El escritor Mo Yan, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2012 y considerado una de las máximas figuras literarias de China en las últimas décadas, se presentó en la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde reflexionó sobre el poder de los libros, la influencia de los autores del Boom Latinoamericano en su obra, la inteligencia artificial y su experiencia como escritor en China.
La inteligencia artificial y los límites de la traducción literaria
Durante el encuentro, el autor fue consultado por el público sobre el impacto de la inteligencia artificial en la traducción y en la creación literaria. Mo Yan reconoció que, en el ámbito técnico, la inteligencia artificial “puede sustituir gran parte del trabajo de un traductor”.
El escritor explicó que varios amigos suyos dedicados a la traducción literaria del chino al español ya utilizan herramientas de inteligencia artificial para facilitar sus tareas. Sin embargo, marcó una diferencia entre la traducción técnica y la literaria, al sostener que la literatura exige “conocer bien todos esos códigos culturales detrás de la lengua”.
En ese sentido, advirtió que una máquina, por sí sola, no puede captar todos los matices sociales, históricos y vitales que atraviesan la experiencia humana detrás de las palabras. “Para traducir bien una obra literaria, el traductor tiene que conocer la sociedad, la historia, la vida y la costumbre de la gente”, subrayó.
La creatividad humana frente al avance tecnológico
Mo Yan también se refirió a la posibilidad de que la inteligencia artificial reemplace la creatividad de los escritores. Su respuesta fue tajante: “En la actualidad, la inteligencia artificial aún no puede sustituir el trabajo creativo de un escritor. El avance de la inteligencia artificial está basado en la creación literaria de los escritores. Si todos los escritores dejaran de crear, la inteligencia artificial no podría avanzar más”.
De ese modo, el autor planteó que el progreso técnico y literario seguirá dependiendo de la creatividad humana. Para Mo Yan, la inteligencia artificial puede operar sobre materiales ya existentes, pero no sustituir el impulso creativo que da origen a una obra literaria.
Libertad de escritura y motivaciones literarias
Consultado sobre la libertad de expresión para los autores contemporáneos en China, Mo Yan afirmó: “Mi escritura es libre. Durante mi escritura nunca he encontrado barreras ni me han dicho que no puedo escribir esto. Los editores pueden dar opiniones sobre cuestiones de estilo o sugerir mayor claridad o belleza, pero nunca me han censurado temas”.
En esa línea, defendió una idea central sobre el oficio literario: “para un gran escritor no debe haber zona prohibida en su escritura”.
El escritor también reflexionó sobre las motivaciones que empujan a una persona a escribir. Reconoció que, en una primera etapa, puede existir una aspiración material o el deseo de transformar la propia vida. “Es común escribir para cambiar la vida, el destino. Pero cuando uno ya sació esa primera necesidad, surgen otras motivaciones: la pasión por la literatura, la fascinación por nuevas técnicas de narrar”.
Pese a haber recibido el Premio Nobel de Literatura y el premio Mao Dun, máximo galardón literario chino, Mo Yan aseguró que mantiene intacto el deseo de escribir. “Siempre tengo historias aún por escribir. Eso no tiene nada que ver con un premio literario”.
<p>El escritor chino Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012, participó en la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Allí habló sobre el poder de los libros, la influencia del Boom Latinoamericano en su obra, la inteligencia artificial aplicada a la traducción y la creación literaria, y su experiencia como autor en China.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Mo Yan llegó a la Feria del Libro de Buenos Aires y, sin necesidad de levantar la voz, logró que la inteligencia artificial, la censura, el Boom Latinoamericano y la traducción literaria se sentaran en la misma mesa como una familia incómoda en pleno almuerzo de domingo. El Nobel chino habló con la serenidad de quien ya vio suficientes bibliotecas, premios y discusiones culturales como para no impresionarse ante un algoritmo que redacta poemas con la sensibilidad de una licuadora aprendiendo nostalgia.
La inteligencia artificial apareció, por supuesto, como ese invitado inevitable que nadie sabe si vino a ayudar, a reemplazar o a pedir la clave del wifi para empezar a traducir a Confucio en modo administrativo. Mo Yan reconoció que en el terreno técnico puede avanzar bastante, lo que seguramente provocó un leve estremecimiento entre traductores, editores y toda persona que alguna vez creyó que dominar una lengua era algo más complejo que apretar “generar respuesta”.
Pero el escritor marcó la frontera con precisión quirúrgica: una máquina podrá ordenar palabras, pero no necesariamente entender el temblor cultural que hay detrás de ellas. Traducir literatura, dejó claro, no es pasar frases de un idioma a otro como quien muda muebles de departamento. Es conocer historia, costumbres, heridas, silencios y esas claves invisibles que hacen que una oración diga mucho más de lo que parece. La IA, en ese punto, todavía mira desde afuera, como turista con mapa plastificado.
También fue categórico cuando le preguntaron si la tecnología puede sustituir al escritor. Mo Yan respondió que no, y el alivio debió sentirse en algún rincón secreto de las letras universales, donde los personajes todavía prefieren nacer del caos humano antes que de un servidor con buena refrigeración. Según su mirada, si los escritores dejaran de crear, la inteligencia artificial se quedaría sin materia prima, como un crítico sin novela o un algoritmo sin planeta que analizar.
En medio de la charla, también habló de libertad creativa en China y de su propio vínculo con la escritura. Lo hizo con una calma que contrastó con la densidad del tema, como si explicara que la literatura no pide permiso para existir, aunque a veces deba aprender a caminar entre pasillos estrechos. Y al final quedó una certeza: Mo Yan no escribe por trofeos, ni por vitrinas, ni por el bronce protocolar de los premios. Escribe porque todavía tiene historias pendientes, ese combustible peligroso que ningún Nobel apaga y que ninguna máquina, por ahora, puede falsificar del todo.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
El escritor Mo Yan, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2012 y considerado una de las máximas figuras literarias de China en las últimas décadas, se presentó en la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde reflexionó sobre el poder de los libros, la influencia de los autores del Boom Latinoamericano en su obra, la inteligencia artificial y su experiencia como escritor en China.
