El billete de mayor denominación ya no alcanza para un kilo de asado

Redacción Cuyo News
6 min

El billete de máxima denominación en la República Argentina, que en su lanzamiento fue presentado como la herramienta definitiva para agilizar los pagos y reducir los costos logísticos del Banco Central, ha alcanzado un nuevo mínimo histórico en términos de poder adquisitivo. Lo que originalmente simbolizaba una capacidad de compra robusta, hoy se ha convertido en una pieza de «cambio chico» que apenas cubre las necesidades básicas más elementales.

El «Efecto Carnicería»: la carne por encima del papel

Un relevamiento realizado en comercios de cercanía y carnicerías de la Ciudad revela una realidad cruda: un solo billete de la mayor denominación ya no alcanza para comprar un kilogramo de carne. Cortes emblemáticos de la canasta familiar como el asado, el vacío o la nalga han superado ampliamente el valor nominal del papel, obligando a los consumidores a utilizar múltiples unidades para una transacción que hace apenas unos años se resolvía con una fracción de ese monto.

Los comerciantes señalan que el manejo de efectivo se ha vuelto una carga operativa. “Para cobrar un kilo y medio de carne tenemos que contar fajos de billetes, lo que antes hacíamos con un par de papeles”, comentan desde el sector minorista. Esta situación no solo ralentiza el comercio, sino que pone de manifiesto la acelerada depreciación del peso frente a los precios de los alimentos frescos.

La pérdida de significado de la moneda

La brecha entre el valor impreso y el costo de vida real continúa ensanchándose. Históricamente, el billete de mayor valor permitía «llenar la heladera» o cubrir una compra semanal de supermercado; hoy, su utilidad se ha reducido a la compra de productos aislados o al pago de servicios mínimos. Expertos económicos advierten que Argentina no solo enfrenta un problema de precios, sino una crisis de identidad monetaria.

La constante impresión de billetes de alta denominación funciona hoy como la evidencia diaria de la inflación. Mientras el papel crece en volumen físico en las calles, su capacidad de intercambio se diluye. La pregunta que se instala en la sociedad ya no gira en torno a la cifra impresa en el papel, sino a la validez real del peso como reserva de valor en un contexto donde el dinero pierde significado a la misma velocidad con la que se remarcan las pizarras de los comercios.

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