En un contexto donde la República Argentina depende de la importación de uranio desde Kazajistán para el funcionamiento de sus tres centrales nucleares —responsables de generar el 9% de la matriz eléctrica nacional—, el sector minero ha vuelto a poner el foco en el sur de la provincia de Mendoza. La reactivación de este interés se fundamenta en la necesidad de alcanzar el autoabastecimiento y aprovechar la demanda global impulsada por la transición energética.
La estrategia actual se apoya en tres pilares geográficos y técnicos: el complejo Sierra Pintada, que atraviesa un proceso de remediación ambiental; la histórica mina Huemul, donde se han reiniciado labores de exploración; y Corcovo, una iniciativa que aspira a implementar la metodología de recuperación in situ (ISR), un sistema de extracción con menor impacto superficial.
La Cuenca Neuquina: un territorio fértil
Guillermo Pensado, presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras (Camem), destacó que la cuenca neuquina posee una relevancia histórica y geológica fundamental, dado que allí se ubicó Huemul, la primera explotación de uranio del país. «Es una cuenca que los geólogos llamamos fértil en contenido de uranio», señaló el especialista, aunque fue cauto al aclarar que la presencia del mineral no garantiza por sí sola la rentabilidad económica de los proyectos.
La producción en esta zona tuvo su apogeo entre las décadas de 1950 y 1970, momento en que la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) decidió concentrar sus esfuerzos en emprendimientos de mayor escala, como Sierra Pintada en San Rafael. No obstante, el cierre de estas operaciones en 1997 respondió a una coyuntura internacional marcada por el accidente de Chernóbil y el fin de la Guerra Fría, eventos que desplomaron el precio del mineral y provocaron un desarme nuclear masivo que inundó el mercado civil con material procesado.
Uranio y cobre: minerales críticos para el futuro
El paralelismo entre el uranio y el cobre es evidente en la política minera mendocina actual. Ambos son considerados minerales estratégicos para la descarbonización de la economía mundial. Mientras que el cobre es esencial para la infraestructura eléctrica y la tecnología, el uranio se consolida como la fuente indispensable para la generación de energía de base sin emisiones de dióxido de carbono.
De acuerdo con las conclusiones de las últimas Conferencias de Cambio Climático (COP), para cumplir con las metas de carbono neutralidad hacia mediados de siglo, la capacidad de energía nuclear a nivel global debería triplicarse. Esta presión internacional configura una «ventana de oportunidad» para Mendoza, que posee recursos probados pero que aún requiere definir la factibilidad económica de sus yacimientos bajo los nuevos estándares tecnológicos y ambientales.
Actualmente, el proyecto Sierra Pintada producía en su etapa operativa unas 120 toneladas anuales, volumen suficiente para abastecer la demanda de las centrales Atucha I y Embalse en aquel entonces. El desafío presente para las autoridades y las empresas radica en transformar el potencial geológico de la región en una producción sustentable que reduzca la exposición del país a la volatilidad de los mercados externos y fortalezca la medicina nuclear y la generación eléctrica nacional.
<p>El sector nuclear argentino analiza el potencial de reactivación de yacimientos de uranio en Mendoza, destacando proyectos como Sierra Pintada, Huemul y Corcovo. Actualmente, el país importa el insumo desde Kazajistán para sus tres centrales, pero la transición energética global y la necesidad de reducir emisiones de carbono posicionan al uranio mendocino como un recurso estratégico clave para la soberanía energética.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Argentina, ese país con una capacidad envidiable para estar sentada sobre una mina de oro —o de uranio, en este caso— y preferir pedirle prestado al vecino del otro lado del globo, sigue importando su combustible nuclear desde Kazajistán. Sí, leíste bien, traemos los minerales de un lugar que la mayoría de los argentinos solo ubica en el mapa gracias a Borat, mientras en el sur mendocino los yacimientos de Malargüe y San Rafael nos miran con la misma resignación que un jubilado frente a una góndola de lácteos. Al parecer, la estrategia soberana consiste en cruzar medio planeta para alimentar nuestras centrales, porque extraer lo propio sería demasiado mainstream para nuestra accidentada historia económica.
El presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras, Guillermo Pensado, nos recuerda con nostalgia que Huemul fue pionera en los años 50, antes de que el mundo decidiera que la energía nuclear era peligrosa por culpa de Chernóbil o innecesaria porque rusos y estadounidenses se cansaron de jugar a quién tenía el misil más grande. Ahora, con las cumbres de cambio climático exigiendo triplicar la energía nuclear para no terminar todos cocinados por el efecto invernadero, el uranio vuelve a ser el pibe popular del colegio. Proyectos como Corcovo proponen la técnica de recuperación in situ, que suena muy sofisticada, pero que básicamente es intentar sacar el mineral sin que los asambleístas locales confundan un proceso geológico con el inicio del apocalipsis zombie.
