Juicio histórico en EE.UU.: ¿Son las redes la nueva adicción juvenil?

Redacción Cuyo News
15 min
Cortito y conciso:

Una marea judicial sin precedentes en Estados Unidos pone contra las cuerdas a las gigantes tecnológicas como Meta, TikTok y YouTube. Por primera vez, una jueza sienta en el banquillo a estas empresas para determinar si sus plataformas generan adicción entre los jóvenes, causan graves problemas de salud mental y requieren una regulación similar a la de la industria tabacalera. Familias de víctimas y asociaciones denuncian un diseño deliberado que prioriza el beneficio por encima de la seguridad. El caso de K. G. M., una joven afectada por depresión y dismorfia corporal, marca el inicio de una saga judicial que podría redefinir el futuro de las redes sociales. A pesar de los acuerdos amistosos iniciales con Snap y TikTok, la batalla legal se perfila como un enfrentamiento histórico, con miles de denuncias y documentos internos que revelan el conocimiento de las empresas sobre los efectos adictivos de sus productos.

La justicia de Estados Unidos sacude los cimientos de la era digital. Por primera vez en la historia, una jueza ha sentado en el banquillo de los acusados a las todopoderosas dueñas de las redes sociales. La gran pregunta que flota en el aire es si estas plataformas, omnipresentes en la vida de nuestros jóvenes, generan adicción de forma deliberada, si son tan peligrosas como lo fue la industria tabaquera en su momento y si, por fin, necesitan una regulación exhaustiva que las ponga en vereda.

Familias de jóvenes cautivos por la pantalla y asociaciones juveniles han dicho «basta» y han decidido plantar cara en los tribunales. Es por eso que Meta (propietaria de WhatsApp, Facebook, Instagram y Threads), TikTok, Snap (matriz de Snapchat) y YouTube (del gigante Google) se enfrentan este año a una oleada de juicios. El primero de ellos arrancó en Los Ángeles, pero es apenas el puntapié inicial: se calcula que los casos, tanto a nivel estatal como federal, superan los 2.500. Padres, asociaciones y distritos escolares temen por la salud mental de los más pequeños y han decidido que la carga social, educativa y económica que supone tratar estas adicciones debe ser saldada en las cortes. Nueve juicios más a partir de denuncias individuales se esperan este año, y un décimo donde el distrito escolar de Oakland, junto a San Francisco, es el demandante, apuntando a las redes como un problema público.

Las redes en el banquillo: ¿las nuevas tabacaleras?

El telón se levantó con el testimonio de K. G. M., una californiana de 20 años que, bajo la protección de sus iniciales, se convirtió en el rostro de una generación en riesgo. Su historia es la de una joven como tantas otras: vídeos en YouTube desde los seis años, contenido propio a los ocho, Instagram a los nueve (junto con su primer iPhone), TikTok (entonces Musical.ly) a los diez y Snapchat a los once. Hoy, la factura es pesada: depresión, ansiedad y problemas de dismorfia corporal.

El rostro de la adicción: la historia de K. G. M.

Para sus abogados, el veredicto es claro: los filtros de belleza que distorsionan la realidad, el algoritmo devorador que te atrapa, las reproducciones automáticas que no piden permiso, y tantos otros elementos del diseño, sofisticado y perverso, de estas aplicaciones, han sido la trampa. Un diseño creado para el scrolleo infinito, que lleva al bullying, al acoso sexual y hasta al suicidio, según argumentan, y que ha forjado una adicción devastadora.

“Ojalá nunca lo hubiera descargado”, llegó a decirle K. G. M. a su hermana sobre Instagram, como consta en la demanda. La misma hermana cuenta que, si su madre intentaba quitarle el móvil, K. entraba en un colapso emocional “como si se hubiera muerto alguien”. La madre es lapidaria: “Había un momento en que su adicción era tan grande que no podía quitarle el teléfono de la mano”. Y añadió, con un tono escalofriante: “Creo que las redes, su adicción a las redes, ha cambiado el modo en que funciona su cerebro. No tiene memoria a largo plazo. No sabe vivir sin un teléfono. Es capaz de emprender una batalla solo con que toques su móvil”. La familia exige compensaciones económicas, cuya cifra no trascendió, pero también un perdón público y cambios concretos por parte de los creadores de las aplicaciones.

Por el momento, la semana pasada se alcanzó un “acuerdo amistoso” con Snap, según la portavoz de la empresa. El lunes, horas antes de que comenzara la selección del jurado, se sumó TikTok; las cifras de ambos acuerdos son un secreto bien guardado. Pero esto no detendrá el juicio principal, donde los abogados pretenden seguir un guion similar a los grandes litigios contra las tabacaleras en los años noventa: demostrar que el producto es mucho más adictivo y con daños a largo plazo mayores de lo que se conocía inicialmente.

El Social Media Victims Law Center (el centro legal para víctimas de redes sociales), con sede en Seattle, representa a decenas de estas víctimas. Uno de sus abogados, Matthew Bergman, afirmó la semana pasada ante varios medios que el público finalmente conocerá “cómo las empresas de redes sociales han dado prioridad a sus beneficios por encima de la seguridad de nuestros niños” mediante “decisiones de diseño deliberadas”. Y fue más allá: “No se trata del contenido de terceros. Hablamos de un diseño no pensado para enseñarles a los niños lo que quieren ver, sino lo que no pueden dejar de ver”. Bergman, quien también representa a K. G. M., considera este un “momento de cambio histórico” porque “por primera vez” miles de familias tendrán el derecho de exponer sus casos ante un tribunal.

