Un misterio criptográfico vinculado al siglo XVII volvió al centro de la escena a partir de una investigación realizada con inteligencia artificial. Claude Fable 5.1, uno de los modelos recientes de Anthropic, obtuvo en 44 minutos una aparente solución para el llamado “Cyphral Distich”, un enigmático conjunto de números atribuido al escritor y erudito escocés Sir Thomas Urquhart.

El criptograma está formado por 64 números distribuidos en dos líneas de 32 posiciones. El problema ya había sido presentado públicamente como un cifrado sin resolver en la revista británica Notes and Queries en 1899 y, más de un siglo después, continuaba entre los enigmas históricos analizados por especialistas en criptografía.

Una coincidencia de 32 posiciones

De acuerdo con la reconstrucción del proceso, el modelo consumió alrededor de 176.000 tokens y trabajó durante 44 minutos sin intervenciones humanas. Durante ese recorrido detectó una coincidencia que resultó central para elaborar su hipótesis: las dos líneas del cifrado tenían 32 números y el texto relacionado con Urquhart incluía también 32 secciones conocidas como “Proquiritations”.

La regla propuesta consistía en vincular cada posición del criptograma con una de esas secciones. Luego, el número correspondiente debía utilizarse como índice para seleccionar una palabra y, finalmente, tomar la primera letra de ese término.

Al aplicar ese procedimiento, Claude Fable 5.1 obtuvo el mensaje: “O GOD UPHOLD KING CHARLS THE SECOND AND MAKE HIM THE SUPREME RULER OF THIS LAND.”

En español, el sentido de la frase es “Oh Dios, protege al rey Carlos II y hazlo gobernante supremo de esta tierra”.

La interpretación parecía consistente con el contexto histórico atribuido al documento. Urquhart era partidario de la monarquía y el supuesto mensaje se ajustaba al escenario político de Inglaterra y Escocia a mediados del siglo XVII, cuando Carlos II permanecía fuera del poder y Gran Bretaña atravesaba el período republicano anterior a la Restauración de 1660.

El aspecto destacado del procedimiento no pasaba por el uso de una técnica criptográfica desconocida, sino por la capacidad del modelo para probar hipótesis, recorrer documentación y sostener una investigación durante miles de pasos hasta encontrar una estructura aparentemente coherente.

Una revisión independiente puso en duda el hallazgo

La aparente resolución del enigma, sin embargo, quedó bajo revisión poco después. Investigadores de Reticuli Labs intentaron reproducir el resultado utilizando una copia digitalizada del Logopandecteision de 1653, conservada a partir de fondos de la British Library, junto con una transcripción académica del texto.

El análisis independiente planteó un problema central: el ejemplar original de 1653 examinado no contiene las dos líneas numéricas en el lugar señalado para aplicar el método. Después de las 32 Proquiritations aparecen elementos tipográficos, un epígrafe, la palabra FINIS y una sección de erratas, pero no el supuesto criptograma.

La revisión también sostuvo que, al intentar aplicar la regla propuesta por la IA sobre el texto disponible de las 32 secciones, varias de las letras necesarias para construir el mensaje no podrían obtenerse mediante ese procedimiento. Por esa razón, los investigadores consideraron que la solución no podía darse por confirmada.

A la discusión se sumó otro elemento relevante sobre la procedencia documental. El trabajo que presentó la aparente solución utilizó entre sus referencias una edición recopilatoria de las obras de Urquhart publicada en Edimburgo en 1834, mientras que análisis anteriores sobre estos criptogramas ya habían advertido que su origen exacto no estaba completamente establecido.

Una solución posible, todavía sin verificación definitiva

Con esas objeciones sobre la mesa, la afirmación de que una inteligencia artificial resolvió un misterio de 373 años debe considerarse por ahora una propuesta de solución y no un descubrimiento definitivamente verificado.

El episodio, de todos modos, expone una capacidad relevante de los modelos actuales: pueden recorrer grandes cantidades de documentación, relacionar estructuras, formular hipótesis y detectar patrones plausibles en períodos relativamente breves. Al mismo tiempo, el caso muestra el límite de una respuesta internamente consistente cuando todavía falta contrastarla con las fuentes históricas originales.

La diferencia entre haber descubierto efectivamente la clave del “Cyphral Distich” y haber construido una explicación convincente sobre documentos cuya procedencia sigue discutida permanece abierta. Esa será la cuestión que deberán resolver las nuevas revisiones de investigadores, historiadores y especialistas en criptografía.