En una fecha cargada de simbolismo para la historia del rock en español, Laura Cerati reveló a través de sus redes sociales dos notas manuscritas que su madre, Lilian Clark, solía dejarle a Gustavo Cerati durante su adolescencia. Este gesto íntimo ofrece una perspectiva inédita sobre la vida cotidiana y familiar del músico argentino, lejos de las luces del escenario.
La intimidad en Villa Ortúzar
Estos breves recordatorios ilustran el cuidado materno y la relación estrecha que mantenían en el hogar de Villa Ortúzar, Buenos Aires, donde la familia se instaló cuando Gustavo tenía 14 años. El contenido de las notas, referido a tareas simples del hogar y mensajes cotidianos, permite vislumbrar el ambiente protector en el que creció el líder de Soda Stereo. Fue en esa casa donde Cerati comenzó a explorar su pasión por la música, moldeado por la influencia de Luis Alberto Spinetta y referentes internacionales como Los Beatles.
A 39 años de la «Sodamanía»
La publicación de estos archivos familiares coincide con uno de los hitos más importantes en la trayectoria del grupo. El 11 y 12 de febrero de 1987, Soda Stereo subió al escenario del Festival de Viña del Mar en Chile, ofreciendo dos presentaciones consagradas que marcaron el inicio de la denominada «Sodamanía» en América Latina. Aquellas noches en la Quinta Vergara transformaron al trío en un fenómeno regional sin precedentes.
La combinación de estos recuerdos domésticos con la efeméride del estallido internacional de la banda resalta la dualidad del artista: el joven que recibía notas de su madre en una casa de barrio y el ícono que, pocas décadas después, cambiaría para siempre la fisonomía de la música latina. A casi 40 años de aquel debut en Chile, la figura de Cerati sigue revelando capas de humanidad que profundizan su legado cultural.
<p>Laura Cerati compartió notas manuscritas inéditas de su madre, Lilian Clark, dirigidas a Gustavo Cerati durante su juventud en Villa Ortúzar. El hallazgo coincide con el 39° aniversario del debut de Soda Stereo en el Festival de Viña del Mar en 1987, evento que desató la «Sodamanía» en América Latina y marcó un hito definitivo para el rock en español.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
En el calendario místico del rock nacional, el 12 de febrero debería ser declarado feriado nacional o, al menos, día de asueto para cualquiera que sepa tararear un riff de Soda Stereo. Mientras el mundo recuerda que hace casi cuatro décadas Chile se rendía ante los peinados con fijador y el sonido magnético de Gustavo, Zeta y Charly en Viña del Mar, Laura Cerati decidió darnos un cachetazo de nostalgia hogareña. Publicó un par de notitas manuscritas que Lilian Clark le dejaba a su hijo cuando todavía no era el arquitecto del sonido continental, sino un pibe de Villa Ortúzar que, probablemente, se olvidaba de colgar la toalla o tenía que hacer los mandados. Es reconfortante saber que, mientras nosotros lo veíamos como un dios de la guitarra, para Lilian seguía siendo el «Gustavito» que necesitaba recordatorios escritos para no dejar la casa patas arriba.
Ver esos papeles amarillentos es como entrar sin permiso al búnker creativo de la calle Heredia, ese lugar donde Cerati empezó a mezclar las influencias de Spinetta con la prolijidad de los Beatles. Es el contraste perfecto: por un lado, la «Sodamanía» explotando en la Quinta Vergara con miles de chilenos al borde del colapso nervioso, y por el otro, la letra prolija de una madre dejando instrucciones domésticas en la cocina. Es la prueba definitiva de que hasta el tipo que escribió «En la ciudad de la furia» tuvo una madre que lo cuidaba del caos cotidiano, asegurándose de que el genio tuviera los pies sobre la tierra (o al menos sobre la alfombra de Villa Ortúzar) antes de salir a conquistar el resto del planeta con una Fender al hombro.
