El estudio de la conflictividad humana ha permitido a los investigadores trazar una línea de tiempo que vincula el surgimiento de la civilización con la institucionalización de la violencia. Según el historiador británico John Baines, existen evidencias concretas de enfrentamientos sistemáticos entre asentamientos hacia el año 3000 a.C. en la región de Mesopotamia, actual territorio de Irak e Irán.
La escritura como acta de nacimiento del conflicto
Para gran parte de la academia, «la historia de la guerra comienza con la escritura», tal como sostiene John Keegan. Bajo esta premisa, la primera guerra documentada de la humanidad fue librada por los sumerios entre las ciudades-estado de Lagash y Umma. Este conflicto se extendió por aproximadamente 250 años, entre el 2600 y el 2350 a.C.
La veracidad de este enfrentamiento se sustenta en 18 inscripciones halladas en tablillas de arcilla, redactadas por los gobernantes de Lagash. Estos registros describen un conflicto organizado y sistemático con objetivos políticos y territoriales claros. La historiadora Katia Pozzer, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, afirma que «saber cómo hacer la guerra era uno de los atributos del mundo civilizado» en el imaginario mesopotámico.
¿Qué define formalmente a una guerra?
El debate sobre la definición técnica de «guerra» persiste entre los especialistas. Mientras que para algunos se trata de cualquier conflicto letal entre grupos, la visión predominante exige criterios más específicos:
- Organización estatal: Enfrentamientos entre organizaciones políticas constituidas.
- Liderazgo reconocido: Existencia de mandos militares y políticos definidos.
- Objetivos estratégicos: La conquista de territorio, el control de rutas comerciales o la imposición de tributos.
Evidencias pre-literarias: Las murallas de Jericó
A pesar de la falta de registros escritos, la arqueología sugiere que la preparación para el combate es mucho más antigua. El caso más emblemático es el de Jericó, en los territorios palestinos. Hacia el 8000 a.C., sus habitantes construyeron una muralla de piedra de tres metros de espesor y una torre defensiva de cuatro metros de altura.
Para Keegan, estas estructuras no dejan lugar a dudas sobre su función militar: «¿de qué servirían murallas, torres y fosos sin un enemigo fuertemente armado, bien organizado y decidido?», cuestiona el historiador. Esta construcción, que requirió un programa de trabajo coordinado, posiciona a Jericó como la fortaleza más antigua conocida, adelantando la preocupación del hombre por la defensa organizada varios milenios antes de la aparición de los primeros imperios.
<p>Investigaciones históricas y arqueológicas sitúan el origen de la guerra organizada en la antigua Mesopotamia, alrededor del año 3000 a.C. El conflicto entre las ciudades-estado de Lagash y Umma es considerado la primera guerra documentada de la humanidad debido a registros en tablillas de arcilla. No obstante, el hallazgo de murallas en Jericó, datadas en el 8000 a.C., sugiere que la actividad bélica precedió a la invención de la escritura.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Si usted pensaba que la grieta es un invento argentino para entretenerse en los asados, lamento informarle que hace cinco mil años, en lo que hoy es Irak e Irán, ya se estaban tirando con todo lo que tenían a mano. Según los historiadores John Baines e Ian Morris, para el año 3000 a.C. la humanidad ya había perfeccionado el noble arte de organizarse para pasar al vecino por la piedra. Las ciudades de Lagash y Umma se trenzaron en una disputa que duró 250 años, algo así como un River-Boca pero con lanzas de bronce y sin VAR que valga. Lo mejor de todo es que los sumerios, gente muy precavida, decidieron anotar cada batalla en tablillas de arcilla, convirtiéndose en los primeros periodistas de guerra de la historia, aunque con un sesgo editorial un tanto marcado hacia los gobernantes de turno.
Pero como siempre hay un arqueólogo dispuesto a arruinarle la primicia a los historiadores, aparecieron las murallas de Jericó. Imagínense la escena: año 8000 a.C., pleno valle del Jordán, y unos señores deciden levantar un muro de tres metros de espesor. John Keegan, un historiador que claramente no cree en las casualidades arquitectónicas, se pregunta para qué vas a gastar semejante presupuesto en piedra si no tenés un enemigo lo suficientemente pesado como para que te quite el sueño. Es la versión prehistórica de ponerle rejas a la ventana pero a escala urbana. Mientras unos dicen que la guerra empieza con la escritura, otros sugieren que empezó en cuanto el primer tipo se dio cuenta de que la medianera del vecino estaba un poco floja y decidió que ese territorio le quedaba mejor a él.
