A partir de este viernes 13 de febrero, el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de la Ciudad de Buenos Aires dará inicio a un juicio histórico que examinará, por primera vez, los crímenes cometidos en el centro clandestino conocido como Base Pomar, además de volver sobre los horrores ocurridos en Automotores Orletti. En el banquillo de los acusados se sentará Patricio Finnen, exjerarca de la SIDE, junto a otros tres integrantes de la Secretaría de Inteligencia que operaron bajo las órdenes del siniestro Aníbal Gordon.
El perfil de los acusados: de la inteligencia al hampa
La figura de Aníbal Gordon, recientemente rescatada por el interés cinematográfico debido al rodaje de una producción de Netflix protagonizada por Rodrigo de la Serna, representa el nexo entre el crimen común y el terrorismo de Estado. Gordon no era un militar de carrera, sino un delincuente reciclado que ingresó a la SIDE en 1968. Durante la dictadura, lideró una banda inorgánica que operaba en Orletti con una autonomía brutal, dedicada tanto a la represión política como al secuestro extorsivo y al robo de bienes, lo que el grupo denominaba su «botín de guerra».
Por su parte, Patricio Finnen —quien en el organismo utilizaba el nombre de guerra «Patricio Fonseca»— ingresó a la SIDE a finales de 1974 mientras estudiaba psicología. A diferencia de Gordon, Finnen representaba el perfil del agente «ilustrado y disciplinado». Fue identificado por sobrevivientes como uno de los guardias en Automotores Orletti, el centro de la calle Venancio Flores que sirvió como base operativa del Plan Cóndor en Buenos Aires.
Orletti y Base Pomar: centros del espanto
Automotores Orletti funcionó entre junio y noviembre de 1976 como un taller de Floresta donde convivían agentes de inteligencia de toda la región sudamericana. Sin embargo, este nuevo proceso judicial suma relevancia al juzgar lo sucedido en la Base Pomar, otro eslabón en la cadena represiva regenteada por la SIDE en coordinación con el Ejército y la Policía Federal.
Finnen, quien tuvo una salida deshonrosa de la Secretaría de Inteligencia en los años 90 tras quedar implicado en el desvío de la investigación del atentado a la AMIA, enfrenta ahora cargos de lesa humanidad por su accionar durante la década del 70. El juicio buscará desentrañar la logística y la responsabilidad de los cuadros orgánicos de la inteligencia en el sistema de desaparición y robo de bienes que marcó la época más oscura de la Argentina.
<p>Este viernes 13 de febrero inicia el juicio contra Patricio Finnen y otros tres exagentes de la SIDE por crímenes de lesa humanidad en los centros clandestinos Automotores Orletti y Base Pomar durante la última dictadura. El proceso coincide con el rodaje de una serie de Netflix sobre Aníbal Gordon, jefe de la banda paramilitar que operaba bajo el amparo de la inteligencia estatal.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
En Argentina, la realidad y la ficción juegan un partido de truco donde siempre parece haber una carta marcada bajo la manga. Mientras Rodrigo de la Serna se prueba el traje de Aníbal Gordon para una serie de Netflix, el Tribunal Oral Federal 1 de Buenos Aires se pone la toga este viernes 13 de febrero para juzgar a los que, en la vida real, no necesitaban maquillaje para dar miedo. El protagonista del banquillo es Patricio Finnen, un hombre que en los 90 movía los hilos de la SIDE como si fuera el dueño del teatro de títeres y que ahora debe explicar qué hacía en Automotores Orletti cuando tenía 22 años y estudiaba psicología, una carrera que, evidentemente, le servía más para entender cómo romper mentes que para sanarlas.
Lo de Gordon fue el sueño del pibe para cualquier delincuente con ambiciones: pasar de robar bancos y obras de arte a tener chapa oficial de la SIDE para hacer exactamente lo mismo, pero con la tranquilidad de que la policía no te va a tocar el timbre. La serie de Pablo Trapero promete mostrar esa «mano de obra desocupada» que, lejos de estar en el seguro de desempleo, estaba ocupadísima vaciando las casas de sus víctimas en Orletti, ese taller de Floresta que funcionaba como la sucursal del terror del Plan Cóndor. Es esa zona gris donde el hampa se puso la escarapela y el «botín de guerra» pasó a ser la moneda corriente de un Estado que contrató a los peores para hacer el trabajo más sucio.
