La incógnita sobre cuánto de nuestra identidad pertenece a la biología y cuánto al lugar donde crecemos ha sido un terreno de disputa para filósofos y científicos durante siglos. Sin embargo, el surgimiento de la Psicología Intercultural está aportando datos concretos a este debate. Investigaciones recientes sugieren que el entorno cultural no solo modifica nuestras costumbres superficiales, sino que llega a reconfigurar las vías neuronales de nuestro cerebro.
La especialista en genética psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Ziada Ayorech, sostiene que el ADN es una estructura fundamental que no cambia, pero que de ninguna manera nos define por completo. «Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas», afirma la experta, quien ha vivido en Uganda, Canadá, Reino Unido y Noruega, experimentando en carne propia cómo cada sociedad moldea su nivel de extroversión y sus perspectivas sociales.
El veredicto de los gemelos: La regla del 50%
Para determinar el peso de la herencia versus el ambiente, la ciencia se ha apoyado históricamente en el estudio de gemelos. En 2015, se realizó un metaanálisis masivo que revisó casi 50 años de investigaciones sobre 14 millones de gemelos en todo el mundo, evaluando 17.000 rasgos diferentes. Los resultados fueron contundentes: la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias individuales.
El impacto del entorno varía según el rasgo analizado:
- Coeficiente intelectual: Es hereditario en más de un 50%, aunque la influencia genética se vuelve más fuerte en la edad adulta que en la infancia.
- Rasgos de personalidad: Son hereditarios en aproximadamente un 40%, lo que significa que la mayoría de las diferencias en la forma de ser de una población dependen del entorno.
Cerebros moldeados por la geografía
La adaptación a las normas sociales de un país puede alterar incluso a las personas con una carga genética tendiente a la sociabilidad. Ayorech comenta que, pese a ser naturalmente extrovertida, la cultura noruega —donde no se acostumbra iniciar conversaciones con desconocidos— la ha vuelto menos comunicativa en la práctica. No obstante, destaca que los individuos tienden a «buscar entornos acordes con sus rasgos genéticos» de forma inconsciente.
Por su parte, Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán, asegura que la cultura es una «parte absolutamente crucial» del desarrollo humano. Según Huang, una persona nacida en Escandinavia con un ADN específico habría desarrollado una identidad y una estructura cerebral radicalmente distinta si hubiera crecido en Asia. «El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN», concluye, reforzando la idea de que somos, en gran medida, hijos de nuestra circunstancia geográfica.
<p>Un análisis de la Psicología Intercultural revela que la genética determina únicamente el 50% de los rasgos humanos, dejando la otra mitad bajo la influencia directa del entorno y la crianza. Estudios realizados con gemelos y expertos como Ziada Ayorech confirman que la cultura moldea la personalidad, las vías neuronales y el comportamiento social, adaptándolos a las normas del país de residencia.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Imagínese que usted, un argentino promedio que desayuna amargura y analiza el precio del dólar como si fuera un cirujano cardiovascular, hubiera nacido en Estocolmo. Según la ciencia, no solo tendría una cuenta bancaria envidiable y ganas de pagar impuestos, sino que su cerebro funcionaría bajo un sistema operativo totalmente distinto. La Psicología Intercultural ha decidido arruinarnos la crisis de identidad confirmando lo que sospechábamos: si nos hubieran criado en Taiwán, nuestra obsesión por el bife de chorizo sería reemplazada por una disciplina oriental que nos impediría putear en el tránsito. Resulta que el ADN es apenas la mitad de la película; la otra mitad es ese caos maravilloso llamado cultura que nos enseña qué animales se comen y ante qué tragedias hay que reírse para no terminar en el diván.
Los científicos, que tienen el pasatiempo de estudiar gemelos para ver quién salió más fallado por la genética, determinaron que el entorno tiene el poder de convertir a un extrovertido de ley en un noruego taciturno que no le dirige la palabra ni al perro del vecino. Es el caso de la genetista Ziada Ayorech, quien admite que vivir en Oslo la ha vuelto tan poco comunicativa que saludar a un desconocido en la calle ya califica como deporte de riesgo. La moraleja es clara: somos una mezcla de naturaleza y crianza, una ensalada donde el ADN pone la lechuga pero la sociedad le tira el chimichurri. Si usted siente que no encaja, no culpe a sus ancestros; probablemente es solo que su configuración neuronal está esperando un traslado a Calcuta para ver si comer arroz con aceite de mostaza le da finalmente el sentido de la vida que el asado de domingo le viene negando.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La incógnita sobre cuánto de nuestra identidad pertenece a la biología y cuánto al lugar donde crecemos ha sido un terreno de disputa para filósofos y científicos durante siglos. Sin embargo, el surgimiento de la Psicología Intercultural está aportando datos concretos a este debate. Investigaciones recientes sugieren que el entorno cultural no solo modifica nuestras costumbres superficiales, sino que llega a reconfigurar las vías neuronales de nuestro cerebro.
