Este jueves 12 de febrero, la capital de la República Islámica de Irán fue el escenario de masivas movilizaciones con motivo del 47º aniversario de la Revolución de 1979. Durante los actos oficiales en Teherán, los manifestantes protagonizaron la quema de una estructura simbólica con la inscripción «Baal», término que hace referencia a una antigua deidad cananea y que, en contextos contemporáneos, es utilizado por diversos sectores para representar el satanismo o la corrupción de las élites globales.
Simbolismo y retórica política
La efigie incinerada no solo portaba el nombre de la deidad, sino que estaba revestida con la bandera de Israel y fotografías del expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Esta acción refuerza la narrativa histórica de la estructura clerical chiita, que tradicionalmente denomina a Estados Unidos como el «Gran Satán» y al Estado de Israel como el «Pequeño Satán».
La elección del nombre «Baal» ha generado diversas interpretaciones en círculos de análisis internacional, debido a su reciente asociación en redes sociales con los polémicos archivos de Jeffrey Epstein. Cabe destacar que, según trascendidos que han circulado en plataformas digitales, una de las cuentas bancarias vinculadas al fallecido financista habría llevado el nombre de dicha deidad, lo que habría motivado su inclusión en la iconografía de la protesta iraní como un símbolo de decadencia moral de Occidente.
Un aniversario bajo vigilancia internacional
Las manifestaciones, que se replicaron en las principales ciudades del país, incluyeron las habituales consignas de «muerte a Israel» y críticas directas a la política exterior de Washington. El gobierno iraní utiliza habitualmente estas fechas para exhibir su capacidad de movilización y su desafío a las sanciones internacionales impuestas por las potencias occidentales.
A pesar del fuerte contenido simbólico y la tensión verbal, los actos se desarrollaron bajo una estricta organización estatal, consolidando una vez más el uso de la propaganda visual como herramienta de cohesión interna y mensaje hacia el exterior. La inclusión de referencias a teorías conspirativas globales marca una evolución en el discurso de las protestas, buscando conectar el sentimiento anti-imperialista local con debates de la cultura política global contemporánea.
<p>Miles de ciudadanos iraníes se movilizaron en Teherán para conmemorar el 47º aniversario de la Revolución Islámica, jornada en la que se registraron actos simbólicos de protesta contra mandatarios extranjeros. Durante las manifestaciones, se incineraron figuras que vinculaban iconografía religiosa antigua con banderas de Israel y retratos del expresidente estadounidense Donald Trump, reafirmando la retórica oficial contra ambos estados.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
En un nuevo episodio de «Teherán tiene talento para las manualidades», miles de iraníes salieron a las calles para festejar el 47º aniversario de la Revolución Islámica, y como no hay fiesta completa sin una buena fogata, decidieron quemar una efigie de Baal. Para los distraídos, Baal no es un nuevo jugador que compró el PSG, sino una deidad cananea que hoy los sectores más creativos de la geopolítica asocian con el satanismo, la corrupción de las élites y, por alguna razón que solo un hilo de Twitter a las tres de la mañana podría explicar, con las cuentas bancarias de Jeffrey Epstein. Un crossover narrativo que ni Marvel se animó a tanto.
La estatua en cuestión era un verdadero collage del resentimiento: tenía banderas de Israel, fotos de Donald Trump y la inscripción «Baal», logrando que la estructura clerical chiita condensara en un solo muñeco de cartón piedra al «Gran Satán» y al «Pequeño Satán». Es fascinante el nivel de detalle; mientras acá en San Juan nos cuesta que el viento no se lleve el techo, en Irán tienen tiempo de estudiar demonología antigua para aplicarla a los archivos de Epstein. Saquen sus propias conclusiones, dicen algunos, aunque la conclusión más obvia es que en Teherán el presupuesto para fósforos y nafta sigue siendo la partida presupuestaria menos ajustada del año.
