El desafío viral de la «dieta de las princesas Disney» en TikTok esconde prácticas extremas que remiten a los antiguos foros pro-Ana y pro-Mía. Con un envoltorio de inocencia y personajes animados, promueve restricciones calóricas peligrosas para adolescentes, generando una alarma entre especialistas y organismos de salud que denuncian cómo los algoritmos de las redes sociales amplifican los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y la presión estética en los más jóvenes.
La era de las redes sociales, esa caja de Pandora que nos prometía una conexión sin límites, también nos ha entregado un lado B oscuro y, para muchos, profundamente peligroso. De repente, el mismo universo de castillos, princesas y príncipes que Disney nos vendió como un sueño, se transforma en un campo de batalla para la autoestima y la salud mental de nuestros adolescentes. Hablamos de la supuesta "dieta de las princesas Disney", un reto viral en TikTok que, bajo una capa de falsa ternura, no es más que la reedición digital de los viejos y nefastos foros pro Ana y pro Mía. Los trastornos alimenticios de siempre, sí, pero ahora con un filtro pastel y una banda sonora infantil, un combo explosivo para las mentes más vulnerables.
Basta con deslizar el dedo o teclear "Dieta princesas" en TikTok para que el algoritmo haga su magia macabra. En cuestión de segundos, la pantalla se inunda de videos con voces susurrantes y tipografías tiernas, que explican con lujo de detalle cómo encarar el "día Blancanieves" —solo manzanas—, el "día Bella" —exclusivamente té— o el "día Pocahontas", basado en la ingesta de alimentos crudos. Pero el menú del horror no termina ahí: el "día Cenicienta" impone ayuno a partir de las 12 del mediodía y la promesa de no superar las 550 calorías, mientras que el "día Rapunzel" nos invita a combinar vinagre en ayunas con agua para "engañar al hambre". Un festín de privaciones disfrazado de cuento de hadas.
El algoritmo, ¿cómplice o espejo?
Ana Erraiz, de 25 años, quien convive con la anorexia desde los 12, pone la cruda verdad sobre la mesa: las redes sociales no hacen más que amplificar esas voces internas que la enfermedad alimenta. "Antes buscaba por mi cuenta ‘métodos, dietas y trucos’ para adelgazar, pero ahora ni siquiera tengo que hacerlo: muchas veces el algoritmo ya te lo pone en bandeja. Es la enfermedad la que te llama", sentencia. Y no es una frase al azar; es la dolorosa constatación de cómo la tecnología, lejos de ser una herramienta neutra, puede convertirse en un arma de doble filo, un catalizador para una patología que se resiste a ser controlada.
Ella denuncia que estos contenidos, especialmente los retos que se escudan en una aparente inocencia como la "dieta de las princesas", son pura leña para un fuego que intenta mantener a raya. "Las redes sociales mal utilizadas son un peligro. Nunca ayudan a la recuperación. Comparas, te enganchas y esa voz mala crece", lamenta. Aunque hoy se encuentre estable, reconoce que debe evitar cualquier exposición que pueda reactivar la angustia: "Sé a lo que me lleva. Ver eso solo me va a hacer daño". Un testimonio que debería resonar con fuerza en los despachos donde se diseñan estos algoritmos.
Raquel Jiménez García, vocal del Comité de Salud Mental de la Asociación Española de Pediatría, coincide en el diagnóstico: los algoritmos no distinguen la intención ni el contexto emocional. "Una búsqueda aparentemente inofensiva como ‘hacer dieta’ puede llevar a contenidos perjudiciales en solo cuestión de minutos", advierte. Y el problema se agudiza cuando estos grupos aprenden a camuflarse, a utilizar códigos y símbolos para esquivar los filtros automáticos de las plataformas. La conclusión es lapidaria: si las empresas no refuerzan sus sistemas de detección, la regulación será la única vía. "La protección de los menores no puede depender únicamente de estas empresas", afirma, poniendo el acento en la responsabilidad de quienes manejan la cancha digital.
Radiografía de una epidemia silenciosa: los TCA en la mira
Los números son escalofriantes. En España, se estima que más de 400.000 personas sufren un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), según la FITA Fundación. Y la psicóloga Jiménez García nos recuerda que la prevalencia de estos trastornos ha experimentado un inquietante aumento del 20% desde 2020, con la proporción entre mujeres pasando del 5% al 10%. Pero lo que realmente pone los pelos de punta es la edad de inicio: se ha desplazado a los 10 y 11 años, una franja etaria donde las niñas, aún sin los recursos emocionales para interpretar los riesgos, son bombardeadas con contenido de skincare o modelaje en cuerpos extremadamente delgados. "Vemos niñas muy pequeñas viendo rutinas de skincare o modelaje en cuerpos extremadamente delgados", subraya Jiménez. Es una carrera contra el tiempo.
