De auto familiar a máquina de desaparición: La oscura historia del Falcon verde a 50 años del golpe

Redacción Cuyo News
7 min

El Ford Falcon se erige en la historiografía nacional como una de las piezas más sombrías del engranaje represivo implementado tras el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Lo que inicialmente representó el éxito de la industria automotriz y el estándar de vida de la familia argentina, sufrió una transmutación simbólica hacia el horror, convirtiéndose en el vehículo predilecto de las fuerzas de seguridad para ejecutar la desaparición forzada de personas.

La logística del aparato represivo

La elección del Falcon por parte de los grupos de tareas, como el de la ESMA, no respondió a una coincidencia estética, sino a ventajas operativas determinantes para la clandestinidad. Su estructura robusta y el diseño de su baúl permitían el traslado de personas secuestradas de manera oculta. Asimismo, su motorización de 188 o 221 pulgadas cúbicas garantizaba la potencia necesaria para maniobras evasivas rápidas en entornos urbanos y una durabilidad extrema ante el uso intensivo en terrenos irregulares.

La estética de la impunidad marcaba su circulación: unidades color «Verde Alerce» que se desplazaban sin placas de identificación, generalmente con tres o cuatro ocupantes vestidos de civil y armados con fusiles FAL. Al ser un modelo de fabricación masiva utilizado por la Policía y organismos del Estado, el vehículo permitía una discreción operativa que, paradójicamente, generaba un terror paralizante en la población civil debido a su asociación directa con el destino final en los Centros Clandestinos de Detención (CCD).

Responsabilidad empresarial y justicia

Investigaciones judiciales de relieve, como el proceso contra exdirectivos de la firma en 2018, confirmaron que la planta de Ford Motor Argentina en General Pacheco no solo proveyó unidades directamente a las fuerzas armadas, sino que sus instalaciones fueron utilizadas para albergar un centro de detención. Este vínculo entre la corporación y el aparato estatal reforzó la operatividad del sistema de secuestros a escala industrial.

El impacto psicológico de este vehículo fue tal que el sonido de su motor se transformó en un trauma colectivo. Como bien señaló el periodista Miguel Bonasso en su labor documental, escuchar un Falcon frenar bruscamente frente a una vivienda era la confirmación del desamparo jurídico. En palabras de las víctimas: El Falcon verde era la certeza de que el Estado te había abandonado y ahora venía por vos.

A cinco décadas del quiebre institucional, estas unidades —hoy preservadas en museos de la memoria o utilizadas en reconstrucciones judiciales— han dejado de ser objetos de colección para funcionar como testimonios materiales de una metodología criminal. El Ford Falcon verde persiste en el imaginario como el espectro metálico de la etapa más oscura de la Argentina contemporánea.

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