Daniel Urcía, directivo del sector cárnico y uno de los vicepresidentes de la Unión Industrial Argentina (UIA), analizó la coyuntura de precios en el mercado de proteínas animales. Según la visión del ejecutivo, luego de un periodo estival de alta volatilidad en los valores de la hacienda, los precios en el mostrador han comenzado a mostrar signos de estabilización. Esta tendencia se apoya en los datos del Mercado Agroganadero de Cañuelas y en las mediciones de la primera quincena de abril, que evidenciaron un movimiento en la carne vacuna de tan solo el 1%.
Urcía enfatizó la relación directa entre los costos de origen y el valor de venta al público. “Como siempre hemos explicado, ante la suba de precios de la hacienda es inevitable su correlato de precios en el mostrador”, recordó el empresario. En este sentido, destacó la importancia de un informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), que pone de relieve que la incidencia de la industria frigorífica en la construcción del precio al consumidor es absolutamente irrelevante, porque participa solo con un 1%. En contraposición, el mismo estudio señala que la participación de los impuestos nacionales, provinciales y municipales alcanza el 28%.
Cambio estructural en la dieta nacional
Respecto a la disponibilidad de producto, Urcía proyectó que el déficit de oferta de carne vacuna persistirá durante el resto del ciclo anual. Las estadísticas de marzo mostraron un volumen inferior al registrado el año previo, lo que ratifica una caída de la actividad cercana al 8%. Como contracara, se observa un crecimiento sustancial en sectores alternativos, como el aumento del 21,38% en la faena porcina, consolidando una mayor penetración de estos cortes en los hogares argentinos, con un consumo que se aproxima a los 20 kilos por habitante al año.
“En definitiva, esta situación ratifica lo que ya dijimos hace tiempo sobre el consumo en Argentina: cambió la matriz de consumo de proteína animal, la carne aviar y la porcina están definitivamente incorporadas a la dieta y cuando se habla de consumo de carnes indefectiblemente hay que considerar las tres especies, también para la medición del índice de inflación en el que tiene un fuerte peso la carne vacuna por sobre las demás”, sostuvo el directivo.
Incidencia en la medición de la inflación
La nueva configuración del consumo muestra que el pollo lidera con 50 kilos anuales por habitante, mientras que el cerdo alcanza los 20 kilos; sumados, representan un 60% más que los 44 kilos per cápita de carne vacuna. Urcía sostiene que la medición actual de la inflación no refleja la realidad de la mesa familiar, ya que se le otorga una importancia desproporcionada a los cortes bovinos.
De acuerdo con el vicepresidente de la UIA, “medir la evolución de sus precios que fue mucho menor al de la carne vacuna le haría justicia a la medición de ese indicador macro y le restaría presión al negocio cárnico”. Con este planteo, el sector busca que se reconozca formalmente el menor impacto relativo que la carne vacuna tiene hoy en la canasta básica frente al avance del sector avícola y porcino.
<p> Daniel Urcía, vicepresidente de la Unión Industrial Argentina, analizó la reciente estabilización de los precios de la carne vacuna tras los incrementos del verano. El directivo destacó que la industria frigorífica representa solo el 1% del precio final, frente a un 28% de carga impositiva. Asimismo, señaló un cambio estructural en el consumo nacional, donde la carne aviar y porcina ya superan a la bovina. </p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
En un giro narrativo que dejaría a cualquier antropólogo rascándose la cabeza frente a un fogón apagado, el romance histórico de los argentinos con la vaca parece haber pasado de ser una relación estable a una de esas amistades tóxicas de «solo nos vemos cuando hay presupuesto». Daniel Urcía, quien ostenta el cargo de vicepresidente de la UIA y portador oficial de verdades incómodas para el parrillero promedio, ha salido a confirmar lo que todos sospechábamos mientras masticábamos melancólicamente una pata de pollo: que el asado se ha convertido en un bien de lujo tan exclusivo que pronto las carnicerías de San Juan van a necesitar vitrinas blindadas y seguridad privada para exhibir un vacío. Según el ejecutivo, los precios se están «estabilizando», una palabra que en la economía argentina suele ser el eufemismo técnico para decir que el paciente ya no grita porque se acostumbró al dolor crónico del ticket de la caja.
El dato que realmente debería figurar en los manuales de supervivencia es la participación de la industria en el precio final: un humilde e invisible 1%. Por el contrario, el Estado, ese comensal insaciable que nunca trae el vino pero siempre se sirve la mejor porción de la fuente, se lleva un 28% en concepto de impuestos. Básicamente, cada vez que usted intenta comprar un kilo de pulpa, le está pagando el sueldo al carnicero por un lado y financiando tres niveles de burocracia por el otro. Urcía nos recuerda con la frialdad de un frigorífico que la matriz de consumo ha mutado tanto que el argentino ya no tiene sangre en las venas, sino un caldo de ave concentrado. Con 50 kilos de pollo por habitante al año, estamos a dos pechugas de que el INDEC empiece a medir la inflación en granos de maíz y a considerar el cacareo como el nuevo sonido ambiente de las plazas.
