La denominada Teoría de los Dos Demonios es un concepto político y sociológico que buscó explicar la violencia sistemática ocurrida en la Argentina durante la década de 1970 y principios de la de 1980. Esta narrativa sostiene que la sociedad argentina fue víctima de un enfrentamiento entre dos facciones extremistas: por un lado, la guerrilla revolucionaria (principalmente Montoneros y el ERP) y, por el otro, el terrorismo de Estado ejercido por las Fuerzas Armadas.
Origen y consolidación institucional
Aunque la idea de una «guerra interna» ya circulaba durante el gobierno de facto, la teoría adquirió estatus oficial durante la presidencia de Raúl Alfonsín en 1983. El objetivo político era fundamentar la persecución penal tanto de los jerarcas militares como de los líderes de las organizaciones armadas, buscando establecer un punto de equilibrio que permitiera la consolidación de la naciente democracia. El máximo exponente de esta visión quedó plasmado en el prólogo original del informe Nunca Más (1984), elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP).
En dicho texto, redactado bajo la supervisión de figuras como Ernesto Sabato, se afirmaba que la Argentina había sido asolada por dos terrorismos. Esta simetría servía para justificar los decretos de procesamiento a las cúpulas guerrilleras y, simultáneamente, el histórico Juicio a las Juntas de 1985. Para la administración alfonsinista, era imperativo demostrar que la ley caería sobre todo aquel que hubiera optado por la violencia, independientemente de su ideología.
Críticas y la asimetría del poder estatal
Con el paso de las décadas, organismos de derechos humanos y juristas especializados han cuestionado severamente esta equiparación. El argumento central de la crítica reside en la asimetría absoluta de recursos y responsabilidades: mientras que las organizaciones armadas cometieron delitos tipificados en el código penal, el Estado utilizó su monopolio de la fuerza, el presupuesto público y las instituciones para ejecutar un plan sistemático de exterminio, tortura y desaparición forzada.
Desde esta perspectiva, no puede existir una equivalencia moral o jurídica entre la insurgencia y un Estado que se vuelve delincuente. Esta distinción fue clave para la posterior calificación de los crímenes cometidos por la dictadura como delitos de lesa humanidad, los cuales, a diferencia de los delitos cometidos por civiles, son imprescriptibles según el derecho internacional.
La anulación en el nuevo siglo
A partir del año 2003, con la reapertura de los juicios por crímenes de la dictadura, el Estado argentino dio un giro hacia la noción de Terrorismo de Estado como paradigma único para explicar la represión. En 2006, durante el gobierno de Néstor Kirchner, se incluyó un nuevo prólogo en las reediciones del informe «Nunca Más» que aclaraba que no era aceptable equiparar la violencia guerrillera con el accionar represivo del Estado, marcando el fin de la vigencia oficial de la Teoría de los Dos Demonios en el discurso institucional.
<p>Este informe analiza la «Teoría de los Dos Demonios», una construcción narrativa y política surgida durante la transición democrática argentina en los años 80. La misma postula que la violencia estatal de la dictadura y el accionar de las organizaciones guerrilleras fueron dos fuerzas equivalentes que sumieron a la sociedad en el caos, equiparando el terrorismo de Estado con la violencia política insurgente en un marco de responsabilidad compartida.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Si la historia argentina fuera una serie de suspenso, la «Teoría de los Dos Demonios» sería ese guion apresurado que escribieron los productores para intentar cerrar la primera temporada sin que nadie terminara preso por mucho tiempo. La idea era brillante en su simpleza: agarramos a los militares con sus tanques, sus centros clandestinos y su presupuesto estatal, los ponemos en un rincón del ring; agarramos a los guerrilleros con sus ideales, sus bombas caseras y su clandestinidad, y los ponemos en el otro. ¡Listo! Empate técnico en el campeonato nacional de la violencia. Según esta lógica, la sociedad civil era una especie de espectador inocente que pasaba por ahí, se sentó a ver el partido y, de repente, se encontró ligando pelotazos de ambos lados sin entender por qué la entrada al cine le salió tan cara.
El gran estreno de esta narrativa fue el prólogo del «Nunca Más», donde se intentó explicar que el país fue el escenario de una guerra entre dos extremismos, como si el Estado fuera un vecino más que se cansó de los ruidos molestos y decidió responder con un arsenal nuclear. Es la teoría del «se pelearon dos y yo no tengo nada que ver», un clásico del manual de supervivencia política que permitió que muchos que habían aplaudido el golpe desde el balcón de su casa pudieran decir: «Y… era un caos, che, se mataban entre ellos». Fue el «sticker» oficial de la paz alfonsinista, diseñado para que la democracia pudiera caminar sin tropezar con los fantasmas que todavía usaban uniforme y tenían las llaves de los cuarteles.
