En un reciente domingo de febrero, los bancos de la iglesia de All Saints, en el noreste de Londres, se mostraron colmados. Sin embargo, la fisonomía de la congregación distaba mucho de la habitual: entre los fieles que inclinaban sus cabezas en oración y entonaban himnos con entusiasmo, se encontraba una multitud de payasos profesionales caracterizados con sus vestuarios y maquillajes tradicionales.
Se trató de la 80.ª edición del Servicio Grimaldi, una ceremonia que se celebra anualmente cada febrero para honrar la memoria de Joseph Grimaldi, el célebre intérprete del siglo XIX reconocido internacionalmente como el padre del «clown» moderno. Aunque el nombre de Grimaldi puede resultar poco familiar para el público general fuera de los círculos artísticos, el servicio religioso se ha convertido en un fenómeno que atrae tanto a residentes locales como a turistas interesados en la preservación de esta forma de arte.
Una tradición nacida en la posguerra
El origen de este particular homenaje se remonta a 1946, pocos meses después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Según explicó Mattie Faint, integrante de Clowns International —la organización responsable de la logística del evento—, la iniciativa surgió cuando un grupo de payasos se reunió junto a la tumba de Grimaldi en el norte de Londres.
Aquel primer encuentro tuvo un doble propósito. Por un lado, rendir tributo a los colegas y amigos que habían perdido la vida durante el conflicto bélico. Por otro, generar una acción de visibilidad pública que incentivara a los ciudadanos de Londres, todavía afectados por las consecuencias de la guerra, a regresar a las funciones de circo y recuperar los espacios de esparcimiento familiar.
El legado de Grimaldi en la actualidad
Joseph Grimaldi revolucionó el espectáculo en su época al transformar el rol del payaso en una figura central de la pantomima y el teatro. El servicio actual no solo funciona como un acto de fe, sino como una instancia de adiestramiento y vinculación para las nuevas generaciones de artistas que buscan sostener las capacidades técnicas y el rigor interpretativo que la institución viene promoviendo desde hace décadas.
La ceremonia en All Saints reafirma que, más allá del carácter pintoresco del evento, el Servicio Grimaldi es un pilar de la identidad cultural de la comunidad artística londinense, garantizando que el legado del «Rey de los Payasos» permanezca vigente en el siglo XXI.
<p>La iglesia de All Saints, en el noreste de Londres, fue sede de la 80.ª edición del Servicio Grimaldi, una ceremonia anual que congrega a payasos de todo el mundo. El evento rinde homenaje a Joseph Grimaldi, pionero del clown moderno fallecido en el siglo XIX. La tradición, iniciada en 1946, busca preservar el legado artístico y promover la vigencia del espectáculo circense.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Imaginate entrar a misa un domingo cualquiera, con la culpa cristiana a cuestas y el sueño de las diez de la mañana, y encontrarte con que el tipo que tenés al lado rezando el Padre Nuestro tiene la nariz más roja que un tomate y zapatos talle 54. No es que te pegó mal el café, es que se celebró en Londres el 80.º Servicio Grimaldi, esa bizarreada maravillosa donde la fe y el maquillaje al agua se dan la mano. Las naves de la iglesia de All Saints se llenaron de tipos que, en lugar de ostias, parecen estar a punto de sacar un ramo de flores de la manga o tirarte un baldazo de papel picado mientras el vicario lee las escrituras. Es, básicamente, el único lugar del mundo donde podés ver a un mimo pidiendo por la paz mundial sin decir una sola palabra, lo cual, seamos honestos, es un alivio para cualquier feligrés.
La movida arrancó en 1946, justo cuando el mundo intentaba sacarse el polvo de la Segunda Guerra Mundial. Según cuentan los de Clowns International —que suena a una logia secreta de gente que sabe hacer perritos con globos—, los payasos se juntaron en la tumba de Joseph Grimaldi para recordar a los que no volvieron del frente. Pero también, entre nosotros, para ver si lograban que los londinenses volvieran al circo, porque después de los bombardeos, un tipo con peluca naranja era lo más parecido a una terapia de grupo que podían pagar. Grimaldi fue el «padre» de esta disciplina, un visionario que decidió que pintarse la cara como si acabaras de salir de una pelea con una brocha de cal era el futuro del entretenimiento. Hoy, ochenta años después, la tradición sigue firme: es una mezcla de nostalgia, piedad religiosa y el miedo latente de que, en cualquier momento, el órgano empiece a tocar la música de «Entrada de los Gladiadores» y el cura salga volando en un cañón.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En un reciente domingo de febrero, los bancos de la iglesia de All Saints, en el noreste de Londres, se mostraron colmados. Sin embargo, la fisonomía de la congregación distaba mucho de la habitual: entre los fieles que inclinaban sus cabezas en oración y entonaban himnos con entusiasmo, se encontraba una multitud de payasos profesionales caracterizados con sus vestuarios y maquillajes tradicionales.