La especialista en genética psiquiátrica de la Universidad de Oslo, Ziada Ayorech, sostiene que el ADN es una estructura fundamental que no cambia, pero que de ninguna manera nos define por completo. «Es esa combinación de naturaleza y crianza la que nos define y contribuye a nuestras creencias y culturas», afirma la experta, quien ha vivido en Uganda, Canadá, Reino Unido y Noruega, experimentando en carne propia cómo cada sociedad moldea su nivel de extroversión y sus perspectivas sociales.
El veredicto de los gemelos: La regla del 50%
Para determinar el peso de la herencia versus el ambiente, la ciencia se ha apoyado históricamente en el estudio de gemelos. En 2015, se realizó un metaanálisis masivo que revisó casi 50 años de investigaciones sobre 14 millones de gemelos en todo el mundo, evaluando 17.000 rasgos diferentes. Los resultados fueron contundentes: la genética explica, en promedio, solo el 50% de las diferencias individuales.
El impacto del entorno varía según el rasgo analizado:
- Coeficiente intelectual: Es hereditario en más de un 50%, aunque la influencia genética se vuelve más fuerte en la edad adulta que en la infancia.
- Rasgos de personalidad: Son hereditarios en aproximadamente un 40%, lo que significa que la mayoría de las diferencias en la forma de ser de una población dependen del entorno.
Cerebros moldeados por la geografía
La adaptación a las normas sociales de un país puede alterar incluso a las personas con una carga genética tendiente a la sociabilidad. Ayorech comenta que, pese a ser naturalmente extrovertida, la cultura noruega —donde no se acostumbra iniciar conversaciones con desconocidos— la ha vuelto menos comunicativa en la práctica. No obstante, destaca que los individuos tienden a «buscar entornos acordes con sus rasgos genéticos» de forma inconsciente.
Por su parte, Ching-Yu Huang, psicóloga intercultural de la Universidad Nacional de Taiwán, asegura que la cultura es una «parte absolutamente crucial» del desarrollo humano. Según Huang, una persona nacida en Escandinavia con un ADN específico habría desarrollado una identidad y una estructura cerebral radicalmente distinta si hubiera crecido en Asia. «El cerebro que tienes ahora sería muy diferente si hubieras nacido y crecido en Taiwán, incluso teniendo el mismo ADN», concluye, reforzando la idea de que somos, en gran medida, hijos de nuestra circunstancia geográfica.
Imagínese que usted, un argentino promedio que desayuna amargura y analiza el precio del dólar como si fuera un cirujano cardiovascular, hubiera nacido en Estocolmo. Según la ciencia, no solo tendría una cuenta bancaria envidiable y ganas de pagar impuestos, sino que su cerebro funcionaría bajo un sistema operativo totalmente distinto. La Psicología Intercultural ha decidido arruinarnos la crisis de identidad confirmando lo que sospechábamos: si nos hubieran criado en Taiwán, nuestra obsesión por el bife de chorizo sería reemplazada por una disciplina oriental que nos impediría putear en el tránsito. Resulta que el ADN es apenas la mitad de la película; la otra mitad es ese caos maravilloso llamado cultura que nos enseña qué animales se comen y ante qué tragedias hay que reírse para no terminar en el diván.
Los científicos, que tienen el pasatiempo de estudiar gemelos para ver quién salió más fallado por la genética, determinaron que el entorno tiene el poder de convertir a un extrovertido de ley en un noruego taciturno que no le dirige la palabra ni al perro del vecino. Es el caso de la genetista Ziada Ayorech, quien admite que vivir en Oslo la ha vuelto tan poco comunicativa que saludar a un desconocido en la calle ya califica como deporte de riesgo. La moraleja es clara: somos una mezcla de naturaleza y crianza, una ensalada donde el ADN pone la lechuga pero la sociedad le tira el chimichurri. Si usted siente que no encaja, no culpe a sus ancestros; probablemente es solo que su configuración neuronal está esperando un traslado a Calcuta para ver si comer arroz con aceite de mostaza le da finalmente el sentido de la vida que el asado de domingo le viene negando.