En una jornada marcada por el rigor procesal y breves instantes de un surrealismo casi cinematográfico, el exmandatario Nicolás Maduro Moros y su esposa, Cilia Flores, tuvieron su primera comparecencia formal ante la justicia de los Estados Unidos. El acto tuvo lugar en el tribunal federal de Manhattan, bajo la supervisión del juez Alvin Hellerstein, de 92 años, quien lidera el caso donde se les acusa de delitos que incluyen conspiración para el narcoterrorismo y tráfico de armas.
El desafío al protocolo y la declaración de inocencia
Al inicio de la sesión, Maduro intentó establecer una postura política frente al estrado. Tras saludar a los presentes con un inesperado «Happy New Year», el acusado respondió a las preguntas de identificación con una declaración que excedió el protocolo habitual: «Soy el presidente constitucional de la República de Venezuela. Estoy aquí secuestrado desde el 3 de enero. Fui capturado en mi casa». No obstante, el magistrado Hellerstein fue tajante al interrumpirlo, recordándole que existiría un momento procesal oportuno para presentar dichos argumentos.
Cuando se procedió a la lectura de los cargos, que vinculan a la pareja con una estructura de narcotráfico a gran escala, Maduro negó los hechos con un movimiento de cabeza. Al momento de pronunciarse sobre su culpabilidad, fue enfático: “Soy inocente. No soy culpable”. Por su parte, Cilia Flores, quien se identificó como «primera dama de Venezuela», mantuvo una actitud mucho más reservada, limitándose a declarar: “No culpable. Completamente inocente”.
Estado de salud y solicitudes de la defensa
Uno de los puntos de mayor preocupación para el equipo legal de los acusados fue la integridad física de Flores. Según manifestaron sus abogados, la mujer presenta “múltiples lesiones” derivadas del operativo de detención, por lo que solicitaron formalmente la realización de estudios médicos y radiografías ante la sospecha de una fractura de costillas. Ambos acusados utilizaron sistemas de traducción simultánea y estuvieron asistidos permanentemente por sus defensores, quienes aconsejaron a Maduro moderar sus intervenciones espontáneas durante la lectura de pruebas.
Tensión en la sala y cierre de la audiencia
El ambiente, que se había mantenido bajo un control estricto, se caldeó hacia el final de la audiencia cuando un asistente desde la galería pública increpó a Maduro a los gritos, afirmando que el acusado debería pagar por sus crímenes. Ante la expulsión del sujeto por orden del juez, Maduro reaccionó exclamando: “¡Soy un presidente secuestrado! ¡Un prisionero de guerra!”.
Antes de ser retirado del recinto, se registró un incidente menor cuando un alguacil federal interceptó a Maduro para retirarle un bolígrafo que este había intentado guardar entre sus pertenencias. El juez Hellerstein dio por finalizada la sesión tras fijar la próxima audiencia para el 17 de marzo, fecha en la que continuará este proceso judicial de trascendencia global. Por el momento, ninguno de los dos imputados ha solicitado la libertad bajo fianza, aunque su defensa no descartó presentar el pedido en el futuro cercano.
<p>Nicolás Maduro y Cilia Flores comparecieron ante el juez federal Alvin Hellerstein en Nueva York, donde se declararon «no culpables» de cargos de narcoterrorismo y conspiración. Durante la tensa audiencia, Maduro denunció ser un «presidente secuestrado» y «prisionero de guerra». La defensa de Flores solicitó asistencia médica por presuntas lesiones, mientras que el magistrado fijó la próxima sesión para el 17 de marzo.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Imaginate que sos un dictador que pasó años gritando contra el «imperio mismo» y, de repente, te encontrás en una sala de Manhattan saludando a los periodistas con un «Happy New Year» que tuvo menos gracia que un aumento de sueldo en bolívares. El outfit de Nicolás fue, cuanto menos, una declaración de guerra a la moda: camisa azul sobre una naranja fluorescente, logrando ese look de «empleado de mantenimiento de aeropuerto que acaba de ser arrestado en un boliche». Al parecer, el manual de estilo para mandatarios capturados recomienda vestirse como un resaltador para que los agentes federales no te pierdan de vista entre las columnas de mármol del tribunal.
Mientras tanto, el juez Alvin Hellerstein, que con 92 años ya vio pasar civilizaciones enteras, arrancó la sesión bromeando sobre su estatura, porque nada rompe mejor el hielo en un juicio por narcoterrorismo que un poco de humor sobre muebles de oficina. Maduro, muy aplicado, se pasó la audiencia subrayando su expediente como si estuviera estudiando para un parcial de Derecho que ya sabe que va a recursar. Cilia, por su parte, apareció con el pelo recogido y unos apósitos en la cara que sugerían que la detención no fue precisamente una invitación cordial a tomar el té. Entre auriculares de traducción y abogados que le pedían a Nicolás que cerrara la boca, la sala se convirtió en un capítulo de «Orange is the New Black» pero con presupuesto de la DEA.
