Juan Cirac: De considerar ‘imposible’ lo cuántico a liderar su avance

Redacción Cuyo News
10 min
Cortito y conciso:

Juan Ignacio Cirac, figura cumbre de la física cuántica, recuerda cómo en 1997 evitó un artículo que calificaba los ordenadores cuánticos de «imposibles». Hoy, casi 30 años y miles de millones invertidos después, este científico que figura en las quinielas del Nobel se cuestiona el vertiginoso avance de la tecnología, la «burbuja» de las expectativas y los desafíos de Europa en esta carrera. Cirac vaticina un hito científico clave en los próximos dos años.

En 1997, el entonces joven investigador Juan Ignacio Cirac se desmarcó de un artículo científico. ¿El motivo? Aseguraba, sin matices, que construir un ordenador cuántico era «imposible». Casi treinta años, miles de millones de euros y una avalancha de hype después, el mismo Cirac, hoy una figura de peso mundial en la física cuántica, nos invita a una profunda reflexión: «Como científicos, no podemos decir que algo es imposible». La frase, que suena a lección aprendida con la piel, marca el pulso de una entrevista que se mete de lleno en la «ebullición» de un campo que genera tanto entusiasmo como interrogantes.

Nacido en Manresa hace seis décadas, Cirac no es un improvisado. Desde 2001, dirige la División Teórica del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica en Alemania, un currículum que habla por sí solo. Con más de 146.000 citas en sus trabajos y decenas de premios en su haber —entre ellos el Príncipe de Asturias de Investigación en 2006 y el Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en 2009—, su nombre resuena habitualmente en las quinielas del Nobel de Física. Fue, junto a su colega Peter Zoller, artífice de las primeras propuestas teóricas que sentaron las bases para los ordenadores cuánticos. Mientras gigantes como Google e IBM dan forma a esas ideas, Cirac sigue a la vanguardia, explorando las redes de tensores, una herramienta matemática que promete ser clave para la escalabilidad de estas máquinas.

Su reciente paso por Madrid no fue casual: la Bienal Ciencia y Ciudad del Círculo de Bellas Artes y la Medalla de Excelencia Científica del CSIC fueron los pretextos. «Abrumado» y consciente del «privilegio» de un reconocimiento que viene de sus pares, el científico se sentó a desmenuzar un universo que desafía la lógica clásica.

Cuando uno le pregunta si imaginó esta «ebullición cuántica» en los noventa, cuando todo era casi ciencia ficción, su respuesta es rotunda: «No». Y explica que su labor, la investigación básica, busca descubrir, no predecir el impacto comercial. «Yo pensaba que sí, que se podían crear ordenadores cuánticos, pero nunca imaginé su impacto», confiesa, dejando entrever la magnitud de un fenómeno que superó sus propias expectativas.

Los saltos cuánticos: del laboratorio al mercado

Pero, ¿qué cambió para que lo «imposible» se volviera una realidad palpable? La complejidad técnica era un escollo gigantesco. «El primer paso era ver que era posible, que no lo sabíamos, y resultó que sí», aclara. La bisagra llegó alrededor de 2015, cuando la industria y los gobiernos vieron en lo cuántico una «prioridad». «Ahí cambian las cosas», sentencia Cirac. El segundo gran quiebre, según él, fue en «el año 2019, cuando Google demuestra que un ordenador cuántico ya puede hacer algo que los ordenadores normales no pueden hacer». Un hito que captó miradas no solo empresariales, sino también gubernamentales a nivel global.

Con la carrera lanzada, ¿cómo se posiciona Europa? «Científicamente estamos al nivel de cualquier otro país, como Estados Unidos o China, incluso en algunas cosas por delante», afirma con orgullo, recordando que muchos principios cuánticos nacieron en el Viejo Continente. Pero la autocrítica no tarda en aparecer: «Ahora, en cuanto a construirlos y llevarlos al mercado, estamos bastante por detrás». Un problema «bien reconocido», que choca con la falta de «fuerza industrial» de Estados Unidos o el «potencial económico público de China». ¿La solución? «Hay que pensar qué podemos hacer para estar en primera fila». La conciencia de que estas tecnologías «van a marcar el futuro» es un buen punto de partida para no «perder el tren».

