La histórica empresa argentina Lumilagro, referente indiscutido en la fabricación de artículos para el hogar durante más de ocho décadas, ha tomado la drástica decisión de cesar su producción en el país. Tras registrar una estrepitosa caída del 50% en sus ventas, la firma optó por transformar su modelo de negocio y comenzar a importar sus productos terminados directamente desde China.
Cierre de planta y despidos en Tortuguitas
La reestructuración operativa tuvo un impacto inmediato en su infraestructura industrial. La compañía procedió al cierre de los hornos de su emblemática planta ubicada en la localidad de Tortuguitas, provincia de Buenos Aires. Esta medida conllevó el despido de 170 trabajadores y la reducción drástica de la línea de producción de termos de acero, que hasta ahora se ensamblaban y procesaban en territorio nacional.
Desde la empresa señalaron que la continuidad de la fabricación de vidrio y el montaje local se volvió insostenible frente al actual contexto económico, marcando el fin de un ciclo de 83 años de producción ininterrumpida en la Argentina.
Las causas: Contrabando y competencia desleal
El director ejecutivo de Lumilagro, Martín Nadler, explicó que la decisión no responde a un solo factor, sino a una combinación de variables que asfixiaron la rentabilidad de la firma. El directivo puso especial énfasis en el crecimiento del contrabando y el ingreso masivo de termos importados que no cuentan con los controles de seguridad y calidad exigidos a la industria local.
“Muchas cosas hay que hacer para proteger la industria, pero el ingreso de productos sin controles desde países vecinos ha destruido la competitividad”, sugirió el ejecutivo en relación a la porosidad de las fronteras. Según la dirección, la presencia de productos de origen extranjero a precios sensiblemente menores —muchos de ellos ingresados de manera irregular— tornó inviable la competencia para una estructura industrial que debe afrontar costos fijos y presiones impositivas locales.
Un cambio de paradigma para la marca
Con esta resolución, Lumilagro pasará de ser una fábrica modelo a una empresa comercializadora e importadora. Aunque la marca mantendrá su presencia en las góndolas argentinas, los productos ya no llevarán el sello de fabricación propia en sus componentes principales. El mercado previsional e industrial local observa con preocupación este movimiento, ya que representa la caída de uno de los últimos baluartes de la manufactura nacional en el sector de bienes de consumo masivo.
<p>La emblemática firma argentina Lumilagro cesó su producción local tras 83 años de trayectoria, afectada por una caída del 50% en sus ventas. La empresa cerró los hornos de su planta en Tortuguitas y despidió a 170 trabajadores, optando por importar sus productos desde China. La dirección atribuyó la crisis al contrabando y a la competencia de termos importados sin controles.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Si había algo que nos quedaba de soberanía nacional, además del asado y las quejas por el precio del transporte, era el termo Lumilagro. Pero parece que el icónico recipiente que nos acompañó en cada mateada desde la época en que la televisión era en blanco y negro ha decidido jubilarse de la industria nacional. Tras más de 80 años de calentarle el agua a varias generaciones, la empresa apagó los hornos en Tortuguitas porque, según parece, producir en Argentina se ha vuelto más difícil que explicarle el fuera de juego a un algoritmo de inteligencia artificial. Con una caída en las ventas del 50%, la gerencia llegó a la conclusión de que es más negocio traer el vidrio y el plástico desde China que seguir lidiando con la realidad local, dejando a 170 trabajadores con el termo frío y la angustia caliente.
Martín Nadler, el director ejecutivo, salió a dar la cara y no fue precisamente para cebar un amargo. Atribuyó este naufragio industrial al crecimiento del contrabando y al ingreso masivo de termos importados que pasan por la frontera con la facilidad de un feriado puente. Básicamente, mientras nosotros intentamos mantener la industria en pie, el mercado se llenó de termos «truchos» o extranjeros que entran sin pedir permiso ni pagar el peaje reglamentario. Es una ironía del destino: el termo que sobrevivió a crisis, hiperinflaciones y cambios de moneda, terminó derrotado por una invasión de productos que vienen de países vecinos o del gigante asiático. Ahora, el próximo Lumilagro que compres vendrá con aroma a fideos de arroz, confirmando que en este país lo único que no se enfría es la capacidad de cerrar fábricas históricas.
