Este martes 3 de febrero de 2026, los organismos internacionales de monitoreo espacial han elevado el nivel de alerta sobre la actividad solar, tras detectarse una secuencia de fulguraciones de clase M en la superficie del astro rey. El fenómeno coincide con el pico máximo del Ciclo Solar 25, un periodo de inestabilidad magnética que incrementa significativamente el riesgo de eyecciones de masa coronal (CME) dirigidas hacia nuestro planeta.
Vigilancia de la NOAA y plazos de impacto
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) informó que la detección de configuraciones magnéticas complejas sugiere la inminencia de una tormenta geomagnética. Si bien la radiación electromagnética de las erupciones impacta en apenas 8 minutos, las partículas de plasma viajan a velocidades que oscilan entre los 500 y 2.000 kilómetros por segundo. Bajo estos parámetros, los especialistas sitúan la ventana crítica de impacto entre el 4 y el 5 de febrero.
Protocolos de emergencia y riesgos técnicos
Ante la amenaza, los centros de control de energía eléctrica en la región de Cuyo y en el resto de la Argentina han iniciado protocolos de supervisión para detectar corrientes inducidas geomagnéticamente (GIC). Estas corrientes pueden sobrecargar las líneas de alta tensión y afectar la estabilidad del suministro. Se prevé que una tormenta de magnitud moderada (categorías G2 o G3) provoque las siguientes consecuencias:
- Interrupciones en comunicaciones: Afectación de las frecuencias de radio HF, particularmente en latitudes medias.
- Degradación de sistemas satelitales: Alteraciones en la precisión de los servicios de GPS y en la sincronización de plataformas financieras globales.
- Fluctuaciones en la red eléctrica: Posibles variaciones de voltaje que podrían activar mecanismos de protección y cortes preventivos.
El precedente histórico: Del Evento Carrington a la actualidad
La vulnerabilidad de la civilización moderna ante estos fenómenos es objeto de constante estudio. Investigaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona estiman que la probabilidad de un evento de escala catastrófica se sitúa entre el 0.46% y el 1.88% para las próximas décadas. Aunque los porcentajes parecen marginales, la Academia Nacional de Ciencias advierte que un impacto similar al histórico «Evento Carrington» de 1859 generaría daños económicos superiores a los 2.000 millones de dólares solo en los Estados Unidos.
En septiembre de 1859, el astrónomo Richard Carrington fue testigo de una explosión solar que liberó una energía equivalente a «más de diez mil millones de bombas atómicas». Aquel evento provocó el colapso de las redes telegráficas globales durante 14 horas, incendiando estaciones y permitiendo que las auroras boreales fueran visibles en latitudes tropicales, iluminando el cielo con tal intensidad que, según crónicas del Times de Londres, era posible proyectar sombras en el suelo durante la noche.
<p>Los servicios de monitoreo espacial han intensificado la vigilancia ante una serie de fulguraciones solares de clase M registradas este martes. El Ciclo Solar 26 atraviesa su fase de máxima actividad, elevando la probabilidad de una eyección de masa coronal con trayectoria hacia la Tierra para los días 4 y 5 de febrero, lo que podría afectar sistemas eléctricos y de telecomunicaciones.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Aparentemente, al Sol no le bastó con convertir a San Juan en una sucursal del mismísimo infierno cada verano, sino que ahora decidió enviarnos una notificación de «visto» galáctica en forma de tormenta geomagnética. Según los expertos, estamos en pleno pico del Ciclo Solar 26, lo cual es básicamente la forma que tiene el universo de decirnos que nuestra dependencia al Wi-Fi y a los memes de gatitos pende de un hilo de plasma hirviente. Mientras usted se queja de que el aire acondicionado no enfría, una eyección de masa coronal viene viajando a 2.000 kilómetros por segundo con la firme intención de freír los transformadores y dejarnos incomunicados como en la época en la que la gente se mandaba cartas y se bañaba en el río.
La NOAA ya activó las alertas, advirtiendo que entre el 4 y el 5 de febrero las partículas masivas chocarán contra nuestra magnetósfera, ese escudo invisible que está haciendo horas extras para que no terminemos como un pan lactal en una tostadora. Lo más irónico es que, mientras los centros de control de energía en Cuyo rezan para que las líneas de alta tensión no decidan jubilarse antes de tiempo, existe la posibilidad de que veamos auroras boreales. Imaginate la escena: media provincia a oscuras, sin internet, sin poder cargar el celular para avisar que se cortó la luz, pero mirando unas luces verdes preciosas en el cielo mientras el vecino aprovecha para saquearte la heladera porque «total se va a echar a perder todo».
