El 7 de septiembre de 1996, una tragedia vial terminó con la vida de Gilda, una de las artistas más importantes de la música tropical argentina. Tenía apenas 34 años y atravesaba uno de los períodos de mayor crecimiento de su carrera. Tres décadas después, sus canciones continúan vigentes y su figura se consolidó como un símbolo de la cultura popular.
La cantante había construido una carrera breve pero intensa. En apenas seis años de trayectoria conquistó a miles de seguidores y dejó canciones que todavía forman parte del repertorio popular, entre ellas No me arrepiento de este amor, No es mi despedida, Corazón valiente, Se me ha perdido un corazón y Fuiste.
Sin embargo, detrás de la artista que se transformó en un ícono también existe una historia familiar marcada por una tragedia que cambió para siempre la vida de sus seres queridos.
El accidente que terminó con la vida de Gilda
Durante la madrugada del 7 de septiembre de 1996, Gilda viajaba en un micro junto a parte de su familia y de su equipo de trabajo rumbo a la provincia de Entre Ríos.
En el vehículo se encontraban su madre, Isabel Scioli; su hija Mariel; su hijo Fabricio; su productor, Toti; integrantes de su banda y el conductor.
El colectivo circulaba por la Ruta Nacional 12, a la altura del kilómetro 129, cuando fue embestido por un camión. El impacto provocó una tragedia en la que murieron Gilda, su madre, su hija, varios integrantes de su banda y el conductor del micro.
Entre las víctimas se encontraba la propia cantante, cuya carrera había comenzado a alcanzar una enorme dimensión dentro de la música tropical argentina.
Fabricio Cagnin, que tenía apenas 8 años, sobrevivió al accidente. También logró sobrevivir Toti, el productor de Gilda.
Fabricio Cagnin, el hijo de Gilda que eligió la música
Con el paso de los años, Fabricio logró reconstruir su vida y encontró en la música una manera de mantener vivo el vínculo con su madre.
Actualmente utiliza el nombre artístico Soy Chio y desarrolla su propia carrera musical. En septiembre de 2022 presentó la canción Crují, una composición profundamente ligada a su historia personal y al proceso que atravesó después de aquella tragedia.
El tema representa una manera de transformar el dolor en expresión artística y de contar, desde su propia mirada, cómo fue crecer después de perder a parte de su familia cuando todavía era un niño.
La figura de Gilda también aparece de manera simbólica en su producción. Al final del videoclip de Crují, Fabricio incorporó imágenes de su madre y una frase que refleja el mensaje que mantiene presente de ella: “Y aunque las puertas se cierren, nunca dejen de que sigan creciendo las alas, vuelen, vuelen alto que se llega, que se llega”.
Tres décadas después, Gilda sigue presente
La muerte de Gilda no borró su legado. Con el paso de los años, su figura adquirió una dimensión todavía mayor dentro de la cultura popular argentina.
Sus canciones continuaron pasando de generación en generación y su historia llegó al cine, la televisión y los escenarios. Su imagen también quedó asociada a relatos de devoción popular, convirtiéndola para muchos seguidores en una figura que trasciende la música.
A 30 años de su muerte, Gilda permanece vigente a través de sus canciones, de quienes todavía la recuerdan y también de su hijo Fabricio, quien encontró en la música un camino propio y, al mismo tiempo, una forma de mantener presente la memoria de su madre.
El 7 de septiembre de 1996, Gilda murió a los 34 años en un accidente vial ocurrido sobre la Ruta Nacional 12, cuando viajaba hacia Entre Ríos junto a familiares y miembros de su equipo. A 30 años de aquella tragedia, sus canciones mantienen plena vigencia y su hijo Fabricio Cagnin continúa vinculado a la música con una carrera propia.
Treinta años después, Gilda consiguió algo que la industria musical persigue con presupuestos millonarios, campañas digitales y reuniones donde alguien inevitablemente pronuncia la palabra “engagement”: seguir sonando. Sus canciones atravesaron generaciones sin pedir permiso a algoritmos, tendencias ni plataformas, y demostraron que un estribillo puede tener una expectativa de vida considerablemente mayor que buena parte de las modas culturales que alguna vez fueron anunciadas como “el fenómeno definitivo”.
La paradoja es contundente. Su carrera profesional duró apenas seis años, pero alcanzó para construir un repertorio que todavía circula en fiestas, radios, escenarios y memorias familiares. Mientras algunos artistas necesitan reinventarse cada temporada para no desaparecer del mapa, Gilda logró instalar canciones como No me arrepiento de este amor, Corazón valiente o Fuiste en ese territorio donde ya no importa demasiado cuándo fueron publicadas: simplemente están.
Detrás de esa permanencia, sin embargo, existe una historia atravesada por una tragedia imposible de convertir en remate. El accidente del 7 de septiembre de 1996 no sólo terminó con la vida de la cantante, sino también con la de familiares y personas de su entorno. Su hijo Fabricio, que entonces tenía 8 años, sobrevivió y con el tiempo encontró en la música una manera de construir su propia identidad sin desprenderse completamente de aquella historia.
Tres décadas más tarde, la figura de Gilda permanece en un extraño lugar reservado para muy pocos artistas: ya no pertenece únicamente a una discografía. Está en el cine, la televisión, los escenarios, la devoción de sus seguidores y en canciones que se niegan disciplinadamente a jubilarse. La industria podrá cambiar de formato todas las veces que quiera; algunas melodías, aparentemente, no recibieron el memorándum.