El mundo de las artes gráficas y el periodismo internacional despiden con honores a Sergio Goizauskas, mundialmente conocido como Serguei, el ilustrador argentino que se convirtió en una institución visual para el diario francés Le Monde. A través de una estética cargada de simbolismo, Serguei logró transformar la ilustración de prensa en una forma de poesía muda que interpeló a lectores de diversas latitudes durante más de cuatro décadas.
En su obituario, Le Monde lo definió con una precisión quirúrgica: «No era un caricaturista político ni de actualidad, sino un poeta capaz de plasmar conceptos abstractos, ideas universales y mundos oníricos en dibujos, haciéndolos inmediatamente legibles». Esta capacidad para traducir lo invisible en trazos concretos lo llevó a integrar las filas de los medios más influyentes del planeta tras su llegada a Europa.
Un puente entre Buenos Aires y París
Nacido en Buenos Aires el 28 de abril de 1956, Serguei era hijo de una mujer de origen ruso y un hombre de origen lituano, una mezcla de raíces que forjó su visión cosmopolita. Sin embargo, su destino cambió drásticamente en 1976, cuando se vio obligado a huir de la Argentina para «escapar de la dictadura del general Videla», según dejó asentado en sus propios diarios personales.
Tras desembarcar en París, su talento no tardó en ser reconocido. Antes de su histórica incorporación a Le Monde en febrero de 1981, el artista dejó su huella en publicaciones de la talla de Marie France, L’Echo des savanes, L’Express y The New York Times. Además de su labor con la tinta, Goizauskas fue un escritor y pianista consumado, pasiones que se filtraban constantemente en su obra plástica.
Estética y evolución de un estilo único
Los universos imaginarios de Serguei estaban habitados por recurrentes obsesiones personales: pianos de media cola (inspirados en su propio Pleyel de 1903), ángeles ejecutando saxofones y recurrentes metáforas sobre el encierro y la liberación. Él mismo analizaba su metamorfosis artística meses después de publicar su obra «El tango del caricaturista»:
«Si la gente reconoce mis dibujos es porque la puesta en escena de mis personajes y las preguntas que plantean son siempre las mismas. La diferencia es que he pasado de líneas algo redondeadas a un estilo más angular». — Serguei, 2021.
Sus dibujos, caracterizados por personajes solitarios frente a horizontes vastos o celdas cuyos barrotes se transforman en caminos, quedan hoy como un testimonio de la resiliencia del arte frente a la opresión política y como un recordatorio de que la ilustración de prensa puede, efectivamente, alcanzar la categoría de gran literatura visual.
<p>El prestigioso diario francés Le Monde despidió a Sergio Goizauskas, conocido artísticamente como Serguei, el ilustrador argentino que marcó una época en la prensa internacional. Nacido en Buenos Aires y exiliado en París desde 1976, el artista falleció dejando un legado de dibujos filosóficos y mundos oníricos que trascendieron la caricatura política tradicional para convertirse en poesía visual.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
París se puso un poco más gris este fin de semana, y no es por el pronóstico del tiempo, sino porque se nos fue Serguei. Sergio Goizauskas, el porteño que un buen día de 1976 decidió que la dictadura de Videla no combinaba con su paleta de colores y se tomó el primer avión a Francia, dejó de dibujar sus ángeles con saxofones para ir a ver si los originales afinan bien. Le Monde, ese diario que se lee con guantes de seda, le dedicó un obituario que lo eleva a la categoría de poeta visual, rescatándolo del lodo de la caricatura política barata donde otros simplemente garabatean narices grandes y chistes de comité.
Lo de Serguei era otro nivel: el tipo te dibujaba un piano Pleyel de 1903 y te hacía sentir el tango en las venas sin necesidad de prender el Spotify. Pasó de las líneas redondeadas a un estilo más angular, probablemente porque después de décadas de vivir en Europa uno se pone un poco más puntiagudo, pero sus preguntas existenciales siempre fueron las mismas. El tipo se codeó con el New York Times y L’Express, pero nunca dejó de ser ese pibe de Buenos Aires que, entre celdas solitarias y horizontes abiertos, buscaba la libertad en la punta de una lapicera. Se fue un pianista, un escritor y un genio que demostró que para ser leído en todo el mundo, a veces, lo mejor es no escribir ni una sola palabra.
