El transcurso de febrero de 2026 ha puesto de manifiesto la compleja interacción entre la mecánica orbital de nuestro sistema solar y las variables físicas de la atmósfera terrestre. Dos sucesos, uno ocurrido recientemente en territorio euroasiático y otro que conmemora un aniversario histórico en Norteamérica, marcan la agenda científica internacional.
El fenómeno óptico de las «Cuatro Lunas» en Rusia
A inicios de este mes, las ciudades de Moscú y San Petersburgo fueron el escenario de un inusual fenómeno óptico que generó la ilusión de múltiples satélites naturales en el firmamento. Aunque en un primer momento circularon interpretaciones de carácter místico, la comunidad científica confirmó que se trató de una variante compleja de paraselene o «moondogs».
Este evento ocurre cuando la luz lunar atraviesa nubes de tipo cirro o neblina helada en la tropósfera superior. El mecanismo físico se activa gracias a los cristales de hielo hexagonales suspendidos en el aire, los cuales actúan como prismas naturales. Dependiendo de su orientación, estos cristales refractan la luz en ángulos de 22°, proyectando puntos luminosos a los lados de la luna real y creando halos concéntricos que simulan la presencia de lunas adicionales. Las temperaturas extremas bajo cero en la región fueron determinantes para mantener la estructura de estos cristales, permitiendo una nitidez visual excepcional.
El Gran Desfile Planetario en México
Simultáneamente, la comunidad astronómica recuerda que el 28 de febrero de 2026, cuando el cielo de México protagonice una alineación planetaria de una escala que no se repetirá hasta el año 2040. Este evento, calificado por la NASA como de baja frecuencia probabilística, permitirá la observación de siete cuerpos celestes en un mismo cuadrante.
Durante aquella jornada, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Mercurio, Urano y Neptuno se posicionaran de forma lineal tras la puesta de sol. La relevancia del suceso radicó en la visibilidad: mientras los planetas interiores y los gigantes gaseosos fueron perceptibles a simple vista, la configuración geográfica de México facilita que, mediante el uso de telescopios locales, se identificaran los tonos azulados de Urano y Neptuno, cuerpos que usualmente requieren oscuridad absoluta y equipamiento de alta complejidad para su detección.
Ambos fenómenos, aunque de naturaleza distinta —uno atmosférico y el otro puramente orbital—, subrayan la importancia de las condiciones regionales para la observación científica y el estudio de los modelos físicos que rigen nuestro entorno espacial.
<p>El calendario astronómico de febrero destaca dos eventos de relevancia global: la aparición de un fenómeno óptico de «Cuatro Lunas» en Rusia, provocado por la refracción de cristales de hielo en la tropósfera, y el «Gran Desfile Planetario» en México. Ambos sucesos permiten estudiar la interacción entre la mecánica orbital y las condiciones físicas de la atmósfera terrestre.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Si usted pensaba que ver doble era patrimonio exclusivo de los sábados a la madrugada tras un exceso de fernet, déjeme decirle que Rusia ha elevado la apuesta a niveles cósmicos. En Moscú y San Petersburgo, los ciudadanos se levantaron viendo no dos, sino cuatro lunas, provocando una oleada de misticismo que mantuvo a los videntes locales ocupados explicando el fin del mundo. Sin embargo, lejos de ser una señal apocalíptica o un error en la Matrix, la explicación es puramente física: cristales de hielo hexagonales jugando a ser prismas. Básicamente, la atmósfera rusa se puso en modo «espejo de alta fidelidad» gracias a temperaturas que harían que un pingüino pida una bufanda, refractando la luz lunar en ángulos de 22° y creando este «paraselene» que simula satélites adicionales para confusión de los mortales.
Pero como si la sobredosis de lunas rusas no fuera suficiente, en febrero de 2026, México decidió que una alineación planetaria de tres planetas era para principiantes y organizó un «Desfile Planetario» de siete integrantes. Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Mercurio, Urano y Neptuno se pusieron en fila como quien espera el colectivo, permitiendo que hasta el más distraído con un telescopio casero pudiera ver a los gigantes azulados que habitualmente juegan a las escondidas en el sistema solar. Fue un evento de baja frecuencia probabilística, o sea, algo que pasa cada muerte de obispo y que no se repetirá hasta el 2040, dejara a los aficionados a la astronomía con el cuello torcido y la satisfacción de haber presenciado un capricho orbital que la NASA calificó de extraordinario.
Lo fascinante de estos eventos es cómo la mecánica orbital y la física atmosférica se ponen de acuerdo para darnos un espectáculo gratuito, mientras nosotros seguimos acá abajo preocupados por el precio de la carne, media vez que se alinean los planetas no tenemos podemos hacer un asado. Mientras los rusos ven lunas múltiples por el frío extremo que purifica los cristales de hielo, en México celebran que su posición geográfica y sus cielos despejados les dieron una platea preferencial para el desfile de planetas. En definitiva, el universo sigue demostrando que tiene mucha más imaginación que cualquier guionista de Hollywood, y que a veces, mirar hacia arriba es la única forma de recordar que somos apenas un punto minúsculo en medio de un baile de prismas, hielos y rocas gigantes girando en el vacío.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El transcurso de febrero de 2026 ha puesto de manifiesto la compleja interacción entre la mecánica orbital de nuestro sistema solar y las variables físicas de la atmósfera terrestre. Dos sucesos, uno ocurrido recientemente en territorio euroasiático y otro que conmemora un aniversario histórico en Norteamérica, marcan la agenda científica internacional.
