El cine mundial despide a una de sus leyendas más prolíficas. Robert Duvall falleció este lunes a los 95 años en su rancho de Virginia, Estados Unidos. La noticia fue confirmada por su esposa, la actriz y directora argentina Luciana Duvall, quien a través de un emotivo comunicado destacó la dimensión íntima del actor: “Para el mundo, fue un actor ganador del Oscar, director y narrador. Para mí, fue simplemente todo”.
Duvall alcanzó la consagración definitiva de la Academia en 1983, cuando obtuvo el Oscar a mejor actor por su papel en Tender Mercies («Gracias y favores»). Sin embargo, su huella imborrable en la cinematografía mundial se había sellado casi una década antes. En 1972 y 1974, el actor dio vida al icónico Tom Hagen, el Consiglieri de la familia Corleone, en la obra maestra de Francis Ford Coppola, The Godfather («El padrino»), una interpretación que redefinió el rol de reparto en el cine moderno.
Fascinación por el tango y la cultura nacional
Más allá de sus logros en la industria estadounidense, Duvall mantuvo una relación excepcional con la cultura argentina. Su profunda pasión por el tango lo llevó a integrarse de manera activa en el circuito de milongas de Buenos Aires, donde era reconocido por su respeto y estudio de la danza. Esta conexión personal culminó en proyectos como Assassination Tango, filme que dirigió y protagonizó en territorio argentino.
En una entrevista concedida en 1988, el actor intentó explicar el origen de su fascinación por el género rioplatense, aunque terminó admitiendo con notable honestidad: «No puedo dar una respuesta». Esta declaración subraya el impacto de su entrega absoluta a sus intereses, ya sea en la pantalla grande o en su entorno cercano, donde su vínculo con nuestro país fue una constante hasta sus últimos días.
Un legado de versatilidad técnica
La trayectoria de Duvall se caracterizó por una versatilidad técnica poco común, permitiéndole transitar desde el drama criminal hasta el western y el cine independiente con la misma solidez. Su fallecimiento representa la pérdida de uno de los últimos grandes referentes del Nuevo Hollywood, cuya influencia seguirá presente a través de una filmografía que es, hoy más que nunca, patrimonio cultural de la humanidad.
<p>El legendario actor Robert Duvall falleció este lunes a los 95 años en su residencia de Virginia, según confirmó su esposa, Luciana Pedraza. Reconocido mundialmente por su papel de Tom Hagen en «El Padrino» y ganador del Oscar al mejor actor en 1983 por «Gracias y favores» (Tender Mercies), Duvall mantuvo una conexión histórica con Argentina a través de su apasionada dedicación al tango.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Se nos fue Robert Duvall a los 95 años y el mundo del cine se ha quedado más huérfano que un extra en una película de Michael Bay. El hombre que sobrevivió a los caprichos de Coppola, a las intensidades de Marlon Brando y a las cabalgatas interminables en el Lejano Oeste, finalmente decidió que ya era hora de colgar los guantes en su rancho de Virginia. Su esposa, la salteña Luciana Pedraza, lo despidió con una frase que nos dejó a todos buscando el pañuelo: «Para el mundo fue un Oscar; para mí, fue todo». Si eso no les ablanda el corazón, es porque directamente tienen un bloque de mármol de Carrara en el pecho o son críticos de cine franceses resentidos.
Hablamos de un tipo que ya era una leyenda antes de que muchos de nosotros supiéramos atarnos los cordones. Casi una década antes de llevarse la estatuilla dorada, Duvall ya le estaba explicando a James Caan cómo ser un «Consiglieri» con clase en «El Padrino». No cualquiera le sostiene la mirada a Vito Corleone sin que le tiemble el pulso, pero Robert lo hacía con esa parsimonia de quien sabe que, si la actuación no funcionaba, siempre podía venirse a Buenos Aires a sacar viruta al piso en una milonga de San Telmo. Porque sí, señores, perdimos al embajador más inesperado de nuestra cultura en Hollywood: un cowboy de San Diego obsesionado con el 2×4 que recorría las pistas porteñas con la misma seriedad con la que buscaba el olor a napalm por la mañana.
