Los creadores de la criptografía AES, premiados por asegurar su vida digital.

Redacción Cuyo News
5 min
Cortito y conciso:

Joan Daemen y Vincent Rijmen, ingenieros belgas, fueron galardonados con el premio Fundación BBVA por la creación del Advanced Encryption Standard (AES). Este algoritmo es la base de la seguridad digital global, protegiendo desde móviles hasta transacciones bancarias, y reemplazó al obsoleto DES. Pese a su éxito y carácter de código abierto, Daemen advierte sobre los «desafíos políticos» de la criptografía, señalando cómo sistemas como el escaneo del lado del cliente, pensados para fines loables, podrían derivar en herramientas de vigilancia masiva, especialmente en contextos de menor supervisión ciudadana.

El mundo digital, ese que nos promete privacidad y seguridad con cada clic, acaba de reconocer a sus arquitectos invisibles. Ni más ni menos que Joan Daemen y Vincent Rijmen, los cerebritos belgas detrás del algoritmo Advanced Encryption Standard (AES), fueron galardonados con el premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Tecnologías de la Información y la Comunicación. Una ovación de pie para el sistema que, desde finales del siglo pasado, es el guardián silencioso de nuestros portátiles, celulares, cuentas bancarias y hasta la nube donde flotan nuestros datos más íntimos.

Claro, el jurado de la XVIII edición no escatimó en elogios. Destacó que este cimiento matemático, que lleva el nombre de Rijndael (una combinación de sus apellidos, por si faltaba un toque de originalidad), se convirtió en la tecnología que «sustenta la era digital actual». Y sí, gracias a él, «nuestro dinero permanece en nuestras cuentas bancarias, nuestros historiales médicos siguen siendo privados y nuestros mensajes solo llegan a las personas a las que queremos enviarlos». Una promesa de seguridad que, en la vorágine de lo digital, suena casi a utopía.

AES: de la obsolescencia a la hegemonía global

La historia no es menor. En 1997, cuando el viejo Data Encryption Standard (DES) del NIST estadounidense empezaba a mostrar más agujeros que un colador, Daemen y Rijmen aparecieron con su propuesta. Sus tesis doctorales, enfocadas en los cimientos matemáticos de la criptografía, les dieron una ventaja considerable en el concurso convocado para buscar un reemplazo. Y ganaron. Su invento se integró al sistema estadounidense en 2001 y, para 2005, ya era el estándar internacional. Un ascenso meteórico para un código abierto, una característica que, según el jurado, garantizó «la transparencia en la comunidad criptográfica». Se enseña en todas las universidades, se examina en busca de vulnerabilidades. Un lujo, dirán algunos.

Pero no todo es color de rosa en el universo de los algoritmos. Si bien Daemen subraya que el AES sigue funcionando a las mil maravillas, aunque venga de los noventa, la charla se pone espesa cuando se mete en política. «La criptografía que hacemos, como la del AES o sistemas similares, son solo componentes básicos», advierte el ingeniero. El verdadero quid de la cuestión, la arquitectura de seguridad a nivel superior, pasa por decisiones mucho más complejas: ¿los datos en la nube, descentralizados o centralizados? Un detalle para nada menor.

El lado oscuro del código: la vigilancia masiva en la mira

Y aquí es donde el premio y el reconocimiento se cruzan con una preocupación que no muchos quieren escuchar. Daemen no se anda con chiquitas. Menciona las prácticas como el escaneo del lado del cliente, esas que se plantean con la «loable» intención de prevenir abusos sexuales infantiles. Pero, ojo, que la intención no tape el bosque. Estas tecnologías, alerta el experto, pueden transformarse en «herramientas de vigilancia masiva». Y la alarma se enciende aún más cuando se mira a «países donde las tendencias políticas alejan la supervisión de los ciudadanos». Digamos la verdad: la capacidad de vigilancia nunca fue tan potente como ahora, gracias, precisamente, a estas infraestructuras. No es de extrañar que muchos criptógrafos, lejos de limitarse a sus ecuaciones, «hacen oír su voz e intentan influir en la legislación».

Así las cosas, mientras el mundo celebra a los genios que nos dieron el candado digital, la pregunta que resuena es: ¿ese candado nos protege solo de los ladrones, o también de los que, con la excusa de cuidarnos, quieren ver qué hay del otro lado de la puerta? El dilema, al parecer, está lejos de ser encriptado.

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