En las últimas horas, la Justicia bonaerense ordenó la detención de Nicolás Daniel Rodríguez y de Daniela Silva Muñoz, dos exempleados del Senado provincial, en el marco de una investigación que busca desarticular un entramado de violencia sexual, amenazas y manipulación psicológica vinculado a una presunta organización coercitiva denominada “La Orden de la Luz”.
La fiscal Betina Lacki, titular de la UFI N°2, con la aval del juez Juan Pablo Masi, procedió a la captura de Rodríguez y Muñoz. La acusación formal sostiene que ambos actuaban como “entregadores” de personas —hasta el momento todas de sexo femenino— a diversos funcionarios y agentes que desempeñan tareas en la Cámara Alta provincial. Junto con las detenciones, el magistrado autorizó el allanamiento de la vivienda de los imputados, donde se secuestraron dispositivos electrónicos y armas blancas que resultan de vital interés para el avance de la causa.
El crudo testimonio de las víctimas
El expediente judicial cuenta con relatos pavorosos sobre el funcionamiento de la organización. Una de las víctimas, identificada bajo las iniciales FA, declaró que conoció a Rodríguez en 2016. Según su testimonio, el día previo a su egreso fue citada a una propiedad privada donde comenzó la agresión: “Antes de ingresar al departamento, me agarró del cuello, para que lo bese”. Una vez en el interior, la denunciante afirmó que el imputado “agarró dos cuchillos y una navaja” para amedrentarla, tras lo cual “comienza a tocar mi vagina por debajo de la ropa”.
La manipulación escaló hacia una propuesta de relación poliamorosa bajo presión. FA detalló que Silva Muñoz la contactó para reforzar la figura mesiánica del captador, asegurándole que “Nicolás era una especie de DIOS KIEI” y que ella “debía responder a sus necesidades”. En su declaración, la joven subrayó el daño psicológico sufrido: “Hasta el día de hoy me cuesta muchísimo expresarme, pero también me quiero enfocar y no dejar de lado las cuestiones vinculadas a la manipulación y armado en torno a Nicolás y Daniela, y el funcionamiento y modalidad de la secta llamada ‘la Orden de la Luz’, donde él era el Dios y ella era una especie de Sensei”.
Abusos sistemáticos y amenazas de muerte
Otra de las denunciantes, referenciada como LO, aportó datos que coinciden con el modus operandi de la organización. Conoció a los acusados en 2015, a sus 18 años, bajo la promesa de una pasantía laboral. Relató que, en un encuentro en el domicilio de los imputados, Rodríguez comenzó a besarla y se desnudó frente a ella: “Lo hice presionada por la situación”, admitió respecto a los actos sexuales iniciales.
La joven describió que los imputados se presentaban como “miembros de una orden secreta que se llamaba ‘La orden de la luz’”, donde Rodríguez ostentaba el título de “KIEI” y Muñoz el de “maestra espiritual”. Al intentar distanciarse del grupo, LO comenzó a recibir amenazas explícitas a través de correos electrónicos: “Me responden que si abandonaba la Orden me iban a matar, llegando a amenazarme de muerte”.
La denuncia de LO detalla episodios de extrema gravedad, incluyendo violaciones mientras se encontraba inconsciente: “Muchas veces me obligó a tener relaciones sexuales, o me dormía y terminaba despertándome con él penetrándome”. Asimismo, recordó ataques físicos violentos donde Rodríguez la ahorcaba hasta la asfixia y la amenazaba con un cuchillo asegurando que “me iba arruinar a mi familia”. La joven fue tajante al afirmar que los abusos fueron sostenidos en el tiempo y siempre bajo la supervisión o participación de ambos detenidos: “En todos los hechos de abuso, grité y pedí auxilio. Nicolás y Daniela me amenazaban con mi familia”.
