El empresario Javier Faroni ha emergido como una figura determinante en la estructura económica de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), consolidando un esquema de negocios que hoy es objeto de una profunda investigación judicial. Con una trayectoria forjada en la producción teatral y un paso por la gestión pública en Aerolíneas Argentinas, Faroni logró capitalizar sus vínculos políticos y empresariales para transformarse en el gestor del flujo de divisas internacionales del fútbol nacional.
El eje de la controversia radica en el contrato suscripto en diciembre de 2021 entre la AFA y la sociedad TourProdEnter LLC. Esta firma, radicada en Estados Unidos y administrada por Erika Gillette, esposa de Faroni, obtuvo la representación comercial exclusiva de la Selección argentina a nivel internacional. Lo que despertó las alarmas en la industria fue el esquema de comisiones: un 30% de los ingresos más adicionales por logística, una cifra sin precedentes en los convenios previos de la entidad.
Un ecosistema de negocios diversificado
Bajo la gestión de Faroni, la explotación comercial de la marca AFA se expandió hacia diversos rubros. Entre ellos destaca Deportick, la ticketera que monopolizó la venta de entradas para los partidos del seleccionado, y la adquisición del club italiano Perugia. Asimismo, el empresario posee el registro de la marca Universidad AFA para su explotación global. Este despliegue de negocios se desarrolló en estrecha coordinación con Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino, tesorero de la institución y pieza operativa fundamental en el manejo de la caja.
La Justicia actualmente pone la lupa sobre los movimientos financieros de este entramado. Se investigan transferencias por casi 500.000 dólares desde las cuentas de TourProdEnter hacia SOMA SRL, una empresa radicada en Santiago del Estero vinculada al entorno de Toviggino. Estas operaciones, realizadas mediante giros fraccionados, coincidirían con un incremento patrimonial no justificado en el círculo íntimo del tesorero.
Activos de lujo y la defensa legal
La investigación también rastrea el destino de los fondos en bienes de alto valor. Se han detectado vuelos privados en aeronaves Gulfstream, la adquisición de una mansión en un exclusivo barrio de Pilar mediante sociedades interpuestas, y el desarrollo de emprendimientos inmobiliarios, helipuertos y estaciones de servicio. Un dato que ha cobrado relevancia es la transferencia de 40.000 dólares a María Florencia Sartirana, exgerente de Finanzas de la AFA, quien tras su salida del organismo inició negocios vinculados al suministro de vinos premium para eventos del fútbol.
Ante el avance de las causas judiciales, Javier Faroni ha contratado al abogado Maximiliano Rusconi para liderar su estrategia de defensa. Mientras tanto, el «triángulo de oro» conformado por Tapia, Toviggino y Faroni enfrenta el desafío de explicar un esquema donde la frontera entre los negocios personales y la gestión institucional de la AFA parece haberse desdibujado por completo. La investigación busca determinar si estos vínculos constituyen una asociación ilícita destinada al desvío de fondos generados por la Selección nacional.
<p>El empresario Javier Faroni se encuentra bajo el escrutinio de la Justicia argentina tras revelarse su rol central en la gestión comercial de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). La investigación analiza un complejo esquema de sociedades en el exterior, comisiones del 30% por contratos internacionales y transferencias millonarias vinculadas a activos de lujo del entorno de Claudio Tapia y Pablo Toviggino.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Hay que reconocerle a Javier Faroni una capacidad de adaptación que envidiaría cualquier especie en peligro de extinción: pasar de producir comedias de enredos en la calle Corrientes a gestionar el «teatro de operaciones» de la AFA es, sencillamente, un salto cuántico en la escala de la ambición. Faroni entendió antes que nadie que el verdadero espectáculo no sucede bajo las luces de neón de Mar del Plata, sino en la penumbra de las oficinas donde se firman contratos con porcentajes que harían sonrojar a un jeque árabe. En este 2026, el empresario ha demostrado que se puede ser el «productor» de una Selección nacional sin haber pateado una pelota en su vida, siempre y cuando se tenga el olfato afinado para saber quién reparte las entradas y quién se queda con el vuelto.
El llamado «Triángulo de Oro», conformado por Claudio Tapia, Pablo Toviggino y el propio Faroni, funciona con la precisión de un reloj suizo que, por algún capricho del destino, siempre marca la hora de cobrar una comisión del 30%. Este esquema comercial, gestionado a través de TourProdEnter LLC —una firma radicada en Estados Unidos y administrada por la esposa de Faroni—, ha logrado lo que ningún director técnico pudo: centralizar todos los dólares que entran por sponsors y amistosos en una cuenta donde la transparencia es un concepto opcional. Es una coreografía perfecta donde los billetes vuelan con la gracia de un cuerpo de baile, aterrizando suavemente en activos tan variopintos como mansiones en Pilar, hoteles en Santiago del Estero y un patrimonio ecuestre que dejaría a cualquier estanciero con la boca abierta.
Mientras la Justicia intenta descifrar si el avión Gulfstream G400 es un medio de transporte o un monumento al exceso, Faroni ha decidido blindarse mediáticamente con Maximiliano Rusconi, el abogado que siempre aparece cuando los números dejan de cerrar y las explicaciones empiezan a escasear. El relato es fascinante: aviones privados, transferencias cruzadas a sociedades como SOMA SRL y vinos premium que fluyen con la misma facilidad que las sospechas de lavado de dinero. En definitiva, el fútbol argentino nos regala una nueva función donde el VAR no revisa goles, sino transferencias bancarias, y donde el público, estupefacto, empieza a sospechar que el partido de fondo no se juega en la cancha, sino en el fascinante y lucrativo mundo de las bambalinas de Viamonte.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El empresario Javier Faroni ha emergido como una figura determinante en la estructura económica de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), consolidando un esquema de negocios que hoy es objeto de una profunda investigación judicial. Con una trayectoria forjada en la producción teatral y un paso por la gestión pública en Aerolíneas Argentinas, Faroni logró capitalizar sus vínculos políticos y empresariales para transformarse en el gestor del flujo de divisas internacionales del fútbol nacional.
