La muerte de Marita Monteleone, ocurrida el miércoles 3 de junio de 2026 a los 68 años, volvió a exponer el complejo conflicto familiar y judicial que la reconocida locutora atravesó durante los últimos meses de su vida. La histórica «Voz del Teléfono» había realizado duras declaraciones públicas contra su única hija, Malena de los Ríos, en medio de una disputa vinculada con su autonomía, su internación y la administración de sus bienes.
Monteleone permanecía internada en el Centro Gallego mientras se recuperaba de una intervención quirúrgica en una de sus rodillas. Según había expresado públicamente, contaba con el alta médica y psicológica, pero no podía abandonar la institución debido a una resolución judicial relacionada con su situación personal y patrimonial.
La denuncia pública de Marita Monteleone contra su hija
Durante sus últimas apariciones públicas, la locutora apuntó contra Malena de los Ríos, periodista y locutora, a quien responsabilizó por medidas que, según su versión, restringían su capacidad de decisión y le impedían regresar a su departamento del barrio porteño de Caballito.
“Mi hija me quiere confiscar los bienes, me quiere meter en un geriátrico”, afirmó Monteleone al referirse al conflicto familiar que había llegado al ámbito judicial.
La causa tramitaba en el Juzgado Civil N°56 y tenía como eje la evaluación de su capacidad para administrar su patrimonio y tomar decisiones por sí misma. Monteleone sostenía que se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales y manifestaba su rechazo a la posibilidad de ser trasladada a una institución geriátrica.
En ese contexto, también reveló que llevaba más de un año sin contacto con su hija. “Ella me tiene bloqueada del WhatsApp y de las redes”, declaró en una entrevista, al describir el distanciamiento que atravesaba con Malena.
La locutora expresó públicamente el impacto emocional que esa situación le generaba. “Es un puñal, porque la única hija que tengo no me quiere ver”, sostuvo en una de sus intervenciones mediáticas.
La versión de Malena de los Ríos y la intervención judicial
La posición de Malena de los Ríos fue diferente a la expuesta por su madre. Según trascendió, la hija de Monteleone negó haber solicitado la internación y sostuvo que la situación respondía a determinaciones judiciales adoptadas a partir de informes médicos.
De acuerdo con esa postura, “se está cumpliendo la ley de Salud Mental, con revisiones cada 48 horas”, en referencia al seguimiento de las condiciones de internación y de las decisiones vinculadas con el cuidado de la locutora.
El periodista Oliver Quiroz, presente en el Centro Gallego durante la cobertura del caso, señaló: “Lleva tres meses internada, está en condiciones de alta médica, pero no puede retirarse hasta que el juez lo autorice”.
La disputa quedó así atravesada por dos versiones enfrentadas: mientras Monteleone reclamaba recuperar su autonomía y regresar a su vivienda, desde el entorno de su hija se indicaba que las medidas vigentes se encontraban bajo intervención judicial y médica.
Una trayectoria reconocida y un final atravesado por el dolor
En medio de la repercusión del caso, el periodista y amigo de la locutora Luis Ventura destacó su trayectoria profesional y la situación personal que atravesaba. “Es una mujer muy intensa, una gran profesional. Muchas veces me esperaba en la radio, con los auriculares puestos, siempre activa. Hoy necesita compañía”, expresó.
Marita Monteleone desarrolló una carrera de más de cinco décadas en los medios argentinos y alcanzó una popularidad masiva por haber sido la voz de los mensajes telefónicos automáticos que acompañaron a generaciones de usuarios del país.
Su fallecimiento cerró una trayectoria emblemática dentro de la locución argentina, aunque dejó expuesto el doloroso conflicto que marcó sus últimos meses: una disputa familiar y judicial que la propia artista llevó al espacio público mientras reclamaba volver a su hogar y reencontrarse con su única hija.
