Lo que comenzó como una muestra de «espontaneidad» en el escenario mayor de Jesús María ha desencadenado una crisis de identidad en el folklore argentino. Entre cánticos libertarios, expulsiones institucionales y poemas cargados de pólvora política, la temporada de festivales 2026 está marcando un punto de inflexión en la relación entre el arte popular y el poder.
El «Dúo» que encendió la mecha: Milei y El Chaqueño
La controversia estalló durante la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María. Ante un anfiteatro José Hernández colmado, el presidente Javier Milei subió al escenario invitado por Oscar «El Chaqueño» Palavecino. Juntos entonaron las estrofas de «Amor Salvaje», un momento que el mandatario calificó como un gesto de agradecimiento al pueblo cordobés.
Sin embargo, la repercusión no fue únicamente festiva. Mientras Palavecino defendió el encuentro como algo «espontáneo y sin banderas políticas», las críticas en redes sociales y de figuras como el periodista Jorge Rial —quien lo apodó irónicamente «Chaqueño Pagavecino»— no tardaron en llegar. «A quien le tengo que rendir cuentas es a Dios por poder llegar a la gente. El presidente me sorprendió y para mí fue un halago», sostuvo el cantor salteño ante la ola de cuestionamientos.
Raíces Criollas: Una expulsión sin precedentes
La respuesta institucional más severa provino de la Asociación Federal de Raíces Criollas. En un movimiento que sacudió los cimientos del ambiente tradicionalista, la entidad anunció la expulsión definitiva de Palavecino de sus filas. El argumento principal de la asociación es que el folklore debe estar «del lado del pueblo y no del poder».
A través de un comunicado oficial, reafirmaron su compromiso con una cultura «arraigada en la justicia social», considerando que la exposición pública junto al mandatario contradice los valores históricos que la entidad defiende desde hace más de 50 años.
El «Rugido» de Cosquín: La respuesta de Hugo Francisco Rivella
Si Jesús María fue el escenario de la «armonía» con el oficialismo, la Plaza Próspero Molina se convirtió en el epicentro de la resistencia poética. Durante la segunda luna de Cosquín 2026, el reconocido poeta salteño Hugo Francisco Rivella rompió el protocolo del tradicional grito de apertura. Sin mencionar nombres, pero con una retórica que el público decodificó de inmediato, Rivella lanzó un verso que se volvió viral en cuestión de minutos:
«Abrir el corazón… sobre el corazón del juez, del traidor, del narcotraficante, del político que se cree un león y es apenas una rata gritando desaforado».
La frase generó una reacción dividida en la plaza: una ovación cerrada de un sector y gestos de incomodidad en otros, reflejando la profunda polarización que atraviesa el país incluso en sus espacios culturales más sagrados.
Análisis: El arte en la encrucijada
El debate sobre el rol de los artistas populares se ha reavivado con una intensidad no vista en décadas. Este escenario plantea un desafío para los organizadores de los próximos festivales de la temporada, quienes deberán navegar entre la efervescencia política de los artistas y un público que exige que su cultura no sea ajena a la realidad económica y social.
Evento Protagonista Acción Repercusión Jesús María Chaqueño Palavecino Cantó con Javier Milei Expulsión de la Asoc. Raíces Criollas. Cosquín Hugo F. Rivella Discurso crítico (León vs. Rata) Viralización y debate sobre la «grieta» en el escenario.<p>La temporada de festivales 2026 ha desatado una crisis de identidad en el folklore argentino tras la aparición del presidente Javier Milei junto al Chaqueño Palavecino en Jesús María. El evento derivó en la expulsión del cantante de la Asociación Federal de Raíces Criollas y una fuerte respuesta poética de Hugo Francisco Rivella en Cosquín, evidenciando una profunda polarización en la cultura popular.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Bienvenidos al Multiverso de la Locura Versión Alpargata, donde el tejido social del país se desgarra con la misma facilidad con la que un gaucho le entra a un costillar. Lo que debía ser una temporada de festivales tranquila, con el olor a bosta y fritanga de siempre, se convirtió en un campo de batalla ideológico digno de una distopía dirigida por un guionista que abusó del Fernet sin huelo. Ver a Javier Milei subido al escenario de Jesús María para entonar «Amor Salvaje» junto al Chaqueño Palavecino es, posiblemente, la imagen más surrealista que nos ha regalado la década; una mezcla entre un acto de campaña libertario, un karaoke de oficina a las tres de la mañana y el fin de la civilización tal como la conocemos. Si alguien tenía en su bingo de 2026 «el Presidente gritando ‘¡Griten conmigo!’ mientras el Chaqueño trata de no olvidarse la letra», acaba de ganar el premio mayor: un pasaje de ida a la confusión absoluta.