La inteligencia artificial y los límites de la traducción literaria
Durante el encuentro, el autor fue consultado por el público sobre el impacto de la inteligencia artificial en la traducción y en la creación literaria. Mo Yan reconoció que, en el ámbito técnico, la inteligencia artificial “puede sustituir gran parte del trabajo de un traductor”.
El escritor explicó que varios amigos suyos dedicados a la traducción literaria del chino al español ya utilizan herramientas de inteligencia artificial para facilitar sus tareas. Sin embargo, marcó una diferencia entre la traducción técnica y la literaria, al sostener que la literatura exige “conocer bien todos esos códigos culturales detrás de la lengua”.
En ese sentido, advirtió que una máquina, por sí sola, no puede captar todos los matices sociales, históricos y vitales que atraviesan la experiencia humana detrás de las palabras. “Para traducir bien una obra literaria, el traductor tiene que conocer la sociedad, la historia, la vida y la costumbre de la gente”, subrayó.
La creatividad humana frente al avance tecnológico
Mo Yan también se refirió a la posibilidad de que la inteligencia artificial reemplace la creatividad de los escritores. Su respuesta fue tajante: “En la actualidad, la inteligencia artificial aún no puede sustituir el trabajo creativo de un escritor. El avance de la inteligencia artificial está basado en la creación literaria de los escritores. Si todos los escritores dejaran de crear, la inteligencia artificial no podría avanzar más”.
De ese modo, el autor planteó que el progreso técnico y literario seguirá dependiendo de la creatividad humana. Para Mo Yan, la inteligencia artificial puede operar sobre materiales ya existentes, pero no sustituir el impulso creativo que da origen a una obra literaria.
Libertad de escritura y motivaciones literarias
Consultado sobre la libertad de expresión para los autores contemporáneos en China, Mo Yan afirmó: “Mi escritura es libre. Durante mi escritura nunca he encontrado barreras ni me han dicho que no puedo escribir esto. Los editores pueden dar opiniones sobre cuestiones de estilo o sugerir mayor claridad o belleza, pero nunca me han censurado temas”.
En esa línea, defendió una idea central sobre el oficio literario: “para un gran escritor no debe haber zona prohibida en su escritura”.
El escritor también reflexionó sobre las motivaciones que empujan a una persona a escribir. Reconoció que, en una primera etapa, puede existir una aspiración material o el deseo de transformar la propia vida. “Es común escribir para cambiar la vida, el destino. Pero cuando uno ya sació esa primera necesidad, surgen otras motivaciones: la pasión por la literatura, la fascinación por nuevas técnicas de narrar”.
Pese a haber recibido el Premio Nobel de Literatura y el premio Mao Dun, máximo galardón literario chino, Mo Yan aseguró que mantiene intacto el deseo de escribir. “Siempre tengo historias aún por escribir. Eso no tiene nada que ver con un premio literario”.
Mo Yan llegó a la Feria del Libro de Buenos Aires y, sin necesidad de levantar la voz, logró que la inteligencia artificial, la censura, el Boom Latinoamericano y la traducción literaria se sentaran en la misma mesa como una familia incómoda en pleno almuerzo de domingo. El Nobel chino habló con la serenidad de quien ya vio suficientes bibliotecas, premios y discusiones culturales como para no impresionarse ante un algoritmo que redacta poemas con la sensibilidad de una licuadora aprendiendo nostalgia.
La inteligencia artificial apareció, por supuesto, como ese invitado inevitable que nadie sabe si vino a ayudar, a reemplazar o a pedir la clave del wifi para empezar a traducir a Confucio en modo administrativo. Mo Yan reconoció que en el terreno técnico puede avanzar bastante, lo que seguramente provocó un leve estremecimiento entre traductores, editores y toda persona que alguna vez creyó que dominar una lengua era algo más complejo que apretar “generar respuesta”.
Pero el escritor marcó la frontera con precisión quirúrgica: una máquina podrá ordenar palabras, pero no necesariamente entender el temblor cultural que hay detrás de ellas. Traducir literatura, dejó claro, no es pasar frases de un idioma a otro como quien muda muebles de departamento. Es conocer historia, costumbres, heridas, silencios y esas claves invisibles que hacen que una oración diga mucho más de lo que parece. La IA, en ese punto, todavía mira desde afuera, como turista con mapa plastificado.
También fue categórico cuando le preguntaron si la tecnología puede sustituir al escritor. Mo Yan respondió que no, y el alivio debió sentirse en algún rincón secreto de las letras universales, donde los personajes todavía prefieren nacer del caos humano antes que de un servidor con buena refrigeración. Según su mirada, si los escritores dejaran de crear, la inteligencia artificial se quedaría sin materia prima, como un crítico sin novela o un algoritmo sin planeta que analizar.
En medio de la charla, también habló de libertad creativa en China y de su propio vínculo con la escritura. Lo hizo con una calma que contrastó con la densidad del tema, como si explicara que la literatura no pide permiso para existir, aunque a veces deba aprender a caminar entre pasillos estrechos. Y al final quedó una certeza: Mo Yan no escribe por trofeos, ni por vitrinas, ni por el bronce protocolar de los premios. Escribe porque todavía tiene historias pendientes, ese combustible peligroso que ningún Nobel apaga y que ninguna máquina, por ahora, puede falsificar del todo.