Atrofia existencial: Por qué sentimos que la vida moderna es cada vez más insulsa

Redacción Cuyo News
10 min

En una era marcada por la hiperconectividad y la productividad frenética, la humanidad parece enfrentarse a una paradoja silenciosa: nunca hemos tenido tantas herramientas para «hacer», y sin embargo, pocas veces el «ser» se ha sentido tan vacío. Dos perspectivas filosóficas —una clásica del siglo XIX y otra contemporánea— convergen hoy para explicar este fenómeno: el nihilismo de Friedrich Nietzsche y el concepto de «vida insulsa» por atrofia existencial.

El diagnóstico de Nietzsche: El derrumbe de los viejos mapas

Friedrich Nietzsche no inventó el nihilismo, pero fue quien mejor diagnosticó su llegada. Su célebre proclama, Dios ha muerto, no era un grito de júbilo ateo, sino una advertencia sobre el colapso de los valores tradicionales (religiosos, políticos y metafísicos) que durante siglos dieron orden y sentido a la civilización occidental. Para la vida moderna, las claves del pensamiento nietzscheano sugieren que:

  • El nihilismo es un proceso, no un destino: Existe un nihilismo pasivo, donde el individuo se resigna al vacío y la falta de propósito, y un nihilismo activo, que es la fuerza destructora necesaria para limpiar el terreno y crear nuevos valores.
  • La revalorización de lo terrenal: Frente a la promesa de un más allá o de utopías futuras, Nietzsche propone volver al cuerpo, a los sentidos y a la afirmación de la vida tal cual es, con su dolor y su alegría.
  • El desafío del «Suprahombre» (Übermensch): No se trata de un ser superior biológicamente, sino de alguien que ha alcanzado la madurez espiritual para legislar sus propios valores, superando la moral de «rebaño» que busca la seguridad en la obediencia.

La «Vida Insulsa»: El rostro actual de la atrofia existencial

Si Nietzsche describió la raíz del problema, el análisis contemporáneo de autores como Lisandro Prieto Femenía le pone nombre a sus síntomas actuales: la vida insulsa. Esta condición se define como una existencia confinada a la repetición mecánica de conductas funcionales. Es la vida del sujeto que cumple horarios, consume estímulos fugaces y se adapta perfectamente al sistema económico, pero cuya «atención» y «pasión» están atrofiadas.

Los puntos clave de esta atrofia son:

  • La reducción al utilitarismo: La vida se reduce a la eficacia económica. El sistema no necesita sujetos apasionados o críticos, sino maleables y predictibles.
  • La cultura de la inmediatez: La profundidad es sustituida por el estímulo fugaz (redes sociales, consumo rápido), lo que erosiona la capacidad de planificar a largo plazo o de cultivar proyectos significativos.
  • Indiferencia posmoderna: Como señalaba Gilles Lipovetsky, vivimos en el triunfo de un individualismo narcisista donde ya no hay grandes luchas, sino una apatía generalizada.

La Relación: Nietzsche como cura para la atrofia

La conexión entre ambos pensamientos es directa y alarmante. La vida insulsa es, en términos nietzscheanos, la vida del «Último Hombre»: aquel que ha abandonado toda aspiración de grandeza o creación por la búsqueda del confort y la estabilidad vacía. La atrofia existencial es la consecuencia de no haber transitado del nihilismo pasivo al activo. Cuando los valores tradicionales caen y no son reemplazados por una creación personal de sentido, el vacío es llenado por la inercia del consumo y la funcionalidad técnica.

¿Cuál es la salida? La propuesta para la vida moderna radica en recuperar la pasión como una elección radical. Mientras la atrofia nos empuja a la repetición, el pensamiento de Nietzsche nos invita a la «voluntad de poder», entendida como el coraje de dar forma a la propia existencia. Recuperar la disciplina de la atención y proteger el tiempo frente a la lógica del capital son actos de resistencia filosófica que nos permiten pasar de una vida insulsa a una vida con sentido propio.

En fin, el nihilismo no debe ser un callejón sin salida, sino la puerta hacia la libertad. La lucha contra la atrofia existencial comienza cuando el individuo decide dejar de ser un engranaje funcional para convertirse en el arquitecto de sus propios valores.

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