La fiscal Betina Lacki, quien recientemente cobró notoriedad por liderar la investigación del fraude de las tarjetas de débito en la Legislatura provincial, encabeza ahora una pesquisa que sacude los cimientos del poder político en la capital bonaerense. La funcionaria judicial, con el aval del juez Juan Pablo Masi, procedió a la detención de Nicolás Daniel Rodríguez y Daniela Silva Muñoz, ex empleados de la Cámara Alta, acusados de liderar una red de captación y abuso sexual que operaba bajo el nombre de «La Orden de Luz».
El clan y la «oficina 007»
Según consta en el expediente, Rodríguez y Muñoz habrían actuado como los «entregadores» de mujeres —todas en situación de extrema vulnerabilidad socioeconómica y necesidad de empleo— a diversos funcionarios y personal jerárquico del Senado bonaerense. Las investigaciones han puesto el foco en la denominada oficina 007 de la Cámara, señalada como el centro neurálgico donde se llevaban a cabo las actividades ilícitas y se concretaban los contactos.
Los procesados contaban con una antigüedad superior a los diez años en el cuerpo legislativo. Ingresaron durante la presidencia de Gabriel Mariotto, quien, al ser consultado, negó cualquier vínculo personal con los implicados, aunque se confirmó que durante su mandato ya se habían iniciado sumarios administrativos contra los hoy detenidos por conductas irregulares. El abogado de las víctimas, Ignacio Fernández Camillo, reveló que «hubo denuncias presentadas en 2015, 2019, 2024 y la última que hicimos el año pasado», cuestionando la inacción previa de la DDI y de la Justicia local.
Militancia, internas y misticismo
La trayectoria política de los acusados añade una capa de complejidad al caso. Ambos iniciaron su actividad militante en sectores cercanos a La Cámpora, para luego alinearse con la agrupación La Patria es el Otro, de Andrés “El Cuervo” Larroque. Una fuente consultada por este medio describió a Rodríguez como alguien que «militó con La Patria es el otro pero siempre fue alguien muy del margen… En un momento movió bastante porque tenía el respaldo de la hermana de Cristina, Giselle Fernández… Es un busca con suerte».
Un aspecto inquietante de la denuncia es el componente sectario de la organización. Al ser consultado sobre el nombre del clan, Fernández Camillo explicó: “¿Por qué se le dice que es una secta? Es que en el medio de la trata también se involucran cuestiones ‘espirituales’, rituales casi delirantes”. Estas prácticas eran utilizadas para someter psicológicamente a las víctimas, quienes sufrían constantes amenazas para cumplir con los requerimientos sexuales de los beneficiarios de la red.
Silencio institucional y pericias técnicas
Hasta el momento, la presidencia del Senado, a cargo de Verónica Magario, ha mantenido un hermetismo total respecto al escándalo. Si bien se procedió a la suspensión laboral de Rodríguez y Muñoz, los acusados continúan percibiendo sus haberes hasta que recaiga sobre ellos una condena firme. En los pasillos de la Legislatura, el descontento crece ante la percepción de que el sistema de monitoreo interno, reforzado recientemente, se utiliza primordialmente para vigilar la actividad de los cronistas parlamentarios y no para prevenir delitos de esta índole.
La fiscalía ya ha iniciado la apertura y peritaje de los teléfonos celulares incautados a los detenidos. Se presume que el análisis de los dispositivos podría revelar una lista de nombres de «consumidores finales» de la red, que incluiría a un senador provincial y otros cuadros políticos de relevancia. La causa guarda similitudes operativas con el caso de Julio Chocolate Rigau, sugiriendo una trama de complicidades que, según los investigadores, no podría haber funcionado durante quince años sin algún grado de protección institucional.
<p>La fiscal Betina Lacki investiga a «La Orden de Luz», una presunta red de trata y abuso sexual que operaba en el Senado bonaerense. Por el caso fueron detenidos los ex empleados Nicolás Rodríguez y Daniela Silva Muñoz, acusados de captar mujeres en situación de vulnerabilidad para funcionarios legislativos. La causa analiza denuncias que datan de 2015 y posibles nexos con el poder político platense.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Bienvenidos a la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, ese universo paralelo donde las leyes son sugerencias y las oficinas parecen guionadas por una mezcla entre una película de espionaje de bajo presupuesto y un documental de crímenes reales de Netflix. Resulta que en la famosa «oficina 007» —porque claramente el sutil arte del anonimato no es el fuerte de nuestra clase dirigente— funcionaba un clan denominado «La Orden de Luz». Uno se imagina que, con ese nombre, estarían debatiendo la metafísica de la iluminación LED en las calles de La Plata, pero no: aparentemente se dedicaban a la trata y al reclutamiento de mujeres para «favores» a funcionarios. Es fascinante cómo en el corazón del poder legislativo, mientras se llenan la boca con el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género, algunos decidieron que era mejor idea montar una secta con rituales delirantes. Si James Bond viera lo que pasa en esa oficina, se entrega solo a la KGB para no tener que compartir el código numérico con estos muchachos.
