Lo que comenzó como un proceso de esperanza científica para Steven Mills y Tiffany Score ha derivado en un litigio sin precedentes que pone en jaque los protocolos de la medicina reproductiva en Estados Unidos. La pareja presentó una demanda formal contra una clínica de fertilidad en Orlando el pasado 22 de enero, tras confirmar mediante pruebas de ADN que la hija que concibieron a través de técnicas de asistencia no posee vínculo biológico con ninguno de los dos.
Cronología de una negligencia sistémica
La pareja inició su tratamiento en 2020 con la criopreservación de su material genético. Tras años de intentos, lograron el embarazo, pero las sospechas surgieron poco después del nacimiento debido a la falta de concordancia en los rasgos físicos familiares. La confirmación del error genético ha disparado una serie de exigencias legales que buscan transparencia total sobre el manejo de embriones en el centro:
- Auditoría y Notificación: Exigen que la clínica contacte a todas las pacientes que almacenaron embriones durante el año previo al nacimiento de la niña.
- Pruebas Genéticas Masivas: Solicitan que el centro financie pruebas de ADN para todos los niños nacidos bajo su cuidado en los últimos cinco años.
- Verificación Externa: Aunque la clínica afirma que los tres embriones originales de los Mills permanecen congelados, los demandantes exigen un peritaje independiente para confirmar la integridad del material.
«Aunque Steven y Tiffany aman a esta niña como propia, viven bajo el terror constante de que los padres biológicos aparezcan en su puerta reclamando la custodia», señaló Jack Scarola, representante legal de la familia, subrayando el vacío legal que genera esta situación en territorio norteamericano.
Diferencias de criterio: ¿Propiedad o Identidad?
El caso resalta una brecha profunda entre la legislación de Florida y la jurisprudencia en Argentina. Mientras que en el sistema anglosajón el conflicto se encuadra principalmente como un incumplimiento de contrato y una disputa sobre «propiedad personal», en nuestro país el enfoque sería radicalmente distinto gracias a la figura de la voluntad procreacional.
En el derecho argentino, la inmutabilidad del vínculo protege a los padres de crianza. La ley establece que no se puede impugnar la filiación de un niño nacido por técnicas de fertilidad basándose en la falta de vínculo genético, siempre que haya existido consentimiento previo. En este sentido, si el caso ocurriera en San Juan o Buenos Aires, los Mills tendrían la seguridad jurídica de que su paternidad es irreversible, centrando su demanda en el daño moral y al proyecto de vida, sin poner en riesgo la tenencia de la menor.
Por el contrario, en Florida, el destino del material genético malversado y los derechos de los progenitores biológicos desconocidos generan un limbo existencial y legal que podría sentar un precedente histórico para la industria de la fertilidad a nivel mundial.
<p>Steven Mills y Tiffany Score iniciaron una demanda contra una clínica de fertilidad en Orlando, Florida, tras descubrir que, por un error en la implantación, su hija no posee vínculo genético con ellos. La acción legal exige una auditoría genética masiva y pruebas de ADN para todos los niños nacidos en el centro en los últimos cinco años, ante el temor de una confusión sistémica de embriones.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Imaginate que pasás cinco años ahorrando, rezándole a cada santo del calendario y sometiéndote a pinchazos que te dejan el cuerpo como un colador, todo para cumplir el sueño de la casa propia… pero en versión humana. Finalmente, Tiffany da a luz y, cuando el bebé abre los ojos, te das cuenta de que tiene los rasgos de un árbol genealógico que no es el tuyo. Lo que le pasó a los Mills en Florida no es solo un error de laboratorio; es el equivalente a que vayas a retirar un auto que pediste a medida y te den una bicicleta con motor, pero sin posibilidad de devolución porque ya le tomaste cariño al vehículo.
La demanda presentada es un despliegue de terror existencial digno de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto, pero con abogados de alta gama. No solo piden una compensación para pagar los pañales de una criatura que genéticamente podría ser descendiente de un desconocido de Wisconsin, sino que exigen una auditoría genética que va a dejar a la clínica con más trabajo que un perito en plena campaña electoral. Quieren que se rastree a cada embrión que pasó por esas heladeras en el último lustro, porque si se «traspapeló» un heredero, tranquilamente podrían haber hecho un «canje» involuntario con medio estado de Florida.
