En un hito que combina la arqueología tecnológica con la eficiencia industrial, se ha iniciado la extracción del TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica de la historia. Instalada en 1988 por un consorcio integrado por AT&T, British Telecom y France Telecom, esta infraestructura marcó el inicio de la conectividad digital moderna, permitiendo la transmisión masiva de datos entre América y Europa.
Logística y tecnología de recuperación
La operación de retirada está siendo ejecutada por Subsea Environmental Services, firma especializada en la gestión de infraestructuras submarinas obsoletas. El proceso se centra en el despliegue del buque Maasvliet, una embarcación de alta tecnología diésel-eléctrica equipada para «localizar, enganchar y extraer» miles de kilómetros de cable desde profundidades abisales. La técnica empleada utiliza listas de posicionamiento detalladas y coordenadas precisas para identificar cada empalme y repetidor a lo largo del recorrido oceánico.
Según los informes técnicos, la recuperación del TAT-8 responde a tres objetivos estratégicos fundamentales: Liberación del lecho marino para facilitar la instalación de nuevas redes de última generación. Gestión de residuos mediante la remoción de infraestructura fuera de servicio. Recuperación de materiales de alto valor, principalmente metales no ferrosos.
El valor del reciclaje industrial
Una vez en superficie, los materiales son procesados por empresas como Mertech Marine. El valor estratégico de la operación reside en la calidad de los componentes recuperados: el acero y el cobre de gran pureza son reintroducidos en la cadena industrial, mientras que el polietileno de la cubierta se transforma en pellets para la fabricación de productos plásticos no alimentarios. Curiosamente, la fibra óptica posee un valor de reciclaje casi nulo en comparación con los metales que la protegen.
Con la demanda mundial de cobre en niveles récord debido a la transición energética, la recuperación de estos «yacimientos submarinos» de cable obsoleto se ha convertido en una actividad altamente rentable y necesaria para la sostenibilidad del sector de las telecomunicaciones globales.
<p>Tras más de 35 años en el lecho marino, comenzó la extracción del TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica que inauguró la era digital en 1988. La operación, liderada por Subsea Environmental Services, busca liberar espacio oceánico y recuperar materiales estratégicos como cobre y acero de alta pureza para su reciclaje industrial, ante la creciente demanda global de metales.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Preparen los pañuelos y busquen el viejo módem telefónico, porque estamos asistiendo al desentierro de la verdadera prehistoria del «visto». Resulta que el TAT-8, ese cable que en 1988 nos permitió conectar continentes con algo más sofisticado que señales de humo o palomas mensajeras, está siendo retirado del fondo del océano. Es el equivalente tecnológico a exhumar a un faraón, pero en lugar de vendas de lino, lo que sale a la superficie es una mezcla de polietileno, acero y un cobre tan puro que si lo dejamos cinco minutos en una vereda de San Juan, desaparece antes de que podamos decir «fibra óptica». Instalado por AT&T y sus amigos europeos, este cable fue el responsable de que los primeros correos electrónicos viajaran bajo el agua, probablemente tardando tres días en cargar una foto de un gatito en baja resolución.
La operación de rescate está a cargo del buque Maasvliet, que anda pescando kilómetros de infraestructura obsoleta con una precisión que ya quisiera uno para encontrar las llaves de casa. No es solo un ataque de nostalgia nostálgica; es un negocio redondo de reciclaje industrial. Resulta que las empresas Mertech Marine y Subsea Environmental Services se dieron cuenta de que el fondo del mar es, básicamente, una ferretería gigante abandonada. Con el precio del cobre por las nubes, sacar estos cables es como encontrar un tesoro pirata, pero sin el parche en el ojo y con mucho más polietileno. El acero vuelve a las fábricas y el plástico se convierte en pellets para hacer baldes, demostrando que el cable que alguna vez transportó los secretos de la Guerra Fría hoy puede terminar convertido en el tacho de la basura de su cocina.
Lo único que no sirve para nada en este proceso es, irónicamente, la fibra óptica. Sí, esa tecnología que nos prometieron que era el futuro, hoy tiene menos valor de reciclaje que un billete de dos pesos. Los ingenieros usan coordenadas exactas para enganchar cada repetidor, en una coreografía logística que combina métodos de la época de Colón con tecnología diésel-eléctrica. Es el cierre de un ciclo: el cable que nos trajo el futuro hoy es extraído para liberar espacio para cables nuevos, más rápidos y seguramente igual de desechables dentro de tres décadas. Así que ya saben, la próxima vez que se quejen de que el Wi-Fi anda lento, piensen en el pobre TAT-8, que pasó 35 años rodeado de tiburones para que usted pudiera mandar un mail, y hoy terminó convertido en un tupper.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En un hito que combina la arqueología tecnológica con la eficiencia industrial, se ha iniciado la extracción del TAT-8, el primer cable transatlántico de fibra óptica de la historia. Instalada en 1988 por un consorcio integrado por AT&T, British Telecom y France Telecom, esta infraestructura marcó el inicio de la conectividad digital moderna, permitiendo la transmisión masiva de datos entre América y Europa.
