sufrió una metamorfosis definitiva en 1904 con el denominado Corolario de Roosevelt. El entonces presidente Theodore Roosevelt estableció que Washington tenía el derecho —y la obligación— de intervenir en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas en casos de «flagrante mala conducta» o inestabilidad. Esta interpretación dio paso a la era del «Gran Garrote», justificando intervenciones militares directas, como la ocupación de la República Dominicana en 1916.
Décadas más tarde, durante la Guerra Fría, la doctrina adquirió un tono marcadamente ideológico. Bajo la dirección estratégica de Henry Kissinger, la política exterior estadounidense priorizó la seguridad nacional por sobre los valores democráticos, respaldando regímenes militares en la región para contener el avance del comunismo. Analistas sugieren que la reciente muerte de Kissinger cierra un ciclo histórico de realismo geopolítico brutal, aunque sus métodos parecen haber recobrado vigencia en la actual administración de Washington.
Idas y vueltas diplomáticas
En el último cuarto de siglo, la Doctrina Monroe ha sido objeto de declaraciones contradictorias por parte de los sucesivos gobiernos estadounidenses:
Periodo Enfoque Principal Líder Clave 1823 Anti-colonialismo europeo James Monroe 1904 Intervencionismo pro-intereses EE.UU. Theodore Roosevelt 1970s Realismo geopolítico (Guerra Fría) Henry Kissinger 2013 Cooperación y multilateralismo John Kerry 2019-2026 Retorno a la presión directa y captura John Bolton / Donald TrumpEl desafío de la multipolaridad en el siglo XXI
Expertos como Juan Battaleme, director académico del CARI, señalan que la hegemonía estadounidense se encuentra hoy «quebrada» por la competencia de grandes poderes. La irrupción comercial de China ha ofrecido a los países latinoamericanos una alternativa de financiamiento y comercio que no depende exclusivamente de las directrices de los organismos con sede en Washington.
A pesar de la retórica de autonomía de naciones como Venezuela, Bolivia o Nicaragua, la realidad geopolítica de 2026 demuestra que el peso estratégico de Estados Unidos sigue siendo el factor determinante en la estabilidad de la región. El futuro de América Latina oscila hoy entre la búsqueda de una verdadera soberanía y el retorno a una visión donde el continente es visto, una vez más, como la fuente principal de recursos y poder estratégico para la seguridad estadounidense.
<p>Al cumplirse el bicentenario de la Doctrina Monroe, la política exterior de Estados Unidos hacia América Latina enfrenta una profunda reconfiguración geopolítica. Tras décadas de intervencionismo marcado por el legado de Henry Kissinger, el resurgimiento de potencias como China y Rusia desafía la hegemonía regional de Washington. El debate sobre la vigencia del «América para los americanos» cobra fuerza ante la reciente detención de Nicolás Maduro.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
La Doctrina Monroe ha cumplido 200 años y, honestamente, se mantiene tan vigente y saludable como una deuda con el FMI o un bache en plena Avenida Libertador. Lo que en 1823 nació como un tierno «no dejen que los europeos nos toquen un pelo», terminó convirtiéndose en el equivalente geopolítico de ese tío que se instala en tu casa, se toma tu cerveza, te cambia el canal y encima te cobra el alquiler por el privilegio de su compañía. «América para los americanos», dijeron, olvidándose convenientemente de aclarar que en su mapa mental, «americanos» son solo los que desayunan panqueques con jarabe de arce y creen que el fútbol se juega con las manos y una pelota ovoide. Es el cumpleaños más largo de la historia, y el regalo para la región parece ser, una vez más, el viejo y confiable intervencionismo con aroma a nostalgia.
Si James Monroe fue el ideólogo del «no pasarán», Theodore Roosevelt fue el que decidió que el «gran garrote» era el accesorio de moda indispensable para cualquier temporada diplomática. De ahí saltamos a Henry Kissinger, quien desde el más allá debe estar revisando sus notas con una sonrisa cínica, viendo cómo el mundo intenta procesar que la Doctrina Monroe es como el malware: nunca se borra del todo, solo se actualiza. Kissinger aplicó el realismo político con la delicadeza de una topadora en un jardín de infantes, asegurándose de que cualquier intento de autonomía regional fuera interpretado como una amenaza existencial para el modo de vida de quienes viven al norte del Río Grande. Ahora, en pleno 2026, con Maduro detenido y las tropas estadounidenses refrescando el concepto de «visita no anunciada», la doctrina sopla las velas de una torta que nadie en el sur pidió, pero que todos terminamos pagando.
Lo más divertido de este bicentenario es el pánico escénico de Washington ante los nuevos «invitados» a la fiesta. China llega con billetera gorda y préstamos que se pagan con soberanía, mientras Rusia e Irán asoman la cabeza como esos vecinos que ponen música fuerte solo para molestar. El Pentágono está en una crisis existencial porque el patio trasero ahora tiene cerco eléctrico y tres dueños distintos. Pasamos de John Kerry diciendo en 2013 que la doctrina había muerto —una mentira piadosa nivel «mañana te pago»— a John Bolton invocándola en 2019 con la sutileza de un tuit a las tres de la mañana. Hoy, la Doctrina Monroe no es un tratado, es un estado de ánimo: esa mezcla de arrogancia imperial y ansiedad por la competencia que nos recuerda que, en el tablero mundial, América Latina sigue siendo el tablero y nunca el jugador. ¡Felices 200 años de protección no solicitada!