La propuesta final de Urcía es casi una obra maestra de la diplomacia proteica: sugiere que incluyamos al cerdo y al pollo en el índice de inflación para que el número final sea «más justo» y menos traumático para el corazón de los estadísticos. Es la magia de la matemática aplicada al hambre; si el bife de chorizo vuela hacia la estratósfera pero las alitas de pollo se mantienen en tierra, técnicamente estamos todos muy bien alimentados según el promedio del Excel. Mientras el consumo de cerdo ya roza los 20 kilos por habitante, los 44 kilos de vaca que resisten en la dieta nacional parecen ser el último bastión de una identidad que se desvanece entre gravámenes y nuevas costumbres, dejando al asado del domingo como un evento tan infrecuente y místico como un eclipse solar o un trámite que sale bien en la primera visita al Centro Cívico.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
Daniel Urcía, directivo del sector cárnico y uno de los vicepresidentes de la Unión Industrial Argentina (UIA), analizó la coyuntura de precios en el mercado de proteínas animales. Según la visión del ejecutivo, luego de un periodo estival de alta volatilidad en los valores de la hacienda, los precios en el mostrador han comenzado a mostrar signos de estabilización. Esta tendencia se apoya en los datos del Mercado Agroganadero de Cañuelas y en las mediciones de la primera quincena de abril, que evidenciaron un movimiento en la carne vacuna de tan solo el 1%.
Urcía enfatizó la relación directa entre los costos de origen y el valor de venta al público. “Como siempre hemos explicado, ante la suba de precios de la hacienda es inevitable su correlato de precios en el mostrador”, recordó el empresario. En este sentido, destacó la importancia de un informe de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), que pone de relieve que la incidencia de la industria frigorífica en la construcción del precio al consumidor es absolutamente irrelevante, porque participa solo con un 1%. En contraposición, el mismo estudio señala que la participación de los impuestos nacionales, provinciales y municipales alcanza el 28%.
Cambio estructural en la dieta nacional
Respecto a la disponibilidad de producto, Urcía proyectó que el déficit de oferta de carne vacuna persistirá durante el resto del ciclo anual. Las estadísticas de marzo mostraron un volumen inferior al registrado el año previo, lo que ratifica una caída de la actividad cercana al 8%. Como contracara, se observa un crecimiento sustancial en sectores alternativos, como el aumento del 21,38% en la faena porcina, consolidando una mayor penetración de estos cortes en los hogares argentinos, con un consumo que se aproxima a los 20 kilos por habitante al año.
“En definitiva, esta situación ratifica lo que ya dijimos hace tiempo sobre el consumo en Argentina: cambió la matriz de consumo de proteína animal, la carne aviar y la porcina están definitivamente incorporadas a la dieta y cuando se habla de consumo de carnes indefectiblemente hay que considerar las tres especies, también para la medición del índice de inflación en el que tiene un fuerte peso la carne vacuna por sobre las demás”, sostuvo el directivo.
Incidencia en la medición de la inflación
La nueva configuración del consumo muestra que el pollo lidera con 50 kilos anuales por habitante, mientras que el cerdo alcanza los 20 kilos; sumados, representan un 60% más que los 44 kilos per cápita de carne vacuna. Urcía sostiene que la medición actual de la inflación no refleja la realidad de la mesa familiar, ya que se le otorga una importancia desproporcionada a los cortes bovinos.
De acuerdo con el vicepresidente de la UIA, “medir la evolución de sus precios que fue mucho menor al de la carne vacuna le haría justicia a la medición de ese indicador macro y le restaría presión al negocio cárnico”. Con este planteo, el sector busca que se reconozca formalmente el menor impacto relativo que la carne vacuna tiene hoy en la canasta básica frente al avance del sector avícola y porcino.
En un giro narrativo que dejaría a cualquier antropólogo rascándose la cabeza frente a un fogón apagado, el romance histórico de los argentinos con la vaca parece haber pasado de ser una relación estable a una de esas amistades tóxicas de «solo nos vemos cuando hay presupuesto». Daniel Urcía, quien ostenta el cargo de vicepresidente de la UIA y portador oficial de verdades incómodas para el parrillero promedio, ha salido a confirmar lo que todos sospechábamos mientras masticábamos melancólicamente una pata de pollo: que el asado se ha convertido en un bien de lujo tan exclusivo que pronto las carnicerías de San Juan van a necesitar vitrinas blindadas y seguridad privada para exhibir un vacío. Según el ejecutivo, los precios se están «estabilizando», una palabra que en la economía argentina suele ser el eufemismo técnico para decir que el paciente ya no grita porque se acostumbró al dolor crónico del ticket de la caja.
El dato que realmente debería figurar en los manuales de supervivencia es la participación de la industria en el precio final: un humilde e invisible 1%. Por el contrario, el Estado, ese comensal insaciable que nunca trae el vino pero siempre se sirve la mejor porción de la fuente, se lleva un 28% en concepto de impuestos. Básicamente, cada vez que usted intenta comprar un kilo de pulpa, le está pagando el sueldo al carnicero por un lado y financiando tres niveles de burocracia por el otro. Urcía nos recuerda con la frialdad de un frigorífico que la matriz de consumo ha mutado tanto que el argentino ya no tiene sangre en las venas, sino un caldo de ave concentrado. Con 50 kilos de pollo por habitante al año, estamos a dos pechugas de que el INDEC empiece a medir la inflación en granos de maíz y a considerar el cacareo como el nuevo sonido ambiente de las plazas.
La propuesta final de Urcía es casi una obra maestra de la diplomacia proteica: sugiere que incluyamos al cerdo y al pollo en el índice de inflación para que el número final sea «más justo» y menos traumático para el corazón de los estadísticos. Es la magia de la matemática aplicada al hambre; si el bife de chorizo vuela hacia la estratósfera pero las alitas de pollo se mantienen en tierra, técnicamente estamos todos muy bien alimentados según el promedio del Excel. Mientras el consumo de cerdo ya roza los 20 kilos por habitante, los 44 kilos de vaca que resisten en la dieta nacional parecen ser el último bastión de una identidad que se desvanece entre gravámenes y nuevas costumbres, dejando al asado del domingo como un evento tan infrecuente y místico como un eclipse solar o un trámite que sale bien en la primera visita al Centro Cívico.