La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) concluyó este domingo una sesión extraordinaria de urgencia sin alcanzar un consenso para emitir una declaración de condena ante el arresto de Nicolás Maduro por parte de fuerzas de Estados Unidos. La cumbre virtual, convocada por el presidente pro tempore del bloque y mandatario de Colombia, Gustavo Petro, dejó expuesta la fractura política que atraviesa el continente respecto al régimen venezolano.
Falta de consenso y resistencia regional
A pesar de contar con el respaldo inicial de figuras de peso regional como Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Claudia Sheinbaum (México), la iniciativa colombiana chocó contra la negativa de un bloque de diez naciones. Argentina, Paraguay, Perú, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, República Dominicana y Trinidad y Tobago se manifestaron en contra de la resolución unánime que pretendía calificar la detención de Maduro como una intervención militar ilegítima.
Fuentes diplomáticas indicaron que el canciller argentino, Pablo Quirno, desempeñó un papel fundamental en la coordinación de este grupo disidente. La estrategia argentina consistió en enviar representantes de menor jerarquía diplomática a la reunión, restando peso institucional al encuentro impulsado por los aliados del ALBA, entre los que se encuentran Cuba, Nicaragua y Honduras.
Dos visiones contrapuestas sobre Venezuela
Durante la videoconferencia, se produjeron debates intensos entre los participantes. Los cancilleres de las naciones alineadas con el eje bolivariano pronunciaron discursos críticos contra la incursión estadounidense para poner al cabecilla del régimen a disposición de la justicia. No obstante, los países opositores a la declaración conjunta fundamentaron su postura en la falta de legitimidad de la administración de Maduro y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos denunciadas durante la última década.
Esta división no es nueva en el ámbito regional, ya que recientemente en el marco del Mercosur se habían manifestado posturas similares. Mientras el mandatario brasileño rechazó de plano cualquier intervención militar externa, el presidente argentino Javier Milei ratificó su «apoyo sin matices a Donald Trump» en su estrategia para desalojar del poder a quien el Gobierno argentino califica formalmente como un dictador.
Sin una declaración final, la CELAC se limita ahora a un registro de intervenciones individuales, lo que debilita la posición del organismo como interlocutor único frente a la crisis venezolana y la accudicial y la acción judicial y militar de Washington en la región.
<p>La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) fracasó en su intento de emitir una declaración conjunta para condenar el arresto de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos. Pese al impulso del presidente de Colombia, Gustavo Petro, la oposición de Argentina y otros nueve países bloqueó el consenso. La reunión evidenció la profunda fractura ideológica en la región frente a la situación venezolana.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Bienvenidos a una nueva edición de «Zoom: El Musical», donde la diplomacia latinoamericana se reúne una vez más para demostrar que nos ponemos de acuerdo únicamente en que el café está caro. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, convocó a una reunión de urgencia de la CELAC con el mismo entusiasmo con el que uno organiza un grupo de WhatsApp para un asado: mucha expectativa, pero al final la mitad no confirma y la otra mitad se pelea por si el choripán es una intervención imperialista. El objetivo era redactar un comunicado indignado por la detención de Nicolás Maduro, pero terminaron descubriendo que el consenso regional es un animal mitológico que se extinguió junto con el respeto por la moneda nacional.
La videollamada fue un despliegue de pasivo-agresividad digno de una cena de Navidad en la que se discute una herencia. Mientras los cancilleres de Cuba y Nicaragua hablaban de soberanía con una pasión que solo se ve en las finales de la Libertadores, la delegación argentina, liderada por Pablo Quirno, aplicaba la técnica milenaria del «visto» diplomático. Argentina, junto a otros nueve países que decidieron que ese domingo tenían mejores cosas que hacer —como mirar el techo o reordenar los imanes de la heladera—, enviaron representantes de bajo rango para que el mensaje quedara claro: «estamos acá porque el WiFi es gratis, pero no cuenten con nosotros para salvar al exdictador».
El espectáculo fue fascinante. Por un lado, el bloque de Petro, Lula y Sheinbaum intentando armar un frente unido contra la incursión militar de Donald Trump, y por el otro, un grupo de países que ven la detención de Maduro con la misma satisfacción con la que uno ve que finalmente grúa se lleva el auto que bloqueaba su garage desde 1998. La división es tan profunda que ni siquiera el filtro de «rostro retocado» de Zoom pudo ocultar las ojeras de frustración de los diplomáticos del ALBA. Al final, no hubo comunicado, no hubo condena y lo único unánime fue el sonido de los micrófonos silenciados por error.