La ventana de oportunidad está abierta, pero en Argentina las ventanas suelen tener persianas que se traban con la burocracia. Mientras el mundo se desespera por el cobre para los autos eléctricos y el uranio para la energía limpia, nosotros seguimos en la etapa de «prospección», que en la práctica significa geólogos caminando por el campo con la esperanza de encontrar algo que sea rentable antes de que cambie el gobierno o el precio internacional se desplome de nuevo. Es el eterno retorno del potencial argentino: somos los campeones mundiales de las «manifestaciones minerales fértiles» que terminan en remediaciones eternas o en archivos de la Comisión Nacional de Energía Atómica, esperando que alguien firme el papel que nos permita dejar de depender de los desiertos kazajos.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
En un contexto donde la República Argentina depende de la importación de uranio desde Kazajistán para el funcionamiento de sus tres centrales nucleares —responsables de generar el 9% de la matriz eléctrica nacional—, el sector minero ha vuelto a poner el foco en el sur de la provincia de Mendoza. La reactivación de este interés se fundamenta en la necesidad de alcanzar el autoabastecimiento y aprovechar la demanda global impulsada por la transición energética.
La estrategia actual se apoya en tres pilares geográficos y técnicos: el complejo Sierra Pintada, que atraviesa un proceso de remediación ambiental; la histórica mina Huemul, donde se han reiniciado labores de exploración; y Corcovo, una iniciativa que aspira a implementar la metodología de recuperación in situ (ISR), un sistema de extracción con menor impacto superficial.
La Cuenca Neuquina: un territorio fértil
Guillermo Pensado, presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras (Camem), destacó que la cuenca neuquina posee una relevancia histórica y geológica fundamental, dado que allí se ubicó Huemul, la primera explotación de uranio del país. «Es una cuenca que los geólogos llamamos fértil en contenido de uranio», señaló el especialista, aunque fue cauto al aclarar que la presencia del mineral no garantiza por sí sola la rentabilidad económica de los proyectos.
La producción en esta zona tuvo su apogeo entre las décadas de 1950 y 1970, momento en que la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) decidió concentrar sus esfuerzos en emprendimientos de mayor escala, como Sierra Pintada en San Rafael. No obstante, el cierre de estas operaciones en 1997 respondió a una coyuntura internacional marcada por el accidente de Chernóbil y el fin de la Guerra Fría, eventos que desplomaron el precio del mineral y provocaron un desarme nuclear masivo que inundó el mercado civil con material procesado.
Uranio y cobre: minerales críticos para el futuro
El paralelismo entre el uranio y el cobre es evidente en la política minera mendocina actual. Ambos son considerados minerales estratégicos para la descarbonización de la economía mundial. Mientras que el cobre es esencial para la infraestructura eléctrica y la tecnología, el uranio se consolida como la fuente indispensable para la generación de energía de base sin emisiones de dióxido de carbono.
De acuerdo con las conclusiones de las últimas Conferencias de Cambio Climático (COP), para cumplir con las metas de carbono neutralidad hacia mediados de siglo, la capacidad de energía nuclear a nivel global debería triplicarse. Esta presión internacional configura una «ventana de oportunidad» para Mendoza, que posee recursos probados pero que aún requiere definir la factibilidad económica de sus yacimientos bajo los nuevos estándares tecnológicos y ambientales.
Actualmente, el proyecto Sierra Pintada producía en su etapa operativa unas 120 toneladas anuales, volumen suficiente para abastecer la demanda de las centrales Atucha I y Embalse en aquel entonces. El desafío presente para las autoridades y las empresas radica en transformar el potencial geológico de la región en una producción sustentable que reduzca la exposición del país a la volatilidad de los mercados externos y fortalezca la medicina nuclear y la generación eléctrica nacional.
Argentina, ese país con una capacidad envidiable para estar sentada sobre una mina de oro —o de uranio, en este caso— y preferir pedirle prestado al vecino del otro lado del globo, sigue importando su combustible nuclear desde Kazajistán. Sí, leíste bien, traemos los minerales de un lugar que la mayoría de los argentinos solo ubica en el mapa gracias a Borat, mientras en el sur mendocino los yacimientos de Malargüe y San Rafael nos miran con la misma resignación que un jubilado frente a una góndola de lácteos. Al parecer, la estrategia soberana consiste en cruzar medio planeta para alimentar nuestras centrales, porque extraer lo propio sería demasiado mainstream para nuestra accidentada historia económica.
El presidente de la Cámara Argentina de Empresas Mineras, Guillermo Pensado, nos recuerda con nostalgia que Huemul fue pionera en los años 50, antes de que el mundo decidiera que la energía nuclear era peligrosa por culpa de Chernóbil o innecesaria porque rusos y estadounidenses se cansaron de jugar a quién tenía el misil más grande. Ahora, con las cumbres de cambio climático exigiendo triplicar la energía nuclear para no terminar todos cocinados por el efecto invernadero, el uranio vuelve a ser el pibe popular del colegio. Proyectos como Corcovo proponen la técnica de recuperación in situ, que suena muy sofisticada, pero que básicamente es intentar sacar el mineral sin que los asambleístas locales confundan un proceso geológico con el inicio del apocalipsis zombie.
La ventana de oportunidad está abierta, pero en Argentina las ventanas suelen tener persianas que se traban con la burocracia. Mientras el mundo se desespera por el cobre para los autos eléctricos y el uranio para la energía limpia, nosotros seguimos en la etapa de «prospección», que en la práctica significa geólogos caminando por el campo con la esperanza de encontrar algo que sea rentable antes de que cambie el gobierno o el precio internacional se desplome de nuevo. Es el eterno retorno del potencial argentino: somos los campeones mundiales de las «manifestaciones minerales fértiles» que terminan en remediaciones eternas o en archivos de la Comisión Nacional de Energía Atómica, esperando que alguien firme el papel que nos permita dejar de depender de los desiertos kazajos.