La salida de Marco Lavagna del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), concretada el pasado 2 de febrero, ha derivado en una crisis de credibilidad institucional tras la explosiva editorial de la periodista Cristina Pérez. Lejos de la versión de una transición armoniosa, Pérez denunció una presunta maniobra política orquestada desde sectores vinculados al exministro Sergio Massa para «dinamitar» la confianza en el programa económico del presidente Javier Milei.
La denuncia de la «inflación inflada»
En su programa televisivo, Pérez citó a una «fuente inobjetable» para sostener que Lavagna pretendía implementar una nueva metodología de medición —el IPC con base en la encuesta de consumo 2017/18— que contenía distorsiones técnicas deliberadas. Según esta versión, el objetivo era publicar un dato de inflación de enero de 2026 significativamente más alto que el real para quebrar la tendencia a la baja y golpear la credibilidad del ministro Luis Caputo ante los mercados internacionales.
Desde el Gobierno afirman que la estructura del nuevo índice era deficiente y que su aplicación representaba un «salto al vacío» estadístico. La sospecha oficial radica en que la nueva canasta estaba diseñada para maximizar el impacto de ciertos rubros, generando un dato que hubiera disparado el Riesgo País y afectado la estrategia de estabilización monetaria.
La visión contrapuesta: ¿Intervención o rigor técnico?
Por otro lado, sectores de la oposición y consultoras económicas plantean una lectura inversa. Sostienen que Lavagna se habría resistido a «pisar» el índice, ya que la nueva metodología reflejaba de manera más fidedigna el peso de los servicios públicos y tarifas en el presupuesto de los hogares. Con los aumentos recientes de luz y gas, el nuevo IPC hubiera arrojado una cifra superior al 3%, un número políticamente costoso para la gestión de La Libertad Avanza.
Versión Cristina Pérez (Pro-Gobierno) Versión Crítica (Oposición/Económica) Lavagna armó un índice «mal hecho» para inflar la inflación de forma artificial. El nuevo índice era más preciso y daba más alto por el peso real de las tarifas. Se evitó un complot político de raíz massista dentro del organismo. Se intervino el INDEC para no publicar un dato que incomodaba al Ejecutivo. La solución es seguir con el índice viejo hasta que no haya distorsiones técnicas. Postergar el índice nuevo es un «manoseo» a las estadísticas públicas del país.El impacto del ajuste tarifario
Uno de los ejes del conflicto es el peso relativo de los gastos. Con la canasta actual —basada en datos del año 2004—, el impacto de los aumentos en servicios públicos es menor que en la canasta de 2017/18. Expertos señalan que el nuevo índice blanquearía que el ajuste tarifario tiene una incidencia de hasta 4 puntos porcentuales adicionales anuales, algo que el Gobierno prefiere postergar.
Tras la asunción de Pedro Lines, técnico de extrema confianza del equipo económico, el INDEC confirmó que el lanzamiento del nuevo IPC se postergará hasta el segundo semestre de 2026. La orden oficial es clara: esperar a una mayor estabilidad de precios y evitar que la transición estadística sea utilizada como una herramienta de disputa política.
<p>La renuncia de Marco Lavagna a la titularidad del INDEC ha desatado una fuerte controversia tras las denuncias de la periodista Cristina Pérez, quien acusó al exfuncionario de intentar implementar un nuevo índice de inflación con distorsiones técnicas para perjudicar al Gobierno. Mientras la gestión de Javier Milei posterga la nueva metodología hasta el segundo semestre de 2026, sectores opositores denuncian una presunta intervención para evitar cifras desfavorables.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
En la Argentina, el INDEC es ese lugar sagrado donde la realidad y la ficción se dan la mano para tomar un café, y la salida de Marco Lavagna no fue la excepción a la regla del escándalo nacional. Todo parecía una transición de esas que los diplomáticos llaman «ordenadas», hasta que Cristina Pérez decidió prender el ventilador en horario central. Según la periodista, Lavagna no se fue porque extrañara los asados de domingo, sino porque lo pescaron in fraganti tratando de cocinar un índice de inflación con más condimento que un chimichurri de cancha. La tesis es de un suspenso hitchcockiano: una «fuente inobjetable» asegura que el exdirector, todavía con el radar sintonizado en la frecuencia de Sergio Massa, quería detonar el plan de Luis Caputo con un número inflacionario que hiciera saltar por el aire la credibilidad del Ministerio de Economía.
Lo más fascinante de esta trama de espionaje estadístico es la «paradoja del número». Pérez sostiene que el índice nuevo estaba tan mal diseñado que aplicarlo era como tirarse en paracaídas pero con una mochila llena de piedras. El Gobierno, en su rol de superhéroe de la transparencia —según la narrativa oficial—, detectó que el invento de Lavagna tenía distorsiones deliberadas. Es una imagen poética: técnicos de confianza de Milei revisando planillas de Excel como si fueran códigos de lanzamiento nuclear, tratando de evitar que un decimal mal puesto terminara de hundir el Riesgo País. Mientras tanto, en la otra vereda, dicen que Lavagna simplemente se puso la gorra de la honestidad y se negó a «maquillar» un dato de enero que, con las tarifas actuales, venía con un número más picante que un habanero.