Finnen, conocido como «Paddy» por su familia y como un guardia implacable por los sobrevivientes, llega a este juicio con el currículum manchado no solo por la dictadura, sino también por haber desviado la investigación del atentado a la AMIA en connivencia con jueces amigos. Es el arquetipo del espía argentino: culto, disciplinado y con una capacidad asombrosa para estar siempre en el lugar donde se cocina la impunidad. Por primera vez se va a juzgar lo que pasaba en la «Base Pomar», demostrando que la historia oficial tiene todavía varios sótanos por ventilar. Mientras tanto, en los sets de filmación, buscan recrear el horror que tipos como Finnen y Gordon vivieron en HD mucho antes de que existiera el streaming.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
A partir de este viernes 13 de febrero, el Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de la Ciudad de Buenos Aires dará inicio a un juicio histórico que examinará, por primera vez, los crímenes cometidos en el centro clandestino conocido como Base Pomar, además de volver sobre los horrores ocurridos en Automotores Orletti. En el banquillo de los acusados se sentará Patricio Finnen, exjerarca de la SIDE, junto a otros tres integrantes de la Secretaría de Inteligencia que operaron bajo las órdenes del siniestro Aníbal Gordon.
El perfil de los acusados: de la inteligencia al hampa
La figura de Aníbal Gordon, recientemente rescatada por el interés cinematográfico debido al rodaje de una producción de Netflix protagonizada por Rodrigo de la Serna, representa el nexo entre el crimen común y el terrorismo de Estado. Gordon no era un militar de carrera, sino un delincuente reciclado que ingresó a la SIDE en 1968. Durante la dictadura, lideró una banda inorgánica que operaba en Orletti con una autonomía brutal, dedicada tanto a la represión política como al secuestro extorsivo y al robo de bienes, lo que el grupo denominaba su «botín de guerra».
Por su parte, Patricio Finnen —quien en el organismo utilizaba el nombre de guerra «Patricio Fonseca»— ingresó a la SIDE a finales de 1974 mientras estudiaba psicología. A diferencia de Gordon, Finnen representaba el perfil del agente «ilustrado y disciplinado». Fue identificado por sobrevivientes como uno de los guardias en Automotores Orletti, el centro de la calle Venancio Flores que sirvió como base operativa del Plan Cóndor en Buenos Aires.
Orletti y Base Pomar: centros del espanto
Automotores Orletti funcionó entre junio y noviembre de 1976 como un taller de Floresta donde convivían agentes de inteligencia de toda la región sudamericana. Sin embargo, este nuevo proceso judicial suma relevancia al juzgar lo sucedido en la Base Pomar, otro eslabón en la cadena represiva regenteada por la SIDE en coordinación con el Ejército y la Policía Federal.
Finnen, quien tuvo una salida deshonrosa de la Secretaría de Inteligencia en los años 90 tras quedar implicado en el desvío de la investigación del atentado a la AMIA, enfrenta ahora cargos de lesa humanidad por su accionar durante la década del 70. El juicio buscará desentrañar la logística y la responsabilidad de los cuadros orgánicos de la inteligencia en el sistema de desaparición y robo de bienes que marcó la época más oscura de la Argentina.
En Argentina, la realidad y la ficción juegan un partido de truco donde siempre parece haber una carta marcada bajo la manga. Mientras Rodrigo de la Serna se prueba el traje de Aníbal Gordon para una serie de Netflix, el Tribunal Oral Federal 1 de Buenos Aires se pone la toga este viernes 13 de febrero para juzgar a los que, en la vida real, no necesitaban maquillaje para dar miedo. El protagonista del banquillo es Patricio Finnen, un hombre que en los 90 movía los hilos de la SIDE como si fuera el dueño del teatro de títeres y que ahora debe explicar qué hacía en Automotores Orletti cuando tenía 22 años y estudiaba psicología, una carrera que, evidentemente, le servía más para entender cómo romper mentes que para sanarlas.
Lo de Gordon fue el sueño del pibe para cualquier delincuente con ambiciones: pasar de robar bancos y obras de arte a tener chapa oficial de la SIDE para hacer exactamente lo mismo, pero con la tranquilidad de que la policía no te va a tocar el timbre. La serie de Pablo Trapero promete mostrar esa «mano de obra desocupada» que, lejos de estar en el seguro de desempleo, estaba ocupadísima vaciando las casas de sus víctimas en Orletti, ese taller de Floresta que funcionaba como la sucursal del terror del Plan Cóndor. Es esa zona gris donde el hampa se puso la escarapela y el «botín de guerra» pasó a ser la moneda corriente de un Estado que contrató a los peores para hacer el trabajo más sucio.
Finnen, conocido como «Paddy» por su familia y como un guardia implacable por los sobrevivientes, llega a este juicio con el currículum manchado no solo por la dictadura, sino también por haber desviado la investigación del atentado a la AMIA en connivencia con jueces amigos. Es el arquetipo del espía argentino: culto, disciplinado y con una capacidad asombrosa para estar siempre en el lugar donde se cocina la impunidad. Por primera vez se va a juzgar lo que pasaba en la «Base Pomar», demostrando que la historia oficial tiene todavía varios sótanos por ventilar. Mientras tanto, en los sets de filmación, buscan recrear el horror que tipos como Finnen y Gordon vivieron en HD mucho antes de que existiera el streaming.