En el actual escenario geopolítico de este martes 13 de enero de 2026, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, ha demostrado una inusual moderación frente a las acciones de Washington, en un intento por asegurar un resultado favorable en la guerra con Ucrania. Esta postura implica una retirada estratégica de otras zonas de influencia donde, en años anteriores, el Kremlin habría actuado con firmeza militar o diplomática.
El episodio más reciente y elocuente ocurrió el pasado miércoles, cuando el ejército de los Estados Unidos incautó un buque petrolero sancionado que navegaba bajo bandera rusa. La embarcación fue capturada en el océano Atlántico tras intentar evadir a la Guardia Costera estadounidense. Lejos de las habituales retóricas belicistas o amenazas nucleares, el Ministerio de Transporte de Rusia emitió una escueta declaración de tres párrafos, mientras que el propio Putin optó por el silencio absoluto.
Ucrania como prioridad absoluta
Especialistas en política exterior coinciden en que este repliegue no es casual. “Tiene un objetivo, que es salir victorioso en Ucrania, y todo lo demás está subordinado a ese objetivo”, señaló Hanna Notte, directora del programa sobre Eurasia del Centro James Martin de Estudios sobre la No Proliferación. Según el análisis de Notte, cualquier intervención rusa para complicar operaciones estadounidenses en regiones como Venezuela habría significado el riesgo de una ruptura total e irreversible con la administración de Donald Trump.
“Todos los indicadores de la política exterior rusa en este momento son que Ucrania está por encima de todo lo demás con diferencia, así que ¿por qué darles a los estadounidenses un puñetazo en la nariz en eso y hacerlos enojar?”, añadió Notte, subrayando la naturaleza pragmática de la actual inacción de Moscú.
El desmoronamiento del poder global ruso
Sin embargo, esta reacción silente también refleja las limitaciones materiales de Rusia. Desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, el poder de Moscú ha sufrido un desgaste sistémico que ha erosionado su influencia en Asia Central, el Cáucaso y Moldavia. Este declive se profundizó a finales de 2024 con el colapso del gobierno de Bashar al Asad en Siria y se mantiene ante el avance de las presiones estadounidenses sobre Venezuela, socio clave de Rusia en América Latina.
Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie Rusia Eurasia, sostiene que “la guerra de Ucrania es un agujero oscuro que consume los recursos de Rusia”. Para el analista, a pesar de que el país ha mostrado resistencia interna ante las sanciones occidentales, su capacidad como actor global se ha debilitado drásticamente al no poseer excedentes para financiar sus ambiciones internacionales.
La relación transaccional con Washington
Históricamente, el Kremlin ha buscado un orden mundial basado en esferas de influencia privilegiadas. Durante el primer mandato de Trump, funcionarios rusos habrían sugerido otorgar rienda suelta sobre Venezuela a cambio de carta blanca en Ucrania. Trump, por su parte, ha mantenido una visión similar, prometiendo «manejar» la situación venezolana y planteando nuevamente la posibilidad de adquirir Groenlandia a Dinamarca.
Este último punto resulta crítico para la seguridad europea. Expertos advierten que si la administración estadounidense avanzara sobre Groenlandia, la estabilidad de la OTAN se vería seriamente comprometida. “Si Trump llegara a invadir Groenlandia y se apoderara de ella militarmente, la OTAN estaría acabada, lo que sería increíble para los rusos”, concluye el análisis, sugiriendo que Putin espera que los movimientos disruptivos de Washington terminen favoreciendo sus objetivos finales en el continente europeo.
<p>El presidente ruso, Vladimir Putin, ha adoptado una estrategia de cautela extrema frente a la administración de Donald Trump, priorizando la resolución del conflicto en Ucrania por encima de sus intereses globales. Esta postura se manifiesta tras la captura de un petrolero ruso por parte de Estados Unidos y la pérdida de influencia de Moscú en aliados históricos como Venezuela, Siria e Irán.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Imaginen por un segundo a Vladimir Putin, el hombre que solía amenazar con el apocalipsis nuclear cada vez que un drone sobrevolaba el Kremlin, convertido ahora en el monje zen más paciente de la geopolítica mundial. La marina estadounidense le secuestra un buque petrolero con bandera rusa en pleno Atlántico tras una persecución de película, y la respuesta de Moscú es un comunicado de tres párrafos que tiene menos agresividad que una receta de repostería. Es el nuevo Putin «paz y amor», pero no por una conversión espiritual tardía, sino porque tiene una sola pestaña abierta en su navegador mental: Ucrania. El resto del mundo, desde las costas de Venezuela hasta las ruinas de Damasco, ha pasado a ser ruido de fondo, como ese televisor prendido en una sala de espera al que nadie le presta atención porque lo importante es que el trámite principal no se detenga.
