El esquema de recortes que estaría implementando el Poder Ejecutivo sobre las dependencias encargadas de la prevención y el combate de incendios habría dejado de ser una serie de medidas aisladas para consolidarse como una política de Estado fundamentada en el negacionismo climático. Esta orientación, que combinaría un fuerte ajuste fiscal con una retórica de confrontación hacia los consensos científicos internacionales, estaría mostrando sus primeras consecuencias directas en el territorio patagónico, donde la superficie degradada por el fuego habría registrado un ascenso exponencial.
El desmantelamiento operativo y presupuestario
De acuerdo con un informe de la Fundación de Ambientes y Recursos Naturales (FARN), el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) habría sufrido una degradación técnica y financiera sin precedentes. “Durante 2024, el Gobierno ejecutó apenas el 22% del presupuesto asignado al SNMF. En 2025 la subejecución presupuestaria volvió a repetirse: el SNMF dejó sin ejecutar el 25% de los recursos asignados, lo que equivale a casi $20.000 millones que podrían haberse destinado a mejorar la infraestructura, el equipamiento, las capacitaciones y las condiciones laborales de las y los brigadistas”.
Las proyecciones para el ciclo 2026 agravarían el escenario, con una partida presupuestaria que representaría una caída real del 69% respecto a 2023 y del 71,6% con respecto a 2025. Esto impactaría directamente en las metas físicas: las horas de vuelo programadas pasarían de 5.100 a 3.100, mientras que los informes de alerta temprana se reducirían de 2.310 a 1.850. A esto se sumaría la pérdida de capital humano; según datos de la diputada Sabrina Selva, el cuerpo de brigadistas en Parques Nacionales habría pasado de 440 a 390 efectivos, motivado por salarios básicos de $860.000 en la Patagonia y $650.000 en el norte del país.
Cambios en el Servicio Meteorológico y marco legal
La intervención ideológica también habría alcanzado al Servicio Meteorológico Nacional (SMN). Bajo la dirección de Antonio Mauad, el organismo habría eliminado de sus canales oficiales toda referencia al “cambio climático” y al “calentamiento global”. La respuesta formal del Gobierno ante las investigaciones periodísticas habría sido que: “Hay que dejar atrás una perspectiva basada exclusivamente en la culpabilización del accionar humano, y superar visiones ideologizadas del pasado”.
En el plano legislativo, el oficialismo buscaría desarmar las protecciones ambientales existentes. Tras haber disuelto por decreto el Fondo Nacional de Manejo del Fuego, el Ejecutivo apuntaría ahora a modificar la Ley de Tierras y la Ley de Manejo del Fuego. Esta última sería un objetivo clave, ya que actualmente prohíbe realizar actividades agropecuarias, loteos o ventas en un terreno entre 30 y 60 años después de un incendio.
Los indicadores de impacto ambiental ya reflejarían el deterioro de la capacidad de respuesta estatal. Según la FARN, “Durante la última temporada de incendios en la Patagonia la superficie de bosques afectados por incendios se cuadruplicó: pasó de 7.747 hectáreas entre octubre de 2023 y marzo de 2024, a 31.722 hectáreas entre octubre de 2024 y marzo de 2025”. Mientras tanto, el discurso oficial sostendría que “todas esas políticas que culpan al ser humano del cambio climático son falsas” y que el calentamiento global respondería a ciclos naturales donde el hombre no tendría incidencia, habiéndose viralizado incluso afirmaciones donde se aseguraría que “una empresa puede contaminar un río todo lo que quiera”.