En 1988, cuando le preguntaron por qué le gustaba tanto el tango, el tipo tiró la respuesta más argentina posible: «No puedo dar una respuesta». Claro que no, Robert, el tango no se explica, se sufre, se baila y se paga en cuotas de nostalgia. Se nos va un grande que entendió que la vida, al igual que una buena escena o un buen tango, requiere ritmo, pausa y saber cuándo retirarse del escenario con la frente marchita pero el legado intacto. Que en paz descanse, Tom Hagen; hoy el Obelisco debería inclinarse un poquito, aunque sea por respeto al único yanqui que no nos dio vergüenza ajena ver tirar un corte en una baldosa floja.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El cine mundial despide a una de sus leyendas más prolíficas. Robert Duvall falleció este lunes a los 95 años en su rancho de Virginia, Estados Unidos. La noticia fue confirmada por su esposa, la actriz y directora argentina Luciana Duvall, quien a través de un emotivo comunicado destacó la dimensión íntima del actor: “Para el mundo, fue un actor ganador del Oscar, director y narrador. Para mí, fue simplemente todo”.
Duvall alcanzó la consagración definitiva de la Academia en 1983, cuando obtuvo el Oscar a mejor actor por su papel en Tender Mercies («Gracias y favores»). Sin embargo, su huella imborrable en la cinematografía mundial se había sellado casi una década antes. En 1972 y 1974, el actor dio vida al icónico Tom Hagen, el Consiglieri de la familia Corleone, en la obra maestra de Francis Ford Coppola, The Godfather («El padrino»), una interpretación que redefinió el rol de reparto en el cine moderno.
Fascinación por el tango y la cultura nacional
Más allá de sus logros en la industria estadounidense, Duvall mantuvo una relación excepcional con la cultura argentina. Su profunda pasión por el tango lo llevó a integrarse de manera activa en el circuito de milongas de Buenos Aires, donde era reconocido por su respeto y estudio de la danza. Esta conexión personal culminó en proyectos como Assassination Tango, filme que dirigió y protagonizó en territorio argentino.
En una entrevista concedida en 1988, el actor intentó explicar el origen de su fascinación por el género rioplatense, aunque terminó admitiendo con notable honestidad: «No puedo dar una respuesta». Esta declaración subraya el impacto de su entrega absoluta a sus intereses, ya sea en la pantalla grande o en su entorno cercano, donde su vínculo con nuestro país fue una constante hasta sus últimos días.
Un legado de versatilidad técnica
La trayectoria de Duvall se caracterizó por una versatilidad técnica poco común, permitiéndole transitar desde el drama criminal hasta el western y el cine independiente con la misma solidez. Su fallecimiento representa la pérdida de uno de los últimos grandes referentes del Nuevo Hollywood, cuya influencia seguirá presente a través de una filmografía que es, hoy más que nunca, patrimonio cultural de la humanidad.
Se nos fue Robert Duvall a los 95 años y el mundo del cine se ha quedado más huérfano que un extra en una película de Michael Bay. El hombre que sobrevivió a los caprichos de Coppola, a las intensidades de Marlon Brando y a las cabalgatas interminables en el Lejano Oeste, finalmente decidió que ya era hora de colgar los guantes en su rancho de Virginia. Su esposa, la salteña Luciana Pedraza, lo despidió con una frase que nos dejó a todos buscando el pañuelo: «Para el mundo fue un Oscar; para mí, fue todo». Si eso no les ablanda el corazón, es porque directamente tienen un bloque de mármol de Carrara en el pecho o son críticos de cine franceses resentidos.
Hablamos de un tipo que ya era una leyenda antes de que muchos de nosotros supiéramos atarnos los cordones. Casi una década antes de llevarse la estatuilla dorada, Duvall ya le estaba explicando a James Caan cómo ser un «Consiglieri» con clase en «El Padrino». No cualquiera le sostiene la mirada a Vito Corleone sin que le tiemble el pulso, pero Robert lo hacía con esa parsimonia de quien sabe que, si la actuación no funcionaba, siempre podía venirse a Buenos Aires a sacar viruta al piso en una milonga de San Telmo. Porque sí, señores, perdimos al embajador más inesperado de nuestra cultura en Hollywood: un cowboy de San Diego obsesionado con el 2×4 que recorría las pistas porteñas con la misma seriedad con la que buscaba el olor a napalm por la mañana.
En 1988, cuando le preguntaron por qué le gustaba tanto el tango, el tipo tiró la respuesta más argentina posible: «No puedo dar una respuesta». Claro que no, Robert, el tango no se explica, se sufre, se baila y se paga en cuotas de nostalgia. Se nos va un grande que entendió que la vida, al igual que una buena escena o un buen tango, requiere ritmo, pausa y saber cuándo retirarse del escenario con la frente marchita pero el legado intacto. Que en paz descanse, Tom Hagen; hoy el Obelisco debería inclinarse un poquito, aunque sea por respeto al único yanqui que no nos dio vergüenza ajena ver tirar un corte en una baldosa floja.