Victoriano Izquierdo, un ingeniero de 35 años, transformó su propia experiencia con un nombre poco común en la creación de Nominao, una aplicación web impulsada por inteligencia artificial. Este ambicioso proyecto, gestado ante el desafío de elegir el nombre de su primer hijo, no solo cataloga 20.000 nombres españoles con filtros insólitos –desde la popularidad y el origen hasta si «suena pijo» o rima con insultos–, sino que también revela curiosidades sobre la «extinción» de nombres históricos y la irrupción de nuevas modas. Izquierdo busca una elección informada para su hijo, sin darse cuenta de que su búsqueda de la singularidad podría abrir un debate más profundo sobre la identidad en la era de los datos.
Para Victoriano Izquierdo, un ingeniero de 35 años, el peso de su propio nombre ha sido, cuanto menos, una aventura. «Yo he tenido un nombre raro y creo que me ha condicionado mucho la vida», sentencia. Y aunque admite que no es tan extraño –hay unos 11.000 Victorianos en España, incluyendo a un dictador mexicano en los anales de la historia–, la estadística no miente: desde 2020, solo 16 recién nacidos compartieron su peculiar identidad. Un detalle que, quizás sin quererlo, lo impulsó a una cruzada digital que hoy promete revolucionar la manera en que los futuros padres eligen el nombre de sus hijos.
Porque esa particularidad en su DNI fue el germen de una aventura aún mayor: la elección del nombre para su primer vástago, que llegará en febrero. Lo que para muchos es una decisión emotiva, envuelta en intuición y susurros al oído de la futura mamá, para Izquierdo se convirtió en un desafío de ingeniería. La simple lista en un papel no bastaba; había que crear una solución, y la solución tiene forma de app. Se llama Nominao, y ya está disponible en formato web.
Izquierdo tenía claro el rumbo: su hijo, como él, llevaría un nombre que se apartara del montón. El problema, o el desafío, era convencer a Marta, su pareja, quien no compartía ese entusiasmo por lo atípico. La estrategia del ingeniero fue digna de un ajedrecista de datos, o de un estratega electoral: «El nombre lo vas a elegir tú», le dijo, en un gesto de aparente rendición, pero añadió la estocada maestra, el «Caballo de Troya» de la lógica: «Yo te voy a intentar influir con datos». Lo que no le aclaró a Marta es que no sería «algún dato», sino, aparentemente, ¡todos los datos disponibles!
La obsesión por los datos: ¿elegir nombre o resolver una ecuación?
El hombre se lanzó de cabeza al Instituto Nacional de Estadística (INE) y descargó la friolera de 20.000 nombres que, como mínimo, identifican a cinco de los 48 millones de españoles. Y ahí, la cosa se puso verdaderamente interesante. Además de filtros obvios como género, origen y número de sílabas, Izquierdo añadió categorías que rozan lo detectivesco o, mejor dicho, lo sociológico-computacional: popularidad reciente (analizando nacimientos desde 2020), si «sonaba pijo» (filtrado, atención, por una inteligencia artificial, una curiosa intromisión tecnológica en la estratificación social), si rimaba con insultos, si tenía connotación religiosa, o si estaba sobrerrepresentado en alguna provincia. «A mí me gusta Lorenzo, pero en Huesca está lleno», ejemplifica, revelando un nivel de detalle que roza lo obsesivo y que, sin duda, genera un buen debate en cualquier sobremesa. ¿Realmente la IA puede discernir lo «pijo» de un nombre? ¿O estamos delegando a algoritmos prejuicios tan humanos como los nuestros?
Nominao, más allá de la elección personal, es un fascinante termómetro social. Permite observar cientos de curiosidades que podrían ser la próxima discusión en el grupo de WhatsApp familiar. ¿Sabía usted que Maricarmen es el nombre más común de España, con 636.000 portadoras, pero que apenas han nacido 446 Maricarmen desde 2020? Lo siguen Antonio, María y Manuel, los pilares de la identidad española. En el otro extremo, Olivia, Leo, Emma o Valeria son los nombres que más crecen desde 2020 (los Leo, por ejemplo, tienen apenas 5,8 años de media, ¿será que el efecto Messi llega hasta la elección nominal?).
Nombres que resisten, nombres que se despiden: El censo de la identidad
Pero la aplicación también revela un cementerio de nombres a punto de extinguirse, a la espera de un bebé «salvador» que los rescate en 2026. Las 280 Ciriacas que quedan en España tienen una edad media de 79,5 años. Hay incluso menos Orencias y Fructuosas, joyas del santoral popular que el tiempo se encarga de borrar. La paradoja es que los nombres con mayor edad media son mayoritariamente de mujeres, ¿será porque, para variar, ellas viven más? Los Floreal, Abundio, Eutiquio o Crescente (¡solo 73 de estos últimos!) que aún caminan entre nosotros tienen, en promedio, 75 años. Una fotografía demográfica en clave onomástica que dispara preguntas sobre la herencia y la ruptura cultural.