Es curioso pensar que mientras nosotros aquí discutimos el precio del asado, en las redacciones parisinas lloran a un lituano-ruso nacido en nuestras pampas que les enseñó a pensar con imágenes. En su libro «El tango del caricaturista» ya nos había avisado que la vida es un baile complejo, y ahora que los barrotes de su última celda se abrieron definitivamente a un horizonte abierto, nos queda el consuelo de mirar sus dibujos y tratar de entender qué cuernos nos estaba queriendo decir con esos ángeles músicos. ¡Buen viaje, maestro! Ojalá que allá los pianos estén siempre afinados y no haya generales que te obliguen a cambiar de código postal.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El mundo de las artes gráficas y el periodismo internacional despiden con honores a Sergio Goizauskas, mundialmente conocido como Serguei, el ilustrador argentino que se convirtió en una institución visual para el diario francés Le Monde. A través de una estética cargada de simbolismo, Serguei logró transformar la ilustración de prensa en una forma de poesía muda que interpeló a lectores de diversas latitudes durante más de cuatro décadas.
En su obituario, Le Monde lo definió con una precisión quirúrgica: «No era un caricaturista político ni de actualidad, sino un poeta capaz de plasmar conceptos abstractos, ideas universales y mundos oníricos en dibujos, haciéndolos inmediatamente legibles». Esta capacidad para traducir lo invisible en trazos concretos lo llevó a integrar las filas de los medios más influyentes del planeta tras su llegada a Europa.
Un puente entre Buenos Aires y París
Nacido en Buenos Aires el 28 de abril de 1956, Serguei era hijo de una mujer de origen ruso y un hombre de origen lituano, una mezcla de raíces que forjó su visión cosmopolita. Sin embargo, su destino cambió drásticamente en 1976, cuando se vio obligado a huir de la Argentina para «escapar de la dictadura del general Videla», según dejó asentado en sus propios diarios personales.
Tras desembarcar en París, su talento no tardó en ser reconocido. Antes de su histórica incorporación a Le Monde en febrero de 1981, el artista dejó su huella en publicaciones de la talla de Marie France, L’Echo des savanes, L’Express y The New York Times. Además de su labor con la tinta, Goizauskas fue un escritor y pianista consumado, pasiones que se filtraban constantemente en su obra plástica.
Estética y evolución de un estilo único
Los universos imaginarios de Serguei estaban habitados por recurrentes obsesiones personales: pianos de media cola (inspirados en su propio Pleyel de 1903), ángeles ejecutando saxofones y recurrentes metáforas sobre el encierro y la liberación. Él mismo analizaba su metamorfosis artística meses después de publicar su obra «El tango del caricaturista»:
«Si la gente reconoce mis dibujos es porque la puesta en escena de mis personajes y las preguntas que plantean son siempre las mismas. La diferencia es que he pasado de líneas algo redondeadas a un estilo más angular». — Serguei, 2021.
Sus dibujos, caracterizados por personajes solitarios frente a horizontes vastos o celdas cuyos barrotes se transforman en caminos, quedan hoy como un testimonio de la resiliencia del arte frente a la opresión política y como un recordatorio de que la ilustración de prensa puede, efectivamente, alcanzar la categoría de gran literatura visual.
París se puso un poco más gris este fin de semana, y no es por el pronóstico del tiempo, sino porque se nos fue Serguei. Sergio Goizauskas, el porteño que un buen día de 1976 decidió que la dictadura de Videla no combinaba con su paleta de colores y se tomó el primer avión a Francia, dejó de dibujar sus ángeles con saxofones para ir a ver si los originales afinan bien. Le Monde, ese diario que se lee con guantes de seda, le dedicó un obituario que lo eleva a la categoría de poeta visual, rescatándolo del lodo de la caricatura política barata donde otros simplemente garabatean narices grandes y chistes de comité.
Lo de Serguei era otro nivel: el tipo te dibujaba un piano Pleyel de 1903 y te hacía sentir el tango en las venas sin necesidad de prender el Spotify. Pasó de las líneas redondeadas a un estilo más angular, probablemente porque después de décadas de vivir en Europa uno se pone un poco más puntiagudo, pero sus preguntas existenciales siempre fueron las mismas. El tipo se codeó con el New York Times y L’Express, pero nunca dejó de ser ese pibe de Buenos Aires que, entre celdas solitarias y horizontes abiertos, buscaba la libertad en la punta de una lapicera. Se fue un pianista, un escritor y un genio que demostró que para ser leído en todo el mundo, a veces, lo mejor es no escribir ni una sola palabra.
Es curioso pensar que mientras nosotros aquí discutimos el precio del asado, en las redacciones parisinas lloran a un lituano-ruso nacido en nuestras pampas que les enseñó a pensar con imágenes. En su libro «El tango del caricaturista» ya nos había avisado que la vida es un baile complejo, y ahora que los barrotes de su última celda se abrieron definitivamente a un horizonte abierto, nos queda el consuelo de mirar sus dibujos y tratar de entender qué cuernos nos estaba queriendo decir con esos ángeles músicos. ¡Buen viaje, maestro! Ojalá que allá los pianos estén siempre afinados y no haya generales que te obliguen a cambiar de código postal.