Aburrimiento, un aliado oculto: así te empuja a reinventarte

Redacción Cuyo News
8 min
Cortito y conciso:

El aburrimiento, lejos de ser un mero síntoma de improductividad, emerge como un motor evolutivo crucial para la creatividad y el cambio, según prominentes filósofos y una batería de investigadores. Sin embargo, la omnipresencia de los celulares y el entretenimiento masivo nos estarían robando esta valiosa oportunidad de introspección y transformación, atrapándonos en un círculo vicioso de distracción superficial que, paradójicamente, agrava nuestro hastío. ¿Hemos cambiado la chispa de la imaginación por la descarga eléctrica de la pantalla?

El aburrimiento. Esa peste moderna, ese síntoma de «no tener nada que hacer», de vidas «vacías». Pero, ¿y si le estamos errando fiero al diagnóstico? Para algunos pensadores de fuste, el hastío no solo no es un enemigo, sino que es la antesala de la genialidad, la «cima de la relajación mental», como la definía Byung-Chul Han, flamante premio Princesa de Asturias de Humanidades.

Ya en 1930, Bertrand Russell, con la sabiduría que solo da el tiempo y la distancia, advertía en su monumental La conquista de la felicidad: «Una generación que no puede soportar el aburrimiento será una generación de gente pequeña». Casi un siglo después, la hipótesis de que el tedio es el mejor abono para la imaginación fructífera, una pausa quizás molesta pero esencial, resuena más fuerte que nunca.

La paradoja del hastío: ¿un motor de cambio?

La ciencia, esa misma que a veces parece empeñada en desmitificarlo todo, ahora le encuentra la vuelta a este «sin sentido». Cuatro investigadores dedicados a desentrañar el aburrimiento coinciden: cumple una función básica, la de empujar al cambio. Demostrar su sentido evolutivo es un desafío, claro, pero los indicios son contundentes. Andreas Elpidorou, autor de The Anatomy of Boredom, no se anda con chiquitas y plantea la pregunta clave: «Podemos ver qué produce y especular si en el pasado remoto habría una buena razón para que exista en el sentido de hacernos más aptos».

Corinna Martarelli, profesora en Suiza, cita un estudio de la Universidad de Princeton publicado en 2016 que refuerza la idea del aburrimiento como una «señal adaptativa». Hablamos de ese impulso humano atávico por «explorar» cuando la «información valiosa» escasea, válido tanto en la selva prehistórica como en el sillón de casa. Y si aún le quedan dudas, James Danckert, coordinador de un laboratorio sobre psicología del aburrimiento en la Universidad de Waterloo, apunta un detalle que hasta su perro le podría confirmar: los animales también se aburren. Y cuando no hay estímulos, también «matan moscas con el rabo», o sea, buscan algo, cualquier cosa.

Pero acá viene lo polémico, lo que nos interpela de verdad. Un estudio de referencia en este campo reveló que, tras apenas 15 minutos sin estímulos, un ¡67% de hombres y un 25% de mujeres! prefirió administrarse una descarga eléctrica antes que seguir sin hacer absolutamente nada. Un cuarto de hora a solas con sus propios pensamientos fue suficiente para gritar «¡Basta!». ¿Somos así de poco tolerantes a nuestra propia compañía?

Danckert no duda en comparar esto con experimentos donde visones y ratones, tras un tiempo en «ambientes poco enriquecedores», llegaron a la desesperación de olfatear a depredadores o exponer sus hocicos a corrientes de aire que detestan. Parece que los humanos, en nuestra sofisticación, no somos tan distintos: también nos inclinamos por el flagelo ante la pura inactividad.

El celular, ¿el gran asesino de la chispa?

Aquí la cosa se pone picante. Martarelli insiste en que esa exploración azuzada por el aburrimiento debe apuntar a la «búsqueda de sentido o significado». No es tirarse a la cama a filosofar si una serie no nos engancha, sino evitar aniquilar el tedio con tareas insustanciales. Como el bendito celular.

El smartphone, ese pasatiempo sin fondo, es la navaja suiza de la evasión. ¿Podría ser que esté boicoteando la función esencial del aburrimiento como motor de transformación? Josefa Ros, fundadora de la Sociedad Internacional de Estudios del Aburrimiento, es contundente: los hábitos digitales actuales «dificultan que podamos aprovechar la oportunidad que ofrece el aburrimiento para imaginar el cambio».

Para Ros, el cambio es siempre doloroso, ya que «aumenta los niveles de excitación cortical», por eso tendemos a «acallarlo buscando salidas rápidas». Y el celular, ¡ah, el celular!, ofrece un catálogo infinito de escapatorias: desde un ensayo profundo hasta miles de videos de gente tirando botellas. ¿Realmente elegimos, o simplemente nos dejamos llevar por la marea?

Danckert pone el dedo en la llaga: la clave, al coger el teléfono, pasa por «gestionar nuestro aburrimiento con una intención, eligiendo en lugar de que nos elijan». Pero la verdad es que, en la era del «todo listo», la «tolerancia al dolor» que el tedio implica nos revela una verdad incómoda, según Ros: «la mayoría de posibles escenarios nos llegan como opciones predeterminadas a través de la industria de entretenimiento masivo».

Y aquí la paradoja se vuelve cruel: el escroleo sempiterno en redes sociales, ese frenesí por nuevos estímulos, no solo no nos salva del aburrimiento, sino que, según un estudio publicado el pasado año, lo incrementa. Un círculo vicioso de manual: nos aburrimos, vamos a TikTok o Instagram, nos aburrimos más, más escroleo sin rumbo… Andreas Elpidorou, con ese toque de cinismo tan necesario en estos tiempos, lo sentencia: «Cuando me pongo cínico, tiendo a pensar que [los gigantes tecnológicos] nos quieren tener ligeramente aburridos, pero no demasiado, no profundamente porque si no cesaríamos totalmente la actividad, pero lo suficiente para que continuamente estemos poniendo la atención en algo nuevo». Una jaula de oro digital.

Para Elpidorou, esta suerte de «uso semirrobótico» de internet nos impide saborear el dolce fare niente, el placer de no hacer nada que, paradójicamente, puede alumbrar un aburrimiento menos ansioso, más fértil. «Se da un contraste tremendo [inédito en otras épocas] entre el bombardeo continuo de mecanismos para atrapar nuestra atención y un, digamos, desierto de implicación. Hace que no nos sintamos bien y que al mismo tiempo queramos continuar haciendo lo mismo». Un combo explosivo para la psiquis.

Este patrón, que nos condena a la rueda del hámster digital, no es muy distinto a otras conductas potencialmente nocivas cuando las usamos como vía de escape: comer en exceso, comprar sin sentido, o consumir sustancias. Todas ellas, al igual que el teléfono, nos alejan de esa introspección fundamental que permite, en los momentos más anodinos, visualizar una existencia más plena.

Al final de cuentas, el aburrimiento no da respuestas, solo preguntas. «Es una señal neutra que nos indica que algo no nos involucra o no tiene sentido; el decidir qué hacer con ello es cosa nuestra», zanja Corinna Martarelli. La pelota, al parecer, siempre estuvo de nuestro lado. ¿Qué vamos a hacer con ella?

Compartir
🔺 Tendencia