La Justicia ha decretado la quiebra de Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA), la empresa que operaba la línea de postres, flanes y yogures con la marca SanCor. Esta resolución marca el final de un extenso proceso de crisis financiera y operativa que la firma venía atravesando, y formaliza el despido de casi 400 trabajadores que cumplían funciones en sus centros de producción.
Cierre de plantas y alcance de los despidos
La liquidación de los activos de la compañía impacta de manera directa en dos localidades estratégicas para la industria láctea nacional. La planta ubicada en Lincoln (Provincia de Buenos Aires) y la unidad productiva de Monte Cristo (Provincia de Córdoba) han cesado sus actividades de manera definitiva. Entre ambas instalaciones, se estima que 390 operarios perdieron sus puestos de trabajo, agravando la situación social en dichas comunidades.
ARSA, que había sido adquirida años atrás por un grupo inversor, no logró estabilizar sus cuentas en un contexto de caída del consumo masivo y encarecimiento de los costos de producción. La marca SanCor, que licenciaba la producción de productos icónicos como el postre Shimy, se ve ahora ante el desafío de reconfigurar su presencia en las góndolas de refrigerados tras la caída de su principal brazo fabricante.
Crisis en la industria láctea
La quiebra de ARSA se produce en medio de una profunda crisis sectorial que afecta a toda la cadena láctea argentina. Factores como la volatilidad del precio de la materia prima, la presión impositiva y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios han configurado un escenario de inviabilidad para diversas firmas del rubro.
Desde los gremios del sector han manifestado su profunda preocupación por la celeridad de la liquidación judicial y la incertidumbre respecto al cobro de las indemnizaciones correspondientes para el personal desplazado. Con el dictado de la quiebra, se inicia ahora el proceso de remate de bienes y distribución de fondos entre los acreedores, donde los trabajadores poseen privilegio, aunque los tiempos judiciales suelen extenderse por varios meses.
<p>La Justicia decretó la quiebra definitiva de Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA), la firma encargada de la producción de yogures, postres y flanes bajo la licencia de SanCor. La medida conlleva el cierre de sus operaciones y el despido de casi 400 trabajadores en las plantas de Lincoln (Buenos Aires) y Monte Cristo (Córdoba), en el marco de una profunda crisis de la industria láctea.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Se terminó la función para el Shimy, el flancito con caramelo y toda esa cofradía de lácteos que supieron ser el consuelo de nuestra infancia. La Justicia, con la frialdad de una heladera desenchufada en pleno enero, decretó la quiebra de Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA), la empresa que le ponía el cuerpo (y la leche) a los postres de SanCor. Lo que durante meses fue un «veremos» se transformó en un certificado de defunción corporativa que deja un sabor amargo difícil de quitar con azúcar. La liquidación final de la firma no es solo un trámite en un juzgado; es el punto final para una estructura que ya no aguantaba más el rigor de una industria láctea que camina por la cornisa mientras el consumo se retrae más que la panza de un turista en la playa.
El impacto humano de esta caída es, lamentablemente, la noticia que no tiene remate gracioso: casi 400 trabajadores se quedan en la calle, repartidos entre las plantas de Lincoln y Monte Cristo. En la provincia de Buenos Aires y en Córdoba, el silencio de las máquinas se siente como un mazazo. Mientras los abogados terminan de repartirse los restos de lo que alguna vez fue un gigante de las góndolas, 400 familias se enfrentan al abismo de un mercado laboral que hoy ofrece menos garantías que un yogur vencido bajo el sol. El holding británico que alguna vez miró estas tierras con ambición parece haber descubierto que producir postres en Argentina requiere más que una receta: requiere una resistencia mística que ARSA, finalmente, agotó.