Estamos ante un evento que podría ser el «remake» del Evento Carrington de 1859, pero con la sutil diferencia de que en aquel entonces lo máximo que se rompió fue un telégrafo y ahora se nos cae la red de transacciones bancarias y el GPS, dejándonos a merced de nuestra nula capacidad para orientarnos sin una voz gallega saliéndonos del tablero. Si ven a los operarios de las redes eléctricas corriendo en círculos, no se asusten; es el protocolo estándar ante una energía equivalente a diez mil millones de bombas atómicas. Al final del día, si el mundo tecnológico colapsa, siempre podremos volver a lo básico: leer el diario a la luz de una aurora solar mientras esperamos que alguien invente de nuevo el Instagram.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Este martes 3 de febrero de 2026, los organismos internacionales de monitoreo espacial han elevado el nivel de alerta sobre la actividad solar, tras detectarse una secuencia de fulguraciones de clase M en la superficie del astro rey. El fenómeno coincide con el pico máximo del Ciclo Solar 25, un periodo de inestabilidad magnética que incrementa significativamente el riesgo de eyecciones de masa coronal (CME) dirigidas hacia nuestro planeta.
Vigilancia de la NOAA y plazos de impacto
La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) informó que la detección de configuraciones magnéticas complejas sugiere la inminencia de una tormenta geomagnética. Si bien la radiación electromagnética de las erupciones impacta en apenas 8 minutos, las partículas de plasma viajan a velocidades que oscilan entre los 500 y 2.000 kilómetros por segundo. Bajo estos parámetros, los especialistas sitúan la ventana crítica de impacto entre el 4 y el 5 de febrero.
Protocolos de emergencia y riesgos técnicos
Ante la amenaza, los centros de control de energía eléctrica en la región de Cuyo y en el resto de la Argentina han iniciado protocolos de supervisión para detectar corrientes inducidas geomagnéticamente (GIC). Estas corrientes pueden sobrecargar las líneas de alta tensión y afectar la estabilidad del suministro. Se prevé que una tormenta de magnitud moderada (categorías G2 o G3) provoque las siguientes consecuencias:
- Interrupciones en comunicaciones: Afectación de las frecuencias de radio HF, particularmente en latitudes medias.
- Degradación de sistemas satelitales: Alteraciones en la precisión de los servicios de GPS y en la sincronización de plataformas financieras globales.
- Fluctuaciones en la red eléctrica: Posibles variaciones de voltaje que podrían activar mecanismos de protección y cortes preventivos.
El precedente histórico: Del Evento Carrington a la actualidad
La vulnerabilidad de la civilización moderna ante estos fenómenos es objeto de constante estudio. Investigaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona estiman que la probabilidad de un evento de escala catastrófica se sitúa entre el 0.46% y el 1.88% para las próximas décadas. Aunque los porcentajes parecen marginales, la Academia Nacional de Ciencias advierte que un impacto similar al histórico «Evento Carrington» de 1859 generaría daños económicos superiores a los 2.000 millones de dólares solo en los Estados Unidos.
En septiembre de 1859, el astrónomo Richard Carrington fue testigo de una explosión solar que liberó una energía equivalente a «más de diez mil millones de bombas atómicas». Aquel evento provocó el colapso de las redes telegráficas globales durante 14 horas, incendiando estaciones y permitiendo que las auroras boreales fueran visibles en latitudes tropicales, iluminando el cielo con tal intensidad que, según crónicas del Times de Londres, era posible proyectar sombras en el suelo durante la noche.
Aparentemente, al Sol no le bastó con convertir a San Juan en una sucursal del mismísimo infierno cada verano, sino que ahora decidió enviarnos una notificación de «visto» galáctica en forma de tormenta geomagnética. Según los expertos, estamos en pleno pico del Ciclo Solar 26, lo cual es básicamente la forma que tiene el universo de decirnos que nuestra dependencia al Wi-Fi y a los memes de gatitos pende de un hilo de plasma hirviente. Mientras usted se queja de que el aire acondicionado no enfría, una eyección de masa coronal viene viajando a 2.000 kilómetros por segundo con la firme intención de freír los transformadores y dejarnos incomunicados como en la época en la que la gente se mandaba cartas y se bañaba en el río.
La NOAA ya activó las alertas, advirtiendo que entre el 4 y el 5 de febrero las partículas masivas chocarán contra nuestra magnetósfera, ese escudo invisible que está haciendo horas extras para que no terminemos como un pan lactal en una tostadora. Lo más irónico es que, mientras los centros de control de energía en Cuyo rezan para que las líneas de alta tensión no decidan jubilarse antes de tiempo, existe la posibilidad de que veamos auroras boreales. Imaginate la escena: media provincia a oscuras, sin internet, sin poder cargar el celular para avisar que se cortó la luz, pero mirando unas luces verdes preciosas en el cielo mientras el vecino aprovecha para saquearte la heladera porque «total se va a echar a perder todo».
Estamos ante un evento que podría ser el «remake» del Evento Carrington de 1859, pero con la sutil diferencia de que en aquel entonces lo máximo que se rompió fue un telégrafo y ahora se nos cae la red de transacciones bancarias y el GPS, dejándonos a merced de nuestra nula capacidad para orientarnos sin una voz gallega saliéndonos del tablero. Si ven a los operarios de las redes eléctricas corriendo en círculos, no se asusten; es el protocolo estándar ante una energía equivalente a diez mil millones de bombas atómicas. Al final del día, si el mundo tecnológico colapsa, siempre podremos volver a lo básico: leer el diario a la luz de una aurora solar mientras esperamos que alguien invente de nuevo el Instagram.