<p>La muerte de <strong>Marita Monteleone</strong>, ocurrida el miércoles 3 de junio a los 68 años, volvió a poner en foco el conflicto familiar y judicial que atravesó durante sus últimos meses. La locutora denunció públicamente que no podía regresar a su hogar y señaló a su hija, <strong>Malena de los Ríos</strong>, quien negó haber pedido su internación.</p>
Resumen generado automáticamente por inteligencia artificial
Durante décadas, Marita Monteleone fue la voz que explicaba con una calma impecable que una comunicación no podía realizarse. Bastaban unos segundos de su dicción para que millones de argentinos aceptaran, con resignación educada, que del otro lado no habría respuesta. La última ironía fue brutal: cuando ella necesitó ser escuchada, su propia vida quedó atrapada en una comunicación rota, entre expedientes, versiones enfrentadas y un vínculo familiar que ya no encontraba línea disponible.
La mujer que volvió amable hasta el mensaje de error terminó reclamando algo tan sencillo y tan enorme como regresar a su departamento de Caballito. Decía tener el alta médica y psicológica, insistía en que conservaba su autonomía y denunciaba que una resolución judicial la mantenía en el Centro Gallego. No pedía una ceremonia, ni un homenaje con voces solemnes, ni una placa institucional: pedía volver a casa, ese destino doméstico que en determinados laberintos burocráticos puede transformarse en un viaje más complejo que cruzar el país.
En el centro de la disputa estaba su única hija, Malena de los Ríos. Monteleone hizo públicas acusaciones durísimas y dejó frases cargadas de tristeza. Su hija, por su parte, negó haber solicitado la internación y sostuvo que las medidas respondían a decisiones judiciales e informes médicos. La tragedia familiar quedó entonces sometida al idioma más frío de todos: el de los escritos, las evaluaciones y las resoluciones, mientras una relación de madre e hija se desarmaba ante cámaras y micrófonos.
Hay algo especialmente doloroso en que una voz tan reconocible haya terminado relatando su soledad en entrevistas. Monteleone, que durante años habló para hogares enteros sin conocer a quienes la escuchaban, tuvo en sus últimos meses que explicar públicamente por qué no podía volver al suyo. El país la recordó por anunciar números inexistentes o líneas congestionadas; la vida, con una crueldad poco creativa pero devastadora, le dejó a ella una comunicación familiar sin respuesta.
Su muerte cierra una carrera inmensa y deja abierta una historia íntima que nunca alcanzó una resolución pública reparadora. La voz permanece, nítida, intacta, instalada en la memoria colectiva. Lo demás queda como una de esas llamadas que nadie hubiera querido recibir: la de una mujer que acompañó a millones y que, al final, reclamaba no quedar sola del otro lado de la línea.
Contenido humorístico generado por inteligencia artificial
La muerte de Marita Monteleone, ocurrida el miércoles 3 de junio de 2026 a los 68 años, volvió a exponer el complejo conflicto familiar y judicial que la reconocida locutora atravesó durante los últimos meses de su vida. La histórica «Voz del Teléfono» había realizado duras declaraciones públicas contra su única hija, Malena de los Ríos, en medio de una disputa vinculada con su autonomía, su internación y la administración de sus bienes.
Monteleone permanecía internada en el Centro Gallego mientras se recuperaba de una intervención quirúrgica en una de sus rodillas. Según había expresado públicamente, contaba con el alta médica y psicológica, pero no podía abandonar la institución debido a una resolución judicial relacionada con su situación personal y patrimonial.
La denuncia pública de Marita Monteleone contra su hija
Durante sus últimas apariciones públicas, la locutora apuntó contra Malena de los Ríos, periodista y locutora, a quien responsabilizó por medidas que, según su versión, restringían su capacidad de decisión y le impedían regresar a su departamento del barrio porteño de Caballito.
“Mi hija me quiere confiscar los bienes, me quiere meter en un geriátrico”, afirmó Monteleone al referirse al conflicto familiar que había llegado al ámbito judicial.
La causa tramitaba en el Juzgado Civil N°56 y tenía como eje la evaluación de su capacidad para administrar su patrimonio y tomar decisiones por sí misma. Monteleone sostenía que se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales y manifestaba su rechazo a la posibilidad de ser trasladada a una institución geriátrica.
En ese contexto, también reveló que llevaba más de un año sin contacto con su hija. “Ella me tiene bloqueada del WhatsApp y de las redes”, declaró en una entrevista, al describir el distanciamiento que atravesaba con Malena.
La locutora expresó públicamente el impacto emocional que esa situación le generaba. “Es un puñal, porque la única hija que tengo no me quiere ver”, sostuvo en una de sus intervenciones mediáticas.