La reacción de la Asociación Federal de Raíces Criollas fue tan fulminante que dejó a Palavecino fuera de las filas tradicionalistas más rápido de lo que tarda un porteño en quejarse del calor en enero. Lo expulsaron con una vehemencia que sugiere que cantar con el mandatario es el pecado capital definitivo, ubicándolo en una lista negra donde probablemente también estén los que le ponen azúcar al mate. Mientras tanto, en las redes, la creatividad argentina —esa única industria que no para de crecer— rebautizó al salteño como «Chaqueño Pagavecino», un apodo que tiene la sutileza de un rebencazo en la nuca. Es fascinante observar cómo el folklore, esa reserva moral de la «argentinidad», se fractura en vivo y en directo, pasando de la oda al paisaje a la guerra de trincheras dialéctica en menos de un intervalo comercial.
Pero como si la dosis de drama fuera poca, llegó el turno de Cosquín para equilibrar la balanza del caos. Hugo Francisco Rivella, un hombre que evidentemente desayuna pólvora y recita verdades incómodas antes de lavarse los dientes, decidió que el «grito de apertura» era el momento ideal para lanzar una bomba atómica literaria. Comparar a un león con una «rata gritando desaforado» en la Plaza Próspero Molina es el equivalente cultural a tirar un panal de abejas en una fiesta de cumpleaños. La plaza se dividió entre los que aplaudían como si les fuera la vida en ello y los que ponían cara de haber probado un limón en mal estado, confirmando que en este bendito país ya no nos ponemos de acuerdo ni en el color del cielo. Al final del día, los festivales de este año no son sobre la música; son un reality show de supervivencia política donde los ponchos vuelan, las asociaciones expulsan y el público se pregunta si todavía está permitido disfrutar de una zamba sin tener que consultar el último índice de inflación.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Lo que comenzó como una muestra de «espontaneidad» en el escenario mayor de Jesús María ha desencadenado una crisis de identidad en el folklore argentino. Entre cánticos libertarios, expulsiones institucionales y poemas cargados de pólvora política, la temporada de festivales 2026 está marcando un punto de inflexión en la relación entre el arte popular y el poder.
El «Dúo» que encendió la mecha: Milei y El Chaqueño
La controversia estalló durante la 60ª edición del Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María. Ante un anfiteatro José Hernández colmado, el presidente Javier Milei subió al escenario invitado por Oscar «El Chaqueño» Palavecino. Juntos entonaron las estrofas de «Amor Salvaje», un momento que el mandatario calificó como un gesto de agradecimiento al pueblo cordobés.
Sin embargo, la repercusión no fue únicamente festiva. Mientras Palavecino defendió el encuentro como algo «espontáneo y sin banderas políticas», las críticas en redes sociales y de figuras como el periodista Jorge Rial —quien lo apodó irónicamente «Chaqueño Pagavecino»— no tardaron en llegar. «A quien le tengo que rendir cuentas es a Dios por poder llegar a la gente. El presidente me sorprendió y para mí fue un halago», sostuvo el cantor salteño ante la ola de cuestionamientos.
Raíces Criollas: Una expulsión sin precedentes
La respuesta institucional más severa provino de la Asociación Federal de Raíces Criollas. En un movimiento que sacudió los cimientos del ambiente tradicionalista, la entidad anunció la expulsión definitiva de Palavecino de sus filas. El argumento principal de la asociación es que el folklore debe estar «del lado del pueblo y no del poder».
A través de un comunicado oficial, reafirmaron su compromiso con una cultura «arraigada en la justicia social», considerando que la exposición pública junto al mandatario contradice los valores históricos que la entidad defiende desde hace más de 50 años.
