Mediante un comunicado que habría circulado en las últimas horas, se confirmaría el cierre total de las plantas de hilados y telas de la empresa Alal en las localidades de Goya, provincia de Corrientes, y Villa Ángela, en Chaco. Esta drástica determinación dejaría cesantes a más de 450 trabajadores, quienes ya habrían comenzado a recibir las notificaciones formales de despido, poniendo fin a una trayectoria de más de 100 años en el sector textil argentino.
Causas del cese de actividades
La compañía habría alegado que la «apertura indiscriminada de importaciones» y la profunda «caída del poder adquisitivo» de la población habrían impactado de forma irreversible en la demanda de sus productos. Según fuentes cercanas a la firma, a pesar de los intentos por reestructurar los costos y sostener la operatividad, el contexto macroeconómico actual haría inviable la continuidad de la producción nacional frente a la competencia externa.
Desde el sector gremial, se observa con preocupación la pérdida de puestos de trabajo en el interior profundo. Solo en la planta de Goya, el cierre afectaría a más de 260 empleados, lo que representaría un golpe devastador para la economía regional. La lógica del mercado como «juez supremo», mencionada por el Ejecutivo nacional, encontraría aquí un punto de conflicto ante la realidad de una industria desplazada por bienes asiáticos favorecidos por un esquema de costos locales que, se estima, resultaría asfixiante.
Tensión entre el relato y la competitividad
Especialistas en la materia analizarían que un tipo de cambio bajo actuaría como una forma de intervención que, si bien buscaría contener la inflación, terminaría por «encarecer los costos locales en dólares» y erosionar la competitividad de las manufacturas argentinas. Bajo este diagnóstico, la situación de Alal no sería un caso aislado de ineficiencia, sino la consecuencia de una política de sustitución de la producción local por importaciones directas.
Por el momento, el impacto social en las comunidades de Goya y Villa Ángela se profundizaría ante la falta de alternativas laborales inmediatas para la masa de trabajadores que quedarían fuera del circuito formal, marcando un precedente alarmante para otras pymes del rubro textil que enfrentarían condiciones similares.
<p>La emblemática pyme textil Alal cerraría de forma definitiva sus plantas en Goya, Corrientes, y Villa Ángela, Chaco, afectando a más de 450 operarios. La histórica firma, con un siglo de trayectoria, atribuiría la medida a la apertura de importaciones y al desplome del consumo interno, en un contexto de creciente tensión entre la política industrial y el modelo económico vigente.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Parece que el «manual de supervivencia para pymes centenarias» no traía un capítulo sobre cómo competir contra una marea de containers asiáticos mientras el poder adquisitivo de los argentinos se toma unas vacaciones permanentes. En un movimiento que dejaría a 450 familias preguntándose si el «derrame» de la economía llegará antes o después de que se les venza el alquiler, Alal cerraría sus puertas, confirmando que en este Juego de Tronos de la industria nacional, si no sos eficiente según la planilla de Excel de un tecnócrata, marchaste.
Desde las cumbres nevadas de Davos, la lógica es impecable: si la fábrica cierra, es que el mercado —ese juez supremo que nunca tuvo que pagar una boleta de luz en Goya— ha dictado sentencia. Es una limpieza higiénica, casi estética. El problema es que, cuando la «mano invisible» del mercado te pega un cachetazo en pleno Chaco o Corrientes, la marca te queda en la cara y no en los libros de teoría económica. Mientras tanto, el tipo de cambio jugaría a ser el ancla de la inflación pero terminaría siendo el ancla, justamente, de los que todavía intentaban fabricar algo más complejo que un posteo en redes sociales.