<p>La Justicia dispuso la detención de Nicolás Daniel Rodríguez y Daniela Silva Muñoz, exintegrantes de la planta del Senado bonaerense, bajo cargos de abuso sexual, amenazas y manipulación coercitiva. Los imputados lideraban presuntamente la secta “La Orden de la Luz”, donde utilizaban sus cargos públicos para captar víctimas que eran sometidas a vejaciones sistemáticas y amenazas de muerte bajo una estructura de jerarquía espiritual.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
El Senado de la Provincia de Buenos Aires, ese recinto sagrado donde la mayor actividad suele ser la desaparición física de asesores en los días de sesión y el misterioso presupuesto que se evapora más rápido que el sueldo un lunes por la mañana, ha decidido incursionar en el apasionante mundo de las organizaciones esotéricas. Al parecer, a dos empleados no les alcanzaba con la mística burocrática de los expedientes amarillentos y decidieron fundar “La Orden de la Luz”, una secta que, lejos de iluminar el camino de alguien, terminó con un despliegue de cuchillos, amenazas de muerte y delirios de deidad que harían que cualquier guionista de Netflix se sienta un principiante sin imaginación.
Nicolás Daniel Rodríguez, ahora detenido, no se conformaba con su escalafón administrativo; él aspiraba a lo más alto: ser el “Dios KIEI”. Un nombre que, convengamos, suena más a marca de repuestos de lavarropas importados que a una entidad suprema, pero que para las víctimas representaba el inicio de un calvario de manipulación psicológica y abusos. A su lado, Daniela Silva Muñoz oficiaba de “Sensei” o maestra espiritual, demostrando que en la administración pública la capacitación es fundamental, especialmente si el objetivo es convencer a jóvenes pasantes de que entregar su integridad física es un requisito indispensable para alcanzar el nirvana o, en su defecto, para no terminar con un cuchillo en el cuello en un departamento de La Plata.
Lo más fascinante del caso —si es que se puede aplicar esa palabra a semejante despliegue de perversidad— es la metodología de captación. Mientras la mayoría de los mortales teme a los fantasmas o a un aumento de impuestos, los integrantes de esta orden operaban con el manual de la violencia más rancia: armas blancas, asfixia y la promesa de arruinar familias enteras si se abandonaba el “camino de la luz”. Resulta reconfortante saber que, según la investigación, estos individuos también funcionaban como “entregadores” de mujeres para otros funcionarios del Senado, confirmando que la solidaridad entre colegas en la legislatura bonaerense no conoce límites, siempre y cuando se trate de pisotear la dignidad humana bajo el amparo de una estructura estatal que, una vez más, parece haber estado mirando hacia el techo mientras el «Dios KIEI» hacía de las suyas en horario de oficina.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En las últimas horas, la Justicia bonaerense ordenó la detención de Nicolás Daniel Rodríguez y de Daniela Silva Muñoz, dos exempleados del Senado provincial, en el marco de una investigación que busca desarticular un entramado de violencia sexual, amenazas y manipulación psicológica vinculado a una presunta organización coercitiva denominada “La Orden de la Luz”.
La fiscal Betina Lacki, titular de la UFI N°2, con la aval del juez Juan Pablo Masi, procedió a la captura de Rodríguez y Muñoz. La acusación formal sostiene que ambos actuaban como “entregadores” de personas —hasta el momento todas de sexo femenino— a diversos funcionarios y agentes que desempeñan tareas en la Cámara Alta provincial. Junto con las detenciones, el magistrado autorizó el allanamiento de la vivienda de los imputados, donde se secuestraron dispositivos electrónicos y armas blancas que resultan de vital interés para el avance de la causa.
El crudo testimonio de las víctimas
El expediente judicial cuenta con relatos pavorosos sobre el funcionamiento de la organización. Una de las víctimas, identificada bajo las iniciales FA, declaró que conoció a Rodríguez en 2016. Según su testimonio, el día previo a su egreso fue citada a una propiedad privada donde comenzó la agresión: “Antes de ingresar al departamento, me agarró del cuello, para que lo bese”. Una vez en el interior, la denunciante afirmó que el imputado “agarró dos cuchillos y una navaja” para amedrentarla, tras lo cual “comienza a tocar mi vagina por debajo de la ropa”.