Izquierdo, en su particular búsqueda, quería bucear en ese pozo de nombres típicamente españoles pero escasamente usados. Sus criterios eran precisos: «Un nombre masculino muy español, que sea menor o igual a 0,5% de los nacidos desde 2020, muy fácil o fácil de pronunciar para españoles y extranjeros. Que tenga diminutivo me da un poco igual, aunque prefiero que no y sin connotación religiosa», detalla. ¿Los resultados de este algoritmo nominal? Lope, Rodrigo, Alonso, Teo, Lino. Favoritos del ingeniero para su futuro hijo.
Su cálculo principal es que su hijo sea el único niño que conozca con ese nombre, para que, paradójicamente, tenga las cosas «más fáciles». «En cada momento determinado de tu vida te rodean unas 150 personas. Solemos ser más amigos de gente de nuestro género. Pon que son 100. Entonces, un 0,5% significa que lo más probable es que no haya ni siquiera uno a su alrededor», explica, ni en clase, ni en su equipo, universidad o trabajo. Una visión utilitarista de la identidad que invita a la reflexión: ¿buscamos la originalidad por la originalidad misma, o por una suerte de «ventaja competitiva» en el colectivo?
La inteligencia artificial (IA) ha sido básica para el proceso. Izquierdo es cofundador de Graphext, una empresa centrada en datos y con mucha IA detrás, lo que le dio la ventaja de un «hágalo usted mismo» con esteroides. «He creado esto por dos razones», confiesa el ingeniero. «Una, porque no existía, lo quería y es una decisión de peso como para dedicarle tiempo. Y dos, porque con la IA me veía capaz de hacerlo en un par de fines de semana». La IA le ha permitido extraer los datos, programar y también averiguar el origen de cada nombre o comprobar si tenía diminutivo. «Antes esto hubiera sido muy caro de hacer», remata, validando el poder de la tecnología para democratizar, o al menos simplificar, ciertas obsesiones.
¿Un nombre para destacar o una condena a la originalidad?
Todo este interés por los nombres no es casual, sino una secuela directa de su propia vivencia. Izquierdo solo ha conocido a otro Victoriano en su vida, y era su tío. De pequeño, relata el ingeniero, si uno se llamaba con un nombre «normal», en clase lo conocían por el apellido. Aunque tener el nombre peculiar tampoco era maravilloso: «Te hacía sentir raro y cuando eres niño te quieres sentir parte del grupo». Conforme ha ido creciendo, la perspectiva cambió, y vio las ventajas: «La gente enseguida sabe quién soy, se acuerda de mí, se fija más porque deben memorizar». Una dualidad que marca el debate: ¿es mejor pasar desapercibido o ser memorable a toda costa?
¿No le parece que tantas opciones, tantos filtros y algoritmos, en el fondo complican aún más la elección, en lugar de simplificarla? Izquierdo lo niega. Para él, la preocupación reside en el proceso inicial de pensar, en esa primera búsqueda que a menudo termina en un callejón sin salida de nombres populares. «¿Qué pasa si hay un nombre ideal que no lo uso porque no lo tengo en la cabeza? La inspiración viene de buscar en Google y acaba saliendo algo popular». Nominao, sostiene, permite buscar lo que los padres realmente quieren: «Una elección informada». La pregunta, claro, es si una elección «informada» por algoritmos es intrínsecamente mejor que una guiada por el instinto, la tradición o la pura sonoridad.
En sus búsquedas, Izquierdo ha desenterrado perlas sociológicas. David, por ejemplo, dio un salto brutal en los 70: pasó de 12.000 a 105.000, quizá por la influencia de Bowie y Carradine y la exaltación pop de la época. También que los nombres cortos, ahora los preferidos («quizá el cambio más brutal es pasar de nombres largos a de dos sílabas», apunta), están a punto de desaparecer, como Fe, Cruz, Mor, Pío. O que las clases altas, siempre con sus peculiaridades, prefieren sobre todo Bosco y Cayetana, aunque Olivia crece fuerte en ese segmento. La lista de hallazgos es larga: nombres recientes que se extinguen, como Bryan Jesús (21 años de media y ningún nuevo registro desde 2020), o la perseverancia inaudita de otros como Daniel, María, Guillermo, Elisa, Jaime. Sin olvidar el curioso fenómeno de que los nombres de presidentes, tipo Mariano o Pedro, tienden a caer. ¿Será un voto de confianza o de hartazgo desde la cuna?
La app, con la venia de la sociología digital, tiene también un componente social. Permitirá compartir la elección con amigos y familiares para que voten. O publicar la lista de nombres preferidos de cada cual. Izquierdo incluso especula con la posibilidad de «ligar»: «Pones qué nombres te gustan y te busca quién tiene un conjunto de nombres parecidos, a lo mejor dice mucho de cada persona», teoriza. Así, la identidad nominal, de una elección íntima, pasa a ser un dato más en el gran entramado social, una variable para la búsqueda de pareja. En el fondo, ¿no es Nominao un reflejo de nuestra era, donde cada decisión, por más personal que sea, termina siendo filtrada, cuantificada y, quizás, expuesta al juicio de la inteligencia artificial y de la comunidad digital?