Es el fin de una era para la diplomacia del abrazo y el inicio de la era del «sálvese quien pueda y el que tenga un portaaviones que lo use». Mientras el Mercosur ya venía agrietado, la CELAC acaba de demostrar que su capacidad de acción es equivalente a la de un grupo de estudio de la facultad a las tres de la mañana: muchas filminas, cero conclusiones y un resentimiento acumulado que no se cura ni con tres períodos presidenciales. La región está tan partida que si hoy lloviera sopa, Argentina y Colombia se pelearían por el tamaño de la cuchara mientras Venezuela sigue esperando que alguien le devuelva el control remoto de su propio destino.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) concluyó este domingo una sesión extraordinaria de urgencia sin alcanzar un consenso para emitir una declaración de condena ante el arresto de Nicolás Maduro por parte de fuerzas de Estados Unidos. La cumbre virtual, convocada por el presidente pro tempore del bloque y mandatario de Colombia, Gustavo Petro, dejó expuesta la fractura política que atraviesa el continente respecto al régimen venezolano.
Falta de consenso y resistencia regional
A pesar de contar con el respaldo inicial de figuras de peso regional como Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Claudia Sheinbaum (México), la iniciativa colombiana chocó contra la negativa de un bloque de diez naciones. Argentina, Paraguay, Perú, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, República Dominicana y Trinidad y Tobago se manifestaron en contra de la resolución unánime que pretendía calificar la detención de Maduro como una intervención militar ilegítima.
Fuentes diplomáticas indicaron que el canciller argentino, Pablo Quirno, desempeñó un papel fundamental en la coordinación de este grupo disidente. La estrategia argentina consistió en enviar representantes de menor jerarquía diplomática a la reunión, restando peso institucional al encuentro impulsado por los aliados del ALBA, entre los que se encuentran Cuba, Nicaragua y Honduras.
Dos visiones contrapuestas sobre Venezuela
Durante la videoconferencia, se produjeron debates intensos entre los participantes. Los cancilleres de las naciones alineadas con el eje bolivariano pronunciaron discursos críticos contra la incursión estadounidense para poner al cabecilla del régimen a disposición de la justicia. No obstante, los países opositores a la declaración conjunta fundamentaron su postura en la falta de legitimidad de la administración de Maduro y las violaciones sistemáticas a los derechos humanos denunciadas durante la última década.
Esta división no es nueva en el ámbito regional, ya que recientemente en el marco del Mercosur se habían manifestado posturas similares. Mientras el mandatario brasileño rechazó de plano cualquier intervención militar externa, el presidente argentino Javier Milei ratificó su «apoyo sin matices a Donald Trump» en su estrategia para desalojar del poder a quien el Gobierno argentino califica formalmente como un dictador.
Sin una declaración final, la CELAC se limita ahora a un registro de intervenciones individuales, lo que debilita la posición del organismo como interlocutor único frente a la crisis venezolana y la accudicial y la acción judicial y militar de Washington en la región.
Bienvenidos a una nueva edición de «Zoom: El Musical», donde la diplomacia latinoamericana se reúne una vez más para demostrar que nos ponemos de acuerdo únicamente en que el café está caro. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, convocó a una reunión de urgencia de la CELAC con el mismo entusiasmo con el que uno organiza un grupo de WhatsApp para un asado: mucha expectativa, pero al final la mitad no confirma y la otra mitad se pelea por si el choripán es una intervención imperialista. El objetivo era redactar un comunicado indignado por la detención de Nicolás Maduro, pero terminaron descubriendo que el consenso regional es un animal mitológico que se extinguió junto con el respeto por la moneda nacional.
La videollamada fue un despliegue de pasivo-agresividad digno de una cena de Navidad en la que se discute una herencia. Mientras los cancilleres de Cuba y Nicaragua hablaban de soberanía con una pasión que solo se ve en las finales de la Libertadores, la delegación argentina, liderada por Pablo Quirno, aplicaba la técnica milenaria del «visto» diplomático. Argentina, junto a otros nueve países que decidieron que ese domingo tenían mejores cosas que hacer —como mirar el techo o reordenar los imanes de la heladera—, enviaron representantes de bajo rango para que el mensaje quedara claro: «estamos acá porque el WiFi es gratis, pero no cuenten con nosotros para salvar al exdictador».
El espectáculo fue fascinante. Por un lado, el bloque de Petro, Lula y Sheinbaum intentando armar un frente unido contra la incursión militar de Donald Trump, y por el otro, un grupo de países que ven la detención de Maduro con la misma satisfacción con la que uno ve que finalmente grúa se lleva el auto que bloqueaba su garage desde 1998. La división es tan profunda que ni siquiera el filtro de «rostro retocado» de Zoom pudo ocultar las ojeras de frustración de los diplomáticos del ALBA. Al final, no hubo comunicado, no hubo condena y lo único unánime fue el sonido de los micrófonos silenciados por error.
Es el fin de una era para la diplomacia del abrazo y el inicio de la era del «sálvese quien pueda y el que tenga un portaaviones que lo use». Mientras el Mercosur ya venía agrietado, la CELAC acaba de demostrar que su capacidad de acción es equivalente a la de un grupo de estudio de la facultad a las tres de la mañana: muchas filminas, cero conclusiones y un resentimiento acumulado que no se cura ni con tres períodos presidenciales. La región está tan partida que si hoy lloviera sopa, Argentina y Colombia se pelearían por el tamaño de la cuchara mientras Venezuela sigue esperando que alguien le devuelva el control remoto de su propio destino.