Logística y tecnología de recuperación
La operación de retirada está siendo ejecutada por Subsea Environmental Services, firma especializada en la gestión de infraestructuras submarinas obsoletas. El proceso se centra en el despliegue del buque Maasvliet, una embarcación de alta tecnología diésel-eléctrica equipada para «localizar, enganchar y extraer» miles de kilómetros de cable desde profundidades abisales. La técnica empleada utiliza listas de posicionamiento detalladas y coordenadas precisas para identificar cada empalme y repetidor a lo largo del recorrido oceánico.
Según los informes técnicos, la recuperación del TAT-8 responde a tres objetivos estratégicos fundamentales: Liberación del lecho marino para facilitar la instalación de nuevas redes de última generación. Gestión de residuos mediante la remoción de infraestructura fuera de servicio. Recuperación de materiales de alto valor, principalmente metales no ferrosos.
El valor del reciclaje industrial
Una vez en superficie, los materiales son procesados por empresas como Mertech Marine. El valor estratégico de la operación reside en la calidad de los componentes recuperados: el acero y el cobre de gran pureza son reintroducidos en la cadena industrial, mientras que el polietileno de la cubierta se transforma en pellets para la fabricación de productos plásticos no alimentarios. Curiosamente, la fibra óptica posee un valor de reciclaje casi nulo en comparación con los metales que la protegen.
Con la demanda mundial de cobre en niveles récord debido a la transición energética, la recuperación de estos «yacimientos submarinos» de cable obsoleto se ha convertido en una actividad altamente rentable y necesaria para la sostenibilidad del sector de las telecomunicaciones globales.
Preparen los pañuelos y busquen el viejo módem telefónico, porque estamos asistiendo al desentierro de la verdadera prehistoria del «visto». Resulta que el TAT-8, ese cable que en 1988 nos permitió conectar continentes con algo más sofisticado que señales de humo o palomas mensajeras, está siendo retirado del fondo del océano. Es el equivalente tecnológico a exhumar a un faraón, pero en lugar de vendas de lino, lo que sale a la superficie es una mezcla de polietileno, acero y un cobre tan puro que si lo dejamos cinco minutos en una vereda de San Juan, desaparece antes de que podamos decir «fibra óptica». Instalado por AT&T y sus amigos europeos, este cable fue el responsable de que los primeros correos electrónicos viajaran bajo el agua, probablemente tardando tres días en cargar una foto de un gatito en baja resolución.
La operación de rescate está a cargo del buque Maasvliet, que anda pescando kilómetros de infraestructura obsoleta con una precisión que ya quisiera uno para encontrar las llaves de casa. No es solo un ataque de nostalgia nostálgica; es un negocio redondo de reciclaje industrial. Resulta que las empresas Mertech Marine y Subsea Environmental Services se dieron cuenta de que el fondo del mar es, básicamente, una ferretería gigante abandonada. Con el precio del cobre por las nubes, sacar estos cables es como encontrar un tesoro pirata, pero sin el parche en el ojo y con mucho más polietileno. El acero vuelve a las fábricas y el plástico se convierte en pellets para hacer baldes, demostrando que el cable que alguna vez transportó los secretos de la Guerra Fría hoy puede terminar convertido en el tacho de la basura de su cocina.
Lo único que no sirve para nada en este proceso es, irónicamente, la fibra óptica. Sí, esa tecnología que nos prometieron que era el futuro, hoy tiene menos valor de reciclaje que un billete de dos pesos. Los ingenieros usan coordenadas exactas para enganchar cada repetidor, en una coreografía logística que combina métodos de la época de Colón con tecnología diésel-eléctrica. Es el cierre de un ciclo: el cable que nos trajo el futuro hoy es extraído para liberar espacio para cables nuevos, más rápidos y seguramente igual de desechables dentro de tres décadas. Así que ya saben, la próxima vez que se quejen de que el Wi-Fi anda lento, piensen en el pobre TAT-8, que pasó 35 años rodeado de tiburones para que usted pudiera mandar un mail, y hoy terminó convertido en un tupper.