¿Y cómo se sube Europa a ese tren? «Lo tenemos muy difícil para ser los primeros en la carrera por el ordenador cuántico», admite con realismo. Sin embargo, ve una «oportunidad» dorada en el «desarrollo del ecosistema de las tecnologías cuánticas»: fomentar industrias, startups, emprendedores, el talento universitario. «Como en los ordenadores clásicos, el beneficio no solo está en los que los construyen, sino en los que desarrollan los componentes, el software o el talento», explica. Hay tiempo, «las tecnologías cuánticas no van a llegar mañana».

La «burbuja» cuántica y el futuro incierto

¿Cuándo llegarán? La pregunta del millón. «Esto es un camino», responde, prediciendo ordenadores cuánticos potentes «en diez años o más». Un recorrido donde irán apareciendo otras tecnologías cuánticas de las que, asegura, «nos iremos beneficiando». Pero la charla inevitablemente deriva hacia un tema sensible: la «burbuja» de la computación cuántica. «Hay una gran burbuja», sentencia sin titubeos. ¿La razón? Desde afuera, «parece un ordenador tan sofisticado, tan misterioso, que va a resolver todos los problemas de la humanidad, y no es así». El científico aterriza las expectativas: «Sabemos que los ordenadores cuánticos sirven para resolver ciertos problemas de manera mucho más rápida que los clásicos, y tal vez con menos energía, pero no van a resolver todos los problemas». La clave, dice, es su potencial «disruptivo». «Si tuviéramos que invertir ahora en construir ordenadores cuánticos con las aplicaciones que conocemos hoy en día, probablemente no merecería la pena», confiesa, apostando más bien por «grandes esperanzas en lo que vendrá después».

¿Cuál es el próximo gran hito que espera ver en computación cuántica? Llegará cuando, por primera vez, resuelvan un «problema científico interesante, no un problema académico». Un problema real, inabordable para máquinas clásicas. Cirac augura que esto «va a ocurrir próximamente», «en un año o dos», probablemente en «física de materiales», como la conducción de electricidad a bajas temperaturas. Un logro que «mostrará el potencial» real de estas máquinas.

Los obstáculos, por supuesto, son monumentales. «Los ordenadores cuánticos tienen que trabajar en condiciones extremas, muy muy extremas», en el «mundo microscópico», y lograrlo a gran escala es cada vez más complejo.

¿Y la irrupción de la Inteligencia Artificial? ¿Llegaremos a ver una IA cuántica poderosa? «Tenemos mucha esperanza, pero poca evidencia», dice Cirac. Si bien cree que los cuánticos ayudarán a desarrollar mejores IA, repite la misma premisa: «es muy difícil hacer predicciones sobre qué puede hacer un ordenador cuántico sin el ordenador cuántico». Una vez más, la apuesta está en lo desconocido: «Cuando los tengamos encontraremos aplicaciones que hoy en día no podemos siquiera saber que existen. Y yo creo que uno de los candidatos con más posibilidades es la inteligencia artificial».

Desde su experiencia de varias décadas investigando en Alemania, Cirac subraya la necesidad de mejorar la financiación y los equipos en España. Pero va más allá: «convencer a la sociedad de que la ciencia y la tecnología son la base de la economía del futuro». Algo «muy embebido en otras sociedades y en la española no lo está», una crítica velada a la cultura del país.

Sobre la constante mención al Nobel, Cirac se muestra ajeno a la presión. «Yo no siento ninguna presión», asegura. «Cuando investigas, lo último en lo que estás pensando es que te van a dar un premio. Lo haces porque te gusta, porque lo disfrutas, porque quieres descubrir cosas». Para él, los premios son un «privilegio» que reconoce su trabajo y el de su equipo, pero «no me quitan el sueño».

¿Qué lo sigue fascinando después de casi 30 años? «Una sensación que es difícil de expresar», compara con la de un explorador que descubre algo nuevo. «Podemos trabajar por curiosidad, investigar, leer. Y eso es un privilegio», concluye, revelando la pureza de la vocación científica detrás de la complejidad cuántica y el vértigo de las inversiones.

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