En un mundo digital saturado de tutoriales de belleza, emerge el «Project Pan», una tendencia que desafía el consumismo desenfrenado. Impulsado por la psicóloga María Bernardo, este movimiento invita a los usuarios a terminar sus productos cosméticos antes de comprar nuevos. La iniciativa busca combatir la rapidez con la que se desecha lo anterior y reubicar el placer del uso, no solo de la adquisición, promoviendo ahorro, sostenibilidad y una reeducación sobre los hábitos de consumo.
Basta con *scrollear* un rato en las redes para que la pantalla se inunde de tutoriales de maquillaje, comparaciones de productos o la lista inagotable de «lo mejor», «lo peor» o «lo más barato» en el universo de la belleza. En este verdadero aluvión de estímulos digitales, donde lo nuevo reemplaza a lo anterior con una velocidad que apenas permite desembalar lo recién adquirido, ha surgido una movida peculiar: el «Project Pan». Una suerte de declaración de principios que invita a llegar, literalmente, al fondo del envase.
La psicóloga María Bernardo, observadora aguda de los fenómenos sociales, lo define sin eufemismos: esta tendencia, que resurge con fuerza cada inicio de año, “intenta combatir el excesivo consumismo”, y no solo en la cantidad, sino en “la rapidez con la que cambiamos de una cosa a otra”. Un punto no menor, si pensamos en la montaña de productos que se acumulan en nuestros hogares.
El espejo digital y la trampa del deseo
El problema, dice la terapeuta, es que el placer, esa elusiva emoción, parece haberse mudado. Ya no reside en el acto de usar, disfrutar o integrar un objeto a la vida cotidiana, sino que se ha desplazado hacia el fugaz proceso de conseguirlo, mostrarlo y, casi sin respirar, pasar al siguiente. “No disfrutamos de tenerlo, lo importante es haberlo conseguido”, sentencia Bernardo, desnudando una de las mayores paradojas de la sociedad de consumo.
El Project Pan, cuyo nombre hace referencia al «pan» o fondo de un producto, ha rondado por la web desde hace algunos años, pero su pertinencia no caduca. Por el contrario, cada enero gana más adeptos. Los primeros meses del año son el disparador para iniciar el *trend* y mantenerlo durante los doce meses siguientes. En las plataformas, usuarios de diversos rincones del planeta comparten sus avances, mostrando con orgullo fotos del «antes» y «después», acompañadas de reflexiones sobre el ahorro, la sostenibilidad y, lo que es aún más importante, la reconstrucción de hábitos de consumo más conscientes.
Para algunas creadoras de contenido, este desafío se ha convertido en una forma de resistir la presión constante que ejerce la industria cosmética con sus incesantes novedades y lanzamientos. Sarahi de los Santos, una *influencer* mexicana de 28 años, lo sabe bien. Cuenta que sus compras no eran solo una elección personal, sino casi una exigencia del medio. “Estás obligada a comprar muchas cosas para poder generar contenido”, explica. A eso se suman los envíos de las propias marcas que, según detalla, a menudo contienen tonos que no coinciden con el color de piel o que, simplemente, no son del agrado del receptor. Un verdadero disparate, si uno se pone a pensar.
El resultado de esta vorágine fue una acumulación que, como era de esperar, terminó en un «shock» de realidad. Bases, coloretes, bálsamos labiales y labiales de todo tipo se amontonaban sin control. “Cuando me mudé, me di cuenta de que tenía muchísimas cosas que no iba a usar o que jamás iba a poder terminar”, relata. Recuerda con cierta incredulidad cómo antes viajaba con una maleta entera dedicada exclusivamente al maquillaje y que su gasto mensual podía alcanzar entre 600 y 800 dólares en productos. Hoy, la meta es clara: no comprar nada nuevo hasta terminar lo que ya está abierto.
Cuando el «pan» se vuelve filosofía: una resistencia al consumismo voraz
De acuerdo con la psicóloga Bernardo, la movida no es solo una estrategia de ahorro, sino que funciona como un ejercicio de reaprendizaje. “Entrenamos la paciencia, que nos falta muchísimo, y reprogramamos el cerebro para entender que no podemos tener recompensas constantes”, aclara. Una lección valiosa en tiempos de gratificación instantánea.
Alba Romero, una usuaria española de TikTok que abrazó el *trend*, admite que llevaba años acumulando maquillaje. “Al inicio gastaba poco dinero porque empecé utilizando productos de bajo precio, pero luego pasas el umbral de empezar a trabajar y permitirte cosas más caras. Si me apetecía, me metía en Sephora y gastaba unos 120 euros, incluso 200 de golpe”. Para esta madrileña de 28 años, la influencia de las redes sociales en sus decisiones de compra era innegable.
Para Bernardo, el impacto de las comunidades virtuales es irrefutable. “Es un bombardeo continuo. Nuestra forma de comunicarnos y de entendernos pasa por las redes sociales”. Y en ese universo, la comparación constante es la moneda corriente. “Si no te sumas a la tendencia, la sensación es que te quedas atrás”, argumenta, señalando una presión sutil pero poderosa.
Mariana Zérega, una ornitóloga mexicana de 31 años cuyo contenido en redes gira en torno a la biología, también cayó en la trampa. Al pasar tanto tiempo en TikTok, los videos de maquillaje empezaron a influir en sus hábitos de consumo. “Solo estamos consumiendo y consumiendo, es un poco hipócrita con lo que yo predico”, reflexiona con autocrítica. Al igual que Sarahi de los Santos, una mudanza fue el detonante. “Me di cuenta de que tenía cosas para años”, confiesa.
Antes de embarcarse en el Project Pan, su relación con el consumo también estaba mediada por las redes sociales: ediciones especiales, colecciones inspiradas en franquicias favoritas, lanzamientos diseñados para activar el deseo. En un mes, podía gastar entre 300 y 400 euros en maquillaje, cuidado personal y fragancias. Cifras que, sin una conciencia de uso, se vuelven insostenibles.
¿Autocuidado o consumo camuflado? La fina línea de la autoestima en redes
El impacto de los videos de maquillaje en personas jóvenes, advierte María Bernardo, es “astronómicamente nocivo”. En consulta, observa con frecuencia una peligrosa confusión entre autocuidado y consumo. “Se está intentando construir una autoestima guay desde un punto de partida muy dudoso”, subraya. El problema, señala, es que el mensaje está “muy maquillado, muy camuflado”, lo que dificulta identificar el daño. “Te dicen que te tienes que querer tal y como eres, pero con este iluminador, con este pintalabios”, ironiza, revelando la sutil pero efectiva manipulación detrás de la promesa de la belleza vendida.