Un museo de celulares viejos: el desafío de vivir desconectado

Redacción Cuyo News
10 min
Cortito y conciso:

Andrés W., un treintañero con un museo de celulares viejos, es el ejemplo viviente de la lucha contra la adicción digital. El fenómeno crece sin freno entre los jóvenes, mientras expertos lo equiparan a otras dependencias y advierten sobre sus consecuencias en el desarrollo y la capacidad de concentración. La sociedad, sin embargo, aún no lo toma con la seriedad que merece.

La casa de Andrés W., de 32 años, podría ser un set para una serie de ciencia ficción retro, o quizás, una exposición itinerante sobre la adicción moderna. ¿El objeto central? Su «museo» de celulares viejos y poco convencionales, cada uno un testimonio mudo de su batalla personal contra el yugo de las pantallas. «Es como una adicción. Fui probando límites de tiempo, dejando el móvil fuera de la habitación, pero todo se me hacía muy difícil», confiesa. Desde 2019, Andrés transita un sinuoso camino de «desintoxicación digital», con avances y retrocesos que lo llevaron, incluso, a refugiarse en un teléfono de apenas siete centímetros, cuyo único superpoder era hacer llamadas. Su odisea no es un capricho individual, sino el dramático reflejo de un flagelo que, silenciosamente, avanza entre los jóvenes.

¿Un minuto de espera? ¿El subte que no llega o el plato que se demora en el restaurante? Ya no hay lugar para la contemplación, ni para el aburrimiento creativo. La mirada se clava, irremediablemente, en esa pequeña pantalla que nos promete estímulos inmediatos e infinitos. Andrés, quien prefiere mantener su apellido en reserva, tomó conciencia de su propia trampa en 2019. Vio la cantidad de horas pegado al aparato, siempre asociado al ocio. “Mi problema era sobre todo el Instagram, pero cuando lo dejaba, me atrapaban los vídeos cortos de YouTube”, se lamenta, con la resignación de quien sabe que los algoritmos son implacables. Intentó con controles de uso, pero, como él mismo admite, “era muy fácil quitárselos”. Una guerra perdida de antemano.

Cada barrera que Andrés ponía, el mismo Andrés la derribaba. “Cada obstáculo que creaba, acababa superándolo. Siempre encontraba una forma de entretenerme”, relata, como un soldado que describe su propia rendición. Fue entonces cuando la ficha le cayó pesada: el problema era mucho más hondo que un simple mal hábito. “Ahí me pregunté si sería capaz de vivir desconectado. Llegó un sufrimiento terrible”, reconoce. ¿Puede la tecnología, diseñada para conectar, generar un sufrimiento tan desconectado de la realidad? La pregunta flota en el aire, punzante.

En su desesperada búsqueda de libertad, Andrés se convirtió en un arqueólogo de la tecnología, cambiando de dispositivo como quien cambia de piel. En 2022, un L8STAR BM10, básico y noventoso, fue su primera trinchera; duró menos de un mes. Luego llegó el Punkt MP02, minimalista, solo para llamadas y mensajes, con el que convivió casi tres años, en un delicado tango con un iPhone 8, oscilando entre el control y la tentación. Hoy, su esperanza se llama Balance Phone, un sistema de bloqueo de _software_ diseñado para limitarlo desde la raíz. ¿Será esta su última cruzada, o simplemente otro escalón en el laberinto?

Carlos Fontclara Bargalló, cofundador de Balance Phone, explica la lógica detrás de esta nueva especie de «camisa de fuerza digital»: el dispositivo bloquea aplicaciones “que no tienen un fin de uso determinado”, como videojuegos, apuestas, redes sociales o plataformas de video bajo demanda. “Google Maps, por ejemplo, lo permitimos porque te lleva del punto A al punto B. Netflix no, porque todo su sistema está diseñado para que te quedes dentro”, sentencia. Y ahí está la clave: el diseño mismo de estas plataformas busca la perpetuidad de nuestra atención, ¿no será acaso una forma de secuestro con nuestro consentimiento?