Lo de la presidenta del Senado, Verónica Magario, ya entra en la categoría de realismo mágico. La señora ha sembrado el edificio de cámaras con una eficiencia que envidiaría el Gran Hermano original, pero hay un pequeño detalle técnico: los lentes parecen tener un filtro selectivo que solo detecta periodistas hablando con empleados. Podés estar mudando un sommier robado, organizando un ritual esotérico con sacrificios simbólicos o manejando una red de explotación de personas, que para el centro de monitoreo sos invisible. Ahora, si se te ocurre preguntarle a un asesor por el presupuesto, te cae una brigada de seguridad antes de que termines de decir «acceso a la información». Es la seguridad al revés: vigilan que nadie cuente lo que pasa, mientras lo que pasa es exactamente lo que deberían haber evitado. Es como poner una alarma que solo suena cuando el dueño intenta entrar a su propia casa, pero se queda muda si entra una banda con una orquesta sinfónica a desvalijar el living.
Y ni hablemos del «currículum vitae» de los detenidos. Nicolás Rodríguez es definido por las fuentes como «un busca con suerte». En Argentina, esa frase es el eufemismo supremo para alguien que saltó de La Cámpora a la agrupación de Larroque con la agilidad de un gimnasta olímpico, siempre bordeando el margen, siempre con un pie en el despacho y otro en el «quién sabe dónde». Es el sueño del ascenso social criollo: de militante de base a jefe de una logia espiritual-sexual en el sótano del Estado. Lo más tierno de todo esto es el silencio de radio de la política platense. Nadie sabe nada, nadie los vio, y Gabriel Mariotto —que los tuvo en su gestión— jura que no tiene ni el teléfono. Es la amnesia colectiva más grande desde que Chocolate Rigau se olvidó de quiénes eran las setenta tarjetas de débito que tenía en el bolsillo. En La Plata, las diagonales no son para acortar camino, son para que nunca sepas en qué esquina te cruzaste con el horror.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La fiscal Betina Lacki, quien recientemente cobró notoriedad por liderar la investigación del fraude de las tarjetas de débito en la Legislatura provincial, encabeza ahora una pesquisa que sacude los cimientos del poder político en la capital bonaerense. La funcionaria judicial, con el aval del juez Juan Pablo Masi, procedió a la detención de Nicolás Daniel Rodríguez y Daniela Silva Muñoz, ex empleados de la Cámara Alta, acusados de liderar una red de captación y abuso sexual que operaba bajo el nombre de «La Orden de Luz».
El clan y la «oficina 007»
Según consta en el expediente, Rodríguez y Muñoz habrían actuado como los «entregadores» de mujeres —todas en situación de extrema vulnerabilidad socioeconómica y necesidad de empleo— a diversos funcionarios y personal jerárquico del Senado bonaerense. Las investigaciones han puesto el foco en la denominada oficina 007 de la Cámara, señalada como el centro neurálgico donde se llevaban a cabo las actividades ilícitas y se concretaban los contactos.
Los procesados contaban con una antigüedad superior a los diez años en el cuerpo legislativo. Ingresaron durante la presidencia de Gabriel Mariotto, quien, al ser consultado, negó cualquier vínculo personal con los implicados, aunque se confirmó que durante su mandato ya se habían iniciado sumarios administrativos contra los hoy detenidos por conductas irregulares. El abogado de las víctimas, Ignacio Fernández Camillo, reveló que «hubo denuncias presentadas en 2015, 2019, 2024 y la última que hicimos el año pasado», cuestionando la inacción previa de la DDI y de la Justicia local.
Militancia, internas y misticismo
La trayectoria política de los acusados añade una capa de complejidad al caso. Ambos iniciaron su actividad militante en sectores cercanos a La Cámpora, para luego alinearse con la agrupación La Patria es el Otro, de Andrés “El Cuervo” Larroque. Una fuente consultada por este medio describió a Rodríguez como alguien que «militó con La Patria es el otro pero siempre fue alguien muy del margen… En un momento movió bastante porque tenía el respaldo de la hermana de Cristina, Giselle Fernández… Es un busca con suerte».