La versión de Malena de los Ríos y la intervención judicial
La posición de Malena de los Ríos fue diferente a la expuesta por su madre. Según trascendió, la hija de Monteleone negó haber solicitado la internación y sostuvo que la situación respondía a determinaciones judiciales adoptadas a partir de informes médicos.
De acuerdo con esa postura, “se está cumpliendo la ley de Salud Mental, con revisiones cada 48 horas”, en referencia al seguimiento de las condiciones de internación y de las decisiones vinculadas con el cuidado de la locutora.
El periodista Oliver Quiroz, presente en el Centro Gallego durante la cobertura del caso, señaló: “Lleva tres meses internada, está en condiciones de alta médica, pero no puede retirarse hasta que el juez lo autorice”.
La disputa quedó así atravesada por dos versiones enfrentadas: mientras Monteleone reclamaba recuperar su autonomía y regresar a su vivienda, desde el entorno de su hija se indicaba que las medidas vigentes se encontraban bajo intervención judicial y médica.
Una trayectoria reconocida y un final atravesado por el dolor
En medio de la repercusión del caso, el periodista y amigo de la locutora Luis Ventura destacó su trayectoria profesional y la situación personal que atravesaba. “Es una mujer muy intensa, una gran profesional. Muchas veces me esperaba en la radio, con los auriculares puestos, siempre activa. Hoy necesita compañía”, expresó.
Marita Monteleone desarrolló una carrera de más de cinco décadas en los medios argentinos y alcanzó una popularidad masiva por haber sido la voz de los mensajes telefónicos automáticos que acompañaron a generaciones de usuarios del país.
Su fallecimiento cerró una trayectoria emblemática dentro de la locución argentina, aunque dejó expuesto el doloroso conflicto que marcó sus últimos meses: una disputa familiar y judicial que la propia artista llevó al espacio público mientras reclamaba volver a su hogar y reencontrarse con su única hija.
Durante décadas, Marita Monteleone fue la voz que explicaba con una calma impecable que una comunicación no podía realizarse. Bastaban unos segundos de su dicción para que millones de argentinos aceptaran, con resignación educada, que del otro lado no habría respuesta. La última ironía fue brutal: cuando ella necesitó ser escuchada, su propia vida quedó atrapada en una comunicación rota, entre expedientes, versiones enfrentadas y un vínculo familiar que ya no encontraba línea disponible.
La mujer que volvió amable hasta el mensaje de error terminó reclamando algo tan sencillo y tan enorme como regresar a su departamento de Caballito. Decía tener el alta médica y psicológica, insistía en que conservaba su autonomía y denunciaba que una resolución judicial la mantenía en el Centro Gallego. No pedía una ceremonia, ni un homenaje con voces solemnes, ni una placa institucional: pedía volver a casa, ese destino doméstico que en determinados laberintos burocráticos puede transformarse en un viaje más complejo que cruzar el país.
En el centro de la disputa estaba su única hija, Malena de los Ríos. Monteleone hizo públicas acusaciones durísimas y dejó frases cargadas de tristeza. Su hija, por su parte, negó haber solicitado la internación y sostuvo que las medidas respondían a decisiones judiciales e informes médicos. La tragedia familiar quedó entonces sometida al idioma más frío de todos: el de los escritos, las evaluaciones y las resoluciones, mientras una relación de madre e hija se desarmaba ante cámaras y micrófonos.
Hay algo especialmente doloroso en que una voz tan reconocible haya terminado relatando su soledad en entrevistas. Monteleone, que durante años habló para hogares enteros sin conocer a quienes la escuchaban, tuvo en sus últimos meses que explicar públicamente por qué no podía volver al suyo. El país la recordó por anunciar números inexistentes o líneas congestionadas; la vida, con una crueldad poco creativa pero devastadora, le dejó a ella una comunicación familiar sin respuesta.
Su muerte cierra una carrera inmensa y deja abierta una historia íntima que nunca alcanzó una resolución pública reparadora. La voz permanece, nítida, intacta, instalada en la memoria colectiva. Lo demás queda como una de esas llamadas que nadie hubiera querido recibir: la de una mujer que acompañó a millones y que, al final, reclamaba no quedar sola del otro lado de la línea.