2016: ¿El año feliz de los memes o el inicio de nuestra crisis?

Redacción Cuyo News
8 min
Cortito y conciso:

Mientras las redes se inundan de nostalgia por un supuesto «dorado» 2016, este artículo desenmascara esa visión idealizada. Lejos de ser un año feliz, se argumenta que fue un punto de inflexión crítico: desde la muerte de íconos culturales y una ola de atentados, hasta el auge del populismo, la desinformación y la polarización política. Un repaso crudo que nos invita a cuestionar la memoria selectiva y a entender cómo aquel año sentó las bases de muchos de los desafíos actuales, desafiando la romantización de un pasado que, en realidad, fue el preámbulo de lo peor.

Hemos compartido nuestras fotos de jóvenes, de juerga y de viajes, con el pelo de otro color, con esas sonrisas sin una sola arruga. El mundo entero ha vuelto a mostrar en redes sus fotos de 2016, en esa mezcla tan particular de ritual identitario y autorreferencial en que se convierten los memes nostálgicos. Cada vez se dan más a menudo: extrañamos ese pasado, aquel tiempo antes de todo lo que vivimos ahora. Pero lo cierto es que hemos llegado a leer que 2016 fue espontáneo, libre y feliz, una especie de filtro cálido de Instagram que nos prometía un edén, el mejor año de la historia.

No vamos a ponernos a discutir con un meme, ni a gritarle a las nubes como el viejo cascarrabias del barrio. Pero la verdad es que la memoria nos juega una mala pasada, porque fue al revés: 2016 fue, ni más ni menos, el año en que empezó el derrumbe. El primero en que la ficha cayó y supimos que todo se iría a la mierda.

Aquel año arrancó con un mazazo: la muerte de David Bowie. Y de golpe, la sensación de que 2016 era detestable se hizo palpable (después vendrían Prince, Umberto Eco y Leonard Cohen). Así funciona la psique humana, necesita esos mojones temporales para interpretar la vida, aunque solo sea una vuelta al Sol. Pero no fue solo la cultura la que lloró. La OMS declaró la emergencia por el zika, y Europa y el mundo se sacudieron con los atentados de Niza, Berlín, Bruselas y Estambul, dejando casi 200 muertos. La política también mostraba sus garras más afiladas: asesinaron a Jo Cox, ganó el Brexit, un tal Trump llegó a la Casa Blanca y Putin, desde Siria, sentía que tenía el control.

El sexismo y la homofobia tocaron un techo vergonzoso con la brutal violación grupal de La Manada, las presidenciales estadounidenses (con sus ecos machistas) y el atentado de Orlando. La terrible crisis de los refugiados, en tanto, desnudó las grietas en los supuestos consensos europeos sobre los derechos humanos. Basta con un mínimo esfuerzo de memoria para trazar la línea, clara y cruel, que une 2016 con buena parte de lo peor que nos golpea en 2026.

No es una opinión antojadiza de ahora, en retrospectiva. Ya en su momento, el cómico analista John Oliver clausuró aquella temporada con un coro de docenas de personas gritándole “fuck you” a 2016, una cantidad que el propio Oliver haría estallar en mil pedazos. Vivíamos de un sobresalto a otro, sin entender nada. Las palabras del año lo reflejaban: el diccionario de Oxford eligió “posverdad”, Fundéu “populismo” y el Merriam-Webster “surrealista”. Una tríada que pintaba de cuerpo entero nuestra perplejidad.

Y ojo, no lo decimos nosotros. Una mayoría abrumadora (sobre todo en Europa) consideraba 2016 un mal año para el mundo, según un trabajo de YouGov con 23.000 encuestados. Dos tercios de los entrevistados por Ipsos creían que el mundo iba en la dirección equivocada. Otra encuesta de Ipsos ya advertía que la percepción de que el sistema estaba roto era generalizada (con España liderando la desconfianza hacia los expertos).

La semilla de la polarización: 2016 y la era de la desconfianza

Aquel año no fue solo negativo; fue el que instaló un nuevo marco mental global. Nos enseñó, con brutalidad, que si salíamos de algo malo, lo más probable era que fuera para caer en algo peor. En su momento, 2016 fue el año más caluroso desde que se tienen registros, y hoy, para vergüenza nuestra, los tres podios de años más cálidos de la historia están ocupados por los últimos tres.

Se disparó la desconfianza, la animosidad partidista, la polarización afectiva: el caldo de cultivo perfecto para lo que luego explotaría con la conmoción de la pandemia. La política se transformó en una guerra memética, donde la normalización de la provocación, la humillación y la desinformación se convirtieron en táctica masiva. Quienes hoy añoran 2016, lo venden como el último año sin la tiranía de los algoritmos. Pero la verdad es que en aquel entonces, muchos se reían de los que ya publicábamos –con datos contundentes– que actores como Rusia y la extrema derecha estaban desestabilizando nuestras democracias desde la maquinaria de Facebook. ¿Y ahora? Festejamos ese año en Instagram, otra plataforma de Mark Zuckerberg, que se fue de rositas de todo aquello.

Cuidado con el espejo retrovisor: la trampa de la nostalgia reaccionaria

El meme nostálgico de 2016, de repente, sufrió un giro insospechado y se politizó: ¿cuánto pagabas de alquiler entonces? "Yo ahora pago el triple que en 2016", es la queja recurrente. Pero eso, señores, no convierte a 2016 en un buen año, sino a los políticos que elegimos desde entonces en pésimos gestores. Como bien explica la filósofa Clara Ramas en su magnífico libro El tiempo perdido, los discursos nostálgicos aprovechan nuestras crisis para inocular la idea de que hay que volver a una “Edad Dorada”. Una edad que, por lo general, nunca existió o que solo fue dorada para aquellos reaccionarios que “están en guerra con el presente”.

"Viven mirando por el retrovisor: odian su propio tiempo. Su pasión es negra. Detectamos en ellos un rasgo esencial: la melancolía. La melancolía no es entrañable. La melancolía es negrura." Ojito con la nostalgia, que puede ser desmemoria, un caballo que no debemos dejar que cabalguen esos jinetes oscuros. Necesitamos optimismo, queremos memes que nos diviertan de verdad y deseamos, de corazón, que 2026 sea fabuloso: que no se parezca en nada a 2016. Las arrugas, por lo menos, nos las quedamos.

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