Al final, definir qué es una guerra parece tan arbitrario como decidir quién paga la cuenta en una cena de amigos. Para algunos es un conflicto entre estados con objetivos políticos, para otros es simplemente cualquier enfrentamiento donde el número de bajas hace que la situación deje de ser un «desacuerdo trivial». Lo cierto es que, ya sea por conquistar rutas comerciales o por puro deporte territorial, llevamos diez mil años perfeccionando el sistema. Desde las tablillas de arcilla hasta los hilos de Twitter, la narrativa es la misma: «ellos empezaron primero». La civilización, al parecer, no se define por el uso de la escritura, sino por la capacidad coordinada de construir fortalezas para que el de afuera no venga a preguntar qué hay de cenar.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El estudio de la conflictividad humana ha permitido a los investigadores trazar una línea de tiempo que vincula el surgimiento de la civilización con la institucionalización de la violencia. Según el historiador británico John Baines, existen evidencias concretas de enfrentamientos sistemáticos entre asentamientos hacia el año 3000 a.C. en la región de Mesopotamia, actual territorio de Irak e Irán.
La escritura como acta de nacimiento del conflicto
Para gran parte de la academia, «la historia de la guerra comienza con la escritura», tal como sostiene John Keegan. Bajo esta premisa, la primera guerra documentada de la humanidad fue librada por los sumerios entre las ciudades-estado de Lagash y Umma. Este conflicto se extendió por aproximadamente 250 años, entre el 2600 y el 2350 a.C.
La veracidad de este enfrentamiento se sustenta en 18 inscripciones halladas en tablillas de arcilla, redactadas por los gobernantes de Lagash. Estos registros describen un conflicto organizado y sistemático con objetivos políticos y territoriales claros. La historiadora Katia Pozzer, de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul, afirma que «saber cómo hacer la guerra era uno de los atributos del mundo civilizado» en el imaginario mesopotámico.
¿Qué define formalmente a una guerra?
El debate sobre la definición técnica de «guerra» persiste entre los especialistas. Mientras que para algunos se trata de cualquier conflicto letal entre grupos, la visión predominante exige criterios más específicos:
- Organización estatal: Enfrentamientos entre organizaciones políticas constituidas.
- Liderazgo reconocido: Existencia de mandos militares y políticos definidos.
- Objetivos estratégicos: La conquista de territorio, el control de rutas comerciales o la imposición de tributos.
Evidencias pre-literarias: Las murallas de Jericó
A pesar de la falta de registros escritos, la arqueología sugiere que la preparación para el combate es mucho más antigua. El caso más emblemático es el de Jericó, en los territorios palestinos. Hacia el 8000 a.C., sus habitantes construyeron una muralla de piedra de tres metros de espesor y una torre defensiva de cuatro metros de altura.
Para Keegan, estas estructuras no dejan lugar a dudas sobre su función militar: «¿de qué servirían murallas, torres y fosos sin un enemigo fuertemente armado, bien organizado y decidido?», cuestiona el historiador. Esta construcción, que requirió un programa de trabajo coordinado, posiciona a Jericó como la fortaleza más antigua conocida, adelantando la preocupación del hombre por la defensa organizada varios milenios antes de la aparición de los primeros imperios.
Si usted pensaba que la grieta es un invento argentino para entretenerse en los asados, lamento informarle que hace cinco mil años, en lo que hoy es Irak e Irán, ya se estaban tirando con todo lo que tenían a mano. Según los historiadores John Baines e Ian Morris, para el año 3000 a.C. la humanidad ya había perfeccionado el noble arte de organizarse para pasar al vecino por la piedra. Las ciudades de Lagash y Umma se trenzaron en una disputa que duró 250 años, algo así como un River-Boca pero con lanzas de bronce y sin VAR que valga. Lo mejor de todo es que los sumerios, gente muy precavida, decidieron anotar cada batalla en tablillas de arcilla, convirtiéndose en los primeros periodistas de guerra de la historia, aunque con un sesgo editorial un tanto marcado hacia los gobernantes de turno.
Pero como siempre hay un arqueólogo dispuesto a arruinarle la primicia a los historiadores, aparecieron las murallas de Jericó. Imagínense la escena: año 8000 a.C., pleno valle del Jordán, y unos señores deciden levantar un muro de tres metros de espesor. John Keegan, un historiador que claramente no cree en las casualidades arquitectónicas, se pregunta para qué vas a gastar semejante presupuesto en piedra si no tenés un enemigo lo suficientemente pesado como para que te quite el sueño. Es la versión prehistórica de ponerle rejas a la ventana pero a escala urbana. Mientras unos dicen que la guerra empieza con la escritura, otros sugieren que empezó en cuanto el primer tipo se dio cuenta de que la medianera del vecino estaba un poco floja y decidió que ese territorio le quedaba mejor a él.
Al final, definir qué es una guerra parece tan arbitrario como decidir quién paga la cuenta en una cena de amigos. Para algunos es un conflicto entre estados con objetivos políticos, para otros es simplemente cualquier enfrentamiento donde el número de bajas hace que la situación deje de ser un «desacuerdo trivial». Lo cierto es que, ya sea por conquistar rutas comerciales o por puro deporte territorial, llevamos diez mil años perfeccionando el sistema. Desde las tablillas de arcilla hasta los hilos de Twitter, la narrativa es la misma: «ellos empezaron primero». La civilización, al parecer, no se define por el uso de la escritura, sino por la capacidad coordinada de construir fortalezas para que el de afuera no venga a preguntar qué hay de cenar.