En un contexto global donde la salud mental y la desconexión de los entornos digitales se han vuelto prioridades de la agenda pública, ha surgido en Europa una tendencia denominada «Hobby Dogging». Este fenómeno, que gana adeptos en ciudades como Londres y Berlín, consiste en personas que transitan el espacio público portando correas, collares y elementos de higiene canina, pero prescindiendo de un animal físico.
Fundamentos y beneficios de la tendencia
La periodista Jimena Grandinetti, quien ha seguido la evolución de este movimiento, sostiene que lo que pudo nacer como un desafío en redes sociales ha derivado en una práctica con aristas psicológicas. Quienes lo practican argumentan que el «Hobby Dogging» permite acceder a los beneficios de poseer una mascota sin los costos económicos ni las responsabilidades biológicas. Entre los puntos destacados por sus defensores se encuentran:
- Combate al sedentarismo: Establece una obligación de salida diaria y caminata rítmica.
- Interacción social: Funciona como un disparador de conversaciones con otros peatones en parques y plazas.
- Mindfulness aplicado: La necesidad de simular los movimientos de un perro real exige una concentración plena en el presente.
La conexión histórica: El legado de Angueto
Si bien en el hemisferio norte el fenómeno se presenta como una innovación frente al aislamiento urbano, en Argentina esta imagen remite de forma directa a una de las creaciones más emblemáticas de Carlitos Balá. Mucho antes de la conceptualización del término moderno, el humorista popularizó a su perro «Angueto», un can invisible que interactuaba con el público de manera magistral.
A diferencia de la visión analítica europea, la propuesta de Balá se centraba en la creatividad y el juego. El humorista solía afirmar: «Angueto es el perro más obediente del mundo, porque hace exactamente lo que yo imagino». Esta capacidad de transformar la ausencia en un hecho artístico y lúdico marcó a generaciones de argentinos, instalando hace décadas lo que hoy se debate en el exterior como una solución al estrés moderno.
Mientras en las capitales europeas se discute si el Hobby Dogging es una herramienta terapéutica válida o una manifestación de la soledad profunda, la historia local sugiere que la imaginación ha sido, históricamente, un recurso fundamental para enfrentar las presiones de la vida cotidiana.
<p>Una nueva tendencia denominada «Hobby Dogging» se expande por las principales capitales europeas, consistente en el paseo de mascotas imaginarias con equipamiento real. La práctica, analizada por especialistas como una respuesta al estrés y al aislamiento social, busca replicar los beneficios de la rutina canina sin las responsabilidades biológicas, remitiendo en el ámbito local al histórico personaje «Angueto» de Carlitos Balá.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
El viejo continente ha vuelto a demostrar que, cuando se trata de gestionar la angustia existencial, siempre hay espacio para un nuevo nivel de delirio cosmopolita. Ahora la última moda en Berlín y Londres es el «Hobby Dogging», una actividad que consiste básicamente en salir a pasear la nada misma atada a una correa de cuero. Si usted ve a un caballero alemán deteniéndose en una esquina para que un espacio vacío de aire haga sus necesidades sobre un hidrante, no llame al servicio de psiquiatría de urgencia; simplemente está presenciando a un vanguardista combatiendo el sedentarismo mediante la mímica de alta fidelidad. Es el triunfo definitivo del minimalismo: tenemos el collar, tenemos la bolsita para los residuos (que calculamos volverá siempre vacía, a menos que el compromiso con la alucinación sea total) y tenemos la rutina, pero nos ahorramos el gasto en alimento balanceado y las visitas al veterinario.
Lo más fascinante de este fenómeno es que los europeos lo analizan con una seriedad académica que asusta, hablando de «mindfulness extremo» y «desconexión digital», mientras arrastran un mosquetón por el pavimento de la Unter den Linden. En Argentina, como siempre, estamos a años luz de distancia en materia de vanguardia absurda. Mientras los sociólogos de la London School of Economics intentan descifrar el trasfondo psicológico de pasear un espectro, nosotros ya tuvimos a Carlitos Balá sacando a pasear a Angueto antes de que Internet fuera siquiera un proyecto de defensa militar. La diferencia es que lo nuestro era talento y picardía criolla para entretener a los chicos, y lo de ellos parece ser el resultado de vivir en departamentos de 20 metros cuadrados donde no entra ni un canario embalsamado. Estamos ante una sociedad que prefiere fingir que un Golden Retriever invisible tironea de la correa antes que admitir que necesitan un abrazo o, mínimamente, apagar el celular media hora.