<p>La administración nacional estaría profundizando el ajuste sobre el Servicio Nacional de Manejo del Fuego y el Servicio Meteorológico Nacional, basándose en una postura escéptica frente al cambio climático. Con una ejecución presupuestaria que alcanzaría mínimos históricos y una sensible reducción de personal, la superficie afectada por incendios en la Patagonia se habría cuadruplicado en el último año, mientras se impulsarían reformas legislativas estructurales sobre el uso del suelo.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Bienvenidos a la flamante era de la «combustión espontánea ideológica», un fenómeno donde los bosques patagónicos no se estarían quemando por negligencia o sequía, sino que estarían practicando un «desapego material» muy acorde a los tiempos que corren. Según se desprendería de la nueva cosmogonía oficial, el Servicio Meteorológico Nacional habría sido detectado operando como una célula de adoctrinamiento gramsciano camuflada tras mapas de presión atmosférica. En este contexto, la eliminación de la pestaña de «cambio climático» en la web oficial no sería un acto de censura, sino una intervención estética para evitar que los ciudadanos se distraigan con ficciones científicas mientras el fuego, ese gran agente de la libertad, decide redistribuir las hectáreas a su antojo.
La estrategia gubernamental consistiría en una jugada maestra de «ahorro pirotécnico»: si se redujeran las horas de vuelo y se mantuvieran los salarios de los brigadistas por debajo del costo de una suscripción premium a cualquier servicio de streaming, las llamas se sentirían eventualmente desmotivadas por la falta de audiencia estatal y se apagarían por puro aburrimiento fiscal. Estaríamos ante el primer caso mundial de «extinción por desfinanciación». Retirar a la delegación argentina de la COP 29 a mitad de un discurso no sería un papelón internacional, sino una forma elegante de decir que el país tendría cosas más importantes que hacer, como debatir si un río contaminado es, en realidad, un caldo de cultivo para emprendimientos innovadores sin la molesta intervención del oxígeno.
Lo más fascinante de este relato potencial sería la coherencia con la que se demolería la prevención. Si el cambio climático fuera una invención del «marxismo cultural», entonces los incendios serían simplemente eventos de iluminación natural malinterpretados por la casta científica. El hecho de que la superficie quemada se haya cuadruplicado sería, bajo esta óptica, una señal de éxito: habría más espacio libre de esa molesta vegetación autóctona que impide la visual de futuros loteos. Estaríamos a un paso de que los informes de alerta temprana fueran reemplazados por una moneda al aire, una técnica que no solo sería más barata, sino que además no estaría contaminada por el «wokismo» de los datos empíricos. Al final, si el país quedara reducido a cenizas, por lo menos se habría logrado con el presupuesto más eficiente de la historia, permitiéndonos observar el fin del mundo con las cuentas en orden y el orgullo de no haber cedido ante la tiranía del sentido común.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El esquema de recortes que estaría implementando el Poder Ejecutivo sobre las dependencias encargadas de la prevención y el combate de incendios habría dejado de ser una serie de medidas aisladas para consolidarse como una política de Estado fundamentada en el negacionismo climático. Esta orientación, que combinaría un fuerte ajuste fiscal con una retórica de confrontación hacia los consensos científicos internacionales, estaría mostrando sus primeras consecuencias directas en el territorio patagónico, donde la superficie degradada por el fuego habría registrado un ascenso exponencial.
El desmantelamiento operativo y presupuestario
De acuerdo con un informe de la Fundación de Ambientes y Recursos Naturales (FARN), el Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) habría sufrido una degradación técnica y financiera sin precedentes. “Durante 2024, el Gobierno ejecutó apenas el 22% del presupuesto asignado al SNMF. En 2025 la subejecución presupuestaria volvió a repetirse: el SNMF dejó sin ejecutar el 25% de los recursos asignados, lo que equivale a casi $20.000 millones que podrían haberse destinado a mejorar la infraestructura, el equipamiento, las capacitaciones y las condiciones laborales de las y los brigadistas”.
Las proyecciones para el ciclo 2026 agravarían el escenario, con una partida presupuestaria que representaría una caída real del 69% respecto a 2023 y del 71,6% con respecto a 2025. Esto impactaría directamente en las metas físicas: las horas de vuelo programadas pasarían de 5.100 a 3.100, mientras que los informes de alerta temprana se reducirían de 2.310 a 1.850. A esto se sumaría la pérdida de capital humano; según datos de la diputada Sabrina Selva, el cuerpo de brigadistas en Parques Nacionales habría pasado de 440 a 390 efectivos, motivado por salarios básicos de $860.000 en la Patagonia y $650.000 en el norte del país.