Un aspecto inquietante de la denuncia es el componente sectario de la organización. Al ser consultado sobre el nombre del clan, Fernández Camillo explicó: “¿Por qué se le dice que es una secta? Es que en el medio de la trata también se involucran cuestiones ‘espirituales’, rituales casi delirantes”. Estas prácticas eran utilizadas para someter psicológicamente a las víctimas, quienes sufrían constantes amenazas para cumplir con los requerimientos sexuales de los beneficiarios de la red.
Silencio institucional y pericias técnicas
Hasta el momento, la presidencia del Senado, a cargo de Verónica Magario, ha mantenido un hermetismo total respecto al escándalo. Si bien se procedió a la suspensión laboral de Rodríguez y Muñoz, los acusados continúan percibiendo sus haberes hasta que recaiga sobre ellos una condena firme. En los pasillos de la Legislatura, el descontento crece ante la percepción de que el sistema de monitoreo interno, reforzado recientemente, se utiliza primordialmente para vigilar la actividad de los cronistas parlamentarios y no para prevenir delitos de esta índole.
La fiscalía ya ha iniciado la apertura y peritaje de los teléfonos celulares incautados a los detenidos. Se presume que el análisis de los dispositivos podría revelar una lista de nombres de «consumidores finales» de la red, que incluiría a un senador provincial y otros cuadros políticos de relevancia. La causa guarda similitudes operativas con el caso de Julio Chocolate Rigau, sugiriendo una trama de complicidades que, según los investigadores, no podría haber funcionado durante quince años sin algún grado de protección institucional.
Bienvenidos a la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, ese universo paralelo donde las leyes son sugerencias y las oficinas parecen guionadas por una mezcla entre una película de espionaje de bajo presupuesto y un documental de crímenes reales de Netflix. Resulta que en la famosa «oficina 007» —porque claramente el sutil arte del anonimato no es el fuerte de nuestra clase dirigente— funcionaba un clan denominado «La Orden de Luz». Uno se imagina que, con ese nombre, estarían debatiendo la metafísica de la iluminación LED en las calles de La Plata, pero no: aparentemente se dedicaban a la trata y al reclutamiento de mujeres para «favores» a funcionarios. Es fascinante cómo en el corazón del poder legislativo, mientras se llenan la boca con el lenguaje inclusivo y la perspectiva de género, algunos decidieron que era mejor idea montar una secta con rituales delirantes. Si James Bond viera lo que pasa en esa oficina, se entrega solo a la KGB para no tener que compartir el código numérico con estos muchachos.
Lo de la presidenta del Senado, Verónica Magario, ya entra en la categoría de realismo mágico. La señora ha sembrado el edificio de cámaras con una eficiencia que envidiaría el Gran Hermano original, pero hay un pequeño detalle técnico: los lentes parecen tener un filtro selectivo que solo detecta periodistas hablando con empleados. Podés estar mudando un sommier robado, organizando un ritual esotérico con sacrificios simbólicos o manejando una red de explotación de personas, que para el centro de monitoreo sos invisible. Ahora, si se te ocurre preguntarle a un asesor por el presupuesto, te cae una brigada de seguridad antes de que termines de decir «acceso a la información». Es la seguridad al revés: vigilan que nadie cuente lo que pasa, mientras lo que pasa es exactamente lo que deberían haber evitado. Es como poner una alarma que solo suena cuando el dueño intenta entrar a su propia casa, pero se queda muda si entra una banda con una orquesta sinfónica a desvalijar el living.
Y ni hablemos del «currículum vitae» de los detenidos. Nicolás Rodríguez es definido por las fuentes como «un busca con suerte». En Argentina, esa frase es el eufemismo supremo para alguien que saltó de La Cámpora a la agrupación de Larroque con la agilidad de un gimnasta olímpico, siempre bordeando el margen, siempre con un pie en el despacho y otro en el «quién sabe dónde». Es el sueño del ascenso social criollo: de militante de base a jefe de una logia espiritual-sexual en el sótano del Estado. Lo más tierno de todo esto es el silencio de radio de la política platense. Nadie sabe nada, nadie los vio, y Gabriel Mariotto —que los tuvo en su gestión— jura que no tiene ni el teléfono. Es la amnesia colectiva más grande desde que Chocolate Rigau se olvidó de quiénes eran las setenta tarjetas de débito que tenía en el bolsillo. En La Plata, las diagonales no son para acortar camino, son para que nunca sepas en qué esquina te cruzaste con el horror.