Es una estrategia de supervivencia que roza el absurdo y que Hanna Notte describe con precisión quirúrgica: para el Kremlin, todo está subordinado a la victoria en Kiev. Mientras Donald Trump se pasea por el hemisferio reclamando Venezuela como si fuera un terreno baldío en las afueras de la ciudad y sugiere que Groenlandia debería cambiar de dueño, Putin se queda en silencio, practicando el difícil arte de mirar para otro lado. Es como ese vecino que deja que le estacionen el auto en la puerta y le pisen las flores con tal de que no le corten el internet. Para Rusia, entregar a sus «socios estratégicos» es un costo aceptable si eso significa que Washington, en un arranque de generosidad transaccional, decida soltarle la mano al gobierno ucraniano. El problema es que, en este afán de no «darle un puñetazo en la nariz» a los estadounidenses, Moscú está terminando con la cara de quien ya no recuerda cómo cerrar la guardia.
La influencia rusa se está evaporando más rápido que la paciencia de un contribuyente en enero. Perdió a Bashar al Asad en Siria, se le incendia Irán con protestas y hasta sus exrepúblicas soviéticas en el Cáucaso ahora prefieren ir a tomar el té a la Casa Blanca para firmar acuerdos de paz. Alexander Gabuev lo define como un «agujero oscuro» que consume recursos sin pausa. Mientras tanto, el Kremlin apuesta todas sus fichas a que el caos que Trump siembra en la OTAN sea el premio consuelo definitivo. Putin está sentado en una silla que se achica cada día, esperando que el mundo se olvide de que solía ser una potencia global, siempre y cuando lo dejen quedarse con el pedazo de mapa que tanto le obsesiona. Una jugada que sería maestra, si no fuera porque al final del camino corre el riesgo de ser el rey de un tablero donde ya no quedan piezas que mover ni aliados a quienes llamar.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En el actual escenario geopolítico de este martes 13 de enero de 2026, el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, ha demostrado una inusual moderación frente a las acciones de Washington, en un intento por asegurar un resultado favorable en la guerra con Ucrania. Esta postura implica una retirada estratégica de otras zonas de influencia donde, en años anteriores, el Kremlin habría actuado con firmeza militar o diplomática.
El episodio más reciente y elocuente ocurrió el pasado miércoles, cuando el ejército de los Estados Unidos incautó un buque petrolero sancionado que navegaba bajo bandera rusa. La embarcación fue capturada en el océano Atlántico tras intentar evadir a la Guardia Costera estadounidense. Lejos de las habituales retóricas belicistas o amenazas nucleares, el Ministerio de Transporte de Rusia emitió una escueta declaración de tres párrafos, mientras que el propio Putin optó por el silencio absoluto.
Ucrania como prioridad absoluta
Especialistas en política exterior coinciden en que este repliegue no es casual. “Tiene un objetivo, que es salir victorioso en Ucrania, y todo lo demás está subordinado a ese objetivo”, señaló Hanna Notte, directora del programa sobre Eurasia del Centro James Martin de Estudios sobre la No Proliferación. Según el análisis de Notte, cualquier intervención rusa para complicar operaciones estadounidenses en regiones como Venezuela habría significado el riesgo de una ruptura total e irreversible con la administración de Donald Trump.
“Todos los indicadores de la política exterior rusa en este momento son que Ucrania está por encima de todo lo demás con diferencia, así que ¿por qué darles a los estadounidenses un puñetazo en la nariz en eso y hacerlos enojar?”, añadió Notte, subrayando la naturaleza pragmática de la actual inacción de Moscú.
