La comunidad cultural de San Juan atraviesa horas de profundo pesar tras conocerse, este lunes 5 de enero de 2026, la muerte de Domingo Roberto Castro, director del Museo Einstein, ubicado en el departamento de Zonda. El fallecimiento fue confirmado a través de un comunicado oficial difundido por la Asociación de Museos Privados de San Juan (AMUPRI), entidad que destacó su invaluable aporte al patrimonio histórico y científico de la provincia.
Un legado forjado en la montaña y la investigación autodidacta
Castro, quien se definía como un autodidacta al estilo de las grandes figuras de la historia nacional, fue el guardián de un repositorio único en la región. El Museo Einstein funciona en un túnel de aproximadamente 108 metros de extensión, construido por inmigrantes yugoslavos entre 1920 y 1933, originalmente destinado a la infraestructura de la ruta 12. En ese espacio, Castro acumuló cerca de 14.000 piezas, de las cuales solo 700 se encuentran actualmente en exposición debido a limitaciones de espacio y mobiliario.
Desde los 15 años, motivado por un entorno familiar que fomentaba el amor por la ciencia y la admiración por figuras como Florentino Ameghino, Castro emprendió más de 250 expediciones. “Estas no son montañas, es lecho de mar, ya que hace 550 millones de años, durante el periodo Cámbrico de la era Paleozoica, San Juan estaba cubierta por el océano Pacífico, por lo tanto es un fondo marino”, solía explicar a los visitantes con una convicción que combinaba datos geológicos con una narrativa cautivante.
Teorías científicas y donación del patrimonio
La figura de Domingo Castro trascendió los límites del museo por sus osadas afirmaciones en campos tan diversos como la genética, la informática y la astronomía. El investigador aseguraba haber desarrollado un sistema de números trinarios que, según su testimonio, despertó el interés de expertos de la NASA para su aplicación en proyectos de exploración espacial. Asimismo, defendía teorías sobre la presencia de civilizaciones antiguas no humanas en la región, basándose en el hallazgo de un petroglifo en Zonda que, según su interpretación, representaba a un hombre con escafandra.
A pesar de haber recibido ofertas económicas por sus descubrimientos, Castro mantuvo una postura firme respecto a la propiedad de los mismos. “Yo no quiero nada a mi nombre, yo quiero que esto quede para la provincia porque amo esto, es mi único anhelo”, afirmaba con frecuencia. De hecho, el investigador vivía en la propia caverna del museo y había formalizado la donación de todo el material recolectado al Estado provincial, con el objetivo de que el conocimiento acumulado fuera accesible para todos los sanjuaninos.
Reconocimientos y últimos proyectos
A lo largo de su vida, Castro recibió el apoyo de diversas instituciones, como la Fundación Banco San Juan, que colaboró en la mejora de las instalaciones de la caverna. Su mayor ambición, según expresaba en sus últimos meses, era que el museo fuera reconocido oficialmente dentro del circuito provincial y que pudiera regresar al túnel mayor donde inició sus actividades en 1984.
Desde la Asociación de Museos Privados de San Juan expresaron sus condolencias a familiares y amigos, subrayando que su pasión por la historia y su particular visión del universo continuarán inspirando a las futuras generaciones vinculadas a la cultura regional. Castro será recordado no solo por sus piezas arqueológicas, sino por su profunda filosofía sobre la polaridad y el desinterés material en pos del saber colectivo.
