La situación salarial de los docentes universitarios se ha consolidado como uno de los conflictos más agudos durante los dos primeros años de la administración de Javier Milei. En un escenario de estricto ajuste fiscal y desfinanciamiento del sistema educativo superior, los haberes del sector han quedado severamente rezagados frente a la evolución de los precios, impactando de forma directa en la calidad institucional de las universidades públicas. Según datos recientes, el ajuste acumulado en el bienio ha representado, en términos reales, la pérdida de siete meses de salario para los trabajadores del sector.
Un retroceso sostenido del poder adquisitivo
Durante los años 2024 y 2025, el salario docente registró caídas recurrentes. Un análisis detallado realizado por el profesor Germán Saller —basado en las liquidaciones de un cargo de Profesor Adjunto con 30 años de antigüedad— indica que en 2025 los haberes perdieron un 12,7 por ciento frente a la inflación. Esta cifra profundiza el deterioro iniciado en 2024, año en el que la pérdida real fue del 9,9 por ciento. El informe destaca que no se observan señales de reversión de esta tendencia en el corto plazo.
Este proceso de erosión salarial fue el detonante de la Ley de Financiamiento Universitario, sancionada por el Congreso en septiembre de 2024. Dicha norma establecía la actualización bimestral de los gastos de funcionamiento y una recomposición salarial retroactiva a enero de ese año, vinculada al índice inflacionario. No obstante, «el presidente Javier Milei vetó la ley en su totalidad», bajo la premisa de no comprometer el objetivo del déficit cero, lo que clausuró la principal vía institucional para mitigar la crisis del sector.
Cifras del impacto acumulado
Al cierre de diciembre de 2025, la comparación con los niveles de noviembre de 2023 arroja resultados críticos. Según el índice de inflación nacional del Indec, la pérdida del poder de compra acumulada es del 33,4 por ciento. Sin embargo, si se utiliza como referencia el índice de precios al consumidor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), que refleja de manera más precisa la canasta de gastos de estos hogares, la caída asciende al 36,5 por ciento.
Estas estadísticas guardan estrecha relación con las mediciones de las federaciones gremiales —CONADU, CONADU Histórica y FEDUN—, que estiman el retroceso salarial real en un rango de entre el 35 y el 40 por ciento desde el inicio de la gestión actual. En términos prácticos, esto significa que los ingresos percibidos por los docentes solo habrían sido suficientes para cubrir su nivel de vida previo hasta mayo de 2025, dejando el resto de los meses del periodo bajo un esquema de desfinanciación personal equivalente a siete meses de labor sin pago efectivo.
Perspectivas y necesidad de recomposición
El estudio concluye que, para restablecer el poder adquisitivo vigente a finales de 2023, los salarios universitarios requerirían hoy una recomposición de entre el 50 y el 58 por ciento. Este horizonte aparece condicionado por la actual política de austeridad del Poder Ejecutivo, situando nuevamente al financiamiento de la educación superior en el centro del debate nacional sobre las deudas sociales acumuladas por el Estado nacional en el inicio de 2026.
<p>Un informe especializado revela que los docentes universitarios argentinos perdieron el 33,4% de su poder adquisitivo entre noviembre de 2023 y diciembre de 2025 bajo la gestión de Javier Milei. El ajuste acumulado equivale a siete meses de trabajo sin remuneración. Tras el veto a la Ley de Financiamiento Universitario, el sector requiere una recomposición de hasta el 58% para recuperar los niveles salariales previos.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Bienvenidos al fascinante experimento antropológico donde la Argentina decidió poner a prueba cuánto tiempo puede sobrevivir un intelectual alimentándose exclusivamente de prestigio y fotocopias. Según los últimos datos del Boletín Epidemiológico Salarial —perdón, quise decir económico—, los docentes universitarios han descubierto una nueva ley de la física: el sueldo es una materia que se crea, se destruye y, bajo la gestión del «déficit cero», se evapora con la velocidad de un helado en la Plaza 25 de Mayo al mediodía. En estos dos años, el ajuste ha sido tan quirúrgico que ya se llevó siete meses de haberes. Es decir, si usted es un Profesor Adjunto con tres décadas de antigüedad, básicamente estuvo yendo a la facultad de mayo a diciembre por el simple placer de escuchar su propia voz y corregir parciales a la luz de una vela, porque el presupuesto para la luz y la carne quedó en el camino.