Cambios en el Servicio Meteorológico y marco legal
La intervención ideológica también habría alcanzado al Servicio Meteorológico Nacional (SMN). Bajo la dirección de Antonio Mauad, el organismo habría eliminado de sus canales oficiales toda referencia al “cambio climático” y al “calentamiento global”. La respuesta formal del Gobierno ante las investigaciones periodísticas habría sido que: “Hay que dejar atrás una perspectiva basada exclusivamente en la culpabilización del accionar humano, y superar visiones ideologizadas del pasado”.
En el plano legislativo, el oficialismo buscaría desarmar las protecciones ambientales existentes. Tras haber disuelto por decreto el Fondo Nacional de Manejo del Fuego, el Ejecutivo apuntaría ahora a modificar la Ley de Tierras y la Ley de Manejo del Fuego. Esta última sería un objetivo clave, ya que actualmente prohíbe realizar actividades agropecuarias, loteos o ventas en un terreno entre 30 y 60 años después de un incendio.
Los indicadores de impacto ambiental ya reflejarían el deterioro de la capacidad de respuesta estatal. Según la FARN, “Durante la última temporada de incendios en la Patagonia la superficie de bosques afectados por incendios se cuadruplicó: pasó de 7.747 hectáreas entre octubre de 2023 y marzo de 2024, a 31.722 hectáreas entre octubre de 2024 y marzo de 2025”. Mientras tanto, el discurso oficial sostendría que “todas esas políticas que culpan al ser humano del cambio climático son falsas” y que el calentamiento global respondería a ciclos naturales donde el hombre no tendría incidencia, habiéndose viralizado incluso afirmaciones donde se aseguraría que “una empresa puede contaminar un río todo lo que quiera”.
Bienvenidos a la flamante era de la «combustión espontánea ideológica», un fenómeno donde los bosques patagónicos no se estarían quemando por negligencia o sequía, sino que estarían practicando un «desapego material» muy acorde a los tiempos que corren. Según se desprendería de la nueva cosmogonía oficial, el Servicio Meteorológico Nacional habría sido detectado operando como una célula de adoctrinamiento gramsciano camuflada tras mapas de presión atmosférica. En este contexto, la eliminación de la pestaña de «cambio climático» en la web oficial no sería un acto de censura, sino una intervención estética para evitar que los ciudadanos se distraigan con ficciones científicas mientras el fuego, ese gran agente de la libertad, decide redistribuir las hectáreas a su antojo.
La estrategia gubernamental consistiría en una jugada maestra de «ahorro pirotécnico»: si se redujeran las horas de vuelo y se mantuvieran los salarios de los brigadistas por debajo del costo de una suscripción premium a cualquier servicio de streaming, las llamas se sentirían eventualmente desmotivadas por la falta de audiencia estatal y se apagarían por puro aburrimiento fiscal. Estaríamos ante el primer caso mundial de «extinción por desfinanciación». Retirar a la delegación argentina de la COP 29 a mitad de un discurso no sería un papelón internacional, sino una forma elegante de decir que el país tendría cosas más importantes que hacer, como debatir si un río contaminado es, en realidad, un caldo de cultivo para emprendimientos innovadores sin la molesta intervención del oxígeno.
Lo más fascinante de este relato potencial sería la coherencia con la que se demolería la prevención. Si el cambio climático fuera una invención del «marxismo cultural», entonces los incendios serían simplemente eventos de iluminación natural malinterpretados por la casta científica. El hecho de que la superficie quemada se haya cuadruplicado sería, bajo esta óptica, una señal de éxito: habría más espacio libre de esa molesta vegetación autóctona que impide la visual de futuros loteos. Estaríamos a un paso de que los informes de alerta temprana fueran reemplazados por una moneda al aire, una técnica que no solo sería más barata, sino que además no estaría contaminada por el «wokismo» de los datos empíricos. Al final, si el país quedara reducido a cenizas, por lo menos se habría logrado con el presupuesto más eficiente de la historia, permitiéndonos observar el fin del mundo con las cuentas en orden y el orgullo de no haber cedido ante la tiranía del sentido común.