Deshidratación: los 5 síntomas ocultos que afectan tu salud física y mental

Redacción Cuyo News
7 min

La deshidratación representa un desafío de salud pública que afecta a gran parte de la población mundial. Sus consecuencias exceden la simple sensación de sed o la sequedad bucal, manifestándose a través de síntomas poco comunes que comprometen seriamente la salud física y mental. La correcta ingesta de líquidos es el eje de todos los procesos biológicos, actuando en la termorregulación, la función orgánica y la depuración de toxinas.

La epidemióloga en nutrición Jodi Stookey advierte sobre la relevancia de este hábito: «Nada ocurre en el cuerpo sin que el agua juegue un papel en ello, y por eso ignorarla significa dejar pasar grandes oportunidades para mejorar la salud». Si bien persiste la creencia de consumir ocho vasos diarios, la evidencia científica actual sugiere que alrededor de un litro de agua por día suele ser suficiente para cubrir los requerimientos de la mayoría de los adultos.

Impacto cognitivo y alteraciones del ánimo

El cerebro es extremadamente sensible a las variaciones en el volumen de líquidos corporales. Una reducción leve, de tan solo el 1% o 2%, es capaz de deteriorar la atención, la memoria y el tiempo de reacción. Según Stookey, este estado de carencia hídrica suele traducirse en irritabilidad, estrés y mal humor, especialmente en mujeres. Asimismo, se ha vinculado la hidratación deficiente con una mayor sensibilidad al dolor.

Por su parte, Lawrence Judge, del Marieb College of Health & Human Services de Florida, sostiene que «el cerebro es altamente sensible al equilibrio de líquidos, y una reducción del volumen plasmático puede alterar el flujo sanguíneo cerebral y la actividad de los neurotransmisores», lo que explica la aparición de dolores de cabeza y mareos persistentes debido a la contracción temporal del tejido cerebral.

Disfunción sistémica y riesgos crónicos

La falta de agua afecta directamente al sistema gastrointestinal, forzando al colon a absorber más líquido de los desechos, lo que deriva en estreñimiento y movimientos intestinales dificultosos. En el plano cardiovascular, la disminución del volumen sanguíneo obliga al corazón a trabajar con mayor intensidad, elevando la frecuencia cardíaca y provocando una fatiga prematura incluso ante actividades cotidianas como caminar.

A largo plazo, la deshidratación sostenida se asocia con una menor capacidad inmunológica y un incremento en el riesgo de padecer enfermedades crónicas y mortalidad prematura. Un estudio desarrollado durante 30 años con 12.000 adultos reveló que niveles elevados de sodio en sangre —consecuencia directa de la baja ingesta de agua— se correlacionan con signos de envejecimiento biológico acelerado y una mayor probabilidad de muerte temprana.

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