<p>La provincia de San Juan lamenta el fallecimiento de Domingo Roberto Castro, director y fundador del Museo Einstein en Zonda, ocurrido este lunes 5 de enero de 2026. Reconocido como un polifacético investigador autodidacta, Castro dedicó décadas a la arqueología y la ciencia, custodiando un patrimonio de más de 14.000 piezas en un histórico túnel de montaña que donó íntegramente al Estado provincial.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
San Juan acaba de perder a su versión más ecléctica de Leonardo da Vinci, pero con rulos plateados y una envidiable resistencia a la humedad de los túneles. Domingo Roberto Castro, el hombre que decidió que vivir en una cueva era mucho más productivo que cursar una carrera de grado, ha partido hacia esa gran dimensión donde probablemente los extraterrestres huarpes ya lo esperan con una escafandra de repuesto. Mientras los mortales comunes nos conformamos con entender cómo funciona el homebanking, Castro aseguraba haberle explicado a la NASA que el sistema binario era para principiantes y que el futuro estaba en los números trinarios, un concepto que Bill Gates probablemente todavía está tratando de procesar entre café y café. Su partida deja un vacío difícil de llenar, no solo en el ámbito de la arqueología de montaña, sino también en el sector de «gente que tiene la respuesta a todo, incluso a lo que nadie preguntó».
Es fascinante pensar que, mientras el resto del mundo se pelea por un terreno en una red social, Domingo rechazaba cheques de coleccionistas estadounidenses y ofertas de escribanos de Amalita Fortabat con la misma naturalidad con la que uno declina un folleto en la peatonal. Su museo Einstein, ubicado en un túnel construido por yugoslavos —porque en la narrativa de Castro nada podía ser simplemente normal—, albergaba 14.000 piezas que iban desde animales disecados hasta petroglifos con astronautas antiguos. Castro no solo dominaba la paleontología y la informática, sino que decodificó el I Ching y obtuvo las claves del ADN, dejando a la Universidad de Medicina de Paraguay en un estado de perplejidad técnica absoluta. Era un hombre que explicaba la existencia de Dios con la misma vehemencia con la que defendía que el pavimento de Zonda era, en realidad, un fondo marino de hace 550 millones de años.
Dormir en una cueva con perros y gatos y asegurar que uno inventó un método que usa el Galileo Solar System de la NASA es el nivel de confianza que todos necesitamos para enfrentar el 2026. Castro se fue «puliéndose», como él decía, convencido de que la ley de polaridad le devolvería multiplicado todo lo que donó a los sanjuaninos. Si el karma existe, Domingo debe estar ahora mismo dándole cátedra a Leibniz sobre por qué se tardó tanto en descubrir los binarios. Nos queda su legado: un túnel de 108 metros lleno de misterios y la certeza de que, si un pie se queda en el pasado para caminar al futuro, San Juan acaba de dar un paso hacia una leyenda .
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La comunidad cultural de San Juan atraviesa horas de profundo pesar tras conocerse, este lunes 5 de enero de 2026, la muerte de Domingo Roberto Castro, director del Museo Einstein, ubicado en el departamento de Zonda. El fallecimiento fue confirmado a través de un comunicado oficial difundido por la Asociación de Museos Privados de San Juan (AMUPRI), entidad que destacó su invaluable aporte al patrimonio histórico y científico de la provincia.
Un legado forjado en la montaña y la investigación autodidacta
Castro, quien se definía como un autodidacta al estilo de las grandes figuras de la historia nacional, fue el guardián de un repositorio único en la región. El Museo Einstein funciona en un túnel de aproximadamente 108 metros de extensión, construido por inmigrantes yugoslavos entre 1920 y 1933, originalmente destinado a la infraestructura de la ruta 12. En ese espacio, Castro acumuló cerca de 14.000 piezas, de las cuales solo 700 se encuentran actualmente en exposición debido a limitaciones de espacio y mobiliario.
Desde los 15 años, motivado por un entorno familiar que fomentaba el amor por la ciencia y la admiración por figuras como Florentino Ameghino, Castro emprendió más de 250 expediciones. “Estas no son montañas, es lecho de mar, ya que hace 550 millones de años, durante el periodo Cámbrico de la era Paleozoica, San Juan estaba cubierta por el océano Pacífico, por lo tanto es un fondo marino”, solía explicar a los visitantes con una convicción que combinaba datos geológicos con una narrativa cautivante.