La medida implica que los famosos hornos, esos que fundían el vidrio para que tu mate no sea una sopa tibia a los diez minutos, ahora son monumentos a la arqueología industrial. Reducir la producción de termos de acero y pasar al modelo de importación directa es la bandera blanca de una empresa que ya no pudo aguantar la presión. A este ritmo, lo único que vamos a fabricar en Argentina son memes sobre la situación económica, porque hasta el agua caliente parece que va a tener que venir sellada en la aduana. Un brindis —con agua tibia, por supuesto— por los 170 despedidos y por esa etiqueta de «Industria Argentina» que ahora es un objeto de colección más valioso que un billete de dos pesos.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La histórica empresa argentina Lumilagro, referente indiscutido en la fabricación de artículos para el hogar durante más de ocho décadas, ha tomado la drástica decisión de cesar su producción en el país. Tras registrar una estrepitosa caída del 50% en sus ventas, la firma optó por transformar su modelo de negocio y comenzar a importar sus productos terminados directamente desde China.
Cierre de planta y despidos en Tortuguitas
La reestructuración operativa tuvo un impacto inmediato en su infraestructura industrial. La compañía procedió al cierre de los hornos de su emblemática planta ubicada en la localidad de Tortuguitas, provincia de Buenos Aires. Esta medida conllevó el despido de 170 trabajadores y la reducción drástica de la línea de producción de termos de acero, que hasta ahora se ensamblaban y procesaban en territorio nacional.
Desde la empresa señalaron que la continuidad de la fabricación de vidrio y el montaje local se volvió insostenible frente al actual contexto económico, marcando el fin de un ciclo de 83 años de producción ininterrumpida en la Argentina.
Las causas: Contrabando y competencia desleal
El director ejecutivo de Lumilagro, Martín Nadler, explicó que la decisión no responde a un solo factor, sino a una combinación de variables que asfixiaron la rentabilidad de la firma. El directivo puso especial énfasis en el crecimiento del contrabando y el ingreso masivo de termos importados que no cuentan con los controles de seguridad y calidad exigidos a la industria local.
“Muchas cosas hay que hacer para proteger la industria, pero el ingreso de productos sin controles desde países vecinos ha destruido la competitividad”, sugirió el ejecutivo en relación a la porosidad de las fronteras. Según la dirección, la presencia de productos de origen extranjero a precios sensiblemente menores —muchos de ellos ingresados de manera irregular— tornó inviable la competencia para una estructura industrial que debe afrontar costos fijos y presiones impositivas locales.
Un cambio de paradigma para la marca
Con esta resolución, Lumilagro pasará de ser una fábrica modelo a una empresa comercializadora e importadora. Aunque la marca mantendrá su presencia en las góndolas argentinas, los productos ya no llevarán el sello de fabricación propia en sus componentes principales. El mercado previsional e industrial local observa con preocupación este movimiento, ya que representa la caída de uno de los últimos baluartes de la manufactura nacional en el sector de bienes de consumo masivo.
Si había algo que nos quedaba de soberanía nacional, además del asado y las quejas por el precio del transporte, era el termo Lumilagro. Pero parece que el icónico recipiente que nos acompañó en cada mateada desde la época en que la televisión era en blanco y negro ha decidido jubilarse de la industria nacional. Tras más de 80 años de calentarle el agua a varias generaciones, la empresa apagó los hornos en Tortuguitas porque, según parece, producir en Argentina se ha vuelto más difícil que explicarle el fuera de juego a un algoritmo de inteligencia artificial. Con una caída en las ventas del 50%, la gerencia llegó a la conclusión de que es más negocio traer el vidrio y el plástico desde China que seguir lidiando con la realidad local, dejando a 170 trabajadores con el termo frío y la angustia caliente.
Martín Nadler, el director ejecutivo, salió a dar la cara y no fue precisamente para cebar un amargo. Atribuyó este naufragio industrial al crecimiento del contrabando y al ingreso masivo de termos importados que pasan por la frontera con la facilidad de un feriado puente. Básicamente, mientras nosotros intentamos mantener la industria en pie, el mercado se llenó de termos «truchos» o extranjeros que entran sin pedir permiso ni pagar el peaje reglamentario. Es una ironía del destino: el termo que sobrevivió a crisis, hiperinflaciones y cambios de moneda, terminó derrotado por una invasión de productos que vienen de países vecinos o del gigante asiático. Ahora, el próximo Lumilagro que compres vendrá con aroma a fideos de arroz, confirmando que en este país lo único que no se enfría es la capacidad de cerrar fábricas históricas.
La medida implica que los famosos hornos, esos que fundían el vidrio para que tu mate no sea una sopa tibia a los diez minutos, ahora son monumentos a la arqueología industrial. Reducir la producción de termos de acero y pasar al modelo de importación directa es la bandera blanca de una empresa que ya no pudo aguantar la presión. A este ritmo, lo único que vamos a fabricar en Argentina son memes sobre la situación económica, porque hasta el agua caliente parece que va a tener que venir sellada en la aduana. Un brindis —con agua tibia, por supuesto— por los 170 despedidos y por esa etiqueta de «Industria Argentina» que ahora es un objeto de colección más valioso que un billete de dos pesos.