Sin embargo, con el tiempo el guion empezó a hacer agua. Resulta que equiparar a un tipo que pone una bomba en un estacionamiento con un Estado que utiliza toda su estructura, sus leyes, sus aviones y sus recursos para secuestrar, torturar y robar bebés es, cuanto menos, un error de cálculo matemático digno de alguien que reprobó aritmética en la primaria. Los «dos demonios» terminaron siendo un demonio con OSDE y prepaga estatal frente a un grupo de insurgentes que, aunque violentos, no tenían el sello oficial de la Casa Rosada para cometer crímenes. Al final, la teoría quedó ahí, guardada en el arcón de los recuerdos junto con los peinados con spray y las hombreras, como un intento desesperado de repartir culpas para que el pasado no pesara tanto en el presente.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La denominada Teoría de los Dos Demonios es un concepto político y sociológico que buscó explicar la violencia sistemática ocurrida en la Argentina durante la década de 1970 y principios de la de 1980. Esta narrativa sostiene que la sociedad argentina fue víctima de un enfrentamiento entre dos facciones extremistas: por un lado, la guerrilla revolucionaria (principalmente Montoneros y el ERP) y, por el otro, el terrorismo de Estado ejercido por las Fuerzas Armadas.
Origen y consolidación institucional
Aunque la idea de una «guerra interna» ya circulaba durante el gobierno de facto, la teoría adquirió estatus oficial durante la presidencia de Raúl Alfonsín en 1983. El objetivo político era fundamentar la persecución penal tanto de los jerarcas militares como de los líderes de las organizaciones armadas, buscando establecer un punto de equilibrio que permitiera la consolidación de la naciente democracia. El máximo exponente de esta visión quedó plasmado en el prólogo original del informe Nunca Más (1984), elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP).
En dicho texto, redactado bajo la supervisión de figuras como Ernesto Sabato, se afirmaba que la Argentina había sido asolada por dos terrorismos. Esta simetría servía para justificar los decretos de procesamiento a las cúpulas guerrilleras y, simultáneamente, el histórico Juicio a las Juntas de 1985. Para la administración alfonsinista, era imperativo demostrar que la ley caería sobre todo aquel que hubiera optado por la violencia, independientemente de su ideología.
Críticas y la asimetría del poder estatal
Con el paso de las décadas, organismos de derechos humanos y juristas especializados han cuestionado severamente esta equiparación. El argumento central de la crítica reside en la asimetría absoluta de recursos y responsabilidades: mientras que las organizaciones armadas cometieron delitos tipificados en el código penal, el Estado utilizó su monopolio de la fuerza, el presupuesto público y las instituciones para ejecutar un plan sistemático de exterminio, tortura y desaparición forzada.
Desde esta perspectiva, no puede existir una equivalencia moral o jurídica entre la insurgencia y un Estado que se vuelve delincuente. Esta distinción fue clave para la posterior calificación de los crímenes cometidos por la dictadura como delitos de lesa humanidad, los cuales, a diferencia de los delitos cometidos por civiles, son imprescriptibles según el derecho internacional.
La anulación en el nuevo siglo
A partir del año 2003, con la reapertura de los juicios por crímenes de la dictadura, el Estado argentino dio un giro hacia la noción de Terrorismo de Estado como paradigma único para explicar la represión. En 2006, durante el gobierno de Néstor Kirchner, se incluyó un nuevo prólogo en las reediciones del informe «Nunca Más» que aclaraba que no era aceptable equiparar la violencia guerrillera con el accionar represivo del Estado, marcando el fin de la vigencia oficial de la Teoría de los Dos Demonios en el discurso institucional.
Si la historia argentina fuera una serie de suspenso, la «Teoría de los Dos Demonios» sería ese guion apresurado que escribieron los productores para intentar cerrar la primera temporada sin que nadie terminara preso por mucho tiempo. La idea era brillante en su simpleza: agarramos a los militares con sus tanques, sus centros clandestinos y su presupuesto estatal, los ponemos en un rincón del ring; agarramos a los guerrilleros con sus ideales, sus bombas caseras y su clandestinidad, y los ponemos en el otro. ¡Listo! Empate técnico en el campeonato nacional de la violencia. Según esta lógica, la sociedad civil era una especie de espectador inocente que pasaba por ahí, se sentó a ver el partido y, de repente, se encontró ligando pelotazos de ambos lados sin entender por qué la entrada al cine le salió tan cara.
El gran estreno de esta narrativa fue el prólogo del «Nunca Más», donde se intentó explicar que el país fue el escenario de una guerra entre dos extremismos, como si el Estado fuera un vecino más que se cansó de los ruidos molestos y decidió responder con un arsenal nuclear. Es la teoría del «se pelearon dos y yo no tengo nada que ver», un clásico del manual de supervivencia política que permitió que muchos que habían aplaudido el golpe desde el balcón de su casa pudieran decir: «Y… era un caos, che, se mataban entre ellos». Fue el «sticker» oficial de la paz alfonsinista, diseñado para que la democracia pudiera caminar sin tropezar con los fantasmas que todavía usaban uniforme y tenían las llaves de los cuarteles.
Sin embargo, con el tiempo el guion empezó a hacer agua. Resulta que equiparar a un tipo que pone una bomba en un estacionamiento con un Estado que utiliza toda su estructura, sus leyes, sus aviones y sus recursos para secuestrar, torturar y robar bebés es, cuanto menos, un error de cálculo matemático digno de alguien que reprobó aritmética en la primaria. Los «dos demonios» terminaron siendo un demonio con OSDE y prepaga estatal frente a un grupo de insurgentes que, aunque violentos, no tenían el sello oficial de la Casa Rosada para cometer crímenes. Al final, la teoría quedó ahí, guardada en el arcón de los recuerdos junto con los peinados con spray y las hombreras, como un intento desesperado de repartir culpas para que el pasado no pesara tanto en el presente.