La ingeniería financiera del gobierno es digna de un premio que no sea, claramente, de Economía: lograron que el salario perdiera un 12,7% en 2025, sumado al 9,9% del 2024. El resultado es que hoy, para volver a tener la vida «lujosa» de fines de 2023 —cuando uno podía aspirar a comprar una marca de yerba que no trajera palitos de regalo—, se necesita una recomposición de casi el 60%. Es una narrativa circular digna de un guion de película de terror: el Congreso sanciona una ley para que los edificios no se caigan y los sueldos no den lástima, pero el Ejecutivo aplica el veto con la rapidez de un rayo, argumentando que la educación pública es un lujo que la casta de los que saben leer y escribir no puede permitirse. El mensaje es transparente: si querés investigar, mejor investigá cómo estirar un paquete de fideos hasta el próximo semestre.
Mientras tanto, los gremios universitarios como CONADU y FEDUN miran las planillas de Excel y sospechan que el índice de precios porteño refleja mejor la tragedia que el nacional, porque vivir en el mundo real cuesta un 36,5% más que en la fantasía estadística. Estamos ante el «Big One» de la docencia: una pérdida del poder de compra tan profunda que si los profesores hubieran intentado mantener su nivel de vida previo, el dinero se les habría terminado en mayo del año pasado. Desde entonces, el sistema funciona por inercia, orgullo y una capacidad de resistencia que roza lo místico. En este enero de 2026, la única certeza es que la universidad pública sigue abierta, no por el financiamiento oficial, sino porque todavía no inventaron un impuesto al entusiasmo docente, aunque den tiempo, que el próximo decreto de necesidad y urgencia todavía no salió.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La situación salarial de los docentes universitarios se ha consolidado como uno de los conflictos más agudos durante los dos primeros años de la administración de Javier Milei. En un escenario de estricto ajuste fiscal y desfinanciamiento del sistema educativo superior, los haberes del sector han quedado severamente rezagados frente a la evolución de los precios, impactando de forma directa en la calidad institucional de las universidades públicas. Según datos recientes, el ajuste acumulado en el bienio ha representado, en términos reales, la pérdida de siete meses de salario para los trabajadores del sector.
Un retroceso sostenido del poder adquisitivo
Durante los años 2024 y 2025, el salario docente registró caídas recurrentes. Un análisis detallado realizado por el profesor Germán Saller —basado en las liquidaciones de un cargo de Profesor Adjunto con 30 años de antigüedad— indica que en 2025 los haberes perdieron un 12,7 por ciento frente a la inflación. Esta cifra profundiza el deterioro iniciado en 2024, año en el que la pérdida real fue del 9,9 por ciento. El informe destaca que no se observan señales de reversión de esta tendencia en el corto plazo.
Este proceso de erosión salarial fue el detonante de la Ley de Financiamiento Universitario, sancionada por el Congreso en septiembre de 2024. Dicha norma establecía la actualización bimestral de los gastos de funcionamiento y una recomposición salarial retroactiva a enero de ese año, vinculada al índice inflacionario. No obstante, «el presidente Javier Milei vetó la ley en su totalidad», bajo la premisa de no comprometer el objetivo del déficit cero, lo que clausuró la principal vía institucional para mitigar la crisis del sector.