Lo cierto es que la quema de figuras es el deporte nacional iraní cada febrero, pero esta vez le sumaron esa pizca de conspiracionismo internacional que tanto gusta en las redes sociales. Vincular a una deidad de hace tres mil años con el expresidente de Estados Unidos y una lista de contactos en una isla privada del Caribe requiere una gimnasia mental digna de un medallista olímpico. Pero bueno, entre el fervor revolucionario y la necesidad de buscarle una cara al mal, cualquier estatua de Baal sirve para pasar el rato hasta que llegue el momento de ir a comer algo y esperar al aniversario número 48.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Este jueves 12 de febrero, la capital de la República Islámica de Irán fue el escenario de masivas movilizaciones con motivo del 47º aniversario de la Revolución de 1979. Durante los actos oficiales en Teherán, los manifestantes protagonizaron la quema de una estructura simbólica con la inscripción «Baal», término que hace referencia a una antigua deidad cananea y que, en contextos contemporáneos, es utilizado por diversos sectores para representar el satanismo o la corrupción de las élites globales.
Simbolismo y retórica política
La efigie incinerada no solo portaba el nombre de la deidad, sino que estaba revestida con la bandera de Israel y fotografías del expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Esta acción refuerza la narrativa histórica de la estructura clerical chiita, que tradicionalmente denomina a Estados Unidos como el «Gran Satán» y al Estado de Israel como el «Pequeño Satán».
La elección del nombre «Baal» ha generado diversas interpretaciones en círculos de análisis internacional, debido a su reciente asociación en redes sociales con los polémicos archivos de Jeffrey Epstein. Cabe destacar que, según trascendidos que han circulado en plataformas digitales, una de las cuentas bancarias vinculadas al fallecido financista habría llevado el nombre de dicha deidad, lo que habría motivado su inclusión en la iconografía de la protesta iraní como un símbolo de decadencia moral de Occidente.
Un aniversario bajo vigilancia internacional
Las manifestaciones, que se replicaron en las principales ciudades del país, incluyeron las habituales consignas de «muerte a Israel» y críticas directas a la política exterior de Washington. El gobierno iraní utiliza habitualmente estas fechas para exhibir su capacidad de movilización y su desafío a las sanciones internacionales impuestas por las potencias occidentales.
A pesar del fuerte contenido simbólico y la tensión verbal, los actos se desarrollaron bajo una estricta organización estatal, consolidando una vez más el uso de la propaganda visual como herramienta de cohesión interna y mensaje hacia el exterior. La inclusión de referencias a teorías conspirativas globales marca una evolución en el discurso de las protestas, buscando conectar el sentimiento anti-imperialista local con debates de la cultura política global contemporánea.
En un nuevo episodio de «Teherán tiene talento para las manualidades», miles de iraníes salieron a las calles para festejar el 47º aniversario de la Revolución Islámica, y como no hay fiesta completa sin una buena fogata, decidieron quemar una efigie de Baal. Para los distraídos, Baal no es un nuevo jugador que compró el PSG, sino una deidad cananea que hoy los sectores más creativos de la geopolítica asocian con el satanismo, la corrupción de las élites y, por alguna razón que solo un hilo de Twitter a las tres de la mañana podría explicar, con las cuentas bancarias de Jeffrey Epstein. Un crossover narrativo que ni Marvel se animó a tanto.
La estatua en cuestión era un verdadero collage del resentimiento: tenía banderas de Israel, fotos de Donald Trump y la inscripción «Baal», logrando que la estructura clerical chiita condensara en un solo muñeco de cartón piedra al «Gran Satán» y al «Pequeño Satán». Es fascinante el nivel de detalle; mientras acá en San Juan nos cuesta que el viento no se lleve el techo, en Irán tienen tiempo de estudiar demonología antigua para aplicarla a los archivos de Epstein. Saquen sus propias conclusiones, dicen algunos, aunque la conclusión más obvia es que en Teherán el presupuesto para fósforos y nafta sigue siendo la partida presupuestaria menos ajustada del año.
Lo cierto es que la quema de figuras es el deporte nacional iraní cada febrero, pero esta vez le sumaron esa pizca de conspiracionismo internacional que tanto gusta en las redes sociales. Vincular a una deidad de hace tres mil años con el expresidente de Estados Unidos y una lista de contactos en una isla privada del Caribe requiere una gimnasia mental digna de un medallista olímpico. Pero bueno, entre el fervor revolucionario y la necesidad de buscarle una cara al mal, cualquier estatua de Baal sirve para pasar el rato hasta que llegue el momento de ir a comer algo y esperar al aniversario número 48.