La experiencia de Andrés, lejos de ser un caso aislado, es un grito silencioso de una generación que nació con el celular en la mano y vive bajo la tiranía de la hiperconexión. Lo más llamativo, y quizás lo más preocupante, es que este uso desmedido de pantallas rara vez se asume como una adicción. “No se ve como una adicción. Se interpreta como un pasatiempo o como algo ligado a personas que trabajan demasiado”, subraya Jan Ivern, psicólogo clínico y especialista en adicciones comportamentales. El problema, aclara Ivern, no se limita a una única red social. Youtube, el consumo ocasional de pornografía, los videojuegos o cualquier otro contenido diseñado para captar nuestra atención “funcionan bajo la misma lógica.” Una lógica que, a todas luces, parece estar ganando la partida.

La delgada línea de la adicción digital

En el universo de las pantallas, la frontera entre el uso y el abuso, entre el placer y la adicción, se presenta difusa, casi una quimera. Por eso, el abordaje terapéutico suele emular las estrategias empleadas en otras dependencias, como el alcohol o las drogas. “Muchas veces no es el problema primario. Puede estar relacionado con situaciones difíciles en casa, la soledad o problemas emocionales previos. Es un síntoma, no la enfermedad en sí”, explica Ivern, con la lucidez de quien descifra el alma humana. Como en otros casos, el uso compulsivo, según el experto, es a menudo un escudo, una barrera autoimpuesta para no enfrentar realidades más crudas.

Y la preocupación, por fin, comienza a filtrarse en los hogares. Neus Izaguirre, madre de un adolescente de 14 años, lo tiene claro: la clave no es la prohibición, sino el acompañamiento, esa palabra tan de moda y tan difícil de aplicar. Su hijo, al igual que Andrés W., navega con un teléfono de acceso restringido, un dique para retrasar la embestida sin filtros de un ecosistema digital diseñado para el rapto de la atención. Neus sabe que no puede arrancarlo de su era, pero se aferra a la idea de marcar tiempos y márgenes. “No se trata de sacarlos de su época”, reflexiona. “Se trata de darles tiempo para crecer y desarrollar criterio”. Una ardua tarea en un mundo que no da respiro.

Pantallas y el desarrollo infantil: una alarma creciente

Los datos son escalofriantes, y llegan desde el Reino Unido: una investigación reciente reveló que casi el 98% de los niños menores de dos años interactúan diariamente con pantallas, ya sea la televisión o dispositivos digitales. ¿El resultado? Les resulta “más difícil mantener conversaciones o concentrarse en el aprendizaje”. El gobierno británico, despertando de su letargo, ha prometido una nueva guía sobre el tiempo de pantalla. ¿Será suficiente o es apenas una tirita para una hemorragia mayor?

En España, un informe de Unicef de noviembre encendió otra luz roja: el 5,7% de los niños y adolescentes presenta un uso problemático de pantallas. Sin embargo, Ivern nos frena en seco: “La adicción a las pantallas no está reconocida clínicamente como tal y la investigación todavía necesita tiempo”. Una verdad incómoda que nos obliga a cuestionar la inacción y la lentitud con la que las instituciones se mueven ante esta nueva epidemia silenciosa.

Casi dos décadas después de que el primer iPhone prometiera abrirnos al mundo, la percepción social sobre estos aparatos mutó, para muchos, de maravilla a cepo. “La accesibilidad permanente del _smartphone_ hace muy difícil controlar el impulso”, sentencia Ivern. Aquello que nos vendieron como libertad y conexión, hoy es para muchos jóvenes una constante distracción y una sutil forma de aprisionamiento. Neus Izaguirre, con la sabiduría de una madre que observa, lo resume a la perfección: “Como madre no quiero dar por hecho que como ya han nacido con el móvil, es normal que estén sentados uno al lado del otro y que ni se miren”. Una frase que debería resonar, como un eco de alarma, en cada hogar.

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