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
A dos siglos de su proclamación original en 1823, la Doctrina Monroe, piedra angular de la diplomacia de Estados Unidos hacia el hemisferio sur, atraviesa su momento de mayor tensión en la historia moderna. Lo que inicialmente se planteó como un escudo defensivo frente a las ambiciones coloniales de las potencias europeas, ha evolucionado a través de los años en una compleja herramienta de control e influencia, cuyo legado vuelve a estar en el centro del debate internacional tras la reciente operación militar en Caracas y la captura de Nicolás Maduro.
La premisa fundamental de «América para los americanos» se encuentra hoy desafiada por un mundo multipolar donde la presencia de China, Rusia e Irán ha erosionado el monopolio de influencia que la Casa Blanca sostuvo durante gran parte del siglo XX.
Del «Gran Garrote» a la Guerra Fría
El carácter de la doctrina sufrió una metamorfosis definitiva en 1904 con el denominado Corolario de Roosevelt. El entonces presidente Theodore Roosevelt estableció que Washington tenía el derecho —y la obligación— de intervenir en los asuntos internos de las naciones latinoamericanas en casos de «flagrante mala conducta» o inestabilidad. Esta interpretación dio paso a la era del «Gran Garrote», justificando intervenciones militares directas, como la ocupación de la República Dominicana en 1916.
Décadas más tarde, durante la Guerra Fría, la doctrina adquirió un tono marcadamente ideológico. Bajo la dirección estratégica de Henry Kissinger, la política exterior estadounidense priorizó la seguridad nacional por sobre los valores democráticos, respaldando regímenes militares en la región para contener el avance del comunismo. Analistas sugieren que la reciente muerte de Kissinger cierra un ciclo histórico de realismo geopolítico brutal, aunque sus métodos parecen haber recobrado vigencia en la actual administración de Washington.
Idas y vueltas diplomáticas
En el último cuarto de siglo, la Doctrina Monroe ha sido objeto de declaraciones contradictorias por parte de los sucesivos gobiernos estadounidenses:
Periodo Enfoque Principal Líder Clave 1823 Anti-colonialismo europeo James Monroe 1904 Intervencionismo pro-intereses EE.UU. Theodore Roosevelt 1970s Realismo geopolítico (Guerra Fría) Henry Kissinger 2013 Cooperación y multilateralismo John Kerry 2019-2026 Retorno a la presión directa y captura John Bolton / Donald TrumpEl desafío de la multipolaridad en el siglo XXI
Expertos como Juan Battaleme, director académico del CARI, señalan que la hegemonía estadounidense se encuentra hoy «quebrada» por la competencia de grandes poderes. La irrupción comercial de China ha ofrecido a los países latinoamericanos una alternativa de financiamiento y comercio que no depende exclusivamente de las directrices de los organismos con sede en Washington.
A pesar de la retórica de autonomía de naciones como Venezuela, Bolivia o Nicaragua, la realidad geopolítica de 2026 demuestra que el peso estratégico de Estados Unidos sigue siendo el factor determinante en la estabilidad de la región. El futuro de América Latina oscila hoy entre la búsqueda de una verdadera soberanía y el retorno a una visión donde el continente es visto, una vez más, como la fuente principal de recursos y poder estratégico para la seguridad estadounidense.
La Doctrina Monroe ha cumplido 200 años y, honestamente, se mantiene tan vigente y saludable como una deuda con el FMI o un bache en plena Avenida Libertador. Lo que en 1823 nació como un tierno «no dejen que los europeos nos toquen un pelo», terminó convirtiéndose en el equivalente geopolítico de ese tío que se instala en tu casa, se toma tu cerveza, te cambia el canal y encima te cobra el alquiler por el privilegio de su compañía. «América para los americanos», dijeron, olvidándose convenientemente de aclarar que en su mapa mental, «americanos» son solo los que desayunan panqueques con jarabe de arce y creen que el fútbol se juega con las manos y una pelota ovoide. Es el cumpleaños más largo de la historia, y el regalo para la región parece ser, una vez más, el viejo y confiable intervencionismo con aroma a nostalgia.
Si James Monroe fue el ideólogo del «no pasarán», Theodore Roosevelt fue el que decidió que el «gran garrote» era el accesorio de moda indispensable para cualquier temporada diplomática. De ahí saltamos a Henry Kissinger, quien desde el más allá debe estar revisando sus notas con una sonrisa cínica, viendo cómo el mundo intenta procesar que la Doctrina Monroe es como el malware: nunca se borra del todo, solo se actualiza. Kissinger aplicó el realismo político con la delicadeza de una topadora en un jardín de infantes, asegurándose de que cualquier intento de autonomía regional fuera interpretado como una amenaza existencial para el modo de vida de quienes viven al norte del Río Grande. Ahora, en pleno 2026, con Maduro detenido y las tropas estadounidenses refrescando el concepto de «visita no anunciada», la doctrina sopla las velas de una torta que nadie en el sur pidió, pero que todos terminamos pagando.
Lo más divertido de este bicentenario es el pánico escénico de Washington ante los nuevos «invitados» a la fiesta. China llega con billetera gorda y préstamos que se pagan con soberanía, mientras Rusia e Irán asoman la cabeza como esos vecinos que ponen música fuerte solo para molestar. El Pentágono está en una crisis existencial porque el patio trasero ahora tiene cerco eléctrico y tres dueños distintos. Pasamos de John Kerry diciendo en 2013 que la doctrina había muerto —una mentira piadosa nivel «mañana te pago»— a John Bolton invocándola en 2019 con la sutileza de un tuit a las tres de la mañana. Hoy, la Doctrina Monroe no es un tratado, es un estado de ánimo: esa mezcla de arrogancia imperial y ansiedad por la competencia que nos recuerda que, en el tablero mundial, América Latina sigue siendo el tablero y nunca el jugador. ¡Felices 200 años de protección no solicitada!