El fenómeno óptico de las «Cuatro Lunas» en Rusia
A inicios de este mes, las ciudades de Moscú y San Petersburgo fueron el escenario de un inusual fenómeno óptico que generó la ilusión de múltiples satélites naturales en el firmamento. Aunque en un primer momento circularon interpretaciones de carácter místico, la comunidad científica confirmó que se trató de una variante compleja de paraselene o «moondogs».
Este evento ocurre cuando la luz lunar atraviesa nubes de tipo cirro o neblina helada en la tropósfera superior. El mecanismo físico se activa gracias a los cristales de hielo hexagonales suspendidos en el aire, los cuales actúan como prismas naturales. Dependiendo de su orientación, estos cristales refractan la luz en ángulos de 22°, proyectando puntos luminosos a los lados de la luna real y creando halos concéntricos que simulan la presencia de lunas adicionales. Las temperaturas extremas bajo cero en la región fueron determinantes para mantener la estructura de estos cristales, permitiendo una nitidez visual excepcional.
El Gran Desfile Planetario en México
Simultáneamente, la comunidad astronómica recuerda que el 28 de febrero de 2026, cuando el cielo de México protagonice una alineación planetaria de una escala que no se repetirá hasta el año 2040. Este evento, calificado por la NASA como de baja frecuencia probabilística, permitirá la observación de siete cuerpos celestes en un mismo cuadrante.
Durante aquella jornada, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Mercurio, Urano y Neptuno se posicionaran de forma lineal tras la puesta de sol. La relevancia del suceso radicó en la visibilidad: mientras los planetas interiores y los gigantes gaseosos fueron perceptibles a simple vista, la configuración geográfica de México facilita que, mediante el uso de telescopios locales, se identificaran los tonos azulados de Urano y Neptuno, cuerpos que usualmente requieren oscuridad absoluta y equipamiento de alta complejidad para su detección.
Ambos fenómenos, aunque de naturaleza distinta —uno atmosférico y el otro puramente orbital—, subrayan la importancia de las condiciones regionales para la observación científica y el estudio de los modelos físicos que rigen nuestro entorno espacial.
Si usted pensaba que ver doble era patrimonio exclusivo de los sábados a la madrugada tras un exceso de fernet, déjeme decirle que Rusia ha elevado la apuesta a niveles cósmicos. En Moscú y San Petersburgo, los ciudadanos se levantaron viendo no dos, sino cuatro lunas, provocando una oleada de misticismo que mantuvo a los videntes locales ocupados explicando el fin del mundo. Sin embargo, lejos de ser una señal apocalíptica o un error en la Matrix, la explicación es puramente física: cristales de hielo hexagonales jugando a ser prismas. Básicamente, la atmósfera rusa se puso en modo «espejo de alta fidelidad» gracias a temperaturas que harían que un pingüino pida una bufanda, refractando la luz lunar en ángulos de 22° y creando este «paraselene» que simula satélites adicionales para confusión de los mortales.
Pero como si la sobredosis de lunas rusas no fuera suficiente, en febrero de 2026, México decidió que una alineación planetaria de tres planetas era para principiantes y organizó un «Desfile Planetario» de siete integrantes. Venus, Marte, Júpiter, Saturno, Mercurio, Urano y Neptuno se pusieron en fila como quien espera el colectivo, permitiendo que hasta el más distraído con un telescopio casero pudiera ver a los gigantes azulados que habitualmente juegan a las escondidas en el sistema solar. Fue un evento de baja frecuencia probabilística, o sea, algo que pasa cada muerte de obispo y que no se repetirá hasta el 2040, dejara a los aficionados a la astronomía con el cuello torcido y la satisfacción de haber presenciado un capricho orbital que la NASA calificó de extraordinario.
Lo fascinante de estos eventos es cómo la mecánica orbital y la física atmosférica se ponen de acuerdo para darnos un espectáculo gratuito, mientras nosotros seguimos acá abajo preocupados por el precio de la carne, media vez que se alinean los planetas no tenemos podemos hacer un asado. Mientras los rusos ven lunas múltiples por el frío extremo que purifica los cristales de hielo, en México celebran que su posición geográfica y sus cielos despejados les dieron una platea preferencial para el desfile de planetas. En definitiva, el universo sigue demostrando que tiene mucha más imaginación que cualquier guionista de Hollywood, y que a veces, mirar hacia arriba es la única forma de recordar que somos apenas un punto minúsculo en medio de un baile de prismas, hielos y rocas gigantes girando en el vacío.