El eje de la controversia radica en el contrato suscripto en diciembre de 2021 entre la AFA y la sociedad TourProdEnter LLC. Esta firma, radicada en Estados Unidos y administrada por Erika Gillette, esposa de Faroni, obtuvo la representación comercial exclusiva de la Selección argentina a nivel internacional. Lo que despertó las alarmas en la industria fue el esquema de comisiones: un 30% de los ingresos más adicionales por logística, una cifra sin precedentes en los convenios previos de la entidad.
Un ecosistema de negocios diversificado
Bajo la gestión de Faroni, la explotación comercial de la marca AFA se expandió hacia diversos rubros. Entre ellos destaca Deportick, la ticketera que monopolizó la venta de entradas para los partidos del seleccionado, y la adquisición del club italiano Perugia. Asimismo, el empresario posee el registro de la marca Universidad AFA para su explotación global. Este despliegue de negocios se desarrolló en estrecha coordinación con Claudio “Chiqui” Tapia y Pablo Toviggino, tesorero de la institución y pieza operativa fundamental en el manejo de la caja.
La Justicia actualmente pone la lupa sobre los movimientos financieros de este entramado. Se investigan transferencias por casi 500.000 dólares desde las cuentas de TourProdEnter hacia SOMA SRL, una empresa radicada en Santiago del Estero vinculada al entorno de Toviggino. Estas operaciones, realizadas mediante giros fraccionados, coincidirían con un incremento patrimonial no justificado en el círculo íntimo del tesorero.
Activos de lujo y la defensa legal
La investigación también rastrea el destino de los fondos en bienes de alto valor. Se han detectado vuelos privados en aeronaves Gulfstream, la adquisición de una mansión en un exclusivo barrio de Pilar mediante sociedades interpuestas, y el desarrollo de emprendimientos inmobiliarios, helipuertos y estaciones de servicio. Un dato que ha cobrado relevancia es la transferencia de 40.000 dólares a María Florencia Sartirana, exgerente de Finanzas de la AFA, quien tras su salida del organismo inició negocios vinculados al suministro de vinos premium para eventos del fútbol.
Ante el avance de las causas judiciales, Javier Faroni ha contratado al abogado Maximiliano Rusconi para liderar su estrategia de defensa. Mientras tanto, el «triángulo de oro» conformado por Tapia, Toviggino y Faroni enfrenta el desafío de explicar un esquema donde la frontera entre los negocios personales y la gestión institucional de la AFA parece haberse desdibujado por completo. La investigación busca determinar si estos vínculos constituyen una asociación ilícita destinada al desvío de fondos generados por la Selección nacional.
Hay que reconocerle a Javier Faroni una capacidad de adaptación que envidiaría cualquier especie en peligro de extinción: pasar de producir comedias de enredos en la calle Corrientes a gestionar el «teatro de operaciones» de la AFA es, sencillamente, un salto cuántico en la escala de la ambición. Faroni entendió antes que nadie que el verdadero espectáculo no sucede bajo las luces de neón de Mar del Plata, sino en la penumbra de las oficinas donde se firman contratos con porcentajes que harían sonrojar a un jeque árabe. En este 2026, el empresario ha demostrado que se puede ser el «productor» de una Selección nacional sin haber pateado una pelota en su vida, siempre y cuando se tenga el olfato afinado para saber quién reparte las entradas y quién se queda con el vuelto.
El llamado «Triángulo de Oro», conformado por Claudio Tapia, Pablo Toviggino y el propio Faroni, funciona con la precisión de un reloj suizo que, por algún capricho del destino, siempre marca la hora de cobrar una comisión del 30%. Este esquema comercial, gestionado a través de TourProdEnter LLC —una firma radicada en Estados Unidos y administrada por la esposa de Faroni—, ha logrado lo que ningún director técnico pudo: centralizar todos los dólares que entran por sponsors y amistosos en una cuenta donde la transparencia es un concepto opcional. Es una coreografía perfecta donde los billetes vuelan con la gracia de un cuerpo de baile, aterrizando suavemente en activos tan variopintos como mansiones en Pilar, hoteles en Santiago del Estero y un patrimonio ecuestre que dejaría a cualquier estanciero con la boca abierta.
Mientras la Justicia intenta descifrar si el avión Gulfstream G400 es un medio de transporte o un monumento al exceso, Faroni ha decidido blindarse mediáticamente con Maximiliano Rusconi, el abogado que siempre aparece cuando los números dejan de cerrar y las explicaciones empiezan a escasear. El relato es fascinante: aviones privados, transferencias cruzadas a sociedades como SOMA SRL y vinos premium que fluyen con la misma facilidad que las sospechas de lavado de dinero. En definitiva, el fútbol argentino nos regala una nueva función donde el VAR no revisa goles, sino transferencias bancarias, y donde el público, estupefacto, empieza a sospechar que el partido de fondo no se juega en la cancha, sino en el fascinante y lucrativo mundo de las bambalinas de Viamonte.