Un estudio del Cuba Study Group señala que el deterioro de la red eléctrica cubana responde a «recursos internos insuficientes y mal priorizados, agravados por una débil capacidad de implementación».

La situación se profundiza porque el sistema eléctrico depende fundamentalmente de combustibles fósiles que actualmente escasean en la isla. Durante este año, la falta de petróleo se agravó en medio de las restricciones energéticas impuestas por Estados Unidos.

En enero, Donald Trump amenazó con aplicar aranceles a los países que suministraran petróleo a Cuba, mientras que los envíos procedentes de Venezuela se interrumpieron tras la detención del presidente Nicolás Maduro en enero.

De acuerdo con altos funcionarios estadounidenses, el objetivo de esa presión es incrementar las condiciones para que el gobierno revolucionario «caiga». Mientras las decisiones se desarrollan en el terreno internacional, sus consecuencias impactan directamente sobre la vida cotidiana de los habitantes de la isla.

En ese contexto, Gustavo relató durante una semana cómo la peor crisis energética de Cuba en décadas afecta aspectos básicos de su rutina, desde el traslado al trabajo hasta el acceso al agua y la recolección de residuos.

La odisea cotidiana para llegar al trabajo

El martes, Gustavo amaneció con suministro eléctrico en su vivienda. «He tenido suerte», escribe mientras se dirige hacia su trabajo.

Vive en el este de La Habana y trabaja en el centro de la ciudad, dos zonas separadas por la Bahía de La Habana. Para trasladarse debe atravesar diariamente un túnel submarino que no puede cruzarse a pie, en bicicleta ni en moto, sino únicamente en automóvil o mediante transporte público.

El problema es que el sistema de buses de La Habana prácticamente dejó de funcionar con regularidad. El ciclobus, que cubre el corto trayecto entre ambos lados de la bahía, continúa siendo una de las pocas alternativas disponibles, aunque «desde el bloqueo energético a inicio de este año, también ha empezado a fallar», dice Gustavo.

Cuando ese servicio no funciona, directamente no puede llegar a su empleo. «No me voy a gastar básicamente mi salario en ir al trabajo, porque eso no tiene sentido», explica.

Cuando logra utilizar el ciclobus, después debe caminar hasta una «piquera», nombre con el que se conoce en Cuba a los puntos donde vehículos particulares ofrecen recorridos específicos y venden lugares individuales para reemplazar parte del servicio que antes brindaban los buses.

Mientras el transporte público cobraba 2 pesos cubanos, esos vehículos privados pueden cobrar unos 800 pesos, equivalentes a una cuarta parte del salario mínimo mensual.

«A veces son incómodos porque vamos muchas personas en un solo carro. Los carros están muchas veces modificados para que quepa más gente», explica.

Para regresar por la tarde, Gustavo suele evitar el ciclobus porque demora y generalmente viaja lleno. En cambio, «coge botella», expresión utilizada en Cuba para referirse a hacer autostop o pedir un aventón.

Su posibilidad de regresar de esa manera «depende de si hay corriente en el semáforo y de la generosidad de los choferes».

Tanto para ir como para volver del trabajo debe realizar además largos trayectos a pie y bajo el sol que anteriormente podía evitar mediante distintas combinaciones de colectivos.

«Por la crisis cada vez camino más y más», dice.

«He hecho unas caminatas que, por favor la vida, yo podría ser ahora maratonista y cualquier cubano podría serlo», bromea.

La falta de transporte también redujo considerablemente su vida social. «Hace años que no voy a bailar a una disco o beber a un bar como hacía antes. De noche es muy difícil regresar sin guagua (bus) y muy caro».

Basura acumulada y servicios que dejaron de funcionar

La escasez de combustible no solo afecta al transporte de pasajeros. También los camiones recolectores de residuos dejaron de operar con la regularidad habitual.

«Ahora mismo la ciudad de La Habana, y estoy seguro de que el resto del país también, está completamente cubierta de basura», cuenta Gustavo.

«En cada esquina de cuadra hay un vertedero. Algunos vertederos ocupan la calle entera», agrega.

En la zona donde vive, alejada del centro de la ciudad, el camión recolector anteriormente pasaba una vez por semana. La frecuencia, sin embargo, se redujo drásticamente.

«en La Habana vieja pasará si acaso una vez al mes y aquí donde yo vivo no pasa nunca», relata entre risas.

Frente a la acumulación, numerosos habitantes optaron por quemar los residuos.

«O quemas la basura para limpiar un poco o dejas que la basura te coma», dice Gustavo. «No hay más remedio».

Las quemas también generan nuevos riesgos. Según su relato, en distintas zonas de la ciudad se registraron incendios involuntarios cuando las llamas alcanzaron contenedores o construcciones cercanas.

«Queman la basura y cogen candela también los tanques de la basura o la pared de un edificio».

La falta de recolección de residuos se produjo además en un contexto sanitario delicado, después de que Cuba atravesara a finales del año pasado una compleja epidemia de virus transmitidos por mosquitos.

Sin electricidad, también falta el agua

Los efectos de la crisis energética llegan también al interior de las viviendas. El miércoles, después de un prolongado apagón provocado por una falla que afectó al sistema eléctrico nacional, Gustavo escribió: «Ya tengo corriente, pero no tengo agua desde hace ya una semana».

La relación entre ambos servicios es directa: cuando falta electricidad, los motores utilizados para impulsar el agua hacia las viviendas dejan de funcionar.

Incluso si un barrio recupera el suministro eléctrico, el agua puede seguir sin llegar si continúa el apagón en la zona donde se encuentra el sistema que la impulsa. A esto se suma, según Gustavo, el deterioro de las tuberías, que sufren roturas frecuentes debido a su antigüedad y estado.

«Estamos acostumbrados a problemas con el agua desde siempre. Es algo que nos afecta mucho».

Frente a las interrupciones reiteradas, su familia desarrolló un sistema de almacenamiento doméstico para intentar atravesar los períodos sin suministro.

«Lo que hacemos es almacenar agua. Tenemos un tanque en el techo, un tanque en el patio y 20 tanquetas pequeñas».

«Cuando entra agua, ponemos a llenar todo y la ahorramos. Eso hacen los vecinos también».

Sin embargo, cuando pasan varios días sin servicio, las reservas comienzan a agotarse y las familias deben decidir qué usos priorizar. Gustavo recordó que en su anterior lugar de trabajo atravesaron el mismo problema y permanecieron durante meses sin poder utilizar normalmente el baño.