Al final, como siempre sucede en nuestra bendita tierra, la solución fue la más argentina de todas: patear la pelota afuera. Asumió Pedro Lines, un hombre que parece tener la confianza del equipo de «Toto» Caputo, y la primera orden fue guardar la canasta de consumo 2017/18 en el cajón de los recuerdos hasta que el clima social esté más fresco. Argumentan que se necesita «estabilidad monetaria», una frase elegante para decir que no quieren que el nuevo índice les cuente las costillas justo cuando el ajuste tarifario está pegando más fuerte que la realidad un lunes a la mañana. Así, el INDEC vuelve a ser el centro de una batalla donde los números no son solo cifras, sino armas de destrucción masiva en manos del que mejor sepa contar el cuento.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La salida de Marco Lavagna del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), concretada el pasado 2 de febrero, ha derivado en una crisis de credibilidad institucional tras la explosiva editorial de la periodista Cristina Pérez. Lejos de la versión de una transición armoniosa, Pérez denunció una presunta maniobra política orquestada desde sectores vinculados al exministro Sergio Massa para «dinamitar» la confianza en el programa económico del presidente Javier Milei.
La denuncia de la «inflación inflada»
En su programa televisivo, Pérez citó a una «fuente inobjetable» para sostener que Lavagna pretendía implementar una nueva metodología de medición —el IPC con base en la encuesta de consumo 2017/18— que contenía distorsiones técnicas deliberadas. Según esta versión, el objetivo era publicar un dato de inflación de enero de 2026 significativamente más alto que el real para quebrar la tendencia a la baja y golpear la credibilidad del ministro Luis Caputo ante los mercados internacionales.
Desde el Gobierno afirman que la estructura del nuevo índice era deficiente y que su aplicación representaba un «salto al vacío» estadístico. La sospecha oficial radica en que la nueva canasta estaba diseñada para maximizar el impacto de ciertos rubros, generando un dato que hubiera disparado el Riesgo País y afectado la estrategia de estabilización monetaria.
La visión contrapuesta: ¿Intervención o rigor técnico?
Por otro lado, sectores de la oposición y consultoras económicas plantean una lectura inversa. Sostienen que Lavagna se habría resistido a «pisar» el índice, ya que la nueva metodología reflejaba de manera más fidedigna el peso de los servicios públicos y tarifas en el presupuesto de los hogares. Con los aumentos recientes de luz y gas, el nuevo IPC hubiera arrojado una cifra superior al 3%, un número políticamente costoso para la gestión de La Libertad Avanza.
Versión Cristina Pérez (Pro-Gobierno) Versión Crítica (Oposición/Económica) Lavagna armó un índice «mal hecho» para inflar la inflación de forma artificial. El nuevo índice era más preciso y daba más alto por el peso real de las tarifas. Se evitó un complot político de raíz massista dentro del organismo. Se intervino el INDEC para no publicar un dato que incomodaba al Ejecutivo. La solución es seguir con el índice viejo hasta que no haya distorsiones técnicas. Postergar el índice nuevo es un «manoseo» a las estadísticas públicas del país.El impacto del ajuste tarifario
Uno de los ejes del conflicto es el peso relativo de los gastos. Con la canasta actual —basada en datos del año 2004—, el impacto de los aumentos en servicios públicos es menor que en la canasta de 2017/18. Expertos señalan que el nuevo índice blanquearía que el ajuste tarifario tiene una incidencia de hasta 4 puntos porcentuales adicionales anuales, algo que el Gobierno prefiere postergar.
Tras la asunción de Pedro Lines, técnico de extrema confianza del equipo económico, el INDEC confirmó que el lanzamiento del nuevo IPC se postergará hasta el segundo semestre de 2026. La orden oficial es clara: esperar a una mayor estabilidad de precios y evitar que la transición estadística sea utilizada como una herramienta de disputa política.
En la Argentina, el INDEC es ese lugar sagrado donde la realidad y la ficción se dan la mano para tomar un café, y la salida de Marco Lavagna no fue la excepción a la regla del escándalo nacional. Todo parecía una transición de esas que los diplomáticos llaman «ordenadas», hasta que Cristina Pérez decidió prender el ventilador en horario central. Según la periodista, Lavagna no se fue porque extrañara los asados de domingo, sino porque lo pescaron in fraganti tratando de cocinar un índice de inflación con más condimento que un chimichurri de cancha. La tesis es de un suspenso hitchcockiano: una «fuente inobjetable» asegura que el exdirector, todavía con el radar sintonizado en la frecuencia de Sergio Massa, quería detonar el plan de Luis Caputo con un número inflacionario que hiciera saltar por el aire la credibilidad del Ministerio de Economía.
Lo más fascinante de esta trama de espionaje estadístico es la «paradoja del número». Pérez sostiene que el índice nuevo estaba tan mal diseñado que aplicarlo era como tirarse en paracaídas pero con una mochila llena de piedras. El Gobierno, en su rol de superhéroe de la transparencia —según la narrativa oficial—, detectó que el invento de Lavagna tenía distorsiones deliberadas. Es una imagen poética: técnicos de confianza de Milei revisando planillas de Excel como si fueran códigos de lanzamiento nuclear, tratando de evitar que un decimal mal puesto terminara de hundir el Riesgo País. Mientras tanto, en la otra vereda, dicen que Lavagna simplemente se puso la gorra de la honestidad y se negó a «maquillar» un dato de enero que, con las tarifas actuales, venía con un número más picante que un habanero.
Al final, como siempre sucede en nuestra bendita tierra, la solución fue la más argentina de todas: patear la pelota afuera. Asumió Pedro Lines, un hombre que parece tener la confianza del equipo de «Toto» Caputo, y la primera orden fue guardar la canasta de consumo 2017/18 en el cajón de los recuerdos hasta que el clima social esté más fresco. Argumentan que se necesita «estabilidad monetaria», una frase elegante para decir que no quieren que el nuevo índice les cuente las costillas justo cuando el ajuste tarifario está pegando más fuerte que la realidad un lunes a la mañana. Así, el INDEC vuelve a ser el centro de una batalla donde los números no son solo cifras, sino armas de destrucción masiva en manos del que mejor sepa contar el cuento.