El abogado de la familia, Jack Scarola, dice que viven bajo el terror de que un día golpeen la puerta los padres biológicos a reclamar el «producto». Es el colmo de la era moderna: el milagro de la vida convertido en un problema de logística de Amazon. Mientras la clínica jura que los embriones originales de la pareja siguen en el freezer —probablemente entre una cubetera y unos nuggets de pollo—, los Mills enfrentan el dilema de amar a una hija que el algoritmo les asignó por error, mientras se preguntan en qué parte del mundo estará su verdadero ADN tomando la merienda.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Lo que comenzó como un proceso de esperanza científica para Steven Mills y Tiffany Score ha derivado en un litigio sin precedentes que pone en jaque los protocolos de la medicina reproductiva en Estados Unidos. La pareja presentó una demanda formal contra una clínica de fertilidad en Orlando el pasado 22 de enero, tras confirmar mediante pruebas de ADN que la hija que concibieron a través de técnicas de asistencia no posee vínculo biológico con ninguno de los dos.
Cronología de una negligencia sistémica
La pareja inició su tratamiento en 2020 con la criopreservación de su material genético. Tras años de intentos, lograron el embarazo, pero las sospechas surgieron poco después del nacimiento debido a la falta de concordancia en los rasgos físicos familiares. La confirmación del error genético ha disparado una serie de exigencias legales que buscan transparencia total sobre el manejo de embriones en el centro:
- Auditoría y Notificación: Exigen que la clínica contacte a todas las pacientes que almacenaron embriones durante el año previo al nacimiento de la niña.
- Pruebas Genéticas Masivas: Solicitan que el centro financie pruebas de ADN para todos los niños nacidos bajo su cuidado en los últimos cinco años.
- Verificación Externa: Aunque la clínica afirma que los tres embriones originales de los Mills permanecen congelados, los demandantes exigen un peritaje independiente para confirmar la integridad del material.
«Aunque Steven y Tiffany aman a esta niña como propia, viven bajo el terror constante de que los padres biológicos aparezcan en su puerta reclamando la custodia», señaló Jack Scarola, representante legal de la familia, subrayando el vacío legal que genera esta situación en territorio norteamericano.
Diferencias de criterio: ¿Propiedad o Identidad?
El caso resalta una brecha profunda entre la legislación de Florida y la jurisprudencia en Argentina. Mientras que en el sistema anglosajón el conflicto se encuadra principalmente como un incumplimiento de contrato y una disputa sobre «propiedad personal», en nuestro país el enfoque sería radicalmente distinto gracias a la figura de la voluntad procreacional.
En el derecho argentino, la inmutabilidad del vínculo protege a los padres de crianza. La ley establece que no se puede impugnar la filiación de un niño nacido por técnicas de fertilidad basándose en la falta de vínculo genético, siempre que haya existido consentimiento previo. En este sentido, si el caso ocurriera en San Juan o Buenos Aires, los Mills tendrían la seguridad jurídica de que su paternidad es irreversible, centrando su demanda en el daño moral y al proyecto de vida, sin poner en riesgo la tenencia de la menor.
Por el contrario, en Florida, el destino del material genético malversado y los derechos de los progenitores biológicos desconocidos generan un limbo existencial y legal que podría sentar un precedente histórico para la industria de la fertilidad a nivel mundial.
Imaginate que pasás cinco años ahorrando, rezándole a cada santo del calendario y sometiéndote a pinchazos que te dejan el cuerpo como un colador, todo para cumplir el sueño de la casa propia… pero en versión humana. Finalmente, Tiffany da a luz y, cuando el bebé abre los ojos, te das cuenta de que tiene los rasgos de un árbol genealógico que no es el tuyo. Lo que le pasó a los Mills en Florida no es solo un error de laboratorio; es el equivalente a que vayas a retirar un auto que pediste a medida y te den una bicicleta con motor, pero sin posibilidad de devolución porque ya le tomaste cariño al vehículo.
La demanda presentada es un despliegue de terror existencial digno de una película de ciencia ficción de bajo presupuesto, pero con abogados de alta gama. No solo piden una compensación para pagar los pañales de una criatura que genéticamente podría ser descendiente de un desconocido de Wisconsin, sino que exigen una auditoría genética que va a dejar a la clínica con más trabajo que un perito en plena campaña electoral. Quieren que se rastree a cada embrión que pasó por esas heladeras en el último lustro, porque si se «traspapeló» un heredero, tranquilamente podrían haber hecho un «canje» involuntario con medio estado de Florida.
El abogado de la familia, Jack Scarola, dice que viven bajo el terror de que un día golpeen la puerta los padres biológicos a reclamar el «producto». Es el colmo de la era moderna: el milagro de la vida convertido en un problema de logística de Amazon. Mientras la clínica jura que los embriones originales de la pareja siguen en el freezer —probablemente entre una cubetera y unos nuggets de pollo—, los Mills enfrentan el dilema de amar a una hija que el algoritmo les asignó por error, mientras se preguntan en qué parte del mundo estará su verdadero ADN tomando la merienda.