Si antes el tabaco y los opioides eran la bestia negra de las adicciones, hoy el monstruo se camufla en el celular, al alcance de cualquier niño y desde la más temprana edad. Y esos niños, junto a sus familias, comienzan a ser conscientes de sus devastadores efectos secundarios. De ahí que, por primera vez, en lo que se prevé como una serie de juicios históricos, algunas de las mayores y más poderosas empresas del mundo tengan que sentarse en el banquillo a dar explicaciones. Pueden zafar de la condena, pero el escrutinio público ya las puso en la picota.

Esto que comienza es apenas la punta del iceberg: hay más de 1.600 denunciantes solo en California, y más de 200 a nivel federal. Se prevé que las vistas duren años. Y el solo hecho de sentar a TikTok o Instagram en cada corte ya sería un mensaje imponente. Para el juicio de K. G. M. se espera la presencia de Mark Zuckerberg, creador de Facebook hace 22 años y hoy responsable de Meta, su matriz.

La doble moral de las tecnológicas: beneficios vs. salud mental

Las grandes tecnológicas guardan silencio o esperan. Se aferran, como náufragos a una tabla, a la Primera Enmienda de la Constitución, que trata sobre la libertad de prensa. En concreto, se escudan, como vienen haciendo hace años, en la llamada Sección 230 de la Ley de Decencia de las Comunicaciones. Por ella afirman que están exentas de responsabilidad con respecto a lo que publican sus usuarios. Pero en este caso, los abogados no hablan del contenido, sino de cómo el continente es el que moldea el contenido y, por tanto, afecta al usuario.

Algunas, sin embargo, se atrevieron a hablar. “Esas alegaciones no son ciertas”, replicó YouTube, en un intento de lavar su imagen. “Darles a los jóvenes una experiencia segura y sana siempre ha sido el núcleo de nuestro trabajo”, sostuvieron, mientras agitaban la bandera de los controles parentales y los filtros.

Meta, por su parte, desplegó una defensa en su web corporativa, un texto extenso que bautizó como Más allá de los titulares: el historial de Meta sobre la protección de los adolescentes y el apoyo a los padres. La empresa está en el ojo del huracán: el Senado de EE. UU. les llegó a decir que tenían “sangre en sus manos” y de hacer “un producto que mata gente” hace menos de un año. Ahora, en ese texto, desestiman las quejas, acusan a los abogados de “simplificar de más un asunto serio” y aseguran que “las demandas no reflejan la realidad”. Una declaración que, a la luz de las evidencias, suena, cuanto menos, a negacionismo. Aseguran haber integrado herramientas antisuicidio o haber creado, por ejemplo, cuentas de Instagram específicas para adolescentes, con muchos más límites.

Pero las pruebas demuestran que no es exactamente así. En noviembre, un juez federal ordenó que se desclasificaran más de 5.800 páginas con conversaciones y correos de personal de alto nivel de Meta. Los documentos revelaron una verdad incómoda: las empresas sabían. Eran conscientes de la alta adictividad de sus productos, pero la ecuación de beneficios pesaba más que la seguridad o la salud mental de los jóvenes. Una verdad que, sin eufemismos, es demoledora. Por ejemplo, en 2019 Instagram eliminó algunos de esos filtros de belleza que muestran al usuario con su rostro modificado en ideales imposibles; ese año y el siguiente, varios ejecutivos le pidieron a Mark Zuckerberg que volviera a instaurarlos, pese a que sabían cómo podía afectar a la imagen corporal de los más jóvenes, sobre todo de muchas mujeres. Un ejecutivo incluso llegó a confesar que su propia hija había padecido dismorfia corporal. ¿La respuesta de la empresa? Los filtros, cual fénix macabro, regresaron.

De hecho, precisamente el lunes, en otra demanda impuesta en Nuevo México, el fiscal general acusó a Meta y a Zuckerberg de haberse “negado a imponer medidas de protección razonables” para jóvenes. El fiscal, Raúl Torrez, asegura en la denuncia que Meta “no fue capaz de detener la avalancha de material sexual perjudicial y propuestas sexuales dirigidas a niños” tanto en Facebook como en Instagram. Algunos ejecutivos pusieron pegas a esos chatbots, lanzados a principios de 2024, que se atrevían a plantear escenarios románticos y sexuales a niños y adolescentes. Tan aberrante fue la iniciativa que algunos ejecutivos la tildaron de “indefendible”. Hay un correo del ex primer ministro de Reino Unido, Nick Clegg, consejero de Meta y su jefe de políticas globales hasta hace un año, donde muestra clara preocupación porque se produjeran este tipo de interacciones sexuales: “¿Es por eso por lo que realmente queremos que se conozcan estos productos?”.

En estas demandas, Meta y otras compañías se aferran al argumento de que la salud mental no está moldeada por un solo factor, como son las redes sociales, y que “no está científicamente probado que las redes generen adicción”. Sin embargo, el excirujano general de Estados Unidos, Vivek Murthy, llegó a avisar hace unos meses que “los adolescentes que usan las redes más de tres horas al día tienen el doble de riesgo de padecer síntomas de depresión y ansiedad”. De hecho, él propuso ni más ni menos que la imposición de etiquetas de advertencia en las redes sociales, al mejor estilo de las cajetillas de cigarrillos. Un estudio del Pew Research Center asegura que uno de cada cinco adolescentes cree que las redes sociales dañan su salud mental. Y la mitad de ellos reconoce que son malas para las personas de su edad y problemáticas en cuestiones como la productividad y el sueño. Algunos Estados, como la propia California —que ha prohibido completamente los móviles en las aulas públicas—, o países como Australia —con los 16 como edad mínima para entrar en redes— intentan ponerle coto a un campo que, hoy por hoy, parece no tener alambradas.

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