El contexto no ayuda: "en torno al 20% de los adolescentes de entre 12 y 18 años pasan más de dos horas al día conectados a TikTok", según un estudio de la Universitat Pompeu Fabra y la Universitat Oberta de Catalunya. Y, paradójicamente, muchos de ellos confiesan que, al desconectarse, la sensación predominante es la de una menor autoestima. Las redes no solo amplifican los mensajes, sino que los proyectan de forma más rápida, intensa y potente a la población más susceptible a un TCA.
Y si creíamos que Disney era un refugio de inocencia, otro estudio analizó 31 películas infantiles y encontró que en más del 84% se representaban estereotipos negativos asociados a personajes con sobrepeso u obesidad: eran, en general, perezosos y poco inteligentes. Un patrón que, según los expertos, no solo busca disciplinar el cuerpo, sino que refuerza el estigma asociado al peso. La presión, parece, viene de todos lados.
La encrucijada regulatoria: ¿quién frena el tren de la delgadez extrema?
Irene de la Vega-Rodríguez, psicóloga clínica de la Unidad de TCA del Hospital Clínico San Carlos, es contundente: "el acceso a contenido pro Ana y pro Mía es hoy más rápido y sofisticado que nunca". En dos o tres pasos, se puede llegar a estos canales en Telegram, TikTok o X; a veces, el propio algoritmo te los sirve en bandeja. Los enlaces para unirse a grupos privados, cifrados y de difícil rastreo, circulan libremente y se comparten entre menores en cuestión de minutos. "Desde el punto de vista clínico, no han disminuido", afirma, dejando en evidencia la ineficacia de los controles actuales.
La clave del "éxito" de estas comunidades dañinas, según De la Vega-Rodríguez, reside en el sentido de pertenencia que ofrecen. "Confidencialidad, un lenguaje propio, retos diarios, validación inmediata y la idea de ser supuestamente perfectas", son los ganchos. Cuando esto se superpone a una baja autoestima, problemas familiares o una profunda soledad, una adolescente vulnerable puede sumergirse en conductas de riesgo en un abrir y cerrar de ojos.
La magnitud del problema es tal que incluso el Consejo General de Enfermería (CGE) lanzó una advertencia formal este verano: la "dieta de las princesas Disney" es "una de las prácticas virales más peligrosas". Lejos de ser un juego inofensivo, las dietas propuestas rara vez superan las 600 kilocalorías diarias, muy por debajo de las 2.050 recomendadas para adolescentes. Las consecuencias médicas, detallan, son graves: cetosis, arritmias, alteraciones hormonales, distorsión de la imagen corporal y la aparición acelerada de TCA. La viralidad, alertan, se apoya en el diseño emocional de estos personajes, que representan un ideal seductor para niñas y adolescentes. "Las redes sociales están llenas de desinformación, pero cuando hablamos de nutrición, la difusión de bulos es aún más rápida", advierte la institución. "La salud no es un juego".
La evolución de estos espacios explica por qué este reto ha calado tan hondo. Los blogs donde se hablaba de Ana y Mía como amigas íntimas se fueron camuflando ante las restricciones de las plataformas. Ahora utilizan etiquetas neutras, referencias a la cultura pop o códigos que burlan la moderación. Lo que antes era un manifiesto explícito de delgadez extrema, hoy se esconde bajo videos aparentemente inofensivos: un filtro rosa, una melodía infantil y una princesa Disney convertida en la coartada perfecta para una drástica reducción de alimentos.
Sara Bujalance, psicóloga y directora de la Asociación contra la anorexia y la bulimia, lo deja claro: las plataformas aplican algunos filtros, sí, pero los canales privados son un dolor de cabeza, prácticamente imposibles de controlar. Instagram bloquea hashtags explícitos, pero Telegram y WhatsApp no. Y aunque en Cataluña existe un marco legal que permite sancionar con multas de hasta 100.000 euros a las empresas que promuevan la apología de los TCA, el alcance infinito de internet convierte esos esfuerzos en un brindis al sol. Bujalance advierte que el mayor problema actual ya no es solo la apología directa, sino esa presión estética constante: cuerpos "ideales", dietas restrictivas, rutinas obsesivas y mensajes que se presentan como autocuidados, pero que, en realidad, erosionan la autoestima. "Incluso sin apología explícita, ya están alterando la percepción del cuerpo en niñas muy pequeñas", concluye. La batalla, parece, es mucho más profunda de lo que la pantalla nos deja ver.