Esa casa de Buenos Aires fue el útero de lo que hoy celebramos. Es imposible no emocionarse con la coincidencia temporal: el aniversario del Big Bang de Soda en Latinoamérica se cruza con estos retazos de intimidad que Laura sacó del arcón de los recuerdos. Nos recuerda que detrás de los lentes oscuros y la mística inalcanzable, había un ambiente protector que permitió que ese talento floreciera sin presiones. Al final del día, todos somos un poco como Gustavo: por más que estemos dando el show de nuestras vidas frente a una multitud enfervorizada, siempre habrá una Lilian en alguna parte dejándonos una nota para que no nos olvidemos de lo verdaderamente importante cuando volvamos a casa.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En una fecha cargada de simbolismo para la historia del rock en español, Laura Cerati reveló a través de sus redes sociales dos notas manuscritas que su madre, Lilian Clark, solía dejarle a Gustavo Cerati durante su adolescencia. Este gesto íntimo ofrece una perspectiva inédita sobre la vida cotidiana y familiar del músico argentino, lejos de las luces del escenario.
La intimidad en Villa Ortúzar
Estos breves recordatorios ilustran el cuidado materno y la relación estrecha que mantenían en el hogar de Villa Ortúzar, Buenos Aires, donde la familia se instaló cuando Gustavo tenía 14 años. El contenido de las notas, referido a tareas simples del hogar y mensajes cotidianos, permite vislumbrar el ambiente protector en el que creció el líder de Soda Stereo. Fue en esa casa donde Cerati comenzó a explorar su pasión por la música, moldeado por la influencia de Luis Alberto Spinetta y referentes internacionales como Los Beatles.
A 39 años de la «Sodamanía»
La publicación de estos archivos familiares coincide con uno de los hitos más importantes en la trayectoria del grupo. El 11 y 12 de febrero de 1987, Soda Stereo subió al escenario del Festival de Viña del Mar en Chile, ofreciendo dos presentaciones consagradas que marcaron el inicio de la denominada «Sodamanía» en América Latina. Aquellas noches en la Quinta Vergara transformaron al trío en un fenómeno regional sin precedentes.
La combinación de estos recuerdos domésticos con la efeméride del estallido internacional de la banda resalta la dualidad del artista: el joven que recibía notas de su madre en una casa de barrio y el ícono que, pocas décadas después, cambiaría para siempre la fisonomía de la música latina. A casi 40 años de aquel debut en Chile, la figura de Cerati sigue revelando capas de humanidad que profundizan su legado cultural.
En el calendario místico del rock nacional, el 12 de febrero debería ser declarado feriado nacional o, al menos, día de asueto para cualquiera que sepa tararear un riff de Soda Stereo. Mientras el mundo recuerda que hace casi cuatro décadas Chile se rendía ante los peinados con fijador y el sonido magnético de Gustavo, Zeta y Charly en Viña del Mar, Laura Cerati decidió darnos un cachetazo de nostalgia hogareña. Publicó un par de notitas manuscritas que Lilian Clark le dejaba a su hijo cuando todavía no era el arquitecto del sonido continental, sino un pibe de Villa Ortúzar que, probablemente, se olvidaba de colgar la toalla o tenía que hacer los mandados. Es reconfortante saber que, mientras nosotros lo veíamos como un dios de la guitarra, para Lilian seguía siendo el «Gustavito» que necesitaba recordatorios escritos para no dejar la casa patas arriba.
Ver esos papeles amarillentos es como entrar sin permiso al búnker creativo de la calle Heredia, ese lugar donde Cerati empezó a mezclar las influencias de Spinetta con la prolijidad de los Beatles. Es el contraste perfecto: por un lado, la «Sodamanía» explotando en la Quinta Vergara con miles de chilenos al borde del colapso nervioso, y por el otro, la letra prolija de una madre dejando instrucciones domésticas en la cocina. Es la prueba definitiva de que hasta el tipo que escribió «En la ciudad de la furia» tuvo una madre que lo cuidaba del caos cotidiano, asegurándose de que el genio tuviera los pies sobre la tierra (o al menos sobre la alfombra de Villa Ortúzar) antes de salir a conquistar el resto del planeta con una Fender al hombro.
Esa casa de Buenos Aires fue el útero de lo que hoy celebramos. Es imposible no emocionarse con la coincidencia temporal: el aniversario del Big Bang de Soda en Latinoamérica se cruza con estos retazos de intimidad que Laura sacó del arcón de los recuerdos. Nos recuerda que detrás de los lentes oscuros y la mística inalcanzable, había un ambiente protector que permitió que ese talento floreciera sin presiones. Al final del día, todos somos un poco como Gustavo: por más que estemos dando el show de nuestras vidas frente a una multitud enfervorizada, siempre habrá una Lilian en alguna parte dejándonos una nota para que no nos olvidemos de lo verdaderamente importante cuando volvamos a casa.