El clímax llegó cuando Maduro, en un rapto de nostalgia institucional, se autoproclamó «presidente secuestrado» y «prisionero de guerra», justo antes de intentar cometer el crimen más audaz de su carrera en suelo norteamericano: guardarse un bolígrafo en el cuaderno. Lamentablemente para sus aspiraciones de cleptomanía administrativa, un alguacil con ojos de lince le quitó el botín antes de que pudiera salir. Se ve que en Nueva York, a diferencia de Miraflores, hasta los útiles de oficina tienen dueño. La función continúa el 17 de marzo, dejando a todos con la duda de si para la próxima sesión Maduro logrará combinar el naranja con algo que no sea un pedido de auxilio internacional.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En una jornada marcada por el rigor procesal y breves instantes de un surrealismo casi cinematográfico, el exmandatario Nicolás Maduro Moros y su esposa, Cilia Flores, tuvieron su primera comparecencia formal ante la justicia de los Estados Unidos. El acto tuvo lugar en el tribunal federal de Manhattan, bajo la supervisión del juez Alvin Hellerstein, de 92 años, quien lidera el caso donde se les acusa de delitos que incluyen conspiración para el narcoterrorismo y tráfico de armas.
El desafío al protocolo y la declaración de inocencia
Al inicio de la sesión, Maduro intentó establecer una postura política frente al estrado. Tras saludar a los presentes con un inesperado «Happy New Year», el acusado respondió a las preguntas de identificación con una declaración que excedió el protocolo habitual: «Soy el presidente constitucional de la República de Venezuela. Estoy aquí secuestrado desde el 3 de enero. Fui capturado en mi casa». No obstante, el magistrado Hellerstein fue tajante al interrumpirlo, recordándole que existiría un momento procesal oportuno para presentar dichos argumentos.
Cuando se procedió a la lectura de los cargos, que vinculan a la pareja con una estructura de narcotráfico a gran escala, Maduro negó los hechos con un movimiento de cabeza. Al momento de pronunciarse sobre su culpabilidad, fue enfático: “Soy inocente. No soy culpable”. Por su parte, Cilia Flores, quien se identificó como «primera dama de Venezuela», mantuvo una actitud mucho más reservada, limitándose a declarar: “No culpable. Completamente inocente”.
Estado de salud y solicitudes de la defensa
Uno de los puntos de mayor preocupación para el equipo legal de los acusados fue la integridad física de Flores. Según manifestaron sus abogados, la mujer presenta “múltiples lesiones” derivadas del operativo de detención, por lo que solicitaron formalmente la realización de estudios médicos y radiografías ante la sospecha de una fractura de costillas. Ambos acusados utilizaron sistemas de traducción simultánea y estuvieron asistidos permanentemente por sus defensores, quienes aconsejaron a Maduro moderar sus intervenciones espontáneas durante la lectura de pruebas.
Tensión en la sala y cierre de la audiencia
El ambiente, que se había mantenido bajo un control estricto, se caldeó hacia el final de la audiencia cuando un asistente desde la galería pública increpó a Maduro a los gritos, afirmando que el acusado debería pagar por sus crímenes. Ante la expulsión del sujeto por orden del juez, Maduro reaccionó exclamando: “¡Soy un presidente secuestrado! ¡Un prisionero de guerra!”.
Antes de ser retirado del recinto, se registró un incidente menor cuando un alguacil federal interceptó a Maduro para retirarle un bolígrafo que este había intentado guardar entre sus pertenencias. El juez Hellerstein dio por finalizada la sesión tras fijar la próxima audiencia para el 17 de marzo, fecha en la que continuará este proceso judicial de trascendencia global. Por el momento, ninguno de los dos imputados ha solicitado la libertad bajo fianza, aunque su defensa no descartó presentar el pedido en el futuro cercano.
Imaginate que sos un dictador que pasó años gritando contra el «imperio mismo» y, de repente, te encontrás en una sala de Manhattan saludando a los periodistas con un «Happy New Year» que tuvo menos gracia que un aumento de sueldo en bolívares. El outfit de Nicolás fue, cuanto menos, una declaración de guerra a la moda: camisa azul sobre una naranja fluorescente, logrando ese look de «empleado de mantenimiento de aeropuerto que acaba de ser arrestado en un boliche». Al parecer, el manual de estilo para mandatarios capturados recomienda vestirse como un resaltador para que los agentes federales no te pierdan de vista entre las columnas de mármol del tribunal.
Mientras tanto, el juez Alvin Hellerstein, que con 92 años ya vio pasar civilizaciones enteras, arrancó la sesión bromeando sobre su estatura, porque nada rompe mejor el hielo en un juicio por narcoterrorismo que un poco de humor sobre muebles de oficina. Maduro, muy aplicado, se pasó la audiencia subrayando su expediente como si estuviera estudiando para un parcial de Derecho que ya sabe que va a recursar. Cilia, por su parte, apareció con el pelo recogido y unos apósitos en la cara que sugerían que la detención no fue precisamente una invitación cordial a tomar el té. Entre auriculares de traducción y abogados que le pedían a Nicolás que cerrara la boca, la sala se convirtió en un capítulo de «Orange is the New Black» pero con presupuesto de la DEA.
El clímax llegó cuando Maduro, en un rapto de nostalgia institucional, se autoproclamó «presidente secuestrado» y «prisionero de guerra», justo antes de intentar cometer el crimen más audaz de su carrera en suelo norteamericano: guardarse un bolígrafo en el cuaderno. Lamentablemente para sus aspiraciones de cleptomanía administrativa, un alguacil con ojos de lince le quitó el botín antes de que pudiera salir. Se ve que en Nueva York, a diferencia de Miraflores, hasta los útiles de oficina tienen dueño. La función continúa el 17 de marzo, dejando a todos con la duda de si para la próxima sesión Maduro logrará combinar el naranja con algo que no sea un pedido de auxilio internacional.