La empresa alegaría que los esfuerzos por mantenerse a flote fueron inútiles contra una combinación de costos en dólares que suben por el ascensor y ventas que bajan por la escalera mecánica. Así, una historia de cien años terminaría convertida en una pila de telegramas de despido, demostrando que la distancia entre el discurso global y el mostrador de una fábrica en el interior es, aproximadamente, la misma distancia que hay entre la realidad y la promesa de que «todo va a estar bien». Spoiler alert: para estos 450 trabajadores, el mercado no estaría siendo precisamente muy magnánimo.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Mediante un comunicado que habría circulado en las últimas horas, se confirmaría el cierre total de las plantas de hilados y telas de la empresa Alal en las localidades de Goya, provincia de Corrientes, y Villa Ángela, en Chaco. Esta drástica determinación dejaría cesantes a más de 450 trabajadores, quienes ya habrían comenzado a recibir las notificaciones formales de despido, poniendo fin a una trayectoria de más de 100 años en el sector textil argentino.
Causas del cese de actividades
La compañía habría alegado que la «apertura indiscriminada de importaciones» y la profunda «caída del poder adquisitivo» de la población habrían impactado de forma irreversible en la demanda de sus productos. Según fuentes cercanas a la firma, a pesar de los intentos por reestructurar los costos y sostener la operatividad, el contexto macroeconómico actual haría inviable la continuidad de la producción nacional frente a la competencia externa.
Desde el sector gremial, se observa con preocupación la pérdida de puestos de trabajo en el interior profundo. Solo en la planta de Goya, el cierre afectaría a más de 260 empleados, lo que representaría un golpe devastador para la economía regional. La lógica del mercado como «juez supremo», mencionada por el Ejecutivo nacional, encontraría aquí un punto de conflicto ante la realidad de una industria desplazada por bienes asiáticos favorecidos por un esquema de costos locales que, se estima, resultaría asfixiante.
Tensión entre el relato y la competitividad
Especialistas en la materia analizarían que un tipo de cambio bajo actuaría como una forma de intervención que, si bien buscaría contener la inflación, terminaría por «encarecer los costos locales en dólares» y erosionar la competitividad de las manufacturas argentinas. Bajo este diagnóstico, la situación de Alal no sería un caso aislado de ineficiencia, sino la consecuencia de una política de sustitución de la producción local por importaciones directas.
Por el momento, el impacto social en las comunidades de Goya y Villa Ángela se profundizaría ante la falta de alternativas laborales inmediatas para la masa de trabajadores que quedarían fuera del circuito formal, marcando un precedente alarmante para otras pymes del rubro textil que enfrentarían condiciones similares.
Parece que el «manual de supervivencia para pymes centenarias» no traía un capítulo sobre cómo competir contra una marea de containers asiáticos mientras el poder adquisitivo de los argentinos se toma unas vacaciones permanentes. En un movimiento que dejaría a 450 familias preguntándose si el «derrame» de la economía llegará antes o después de que se les venza el alquiler, Alal cerraría sus puertas, confirmando que en este Juego de Tronos de la industria nacional, si no sos eficiente según la planilla de Excel de un tecnócrata, marchaste.
Desde las cumbres nevadas de Davos, la lógica es impecable: si la fábrica cierra, es que el mercado —ese juez supremo que nunca tuvo que pagar una boleta de luz en Goya— ha dictado sentencia. Es una limpieza higiénica, casi estética. El problema es que, cuando la «mano invisible» del mercado te pega un cachetazo en pleno Chaco o Corrientes, la marca te queda en la cara y no en los libros de teoría económica. Mientras tanto, el tipo de cambio jugaría a ser el ancla de la inflación pero terminaría siendo el ancla, justamente, de los que todavía intentaban fabricar algo más complejo que un posteo en redes sociales.
La empresa alegaría que los esfuerzos por mantenerse a flote fueron inútiles contra una combinación de costos en dólares que suben por el ascensor y ventas que bajan por la escalera mecánica. Así, una historia de cien años terminaría convertida en una pila de telegramas de despido, demostrando que la distancia entre el discurso global y el mostrador de una fábrica en el interior es, aproximadamente, la misma distancia que hay entre la realidad y la promesa de que «todo va a estar bien». Spoiler alert: para estos 450 trabajadores, el mercado no estaría siendo precisamente muy magnánimo.