El «Rugido» de Cosquín: La respuesta de Hugo Francisco Rivella
Si Jesús María fue el escenario de la «armonía» con el oficialismo, la Plaza Próspero Molina se convirtió en el epicentro de la resistencia poética. Durante la segunda luna de Cosquín 2026, el reconocido poeta salteño Hugo Francisco Rivella rompió el protocolo del tradicional grito de apertura. Sin mencionar nombres, pero con una retórica que el público decodificó de inmediato, Rivella lanzó un verso que se volvió viral en cuestión de minutos:
«Abrir el corazón… sobre el corazón del juez, del traidor, del narcotraficante, del político que se cree un león y es apenas una rata gritando desaforado».
La frase generó una reacción dividida en la plaza: una ovación cerrada de un sector y gestos de incomodidad en otros, reflejando la profunda polarización que atraviesa el país incluso en sus espacios culturales más sagrados.
Análisis: El arte en la encrucijada
El debate sobre el rol de los artistas populares se ha reavivado con una intensidad no vista en décadas. Este escenario plantea un desafío para los organizadores de los próximos festivales de la temporada, quienes deberán navegar entre la efervescencia política de los artistas y un público que exige que su cultura no sea ajena a la realidad económica y social.
Evento Protagonista Acción Repercusión Jesús María Chaqueño Palavecino Cantó con Javier Milei Expulsión de la Asoc. Raíces Criollas. Cosquín Hugo F. Rivella Discurso crítico (León vs. Rata) Viralización y debate sobre la «grieta» en el escenario.Bienvenidos al Multiverso de la Locura Versión Alpargata, donde el tejido social del país se desgarra con la misma facilidad con la que un gaucho le entra a un costillar. Lo que debía ser una temporada de festivales tranquila, con el olor a bosta y fritanga de siempre, se convirtió en un campo de batalla ideológico digno de una distopía dirigida por un guionista que abusó del Fernet sin huelo. Ver a Javier Milei subido al escenario de Jesús María para entonar «Amor Salvaje» junto al Chaqueño Palavecino es, posiblemente, la imagen más surrealista que nos ha regalado la década; una mezcla entre un acto de campaña libertario, un karaoke de oficina a las tres de la mañana y el fin de la civilización tal como la conocemos. Si alguien tenía en su bingo de 2026 «el Presidente gritando ‘¡Griten conmigo!’ mientras el Chaqueño trata de no olvidarse la letra», acaba de ganar el premio mayor: un pasaje de ida a la confusión absoluta.
La reacción de la Asociación Federal de Raíces Criollas fue tan fulminante que dejó a Palavecino fuera de las filas tradicionalistas más rápido de lo que tarda un porteño en quejarse del calor en enero. Lo expulsaron con una vehemencia que sugiere que cantar con el mandatario es el pecado capital definitivo, ubicándolo en una lista negra donde probablemente también estén los que le ponen azúcar al mate. Mientras tanto, en las redes, la creatividad argentina —esa única industria que no para de crecer— rebautizó al salteño como «Chaqueño Pagavecino», un apodo que tiene la sutileza de un rebencazo en la nuca. Es fascinante observar cómo el folklore, esa reserva moral de la «argentinidad», se fractura en vivo y en directo, pasando de la oda al paisaje a la guerra de trincheras dialéctica en menos de un intervalo comercial.
Pero como si la dosis de drama fuera poca, llegó el turno de Cosquín para equilibrar la balanza del caos. Hugo Francisco Rivella, un hombre que evidentemente desayuna pólvora y recita verdades incómodas antes de lavarse los dientes, decidió que el «grito de apertura» era el momento ideal para lanzar una bomba atómica literaria. Comparar a un león con una «rata gritando desaforado» en la Plaza Próspero Molina es el equivalente cultural a tirar un panal de abejas en una fiesta de cumpleaños. La plaza se dividió entre los que aplaudían como si les fuera la vida en ello y los que ponían cara de haber probado un limón en mal estado, confirmando que en este bendito país ya no nos ponemos de acuerdo ni en el color del cielo. Al final del día, los festivales de este año no son sobre la música; son un reality show de supervivencia política donde los ponchos vuelan, las asociaciones expulsan y el público se pregunta si todavía está permitido disfrutar de una zamba sin tener que consultar el último índice de inflación.