Resulta imperdible imaginar el choque cultural en una plaza europea: dos practicantes del «Hobby Dogging» cruzándose y fingiendo que sus no-perros se huelen las no-partes, manteniendo una charla sobre los beneficios de la raza «Inexistente de Pelo Corto». Dicen que ayuda a romper el aislamiento porque la gente se acerca a preguntar, lo cual es lógico: si ves a alguien hablándole a un rincón de la vereda con tono cariñoso, lo mínimo que hacés es acercarte para verificar si necesita medicación o un guía. Europa finalmente ha descubierto el perro más obediente del mundo, aquel que no muerde, no ladra y, sobre todo, no existe. Una solución perfecta para un mundo que quiere los beneficios de la compañía sin el inconveniente de que el otro realmente esté ahí.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En un contexto global donde la salud mental y la desconexión de los entornos digitales se han vuelto prioridades de la agenda pública, ha surgido en Europa una tendencia denominada «Hobby Dogging». Este fenómeno, que gana adeptos en ciudades como Londres y Berlín, consiste en personas que transitan el espacio público portando correas, collares y elementos de higiene canina, pero prescindiendo de un animal físico.
Fundamentos y beneficios de la tendencia
La periodista Jimena Grandinetti, quien ha seguido la evolución de este movimiento, sostiene que lo que pudo nacer como un desafío en redes sociales ha derivado en una práctica con aristas psicológicas. Quienes lo practican argumentan que el «Hobby Dogging» permite acceder a los beneficios de poseer una mascota sin los costos económicos ni las responsabilidades biológicas. Entre los puntos destacados por sus defensores se encuentran:
- Combate al sedentarismo: Establece una obligación de salida diaria y caminata rítmica.
- Interacción social: Funciona como un disparador de conversaciones con otros peatones en parques y plazas.
- Mindfulness aplicado: La necesidad de simular los movimientos de un perro real exige una concentración plena en el presente.
La conexión histórica: El legado de Angueto
Si bien en el hemisferio norte el fenómeno se presenta como una innovación frente al aislamiento urbano, en Argentina esta imagen remite de forma directa a una de las creaciones más emblemáticas de Carlitos Balá. Mucho antes de la conceptualización del término moderno, el humorista popularizó a su perro «Angueto», un can invisible que interactuaba con el público de manera magistral.
A diferencia de la visión analítica europea, la propuesta de Balá se centraba en la creatividad y el juego. El humorista solía afirmar: «Angueto es el perro más obediente del mundo, porque hace exactamente lo que yo imagino». Esta capacidad de transformar la ausencia en un hecho artístico y lúdico marcó a generaciones de argentinos, instalando hace décadas lo que hoy se debate en el exterior como una solución al estrés moderno.
Mientras en las capitales europeas se discute si el Hobby Dogging es una herramienta terapéutica válida o una manifestación de la soledad profunda, la historia local sugiere que la imaginación ha sido, históricamente, un recurso fundamental para enfrentar las presiones de la vida cotidiana.
El viejo continente ha vuelto a demostrar que, cuando se trata de gestionar la angustia existencial, siempre hay espacio para un nuevo nivel de delirio cosmopolita. Ahora la última moda en Berlín y Londres es el «Hobby Dogging», una actividad que consiste básicamente en salir a pasear la nada misma atada a una correa de cuero. Si usted ve a un caballero alemán deteniéndose en una esquina para que un espacio vacío de aire haga sus necesidades sobre un hidrante, no llame al servicio de psiquiatría de urgencia; simplemente está presenciando a un vanguardista combatiendo el sedentarismo mediante la mímica de alta fidelidad. Es el triunfo definitivo del minimalismo: tenemos el collar, tenemos la bolsita para los residuos (que calculamos volverá siempre vacía, a menos que el compromiso con la alucinación sea total) y tenemos la rutina, pero nos ahorramos el gasto en alimento balanceado y las visitas al veterinario.
Lo más fascinante de este fenómeno es que los europeos lo analizan con una seriedad académica que asusta, hablando de «mindfulness extremo» y «desconexión digital», mientras arrastran un mosquetón por el pavimento de la Unter den Linden. En Argentina, como siempre, estamos a años luz de distancia en materia de vanguardia absurda. Mientras los sociólogos de la London School of Economics intentan descifrar el trasfondo psicológico de pasear un espectro, nosotros ya tuvimos a Carlitos Balá sacando a pasear a Angueto antes de que Internet fuera siquiera un proyecto de defensa militar. La diferencia es que lo nuestro era talento y picardía criolla para entretener a los chicos, y lo de ellos parece ser el resultado de vivir en departamentos de 20 metros cuadrados donde no entra ni un canario embalsamado. Estamos ante una sociedad que prefiere fingir que un Golden Retriever invisible tironea de la correa antes que admitir que necesitan un abrazo o, mínimamente, apagar el celular media hora.
Resulta imperdible imaginar el choque cultural en una plaza europea: dos practicantes del «Hobby Dogging» cruzándose y fingiendo que sus no-perros se huelen las no-partes, manteniendo una charla sobre los beneficios de la raza «Inexistente de Pelo Corto». Dicen que ayuda a romper el aislamiento porque la gente se acerca a preguntar, lo cual es lógico: si ves a alguien hablándole a un rincón de la vereda con tono cariñoso, lo mínimo que hacés es acercarte para verificar si necesita medicación o un guía. Europa finalmente ha descubierto el perro más obediente del mundo, aquel que no muerde, no ladra y, sobre todo, no existe. Una solución perfecta para un mundo que quiere los beneficios de la compañía sin el inconveniente de que el otro realmente esté ahí.