Teorías científicas y donación del patrimonio
La figura de Domingo Castro trascendió los límites del museo por sus osadas afirmaciones en campos tan diversos como la genética, la informática y la astronomía. El investigador aseguraba haber desarrollado un sistema de números trinarios que, según su testimonio, despertó el interés de expertos de la NASA para su aplicación en proyectos de exploración espacial. Asimismo, defendía teorías sobre la presencia de civilizaciones antiguas no humanas en la región, basándose en el hallazgo de un petroglifo en Zonda que, según su interpretación, representaba a un hombre con escafandra.
A pesar de haber recibido ofertas económicas por sus descubrimientos, Castro mantuvo una postura firme respecto a la propiedad de los mismos. “Yo no quiero nada a mi nombre, yo quiero que esto quede para la provincia porque amo esto, es mi único anhelo”, afirmaba con frecuencia. De hecho, el investigador vivía en la propia caverna del museo y había formalizado la donación de todo el material recolectado al Estado provincial, con el objetivo de que el conocimiento acumulado fuera accesible para todos los sanjuaninos.
Reconocimientos y últimos proyectos
A lo largo de su vida, Castro recibió el apoyo de diversas instituciones, como la Fundación Banco San Juan, que colaboró en la mejora de las instalaciones de la caverna. Su mayor ambición, según expresaba en sus últimos meses, era que el museo fuera reconocido oficialmente dentro del circuito provincial y que pudiera regresar al túnel mayor donde inició sus actividades en 1984.
Desde la Asociación de Museos Privados de San Juan expresaron sus condolencias a familiares y amigos, subrayando que su pasión por la historia y su particular visión del universo continuarán inspirando a las futuras generaciones vinculadas a la cultura regional. Castro será recordado no solo por sus piezas arqueológicas, sino por su profunda filosofía sobre la polaridad y el desinterés material en pos del saber colectivo.
San Juan acaba de perder a su versión más ecléctica de Leonardo da Vinci, pero con rulos plateados y una envidiable resistencia a la humedad de los túneles. Domingo Roberto Castro, el hombre que decidió que vivir en una cueva era mucho más productivo que cursar una carrera de grado, ha partido hacia esa gran dimensión donde probablemente los extraterrestres huarpes ya lo esperan con una escafandra de repuesto. Mientras los mortales comunes nos conformamos con entender cómo funciona el homebanking, Castro aseguraba haberle explicado a la NASA que el sistema binario era para principiantes y que el futuro estaba en los números trinarios, un concepto que Bill Gates probablemente todavía está tratando de procesar entre café y café. Su partida deja un vacío difícil de llenar, no solo en el ámbito de la arqueología de montaña, sino también en el sector de «gente que tiene la respuesta a todo, incluso a lo que nadie preguntó».
Es fascinante pensar que, mientras el resto del mundo se pelea por un terreno en una red social, Domingo rechazaba cheques de coleccionistas estadounidenses y ofertas de escribanos de Amalita Fortabat con la misma naturalidad con la que uno declina un folleto en la peatonal. Su museo Einstein, ubicado en un túnel construido por yugoslavos —porque en la narrativa de Castro nada podía ser simplemente normal—, albergaba 14.000 piezas que iban desde animales disecados hasta petroglifos con astronautas antiguos. Castro no solo dominaba la paleontología y la informática, sino que decodificó el I Ching y obtuvo las claves del ADN, dejando a la Universidad de Medicina de Paraguay en un estado de perplejidad técnica absoluta. Era un hombre que explicaba la existencia de Dios con la misma vehemencia con la que defendía que el pavimento de Zonda era, en realidad, un fondo marino de hace 550 millones de años.
Dormir en una cueva con perros y gatos y asegurar que uno inventó un método que usa el Galileo Solar System de la NASA es el nivel de confianza que todos necesitamos para enfrentar el 2026. Castro se fue «puliéndose», como él decía, convencido de que la ley de polaridad le devolvería multiplicado todo lo que donó a los sanjuaninos. Si el karma existe, Domingo debe estar ahora mismo dándole cátedra a Leibniz sobre por qué se tardó tanto en descubrir los binarios. Nos queda su legado: un túnel de 108 metros lleno de misterios y la certeza de que, si un pie se queda en el pasado para caminar al futuro, San Juan acaba de dar un paso hacia una leyenda .