La manipulación escaló hacia una propuesta de relación poliamorosa bajo presión. FA detalló que Silva Muñoz la contactó para reforzar la figura mesiánica del captador, asegurándole que “Nicolás era una especie de DIOS KIEI” y que ella “debía responder a sus necesidades”. En su declaración, la joven subrayó el daño psicológico sufrido: “Hasta el día de hoy me cuesta muchísimo expresarme, pero también me quiero enfocar y no dejar de lado las cuestiones vinculadas a la manipulación y armado en torno a Nicolás y Daniela, y el funcionamiento y modalidad de la secta llamada ‘la Orden de la Luz’, donde él era el Dios y ella era una especie de Sensei”.
Abusos sistemáticos y amenazas de muerte
Otra de las denunciantes, referenciada como LO, aportó datos que coinciden con el modus operandi de la organización. Conoció a los acusados en 2015, a sus 18 años, bajo la promesa de una pasantía laboral. Relató que, en un encuentro en el domicilio de los imputados, Rodríguez comenzó a besarla y se desnudó frente a ella: “Lo hice presionada por la situación”, admitió respecto a los actos sexuales iniciales.
La joven describió que los imputados se presentaban como “miembros de una orden secreta que se llamaba ‘La orden de la luz’”, donde Rodríguez ostentaba el título de “KIEI” y Muñoz el de “maestra espiritual”. Al intentar distanciarse del grupo, LO comenzó a recibir amenazas explícitas a través de correos electrónicos: “Me responden que si abandonaba la Orden me iban a matar, llegando a amenazarme de muerte”.
La denuncia de LO detalla episodios de extrema gravedad, incluyendo violaciones mientras se encontraba inconsciente: “Muchas veces me obligó a tener relaciones sexuales, o me dormía y terminaba despertándome con él penetrándome”. Asimismo, recordó ataques físicos violentos donde Rodríguez la ahorcaba hasta la asfixia y la amenazaba con un cuchillo asegurando que “me iba arruinar a mi familia”. La joven fue tajante al afirmar que los abusos fueron sostenidos en el tiempo y siempre bajo la supervisión o participación de ambos detenidos: “En todos los hechos de abuso, grité y pedí auxilio. Nicolás y Daniela me amenazaban con mi familia”.
El Senado de la Provincia de Buenos Aires, ese recinto sagrado donde la mayor actividad suele ser la desaparición física de asesores en los días de sesión y el misterioso presupuesto que se evapora más rápido que el sueldo un lunes por la mañana, ha decidido incursionar en el apasionante mundo de las organizaciones esotéricas. Al parecer, a dos empleados no les alcanzaba con la mística burocrática de los expedientes amarillentos y decidieron fundar “La Orden de la Luz”, una secta que, lejos de iluminar el camino de alguien, terminó con un despliegue de cuchillos, amenazas de muerte y delirios de deidad que harían que cualquier guionista de Netflix se sienta un principiante sin imaginación.
Nicolás Daniel Rodríguez, ahora detenido, no se conformaba con su escalafón administrativo; él aspiraba a lo más alto: ser el “Dios KIEI”. Un nombre que, convengamos, suena más a marca de repuestos de lavarropas importados que a una entidad suprema, pero que para las víctimas representaba el inicio de un calvario de manipulación psicológica y abusos. A su lado, Daniela Silva Muñoz oficiaba de “Sensei” o maestra espiritual, demostrando que en la administración pública la capacitación es fundamental, especialmente si el objetivo es convencer a jóvenes pasantes de que entregar su integridad física es un requisito indispensable para alcanzar el nirvana o, en su defecto, para no terminar con un cuchillo en el cuello en un departamento de La Plata.
Lo más fascinante del caso —si es que se puede aplicar esa palabra a semejante despliegue de perversidad— es la metodología de captación. Mientras la mayoría de los mortales teme a los fantasmas o a un aumento de impuestos, los integrantes de esta orden operaban con el manual de la violencia más rancia: armas blancas, asfixia y la promesa de arruinar familias enteras si se abandonaba el “camino de la luz”. Resulta reconfortante saber que, según la investigación, estos individuos también funcionaban como “entregadores” de mujeres para otros funcionarios del Senado, confirmando que la solidaridad entre colegas en la legislatura bonaerense no conoce límites, siempre y cuando se trate de pisotear la dignidad humana bajo el amparo de una estructura estatal que, una vez más, parece haber estado mirando hacia el techo mientras el «Dios KIEI» hacía de las suyas en horario de oficina.