Es el fin de una era para los productos que acompañaron las meriendas de generaciones. La crisis del sector no perdona alcurnias ni trayectorias, y la caída de ARSA es el síntoma más feroz de una economía que está reordenando las góndolas a fuerza de cierres y telegramas de despido. Hoy, el icónico Shimy se despide no con un jingle pegadizo, sino con el seco golpe de un martillo judicial. Entre deudas salariales y una logística que se volvió inviable, la empresa bajó la persiana para siempre, dejando un hueco en las góndolas y una herida abierta en las comunidades de Lincoln y Monte Cristo que difícilmente cicatrice con promesas de reactivación.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La Justicia ha decretado la quiebra de Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA), la empresa que operaba la línea de postres, flanes y yogures con la marca SanCor. Esta resolución marca el final de un extenso proceso de crisis financiera y operativa que la firma venía atravesando, y formaliza el despido de casi 400 trabajadores que cumplían funciones en sus centros de producción.
Cierre de plantas y alcance de los despidos
La liquidación de los activos de la compañía impacta de manera directa en dos localidades estratégicas para la industria láctea nacional. La planta ubicada en Lincoln (Provincia de Buenos Aires) y la unidad productiva de Monte Cristo (Provincia de Córdoba) han cesado sus actividades de manera definitiva. Entre ambas instalaciones, se estima que 390 operarios perdieron sus puestos de trabajo, agravando la situación social en dichas comunidades.
ARSA, que había sido adquirida años atrás por un grupo inversor, no logró estabilizar sus cuentas en un contexto de caída del consumo masivo y encarecimiento de los costos de producción. La marca SanCor, que licenciaba la producción de productos icónicos como el postre Shimy, se ve ahora ante el desafío de reconfigurar su presencia en las góndolas de refrigerados tras la caída de su principal brazo fabricante.
Crisis en la industria láctea
La quiebra de ARSA se produce en medio de una profunda crisis sectorial que afecta a toda la cadena láctea argentina. Factores como la volatilidad del precio de la materia prima, la presión impositiva y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios han configurado un escenario de inviabilidad para diversas firmas del rubro.
Desde los gremios del sector han manifestado su profunda preocupación por la celeridad de la liquidación judicial y la incertidumbre respecto al cobro de las indemnizaciones correspondientes para el personal desplazado. Con el dictado de la quiebra, se inicia ahora el proceso de remate de bienes y distribución de fondos entre los acreedores, donde los trabajadores poseen privilegio, aunque los tiempos judiciales suelen extenderse por varios meses.
Se terminó la función para el Shimy, el flancito con caramelo y toda esa cofradía de lácteos que supieron ser el consuelo de nuestra infancia. La Justicia, con la frialdad de una heladera desenchufada en pleno enero, decretó la quiebra de Alimentos Refrigerados S.A. (ARSA), la empresa que le ponía el cuerpo (y la leche) a los postres de SanCor. Lo que durante meses fue un «veremos» se transformó en un certificado de defunción corporativa que deja un sabor amargo difícil de quitar con azúcar. La liquidación final de la firma no es solo un trámite en un juzgado; es el punto final para una estructura que ya no aguantaba más el rigor de una industria láctea que camina por la cornisa mientras el consumo se retrae más que la panza de un turista en la playa.
El impacto humano de esta caída es, lamentablemente, la noticia que no tiene remate gracioso: casi 400 trabajadores se quedan en la calle, repartidos entre las plantas de Lincoln y Monte Cristo. En la provincia de Buenos Aires y en Córdoba, el silencio de las máquinas se siente como un mazazo. Mientras los abogados terminan de repartirse los restos de lo que alguna vez fue un gigante de las góndolas, 400 familias se enfrentan al abismo de un mercado laboral que hoy ofrece menos garantías que un yogur vencido bajo el sol. El holding británico que alguna vez miró estas tierras con ambición parece haber descubierto que producir postres en Argentina requiere más que una receta: requiere una resistencia mística que ARSA, finalmente, agotó.
Es el fin de una era para los productos que acompañaron las meriendas de generaciones. La crisis del sector no perdona alcurnias ni trayectorias, y la caída de ARSA es el síntoma más feroz de una economía que está reordenando las góndolas a fuerza de cierres y telegramas de despido. Hoy, el icónico Shimy se despide no con un jingle pegadizo, sino con el seco golpe de un martillo judicial. Entre deudas salariales y una logística que se volvió inviable, la empresa bajó la persiana para siempre, dejando un hueco en las góndolas y una herida abierta en las comunidades de Lincoln y Monte Cristo que difícilmente cicatrice con promesas de reactivación.