Cifras del impacto acumulado
Al cierre de diciembre de 2025, la comparación con los niveles de noviembre de 2023 arroja resultados críticos. Según el índice de inflación nacional del Indec, la pérdida del poder de compra acumulada es del 33,4 por ciento. Sin embargo, si se utiliza como referencia el índice de precios al consumidor de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), que refleja de manera más precisa la canasta de gastos de estos hogares, la caída asciende al 36,5 por ciento.
Estas estadísticas guardan estrecha relación con las mediciones de las federaciones gremiales —CONADU, CONADU Histórica y FEDUN—, que estiman el retroceso salarial real en un rango de entre el 35 y el 40 por ciento desde el inicio de la gestión actual. En términos prácticos, esto significa que los ingresos percibidos por los docentes solo habrían sido suficientes para cubrir su nivel de vida previo hasta mayo de 2025, dejando el resto de los meses del periodo bajo un esquema de desfinanciación personal equivalente a siete meses de labor sin pago efectivo.
Perspectivas y necesidad de recomposición
El estudio concluye que, para restablecer el poder adquisitivo vigente a finales de 2023, los salarios universitarios requerirían hoy una recomposición de entre el 50 y el 58 por ciento. Este horizonte aparece condicionado por la actual política de austeridad del Poder Ejecutivo, situando nuevamente al financiamiento de la educación superior en el centro del debate nacional sobre las deudas sociales acumuladas por el Estado nacional en el inicio de 2026.
Bienvenidos al fascinante experimento antropológico donde la Argentina decidió poner a prueba cuánto tiempo puede sobrevivir un intelectual alimentándose exclusivamente de prestigio y fotocopias. Según los últimos datos del Boletín Epidemiológico Salarial —perdón, quise decir económico—, los docentes universitarios han descubierto una nueva ley de la física: el sueldo es una materia que se crea, se destruye y, bajo la gestión del «déficit cero», se evapora con la velocidad de un helado en la Plaza 25 de Mayo al mediodía. En estos dos años, el ajuste ha sido tan quirúrgico que ya se llevó siete meses de haberes. Es decir, si usted es un Profesor Adjunto con tres décadas de antigüedad, básicamente estuvo yendo a la facultad de mayo a diciembre por el simple placer de escuchar su propia voz y corregir parciales a la luz de una vela, porque el presupuesto para la luz y la carne quedó en el camino.
La ingeniería financiera del gobierno es digna de un premio que no sea, claramente, de Economía: lograron que el salario perdiera un 12,7% en 2025, sumado al 9,9% del 2024. El resultado es que hoy, para volver a tener la vida «lujosa» de fines de 2023 —cuando uno podía aspirar a comprar una marca de yerba que no trajera palitos de regalo—, se necesita una recomposición de casi el 60%. Es una narrativa circular digna de un guion de película de terror: el Congreso sanciona una ley para que los edificios no se caigan y los sueldos no den lástima, pero el Ejecutivo aplica el veto con la rapidez de un rayo, argumentando que la educación pública es un lujo que la casta de los que saben leer y escribir no puede permitirse. El mensaje es transparente: si querés investigar, mejor investigá cómo estirar un paquete de fideos hasta el próximo semestre.
Mientras tanto, los gremios universitarios como CONADU y FEDUN miran las planillas de Excel y sospechan que el índice de precios porteño refleja mejor la tragedia que el nacional, porque vivir en el mundo real cuesta un 36,5% más que en la fantasía estadística. Estamos ante el «Big One» de la docencia: una pérdida del poder de compra tan profunda que si los profesores hubieran intentado mantener su nivel de vida previo, el dinero se les habría terminado en mayo del año pasado. Desde entonces, el sistema funciona por inercia, orgullo y una capacidad de resistencia que roza lo místico. En este enero de 2026, la única certeza es que la universidad pública sigue abierta, no por el financiamiento oficial, sino porque todavía no inventaron un impuesto al entusiasmo docente, aunque den tiempo, que el próximo decreto de necesidad y urgencia todavía no salió.