Se trató de la 80.ª edición del Servicio Grimaldi, una ceremonia que se celebra anualmente cada febrero para honrar la memoria de Joseph Grimaldi, el célebre intérprete del siglo XIX reconocido internacionalmente como el padre del «clown» moderno. Aunque el nombre de Grimaldi puede resultar poco familiar para el público general fuera de los círculos artísticos, el servicio religioso se ha convertido en un fenómeno que atrae tanto a residentes locales como a turistas interesados en la preservación de esta forma de arte.
Una tradición nacida en la posguerra
El origen de este particular homenaje se remonta a 1946, pocos meses después de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Según explicó Mattie Faint, integrante de Clowns International —la organización responsable de la logística del evento—, la iniciativa surgió cuando un grupo de payasos se reunió junto a la tumba de Grimaldi en el norte de Londres.
Aquel primer encuentro tuvo un doble propósito. Por un lado, rendir tributo a los colegas y amigos que habían perdido la vida durante el conflicto bélico. Por otro, generar una acción de visibilidad pública que incentivara a los ciudadanos de Londres, todavía afectados por las consecuencias de la guerra, a regresar a las funciones de circo y recuperar los espacios de esparcimiento familiar.
El legado de Grimaldi en la actualidad
Joseph Grimaldi revolucionó el espectáculo en su época al transformar el rol del payaso en una figura central de la pantomima y el teatro. El servicio actual no solo funciona como un acto de fe, sino como una instancia de adiestramiento y vinculación para las nuevas generaciones de artistas que buscan sostener las capacidades técnicas y el rigor interpretativo que la institución viene promoviendo desde hace décadas.
La ceremonia en All Saints reafirma que, más allá del carácter pintoresco del evento, el Servicio Grimaldi es un pilar de la identidad cultural de la comunidad artística londinense, garantizando que el legado del «Rey de los Payasos» permanezca vigente en el siglo XXI.
Imaginate entrar a misa un domingo cualquiera, con la culpa cristiana a cuestas y el sueño de las diez de la mañana, y encontrarte con que el tipo que tenés al lado rezando el Padre Nuestro tiene la nariz más roja que un tomate y zapatos talle 54. No es que te pegó mal el café, es que se celebró en Londres el 80.º Servicio Grimaldi, esa bizarreada maravillosa donde la fe y el maquillaje al agua se dan la mano. Las naves de la iglesia de All Saints se llenaron de tipos que, en lugar de ostias, parecen estar a punto de sacar un ramo de flores de la manga o tirarte un baldazo de papel picado mientras el vicario lee las escrituras. Es, básicamente, el único lugar del mundo donde podés ver a un mimo pidiendo por la paz mundial sin decir una sola palabra, lo cual, seamos honestos, es un alivio para cualquier feligrés.
La movida arrancó en 1946, justo cuando el mundo intentaba sacarse el polvo de la Segunda Guerra Mundial. Según cuentan los de Clowns International —que suena a una logia secreta de gente que sabe hacer perritos con globos—, los payasos se juntaron en la tumba de Joseph Grimaldi para recordar a los que no volvieron del frente. Pero también, entre nosotros, para ver si lograban que los londinenses volvieran al circo, porque después de los bombardeos, un tipo con peluca naranja era lo más parecido a una terapia de grupo que podían pagar. Grimaldi fue el «padre» de esta disciplina, un visionario que decidió que pintarse la cara como si acabaras de salir de una pelea con una brocha de cal era el futuro del entretenimiento. Hoy, ochenta años después, la tradición sigue firme: es una mezcla de nostalgia, piedad religiosa y el miedo latente de que, en cualquier momento, el órgano empiece a tocar la música de «Entrada de los Gladiadores» y el cura salga volando en un cañón.