El desmoronamiento del poder global ruso
Sin embargo, esta reacción silente también refleja las limitaciones materiales de Rusia. Desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, el poder de Moscú ha sufrido un desgaste sistémico que ha erosionado su influencia en Asia Central, el Cáucaso y Moldavia. Este declive se profundizó a finales de 2024 con el colapso del gobierno de Bashar al Asad en Siria y se mantiene ante el avance de las presiones estadounidenses sobre Venezuela, socio clave de Rusia en América Latina.
Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie Rusia Eurasia, sostiene que “la guerra de Ucrania es un agujero oscuro que consume los recursos de Rusia”. Para el analista, a pesar de que el país ha mostrado resistencia interna ante las sanciones occidentales, su capacidad como actor global se ha debilitado drásticamente al no poseer excedentes para financiar sus ambiciones internacionales.
La relación transaccional con Washington
Históricamente, el Kremlin ha buscado un orden mundial basado en esferas de influencia privilegiadas. Durante el primer mandato de Trump, funcionarios rusos habrían sugerido otorgar rienda suelta sobre Venezuela a cambio de carta blanca en Ucrania. Trump, por su parte, ha mantenido una visión similar, prometiendo «manejar» la situación venezolana y planteando nuevamente la posibilidad de adquirir Groenlandia a Dinamarca.
Este último punto resulta crítico para la seguridad europea. Expertos advierten que si la administración estadounidense avanzara sobre Groenlandia, la estabilidad de la OTAN se vería seriamente comprometida. “Si Trump llegara a invadir Groenlandia y se apoderara de ella militarmente, la OTAN estaría acabada, lo que sería increíble para los rusos”, concluye el análisis, sugiriendo que Putin espera que los movimientos disruptivos de Washington terminen favoreciendo sus objetivos finales en el continente europeo.
Imaginen por un segundo a Vladimir Putin, el hombre que solía amenazar con el apocalipsis nuclear cada vez que un drone sobrevolaba el Kremlin, convertido ahora en el monje zen más paciente de la geopolítica mundial. La marina estadounidense le secuestra un buque petrolero con bandera rusa en pleno Atlántico tras una persecución de película, y la respuesta de Moscú es un comunicado de tres párrafos que tiene menos agresividad que una receta de repostería. Es el nuevo Putin «paz y amor», pero no por una conversión espiritual tardía, sino porque tiene una sola pestaña abierta en su navegador mental: Ucrania. El resto del mundo, desde las costas de Venezuela hasta las ruinas de Damasco, ha pasado a ser ruido de fondo, como ese televisor prendido en una sala de espera al que nadie le presta atención porque lo importante es que el trámite principal no se detenga.
Es una estrategia de supervivencia que roza el absurdo y que Hanna Notte describe con precisión quirúrgica: para el Kremlin, todo está subordinado a la victoria en Kiev. Mientras Donald Trump se pasea por el hemisferio reclamando Venezuela como si fuera un terreno baldío en las afueras de la ciudad y sugiere que Groenlandia debería cambiar de dueño, Putin se queda en silencio, practicando el difícil arte de mirar para otro lado. Es como ese vecino que deja que le estacionen el auto en la puerta y le pisen las flores con tal de que no le corten el internet. Para Rusia, entregar a sus «socios estratégicos» es un costo aceptable si eso significa que Washington, en un arranque de generosidad transaccional, decida soltarle la mano al gobierno ucraniano. El problema es que, en este afán de no «darle un puñetazo en la nariz» a los estadounidenses, Moscú está terminando con la cara de quien ya no recuerda cómo cerrar la guardia.
La influencia rusa se está evaporando más rápido que la paciencia de un contribuyente en enero. Perdió a Bashar al Asad en Siria, se le incendia Irán con protestas y hasta sus exrepúblicas soviéticas en el Cáucaso ahora prefieren ir a tomar el té a la Casa Blanca para firmar acuerdos de paz. Alexander Gabuev lo define como un «agujero oscuro» que consume recursos sin pausa. Mientras tanto, el Kremlin apuesta todas sus fichas a que el caos que Trump siembra en la OTAN sea el premio consuelo definitivo. Putin está sentado en una silla que se achica cada día, esperando que el mundo se olvide de que solía ser una potencia global, siempre y cuando lo dejen quedarse con el pedazo de mapa que tanto le obsesiona. Una jugada que sería maestra, si no fuera porque al final del camino corre el riesgo de ser el rey de un tablero donde ya no quedan piezas que mover ni aliados a quienes llamar.